02/09/2013

Cuelga la pedalera y abraza la acústica en un disco memorable que tiene, como poco, un par de clásicos instantáneos.

Ty Segall tiene 26 años y su padre (el que le crió, no el que le engendró) se acaba de morir de cáncer. Desde entonces, Ty no se habla con su madre. Lo del padre fue una lucha larguísima, de más 15 años. Le detectaron el tumor cuando Ty tenía nueve. La última batalla, la que decidió la guerra y dejó al rubio huérfano, se libró el pasado mes de diciembre. Fue el triste broche a un año de nuevo hiperproductivo para Ty, que puso su firma en tres grandes discos. Dos de ellos, Slaughterhouse y Twins, de entre lo mejor del año. El segundo, de hecho, en nuestra lista de álbumes internacionales, número 34. La figura de este chaval de Orange County al que las canciones parecen salirle como churros es central en ese maravilloso florecimiento de sonidos garajeros que ocurre de un tiempo a esta parte en la costa oeste de EEUU. Colega de Mikal Cronin, alma de FUZZ (con quienes publica álbum este otoño), colaborador de Thee Oh Sees, contertulio Sic Alps… Un cabrón hiperactivo, como ya dejamos dicho, al que probablemente prestamos menos atención de la que merece. Excusas: no viene mucho por aquí y produce tanto que es fácil perderle la pista. Desde 2008 ha publicado más de 12 referencias. Todas notables, ninguna desastrosa, aunque, también es verdad, ninguna de 10. Esto es en parte porque Ty no espera demasiado y no necesita grandes infraestructuras ni renombrados productores para estar satisfecho con los resultados. Ty compone y graba rápido. Aunque eso parece estar cambiando.

“Cuando era más joven pensaba: ‘no sé cuanto tiempo más estaré componiendo así que necesito hacer todos los discos que pueda porque no sé cuándo terminará mi suerte’. Era como una carrera. Ahora lo veo diferente. Es un ejercicio, una terapia, mis vitaminas, mi dosis diaria. Mi cerebro lo necesita. La cena sabe mejor cuando has grabado una canción”.

Uno podría pensar que con tanta producción y habiendo empezado ya a hacerse un nombre en la escena norteamericana, Ty se lleva un pico en royalties, pero nada más lejos. Reconoce que ha tenido que girar para poder comer y que una de las razones por las que acaba de mudarse de San Francisco a Los Ángeles es porque la primera se está convirtiendo en una ciudad demasiado cara para él. Aunque la mudanza tiene que ver sobre todo con su hermana, de la que quiere estar más cerca, especialmente en estos momentos.

La catársis de ‘Crazy’ 

Toda esta convulsión familiar está detrás del aparente frenazo en la producción de Ty, que como decimos sale a título cada cuatro o cinco meses. Sleeper es su álbum más calmado, más maduro y probablemente el más homogéneo musical y temáticamente. Es un álbum de folk con arranques de psicodelia, poblado de canciones en apariencia ligeras pero que destilan sin duda esa melancolía por la muerte de un padre y cierto rencor culpable hacia la madre ausente. Ty cuenta que estas fueron las canciones que le salieron, que no podría haber escrito otras, que no desechó ninguna. Coger la pedalera y abrazar la acústica no ha sido una decisión consciente, sino una respuesta a lo que le rodeaba.

Cuenta. por ejemplo, que ‘Crazy‘, arriba, fue una aparición. Llegó al cuarto con el estribillo en la cabeza, cogió la guitarra, encendió la grabadora, y eso que escuchan, literalmente esa toma que escuchan, es la que quedó. En ella llama loca a su madre. “You, little one / You got your hand over your heart / Take away your hand / Give your heart a brand new start / ‘Cause he’s here, he’s still here / Though she is crazy“. Un gesto, al parecer, catártico.

“Toda mi vida me había censurado al hablar de ella, toda mi vida. Pero con esto cruzó una línea y me dije: basta. Estaba enfadado y decepcionado. Es extraño, pero simplemente llegó un momento en el que no me importaba en absoluto cómo pudiese afectarle. Necesitaba decirlo para poder avanzar. Tanto yo como otras personas que de verdad me importan, como mi hermana. Nunca he intentado escribir una canción sobre una persona en particular, siempre me ha parecido algo un poco salvaje, algo que puede acabar creándote problemas. Pero ahora, en este momento, pienso que si escucha el tema y le da por cambiar la forma en la que está llevando su vida… espero que lo haga y que podamos hablar de ello”.

Ty no entra en muchos más detalles. Simplemente deja traslucir que durante la agonía de su padre ella “hizo algunas cosas malas y no supo comportarse”. La respuesta es un tema dulce de apenas dos minutos y medio que suena a clásico instantáneo. Y no deja de ser irónico que un adalid de la distorsión desahogue tanta bilis con esta candidez melódica.

Supurando clásicos

A pesar de todo, y apartado este ejemplo, Ty confiesa que las canciones no le salen solas. “Es duro, por eso es divertido. Muchos de estos temas están fuera de mi zona de confort”, dice, dejando ver una cierta actitud estajanovista heredada de su infancia. “Me educaron en un ambiente bastante exigente con el colegio. Me decían que tenía que ir y sacar buenas notas para poder tener un futuro. Ahora hacer música es mi trabajo, y es el mejor trabajo del mundo. Soy un tipo con muchísima suerte. Cuando me despierto voy a la cocina, me hago un cafe y trato de terminar una canción o escribir una nueva. Si no, me pongo a tocar la batería o experimento con cosas en mi garaje.” 

Sleepers, a pesar de venir de donde viene, está lejos de ser un disco devastador. Es más bien lánguido y contemplativo. Entregado a la melodía más que al ritmo. Lo abre ‘Sleeper‘, que está de hecho entre las más melancólicas. Escrita inicialmente para su novia, pero llena de segundas lecturas dadas las circunstancias, es también la que da título al álbum. Tras ella, ‘The Keepers‘ arroja una luz cálida con esa cadencia en tres por cuatro que la hace caminar a paso lento. Segall parece tomarle prestado el aliento al mismísimo Dylan y en poco más de tres minutos y medio suelta una letra desconcertante que termina así: but we live here now / and it smells of death / and the youth is wasting / the earth’s last breath / but we can still dream / and shake our hands / and sing a song / so grand. Unas líneas que definen a la perfección el conjunto, lleno a la vez de muerte, aceptación y ganas de seguir soñando. Es probablemente la mejor del disco. Un tema que sabe a clásico, que tiene esa cualidad atemporal que la hará sobrevivir durante años como una lata de alimento espacial.

Después viene la citada ‘Crazy‘, con su amargura freudiana, y ‘The Man Man‘, en la que Ty termina ahogando su acústica en dos eléctricas furiosas que son sólo un espejismo. ‘She Don’t Care‘, con un violín y la voz doblada hasta quemar, vuelve a la melancolía acústica y hospitalaria, dibujando otro tema atemporal que podrían haber firmado los Beatles o el gran Marc Bolan, al que con frecuencia y con razón, se cita como influencia. Otra muy clara es Neil Young, cuyo nombre Segall lleva tatuado en uno de sus brazos. Tipos grandes de los 60 y los 70, que es lo que Ty mamó cuando compraba vinilos compulsivamente a 1$ utilizando el dinero del bocadillo. Esas son las referencias que supura, triste y desenchufado. Y los resultados son igualmente memorables.

“Cuando grabo me obsesiono: esto es es lo que yo sé hacer. Yo no hago fotos, no dibujo, no pinto. Yo sé hacer discos, así que soy capaz de hiperconcentrarme y obsesionarme cuando me pongo a hacerlos. Tengo que hacerlo lo mejor que pueda, lo mejor que sepa”.

Este es uno carente de artificios, grabado con un Tascam 388 de cinta abierta que se puede comprar en internet por menos de 1.200 euros, y lleno de ese aire añejo y auténtico de los discos que perviven. Quizás porque está escrito por un tipo que no tiene muchas expectativas. Porque más que un trabajo, es vez ha sido una terapia. Porque las preocupaciones sobre cómo los pogueros que le veneran reaccionarían ante tanta parsimonia han sido posteriores a la publicación del álbum. Porque, cuando se tiene talento y las canciones quieren, el género es un poco lo de menos. Ty Segall está aquí, como reconocía en la citada entrevista, fuera de su “zona de confort”, pero quién lo diría escuchando la casi glam ‘Sweet C.C.’, que podría pasar, yo qué sé, por una cara B de los Rolling Stones.

tysega

A pesar de su brevedad, poco más de 30 minutos Sleeper no es un disco necesariamente fácil de escuchar. ‘6th Street‘ y ‘Queen Lullaby’ son más densas, menos redondas. ‘The West’ funciona bien como cierre del álbum, pero tampoco tiene pinta de quedar para la posteridad. Con todo, Sleeper es una rareza en estos tiempos que corren. Un álbum escrito y grabado por un muchacho rubio, adicto al surf y a los caramelos, que con 26 años es el motor de una de las escenas más interesantes de la música norteamericana. Un tipo modesto al punto de conceder una entrevista en plena calle a un chaval de 13 años que se ha buscado un colega que le grabe con el móvil. Un artista con que tiene Facebook y Twitter sólo para que su ausencia no dé visos de realidad a los perfiles falsos y que confía casi en exclusiva en la promoción del “joder, tienes que ir a ver a Ty Segall”. Un chaval capaz, en estos tiempos de producciones pulcras, de sacar un disco suciO e imperfecto en el que las percusiones, juraríamos, son sus manos sobre el estuche de la guitarra.

En una entrevista reciente, le preguntaban cuántos discos cree que podrá publicar en su carrera, a ese ritmo. Respondía así: “En realidad no me importa en absoluto. Estaría más que satisfecho si consiguiese que uno de mis discos se convirtiese en un clásico. Ese en realidad es mi objetivo.

Aquí tienen Sleeper completo.

Con información de Pitchfork, NPR, The New York Times y Austin Chronicle.

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