24/12/2009

Ya está aquí. Este año ha costado más de lo normal hacer esta lista, quizá porque las de la década se han colado por en […]

Ya está aquí. Este año ha costado más de lo normal hacer esta lista, quizá porque las de la década se han colado por en medio, o quizá sencillamente porque, pese a haber un grupo muy nutrido de discos más que notables en la cosecha 2009, no ha habido un claro dominador, como el año pasado pudieran ser Vampire Weekend o, en su defecto, Portishead. En 2009 la cosa ha quedado más repartida, y por eso nuestro Top tiene mucho de apuesta, de futuro, quizá algo de inesperado. O de polémico, por qué no. Por los pelos se han quedado fuera grandes discos, como los de Julie Doiron, Cymbals Eat Guitars (entraron y salieron del Top unas cuantas veces), Local Natives (Daniel no nos lo perdonará) o Kings of Convenience (quienes pese a ser muy santo de nuestra devoción, no han hecho un disco tan redondo como esperábamos). Aún así, hemos aprovechado que esta vez nos hemos modernizado y hemos hecho una lista de Spotify con nuestro Top, para que estos discos suplentes sustituyan a los que todavía no andan por el tan revolucionario programa. Sin más dilación, pasemos a ver cuáles han sido los mejores discos de este 2009 en nuestra muy humilde opinión…

30.- Ola Podrida – Belly Of The Lion
29.- Fanfarlo – Reservoir
28.- Passion Pit – Manners
27.- Built To Spill – There Is No Enemy
26.- The Mountain Goats – The Life Of The World To Come
25.- Emmy The GreatFirst Love
24.- Atlas Sound – Logos
23.- Florence And The Machine – Lungs
22.- Sonic Youth – The Eternal
21.- Japandroids – Post-Nothing

20.- Dan Deacon – Bromst

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19.- Mount Eerie – Wind’s Poem

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18.- Mumford & Sons – Sigh No More

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17.- Monsters Of FolkS/T

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16.- The Horrors – Primary Colours

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15.- Isis – Wavering Radiant

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14.- PJ Harvey & John Parish – A Woman A Man Walked By

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13.- The Low Anthem – Oh My God, Charlie Darwin

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12.- The Raveonettes – In And Out Of Control

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11.- Grizzly Bear – Veckatimest

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10.- M. WardHold Time

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M Ward tenía un papelón: la continuación de Post-War. Cuando Hold Time fue presentado en la National Public Radio, los fans acudimos a la web que tenía la escucha en primicia como moscas a la miel. Y miel encontramos. Hold Time es un disco amable que renuncia en parte a cierta oscuridad bluesera presente en anteriores trabajos y que, salvo notables excepciones, como la canción que bautiza el disco, es una habitación calma y ventilada donde entra la luz del sol. Así es ‘For Beginners’, así es ‘Jailbird‘, así es ‘Rave On‘, así es ‘Fisher Of Men‘. Hold Time bebe de la mejor tradición americana, habla de misticismo, religión, vida, refleja esa música de raíz y lo hace con acierto y con herramientas de sobra. El álbum está lleno de soberbios arreglos orquestales al servicio de melodías casi siempre sublimes, de estribillos dulces y pegadizos, pero nunca vacíos. Y como hilo conductor, la voz de Matt Ward, incomprensiblemente grave, salida de un cuerpo menudo, aderezada siempre con la cantidad justa de reverb. La voz de un hombre que ha conseguido cosas muy difíciles con este álbum. Primero, no defraudar a casi nadie, y segundo, cerrar un gran disco que no repite fórmula y en el que, a lo largo de 14 canciones, no se atisba ni media brizna de relleno. Lo demuestran la fuerza ‘Never Had Nobody Like You‘, el bellísimo apunte autobiográfico de ‘Epistemology‘… Hold Time es un disco maduro que afianza a M. Ward como uno de los compositores con más talento que han rondado las faldas del folk made un USA de los últimos años. Y lo que nos queda. (Daniel)

9.- Dirty Projectors – Bitte Orca

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Bitte Orca necesita más de un mordisco. Olvídense de encontrar aquí estribillos lineales, amables, canciones accesibles y degustables como un helado de dos sabores. Bitte Orca es otra cosa, es una suerte de aproximación matemática al estrangulamiento del pop. Un estrangulamiento metódico, preciso, pero pop al fin y al cabo. Estructuras retorcidas, coros superpuestos, aceleraciones, deceleraciones, compases que despistan al pie, escorzos de difícil digestión. Una presentación compleja a la que ponerle una etiqueta es poco más un acto de fe. Los que no intentan proponen adjetivos como «experimental» «art» o «afro», y no cabe ninguna duda de que la propuesta de los de Brooklyn, dirigidos por Dave Longstreth, es experimental y tiene art y esconde afro, pero la mezcla es una amalgama vanguardista distinta y valiente que podría retar en coraje al mismísimo Merriweather Post Pavillon. Las referencias que se le ocurren a uno escuchando el álbum son igual de diversas. ‘Stillness Is The Move‘, la preferida, exhala soul. Y del bueno. Los arreglos vocales son tan soberbios como la interpretación de las vocalistas, sin duda una de las señas de identidad del álbum. ‘Stillness Is The Move‘ es también la puerta a todo el álbum, el asidero que invita a la segunda escucha y a la tercera. Repeticiones necesarias para comprender un álbum que se atreve a rozar a una Joanna Newsom sin arpa con una mano (‘Two Doves‘), a una Beyoncé sin beat con la otra y de camino dejar guitarras que hubiesen firmado Vampire Weekend (‘Temecula Sunrise‘) o coros de sintetizadores como antesala para canciones imposibles (‘Useful Chamber‘). Pop afilado, brillante, soulero, complicado y atrevido. De lejos el mejor disco de una banda valiente que promete más tardes de gloria. (Daniel)

8.- Fuck Buttons – Tarot Sport

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Cada año hay al menos un disco que trasciende géneros, que llega a un público no habitual porque rezuma intensidad, autenticidad y un no-se-qué inexplicable que logra conectar. Lo que en ediciones anteriores lograron Justice o Burial, este año ha corrido a manos de Fuck Buttons, un dúo de… ¿electrónica? ¿Noise? ¿Progresivo? ¿Música cósmica? Un dúo de todo eso a la vez, funcionando como un engranaje perfecto, y la escapatoria ideal ante el monótono día a día que nos envuelve a la inmensa mayoría. Con Tarot Sport, Fuck Buttons han limado las asperezas de su debut, que ya fascinó aunque no resultó tan convincente como este segundo asalto, donde sólo empezar, una imparable ‘Surf Solar‘, de 10 minutos de duración, tan repetitiva, tan mecánica, tan hipnótica que te hace perder la noción de la realidad, nos avisa de que esto va en serio. La mejor manera de definir estas ¿canciones? es diciendo que surgen de las pulsiones más primarias del ser humano, que encuentran su vía a través de la tecnología y las máquinas y los pedales de repetición insaciable, pero que en el fondo acaban sonando tan personales como un grito de desahogo al borde de un precipicio, y como el sueño en el que después de gritar acabas saltando al vacío. Ese salto, lo que se siente justo después del grito, son ‘The Lisbon Maru‘, ‘Phantom Limb‘ o la descomunal ‘Flight Of The Feathered Serpent‘. Eso son Fuck Buttons, eso es Tarot Sport, y eso es algo que todos necesitamos hacer de vez en cuando: un grito al vacío con todas nuestras fuerzas. Ellos nos lo han puesto más fácil. (Aleix)


7.- Phoenix – Wolfgang Amadeus Phoenix

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El más difícil todavía. Esto es lo que han conseguido cuatro chavales de Versalles que un buen día decidieron cantar en inglés suponemos que por aquello de abrirse a un mercado más amplio en caso de que su propuesta hiciera fortuna. La hizo, pero tras haber sido un one hit wonder con ‘If I Ever Feel Better’ primero, quitarse el sambenito de grupo del novio de Sofia Coppola después y finalmente ganarse el respeto de casi todo el mundo con It’s Never Been Like That, curiosamente nadie esperaba gran cosa de Thomas Mars y compañía. Hasta que salió Wolfgang Amadeus Phoenix y cambió la historia. ¡Y de qué manera! Pocos discos habrán visto con semejante cantidad de potenciales canciones del año como este. ¿Que la pretenciosidad de un título como ‘Lisztomania’ no les acaba de convencer? Ahí tienen la contagiosa contundencia de ‘1901’, un hit de los que ya no se hacen y que engancha más que el Super Glue. ¿Que en él abusan del sintetizador? Prueben con ‘Rome’ o ‘Armistice’, dos pedazo de canciones que aparecen en la parte final del disco para ganar la batalla cuando quien escucha menos se lo espera. Y así podríamos seguir hasta nombrar las nueve canciones, aunque les aseguro que no es para nada necesario. Phoenix han creado en el momento menos pensado y siendo fieles a su estilo su obra definitiva, un engranaje perfecto (aliñado con esos arrebatos electrónicos que tanto les gustan) que debe llevarles si no lo ha hecho ya al olimpo de las bandas de rock. Lo dicen al inicio de ‘Lisztomania’: “el pasado y el presente no importan ahora que el futuro ha sido descifrado”.Y tienen razón. El futuro, esplendoroso como nunca, les pertenece. Ni Muse, ni The Killers, ni Coldplay, ni U2. Phoenix. (Arnau)


6.- Bill Callahan – Sometimes I Wish We Were An Eagle

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Los primeros acordes de ‘Jim Cain’ son bonitos, sosegados, agradables, ideales para escuchar sentado enfrente del fuego un día cualquiera de invierno, pero no advierten del torrente de emociones que uno está a punto de experimentar. Esta y una discutible portada podrían ser las únicas críticas a un disco redondo como pocos, fruto de la extraordinaria madurez de uno de los mejores compositores norteamericanos. Porque en el momento en que la cavernosa e hipnótica voz de Bill Callahan irrumpe en escena y anuncia que empezó a contar la historia sin conocer el final el mundo se congela, el tiempo se detiene y durante 48 minutos no existe nada más que su voz, esa voz. Acompañada de una instrumentación tan sutil como variada, la calidez que desprende el primer tema nos lleva en volandas hasta el segundo, el por momentos inquietante ‘Eid Ma Clack Shaw’ en que el de Maryland se muestra más juguetón que nunca con las palabras. ‘The Wind And The Dove’, con sus arreglos ligeramente orientales, ‘Rococo Zephyr’ y ‘Too Many Birds’ conforman un tridente de lujo que sirve en bandeja el auténtico manjar de Sometimes I Wish We Were An Eagle. “Siempre te querré, amigo mío” repite incesantemente Callahan con una textura vocal que pone el vello de punta. ‘My Friend‘ es el cenit, el caviar beluga de una obra que no vuelve a alcanzar cotas tan elevadas porque es algo sencillamente imposible. El hombre con cara de niño parece darse cuenta de ello en la final ‘Faith/Void’ cuando, invadido por la desazón del que se siente abandonado, exclama que ya es hora dejar a Dios de lado. Y es que quizá el auténtico autor de semejante maravilla no es otro que el creador disfrazado del ex-Smog que, decidido a hacer del mundo un lugar mejor optó por regalarnos nueve joyas que pese a tener ocho meses y medio de vida ya han pasado a la posteridad. Amén. (Arnau)


5.- Arctic Monkeys – Humbug

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Por mucho que confiara en ellos, me sigue sorprendiendo lo bueno que es el tercer disco de Arctic Monkeys. Bueno en muchos sentidos: a nivel de concepto, con diez canciones redondas, pensadas, directas al grano y sin miramientos; a nivel de sonido, denso, oscuro, mugriento, gracias a su inteligentísima asociación con Josh Homme de Queens of the Stone Age, quien ha producido el disco; a nivel de madurez, porque Humbug es un disco adulto. Punto. A su lado, el ya maduro Favourite Worst Nightmare parece un mero ensayo, una transición hacia lo que los de Alex Turner desde un principio querían ser: un grupo de verdad. De rock. Eso es lo que dice Humbug, lo que gritan la tétrica y vibrante ‘My Propeller‘ , la sinuosa ‘Secret Door‘ o el estribillo chatarrero de ‘Potion Approaching‘. Lo que constatan a gritos la efectivísima ‘Crying Lightning‘, y ‘Cornerstone‘, sin duda una de las canciones más redondas y tremendamente bonitas que ha dejado este 2009 («please, can I call you her name?«). Y lo que demuestra ese trío final demoledor, de los que hacen grande un disco: poderosa ‘Dance Little Liar‘, espídica ‘Pretty Visitors‘, colosal ‘The Jeweller’s Hands‘. En realidad, Arctic Monkeys parecen un grupo capaz de todo: hoy en día son una banda que en su día hizo un disco con hitazos pop como la copa de un pino, que será recordado como uno de los momentos cumbre de la primera década del siglo XXI, y que a partir de entonces se han dedicado a ser el grupo que de verdad querían ser. Y eso siempre tiene su recompensa. (Aleix)


4.- The xx – xx

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«Estoy enganchado The xx» debería ser la confesión musical del 2009. Cuatro chavales del sur de Londres encandilan al mundo. Educados en el mismo colegio que William Bevan (alias Burial, caprichos del destino) estos adolescentes han puesto sobre la mesa un artefacto oscuro y minimalista, como el trabajo de aquel, pero lleno también de una querencia R&B optimista, letras sexuales, vocalizaciones pre coitales, melodías brillantes, un colchón rítmico gravísimo, lejano y perezoso y una sofisticación al alcance de pocos. Algo sorprendente teniendo en cuenta que hablamos del trabajo de unos adolescentes que estrenan la veintena y que se han encargado ellos mismos de la producción. Para contextualizarles se nombra a Portishead, a Joy Division, a The Jesus & Mary Chain, a Chris Isaak, y hay quien ve incluso alguna lección ambiental de los Radiohead más minimalistas. A diferencia de otros álbumes de esta lista, el homónimo de The xx no es ni mucho menos un disco exigente con el oyente; es más bien un álbum que se deja querer desde la primera escucha. «Se desinflará«, tiende uno a pensar. Pero aguanta. Uno empieza a enamorarse de los juegos vocales de Oliver Sim y Romy Croft, que no pretenden presentar los Oscars ni montar dramas camelianos: sus frases colaboran, se enredan, se separan, se superponen y se reencuentran. A los dos días uno sabe dónde entran las palmas en ‘Islands‘, balbucea la melodía de la guitarra de ‘VCR‘, tararea sin advertirlo partes sueltas de ‘Crystalzed‘ y se le ponen los pelos de punta con el «please teach me gently how to breath«, de ‘Shelter‘. Cuando navega por su iPod no le apetece ponerse otra cosa. Aunque ya vayamos por la enésima. Y entonces se da cuenta: está enganchado al álbum más adictivo del año: xx. (Daniel)


3.- Animal Collective – Merriweather Post Pavillion

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Es indudable que Animal Collective son el grupo de la década. Nadie como ellos ha sido capaz de facturar dos discos seguidos (tres, si contamos Feels) al más alto nivel, de llevar tan lejos eso de la experimentación pop, de hacer converger psicodelia, loops, estribillos y guitarras de una manera tan fluida y adictiva. Puede que Merriweather Post Pavilion no tenga la capacidad de sorpresa que sí tuvo el colosal Strawberry Jam, pero lo que sin duda consigue desde el primer segundo que empieza a sonar ‘In The Flowers‘ es arrastrarnos a su mundo y no dejarnos hasta que los últimos loops de ‘Brother Sport‘ se diluyen del todo. Después del trayecto, hemos cambiado. Es este un álbum para degustar entero, para abrazar en conjunto, para escuchar con los cinco sentidos pero dejando la mente en blanco y huyendo de prejuicios, porque su coherencia es aplastante, y su sentido de disco algo que hay que experimentar. ‘My Girls‘ y ‘Summertimes Clothes‘ son dos pildorazos pop infalibles, grandiosos, espectaculares, pero ‘Daily Routine’ suena celestial con sus juegos de voces, ‘Bluish‘ es una balada lisérgica y preciosa, ‘No More Runnin‘ es como un paseo alucinógeno por el fondo del mar, y ‘Brother Sport‘ puro tropicalismo eufórico. Cierren los ojos, abran bien las orejas, contengan la respiración. No están soñando. Esto es la música del futuro. (Aleix)


2.- The Pains of Being Pure at Heart – S/T

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Quiero divertirme. Bailar. Cantar. Mover la cabeza alegremente. Hoy no quiero escuchar ni música melancólica, ni rollos experimentales, ni guitarras acústicas. Nada demasiado trascendente. Hoy quiero escuchar pop sencillo, fresco e ingenuo como la vida misma. Hoy quiero escuchar diez canciones que me hagan sonreír, que me suenen familiares pero al mismo tiempo novedosas, reconocibles pero atractivas. Rápidas, urgentes, reales. Hoy quiero chasquear los dedos mientras suena ‘A Teenager In Love‘, tocar la batería imaginaria del principio de ‘Gentle Sons‘ (que es como la de ‘Just Like Honey‘), quiero tararear los coros de ‘Come Saturday‘, imitar el hilo de voz del estribillo de ‘Stay Alive‘, preguntarle a Paul dónde se ha metido (‘Hey Paul‘). Quiero saltar como un loco con la canción del año (‘Young Adult Fiction‘), y declararle mi amor a alguien al son de ‘Everything With You‘ para después tocar el solo con mi guitarra imaginaria. Sin pensar en nada más: 30 minutos de evasión del mundo real de la mano de cuatro chavales de Nueva York que seguramente sienten lo mismo que yo. Enhorabuena. Hemos encontrado nuestro disco ideal. ‘This Love Is Fucking Right‘. (Aleix)


1.- The Antlers – Hospice

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Hay un momento de Hospice que puede resumir lo que hace sentir este disco tan maravilloso: sucede alrededor del minuto 3:40 de ‘Two‘, la séptima canción del álbum. Peter Silberman lleva ya 3 minutos largos casi sin respirar cantando que la hubiera salvado si hubiera podido, cuando de repente se queda sólo con su guitarra susurrante, «Well no one’s gonna fix it for us, no one can / You say that, ‘No one’s gonna listen, and no one understands’ / So there’s no open doors, and there’s no way to get through, there’s no other witnesses, just us two«, y al cabo de pocos segundos, vuelve a entrar el bombo, el arpa, los vientos, el piano, la épica, la vida. Silberman sigue cantando y una especie de escalofrío esperanzador recorre nuestro cuerpo. Uno que no se va hasta el final de la canción, que recubre, envuelve, magnifica un álbum conceptual que cuenta a través de sus diez canciones la historia de una paciente terminal enferma de cáncer; una historia triste por naturaleza (en realidad nació de un doloroso fracaso amoroso) pero al mismo tiempo impregnada de un profundo y sincero amor.

Por eso en la redacción virtual de indiespot se ha invertido más tiempo en discutir los artistas del 25 al 30 que en consensuar el álbum del año. Arriba en muchas otros ránkings, Hospice se presenta como conceptual, sosegado y bonito. Pero no se engañen, también es un disco hospitalario, desasosegante y gélido. Referencias explícitas a tubos que salen de brazos como puertas a la morfina, ojeras, el hedor químico de las batas blancas. Si cerramos los ojos, llueve afuera y es de noche. La lengua húmeda de Peter Silberman despega explícitamente del paladar y clama «no les creí cuando me dijeron que no había cura para ti«. Unos segundos después, los cómodos acordes de piano son arrollados por una batería expansiva, por enjambre metálico y mortecino de ruidos de pesadilla que encierran una belleza extraña. ‘Kettering‘ es la primera dosis de historia en un disco que se agarra a las entrañas. Una historia que tiene su génesis en ‘Sylvia‘ (especie de canción-semilla presentada en el EP New York Hospitals, de 2006). Las que la acompañan son su tallo, sus flores, sus raíces. La que la sigue en el álbum es ‘Atrophy‘, el dolor del testigo que preferiría ser víctima («con felicidad cogería esas balas que tienes dentro y las pondría dentro de mí«). En ‘Bear‘ el dolor es una nana, la historia de un aborto contada en dos párrafos que son una obra de arte («estamos aterrorizados el uno del otro, y aterrorizados por lo que eso significa«). ‘Two‘ es el principio del fin, el médico que hace su trabajo y te abofetea la verdad hasta saltarte las lágrimas, el paciente, las pesadillas, el adelgazamiento como preámbulo de la muerte, la complicidad: «no hay puertas abiertas, no hay forma de escapar, no hay más testigos que nosotros«. Una canción que resume musicalmente el álbum: la inocencia naif de un ukelele, la presencia lejana de una armonía metálica y la voz afectada de Peter Silverman adentrándose progresivamente en un ramaje sonoro complejo, bello, que no deja de helar el corazón ni de comprimir el estómago, pero tampoco de deleitar por precioso, por sincero, por efectivo. ‘Shiva‘ supone el darse por vencido, ‘Wake‘ esa aceptación a la fuerza, ese «no tengo ni idea de por dónde empezar«, y la devastadora ‘Epilogue‘ ese sueño en el que nada había pasado y todo sigue como siempre. Y ese despertarse y darse cuenta de que no, de que en realidad sí ha sucedido.

Hospice es un disco que no puede desligarse de la historia que narra, como ya ocurriese con For Emma, Forever Ago de Bon Iver. Un álbum con el que poco tiene que ver en la forma, pero que, en lo más profundo, cuenta lo mismo. Emma es Sylvia. Sylvia es Emma. Dos destilaciones musicales del dolor y el frío interior. Y con todo, Hospice es un disco tristísimo que, de tan triste, de tan sentido, no hace más que ensalzar la belleza, recordarnos que en la vida hay situaciones incomprensibles y que, precisamente por eso, son las buenas las que más valor tienen. Lo dice sin decirlo, sin hablar, a través de emoción, sutileza y desesperación. Pero lo dice.

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