03/02/2009

Lo siento, pero no hablaré demasiado del concierto de Christina Rosenvinge de esta noche (que ha estado muy bien, la verdad, con una increíble banda […]

Lo siento, pero no hablaré demasiado del concierto de Christina Rosenvinge de esta noche (que ha estado muy bien, la verdad, con una increíble banda de acompañamiento; ella canta igual de bien que en disco aunque más flojito, en el escenario es un poco sosa, y Tu labio superior se reafirma como su mejor disco). Hoy hablaré de la vida en general, y de los conciertos en particular. Porque ya da rabia llegar a mitad de la primera canción de un concierto (¿quién empieza sólo 15 minutos después de la hora anunciada? ¿Desde cuándo somos puntuales aquí?), pero que encima sea tu favorita (en este caso, ‘Tu boca‘) ya es un bajón total. Pero eso no es lo peor.

Lo peor es que llegas con el concierto empezado y, por tanto y salvo excepciones, la sala bastante llena (en este caso, prácticamente toda), lo que te relega a la zona de la mitad hacia el fondo, llena de personas a las que yo cariñosamente me refiero como «no-sé-muy-bien-qué-hago-aquí«. Para otro día dejaremos la creación de un grupo en Facebook llamado «Siempre tengo al tío más alto de la sala delante«, otro clásico, porque observar a los despistados en un concierto como el de Christina Rosenvinge es realmente apasionante. En general los hay de dos tipos: 1) los que vienen a ligar; 2) los que directamente pasan del concierto. Fascinantes ambos. Mis preferidos son los primeros, porque si hay algo triste es ir a un concierto a ligar. Se te nota a la legua que no has ido por la música sino a tirar los trastos, porque (caso real de esta noche) si, cuando tu objetivo principal se va al lavabo, empiezas a trabajarte a la chica que hasta ahora estaba a su lado, no es sólo que te importa un pepino la música sino que no tienes escrúpulos, hombre. El que va a ligar es un caso odioso porque entabla una conversación (en general forzada) cada dos segundos, limitando tu campo visual si lo tienes justo delante (cosa muy probable), y además no se da cuenta de que está haciendo el ridículo delante de gente que lo está mirando porque los distrae del concierto. Un rollo.

Los segundos, los que pasan del concierto, son incomprensibles. ¡Hay gente que paga (bastante) dinero por ir a un sitio a hablar! Es muy raro. Se les nota que no conocen de nada al grupo, pero eso no es lo malo (yo mismo voy a muchos conciertos conociendo poca cosa del grupo), lo malo es que les da igual. Podría estar sonando lo mismo Melody que Standstill, con la diferencia de que con Melody dirían «¡esta la conozco!«. Se les reconoce por estar mirando constantemente a los lados, y las caras de «qué-hago-yo-aquí«. Son de los pesados que no paran de pasar arriba y abajo, que si ahora al lavabo, que si ahora una cerveza, que si ahora me llaman por el móvil; no porque quieran o lo necesiten: porque se aburren. Hay una variante muy molesta de este estilo que incluye comentarios criticando al grupo/artista en cuestión cada 3 o 4 minutos («es que ella es muy íntima«, he escuchado esta noche en plan irónico). Aunque bien pensado, si pagas por criticar, al menos te desahogas, oye.

Luego hay otro caso entrañable: el flipado. El flipado es una persona, generalmente heavy o cholo (yo prefiero a los heavies), que está bailando en medio del público como si estuviera a punto de acabarse el mundo. Siempre hay uno, siempre. Y al principio piensas: ‘será que es muy fan‘, pero observas un poco y ves que hace headbanging a una canción de la Rosenvinge y notas que algo no cuadra. Es el típico caso de un tío que no sabe cómo pero acaba en ese concierto, descubre que le gusta la música que está sonando sin necesidad de doble bombo o chumba chumba insistente, y el pobre se ve tan desbordado por las nuevas sensaciones que necesita exteriorizarlo bailando mucho. Mucho. Hay otra explicación que recurre a las drogas, pero es menos divertida.

Lo peor de todo es que va transcurriendo la noche y, abocado a tanto estudio antropológico, logran distraerte de un fantástico concierto que requiere de toda tu atención, acabas pensando en las cosas tonterías que escribirás en tu blog, y tienes que llenar la crítica en cuestión de tonterías pseudo-humorísticas. En fin, que eso.

Publicidad
Publicidad