04/05/2009

Fue como hacer encajar un puzzle cuyas piezas conoces prácticamente a la perfección y, pese a ello, conseguir formar un dibujo inédito, atractivo y efectivo. […]

Fue como hacer encajar un puzzle cuyas piezas conoces prácticamente a la perfección y, pese a ello, conseguir formar un dibujo inédito, atractivo y efectivo. Las piezas, los grupos, eran apenas novedosos: salvo las dos maravillas reservadas al auditorio (The Matthew Herbert Big Band y, cojo aire, PJ Harvey & John Parish), ya habíamos visto en directo la inmensa mayoría del cartel, pero había algo en la combinación de todas las propuestas que hacía apetecible este SOS 4.8, un buen dibujo final, por aquello de tratarse de un festival relativamente pequeño y bien enfocado. El contexto, óptimo: el primer festival de verdad del año, y a priori uno de más familiar, aunque el sold out que colgó el SOS 4.8 2009, pocas horas antes de que se abrieran sus puertas, supuso la constatación de que en sólo dos años los objetivos están más que cumplidos. Murcia tiene un gran festival, y allí estuvimos para comprobarlo (primera parte).

Las dos piezas centrales se merecen un capítulo aparte, esas dos partes sin las cuales el cuadro no se entiende, porque en ellas se concentra la exquisitez de su contenido, la clave de todo. Polly Jean y Matthew, Matthew y Polly Jean. Dos conciertos selectos (el de PJ Harvey, junto a John Parish, exclusivo) para audiencias selectas (esto es, limitadas a través de tickets de reserva) y que generó el único momento de tensión del festival, cuando mucha gente (entre los que me incluyo) que tenía entrada para el concierto inaugural del festival, el de PJ Harvey y John Parish, se quedó fuera del Auditorio durante las primeras canciones porque, aparentemente, la artista había expresado que nadie podía entrar una vez iniciado el concierto. Mal nosotros por llegar tarde (apenas unos minutos), claro, pero qué rabia tener que ver ‘Black Hearted Love‘, primera canción de la noche, por la pantalla exterior, junto a la cara de incredulidad (y el consiguiente cabreo) de los afectados.

pj2

Pero se abrieron las puertas, seguramente gracias a la voluntad de la organización, y fue llegar a la butaca y ver a Polly Jean vestida de blanco impoluto, dama de nuestros sueños, encima del escenario de madera, rodeada de tipos en traje y sombrero entre los que por supuesto se encontraba John Parish, desmenuzando la devastadora ‘The Soldier‘ de su reciente y notable A Woman A Man Walked By, y absolutamente todos los problemas se desvanecieron. Y luego sus bailes por detrás del escenario, sus irresistibles coqueteos, su desgarro en ‘A Woman A Man Walked By‘ («i want his fucking ass!«), su diabólica transformación en ‘Pig Will Not‘, sus paseos, su forma de coger el micrófono, sus gracias, su todo, Polly Jean. El festival llevaba apenas una hora funcionando y ya teníamos mejor concierto, porque la banda de acompañamiento destilaba clase e incluso se atrevía con momentos de improvisación, y Polly ejercía de anfitriona seductora, sugerente, magnética. Y PJ nos mira, sonríe, da las gracias (de nuevo), y deja para el final ‘April‘, indudablemente el momento cumbre del disco, una canción que remueve entrañas y que ella canta con un hilo de voz mientras pregunta a punto de desmoronarse, April, qué pasa si me hundo. No dejaremos que eso suceda, Polly, aunque nos debes algo así en Barcelona, por favor.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=3fpSbQAwvDQ[/youtube]

Polly de blanco, Matthew de negro. 24 horas después, y solapándose con el (ahora) histórico Madrid-Barça, el DJ y productor británico Matthew Herbert tomaba posición unos metros a la izquierda de donde había estado Polly. Me permitirán la similitud: mientras Pep Guardiola llevaba al Barça, su equipo, hasta la gloria, Matthew Herbert hacía lo propio con su Big Band, su conjunto particular, un elenco exquisito de músicos (trompetas, saxos, trombones, piano, contrabajo, voz) talentosos y entusiastas dirigidos por un director de orquesta pero que al fin y al cabo rendían pleitesía, como nosotros, como todos, al artista del sampler conocido a veces como Herbert. Gamberro, irreverente, Herbert se dedica, mientras está encima del escenario, a jugar. Sencillamente a eso. La Big Band tiene sus partituras, sus composiciones ya elaboradas, siempre redondeadas por la impresionante voz de Eska Mtungwazi, esencialmente de su último disco There’s Me And There’s You, y Herbert, en base a eso, retuerce, escarba, llena los huecos, y el concierto al final se convierte en una suerte de jazz electrónico demoledor, no apto para todos los públicos porque no se aposenta en la melodía sino en una experimentación amable y con concesiones. Los jugadores de Guardiola hacían piña con cada gol, y los músicos de Herbert se lanzaban bolas de papel de los ¡Hola! que «leyeron» y descuartizaron como ejercicio sonoro. Una maravilla que culminó con dos bises, el público bailando y la certeza de que, sea la que sea, la liga de Matthew Herbert también está ganada.

Foto: SOS 4.8

Publicidad
Publicidad