17/01/2009

«Shyness is lame, shyness is vain«, cantó Stanley Brinks en una de sus canciones el pásado miércoles 14 de enero en el bar Heliogàbal de […]

«Shyness is lame, shyness is vain«, cantó Stanley Brinks en una de sus canciones el pásado miércoles 14 de enero en el bar Heliogàbal de Barcelona. La timidez es de tontos, la timidez es vana. Claro: lo dice un tipo calvo, medio encorvado, que viste camisas hawaianas y gasta unas gafas vintage a más no poder. ¿Se puede ser más grande? Mi respuesta es no, y precisamente de este planteamiento que desprecia completamente lo que otros puedan pensar de él es de donde sale la genialidad de Stanley Brinks.

Ya sabrán que Brinks es en realidad André Herman Dune, anteriormente en Herman Dune con su hermano David-Ivar hasta que a finales de 2006 se cansó de todo ello, se fue a vivir a Berlín y empezó a grabar discos caseros como un loco. Por vayan a saber qué motivos recaló dos noches seguidas en el Heliogàbal de Barcelona, junto a Freschard, una joven parisina entrañable pero algo insustancial que ejerció de telonera y de acompañante, luego, de Brinks. Lo de Stanley Brinks, en cambio, resulta difícil tildarlo de concierto: es básicamente un espectáculo alrededor de su persona. El miércoles cantó las canciones que le apetecieron (tenía apuntadas en una lista que guardaba en el bolsillo todas las que se sabía de memoria), hizo participar al público, y básicamente se lo pasó en grande dejando la timidez a unos 10 km de distancia. ¿Que se le rompe una cuerda de guitarra y se la tienen que cambiar? Pues canta una canción a capella con fragmentos de saxo alto tocados por él; ningún problema.

Muchas de las canciones, de hecho, pese a estar aposentadas en la guitarra, eran más una muestra de poesía recitada que canciones al uso. A su favor jugó el inglés perfectamente comprensible de dichas canciones (Brinks es francés), logrando que por una vez (¡inaudito!) el público estuviera casi más pendiente de las letras (irónicas, tristes, cotidianas, espléndidas) que de la música. Y así fue como Brinks nos sedujo, con su propuesta totalmente carente de complejos y su epatante naturalidad, aunque como era de esperar apenas tocara un par de temas de Dank U, su disco más oficial. Pero eso, ante la valiosa lección que dio, fue lo de menos.

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