01/03/2010

Como bien ilustra la foto de esta entrada o la portada del reciente Belly Of The Lion, la música de Ola Podrida, seudónimo bajo el […]

Como bien ilustra la foto de esta entrada o la portada del reciente Belly Of The Lion, la música de Ola Podrida, seudónimo bajo el que se esconde el estadounidense David Wingo, se degusta mejor durante los meses de otoño e invierno. Especialmente temprano por la mañana, cuando el sol aún está saliendo y el frío, que se cuela por las costuras del abrigo, se te clava en la piel como cien cuchillos y te causa un escalofrío que te hace desear una bebida caliente más que nada en el mundo. Es ese el instante del día en que la música de Ola Podrida debe ser escuchada, pues tiene la extraordinaria capacidad de adquirir propiedades curativas como la de convertirse en aquella capa adicional de ropa que te envuelve y te ayuda a mantener la temperatura corporal estable, creando así una agradable sensación de bienestar.

Compositor habitual de bandas sonoras para películas, en 2007 Wingo lanzó al mercado su primera tanda de canciones y lo hizo muy a su manera, es decir, con poco ruido y muchas nueces. Como si quisiera que los potenciales oyentes tuvieran que persistir para descubrir su talento, escondió once caramelos dulces e intimistas pero repletos de melancolía bajo un envoltorio folk que si bien de entrada puede parecer algo anodino acaba desprendiendo una calidez por momentos sobrecogedora. La calidad innata de los temas junto con la rápida propagación que permite el boca a oreja fue determinante para que, lenta y sigilosamente, el proyecto de Ola Podrida (con la epatante ‘Cindy’ como bandera, curiosamente la canción más movida de todas) pasara de gusano de seda a mariposa. La confirmación de que todo lo oído hasta entonces era tan real como la vida misma llegó en forma de concierto en La [2], tras el que Wingo desapareció del panorama musical tal y como había llegado. Era hora de que el texano volviera a su refugio habitual en la industria del cine, el lugar donde se sentía más cómodo.

Y allí se quedó hasta finales de 2009, cuando como por arte de magia el ombligo del león apareció de la nada para iluminar las largas y oscuras noches de invierno. Tan confortablemente ensoñador como el primero, el segundo trabajo de Ola Podrida vuelve a tocar las teclas adecuadas con el plus de sabiduría y saber hacer que concede la experiencia. El irresistible punteo de guitarra y la falsa monotonía que desprende la voz de Wingo en la inicial ‘The Closest We Will Ever Be’ ya avisan de que lo venidero iguala (si no supera) al predecesor, algo que queda constatado con la poesía tranquila de ‘We All Radiant’ y, sobre todo, con la desnudez del banjo en otro de los puntales del disco: ‘Donkey’. Los hermosos paisajes sonoros del trío central formado por ‘Monday Morning’, ‘Lakes Of Wine’ y ‘Sink Or Swim’ prosiguen con el paulatino ensimismamiento del oyente, que vuelve a toparse con el banjo en el idóneo final que dibuja ‘This Old World’. Tierno e intenso, el noveno y último corte cierra el círculo en el momento adecuado y deja una satisfacción por desgracia poco habitual después de haber escuchado un LP de cabo a rabo. Sin relleno ni artificios, Wingo estremece y complace a partes iguales, demostrando que lo suyo no es flor de un día. Ni mucho menos. Lo ha vuelto a conseguir y ahora sólo falta que la historia se repita el próximo 13 de abril, fecha en la que volverá a pisar el escenario de La [2], su cabaña barcelonesa particular. Acérquense a conocerle.

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