08/06/2009

La mañana electoral de ayer me quedé en casa escuchando Jackson Browne. Adoro los dos volúmenes de su ‘Solo Acoustic’. Son una delicia. De esas […]

La mañana electoral de ayer me quedé en casa escuchando Jackson Browne. Adoro los dos volúmenes de su ‘Solo Acoustic’. Son una delicia. De esas a las que regreso de vez en cuando. Me sé los comentarios que hace entre canción y canción de memoria, pero aun así me río siempre. Browne vino a Madrid hace poco, iba a tocar en la Heineken el 14 de Mayo, pero la promotora decidió cancelarlo unos días antes. No había vendido ni 40 entradas. Hace tres años muchos nos quedamos fuera de la Galileo por falta de tickets. Esta historia es la que abría ayer en Público un interesantísimo artículo de Jesús Miguel Marcos. “Los conciertos se vacían”, lo tituló. Y eso parece. ¿Qué pasará si la tendencia continúa? Si los artistas que vivían de los CD’s y refugiaron sus deudas en la música en vivo que ahora vampirizan sus sellos pierden además estos ingresos ¿qué pasará? Sigan abajo.

El dato: los promotores de conciertos aseguran que las ventas de entradas han descendido entre un 40% y un 50%. Por centrar el objeto de la hecatombe, se trata principalmente de conciertos de aforo medio-alto. Es decir, donde iban 40.000 siguen yendo 40.000, y donde iban 40 siguen yendo 40; es en los conciertos de entre, digamos, 500 y 2000 asistentes donde el descenso se nota de manera más radical.

Es posible, como se dice en el artículo, que hubiese un exceso de oferta. Es decir, baja bruscamente la venta de CD’s, el negocio se traslada a los escenarios y el mercado se satura. En Madrid, hace 10 años, las salas programaban conciertos los viernes y sábados. Algunos domingos. Eran raros los conciertos entre semana. Excepcionales. Pero la excepción se hizo norma y de un lustro a esta parte hay salas que programan conciertos entre 5 y 7 días a la semana. Me refiero a las que sobreviven al acoso gallardoniano. Caso de El Sol o de la Moby Dick. Artistas hay para tanto bolo, aunque muchos repitan como el salmorejo de papá.

Además, este boom de las salas ha ocurrido en paralelo a la guerra de festivales, que llegó a su punto álgido el verano pasado y que supuso una irracional batalla de talonarios. La filosofía del “a ver quién la tenía más grande y le llena más el bolsillo al cabeza de cartel de turno», felizmente, se moderó, aunque alguno de los implicados saliese del embrollo poco menos que herido de muerte.

Según una cita de José Morán (codirector del FIB) que encontramos en el artículo de Público, en España se llega a pagar los grupos un 30% más que en el resto del mundo. ¡Ay! Y nosotros que pensábamos que venían porque somos cálidos y cálidas. Ingenuos.

En fin, que las incertidumbres monetarias nos oprimen y nos asustan. Los conciertos de 20 euros son un lujo del que muchos están dispuestos a prescindir. Nos cuesta mucho sacar el billete azul para pagar una entrada. Preferimos ahorrarlo, que se haga verde y acabe invertido en el abono de algún festival donde, en definitiva, el precio por artista es bastante más moderado. El problema será si la crisis nos aprieta tanto como para dejar de comprar también los abonos que se hacen pulsera. Eso, de momento, no pasa: el FIB agota y el éxito del Primavera Sound está fuera de toda duda.

Yo, de momento, sólo puedo decir: lo siento, Jackson.

Desde Público.

https://youtube.com/watch?v=3ZKHWzzxMh8%26hl%3Des%26fs%3D1%26

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