
Es curioso como muchas veces, sin saber porqué, asociamos una persona a algo aparentemente tan insignificante como una frase, una imágen o un recuerdo. En mi caso siempre he identificado a John Vanderslice con la portada de uno de sus discos, concretamente la de Pixel Revolt, un sencillo pero en mi opinión magnético dibujo de tonos cálidos en el que tan sólo se aprecia media casa blanca con un porche, un árbol sin hojas, el verde del césped y un cielo anaranjado en el que habitan dos bonitas nubes. No es nada especial, pensarán, y estarán en lo cierto… parcialmente. Confieso no haber escuchado nunca el susodicho álbum de una tirada, pero también confieso que siempre he tenido la sensación de asignatura pendiente con esta obra y con el señor Vanderslice. Curiosa paradoja. Y es que la gracia o la desgracia del cantante de Gainesville, Florida, es esta: su música empieza gustándome pero me acaba dejando indiferente, de entrada su voz parece una mezcla de Conor Oberst y Colin Meloy pero al rato suena anodina, como ese regalo maravillosamente envuelto pero que al abrirlo te das cuenta de que no te hace ninguna ilusión. Eso mismo pasó en su concierto del pasado martes 20 de octubre, aunque es de justicia admitir que Vanderslice gana en las distancias cortas, es decir, en directo.












Hot Chip estrenan nueva canción
Las 40 canciones del sonido Brooklyn
Vídeos de Flaming Lips, Monsters of Folk, y Animal Collective
El capricho de Nashville
¡Pixies al Primavera Sound 2010!
Dos propuestas diferentes para hoy
La tercera juventud de Leonard Cohen
Pixies nos regalan un EP en directo
Más canciones del nuevo de Vampire Weekend
M.I.A., trabajando en su nuevo disco
¿El single del año?




