
Arctic Monkeys son, después de lo vivido anoche en el Sant Jordi Club de Barcelona, uno de los mejores grupos de rock de la actualidad. Punto. La crónica del concierto seguramente podría terminar aquí, pero apuesto a que más de uno querrá escuchar los motivos por los cuales encumbramos a este grupo aparentemente para adolescentes y por el que los lectores habituales sabrán que sentimos especial devoción. Primero, los hechos: Humbug. Un tercer disco redondísimo, valiente, quinto mejor álbum de 2009 para indiespot y por el que el propio Alex Turner ha reconocido que han “perdido fans“. Sinceramente, lo dudo, porque el sold out del concierto de ayer, con 3 o 4 mil personas expectantes para ver a Arctic Monkeys en directo, no era el de un grupo cuya aceptación popular esté de capa caída. Pero sí es cierto, claro, que la evolución sufrida por Arctic Monkeys en sólo tres discos resulta espectacular. Espectacular, acertada y en la dirección opuesta a la que cualquiera hubiera tomado: cada vez más oscuros, más densos y menos evidentes. Hasta su imagen ha dejado de ser la de unos chavalitos de suburbio. Más hechos: a ver, que el propio Josh Homme (de Queens of the Stone Age) haya accedido a producirles un disco, y no sólo eso sino que se los llevara a grabar a su propio estudio en California, eso por fuerza tiene que decir algo (y lo dice en los bofetones de rock que dispara Humbug). Y, finalmente, el hecho: la hora y media que Arctic Monkeys estuvieron ayer encima del escenario fue de las más perfectas que yo recuerde haber visto últimamente.












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