31/01/2013

Grandísimo debut de la jovencísima Mackenzie Scott. Un disco doloroso, sincero y adorablemente amateur.

Si se fijan bien en la foto que ilustra este post verán algo más que un rostro hierático. Mackenzie Scott tiene solo 22 años, pero en esta imagen ya se nota cierta sombra ajada bajo los ojos, la amenaza incómoda de una ojeras que no se compensan con dos días de buen sueño. Mackenzie tiene la nariz ruda, brillante, punta ancha, un poco desviada a nuestra izquierda, un poco levantada. En un plano recto vemos asomar, pequeños, sus orificios nasales. Si se fijan bien, notarán que es un poquito estrábica. Esos dos ojos, con sus pupilas dilatadísimas, no nos miran a la vez. El que nos queda a la izquierda parece un poco más grande. Toda la imagen destila una asimetría extraña. Su cara de hogaza de mármol, la leve apertura de su boca, la elevación casi imperceptible de su ceja derecha, la forma imperfecta en que la oreja recoge el pelo, la duda de si los labios que besan su mejilla izquierda llegan o no a tocarle la cara. Y el gesto. Parece que acaban de decirle que su familia ha muerto. Esta es la imagen de portada de Torres, su disco debut. Un trabajo doloroso que recuerda a PJ Harvey por la electricidad, a Sharon Van Etten por la atmósfera, a EMA por algún destello de mal rollo, a St. Vincent por las letas y a Jolie Holland por esa forma de cantar como en ayunas.

De la biografía de Scott (Torres -o TORRES, no sabemos bien- es su nombre artísitico) sabemos poco, más allá de que es originaria de Macon (Georgia) –una ciudad de 150.000 habitantes en la que, entre otros, nacieron Ottis Reading o The Allman Brothers– y que con 19 se mudó a Nashville para estudiar. “Este sitio en sí me ha ayudado a encontrar el sonido que quería. Además, el ambiente aquí ha sido muy positivo para mi. Hay muchos tipos distintos de música. Por supuesto está la escena country, que es por lo que se conoce más a Nashville, pero luego hay otras escenas interesantes: hay gente que hace folk y también muy buenas bandas de punk y de rock”. (Entrevista con Papermag).

Cuando Scott llegó a Nashville en 2009 llevaba un par de años “enseñándose” a tocar la acústica. Es decir, por situarlo discográficamente, cuando salió In Rainbows de Radiohead no sabía tocar. La chica hasta entonces era más escritora que otra cosa, o lo es. “Yo soy escritora. Me gusta escribir historias cortas y poesía. Luego empecé a tocar la guitarra y después a escribir canciones con ella, pero en realidad nunca las toqué ante de nadie hasta que vine a Nashville”. Pueden imaginar a las muchacha con sus 19 años cantando en acústico poemas musicados en cafés y tiendas de discos, metida en el barullo musical de una ciudad que es música, probablemente sin demasiadas expectativas de nada. Entre eso y que Pitchfork le colocase un single como Best New Track medió un regalo que lo cambió todo. Hace poco más de un año, su familia le regaló una Gibson 355, uno de esos modelos con historia: fabricada desde 1958, ha estado en manos de gente como B.B King o Chuck Berry. Ruidosa y delicada, perfecta para la asimetría. “Cuando tocaba con la acústica creo que perdía mordida, la eléctrica es más dinámica. Te permite hacer más cosas, puedes ser sutil o meterle volumen. Me gusta poder hacer eso, distorsionar el sonido. También me da más libertad para hacer lo que quiera con la voz, puedo gritar más si quiero y eso me encanta”.

El single que auparon los de Chicago y que a nosotros nos animó a apostar por este debut como uno de los 10 más prometedores de los que teníamos noticia de cara a 2013 es ‘Honey‘, un tema en el que efectivamente Scott grita y distorsiona. “Escribí esa canción en mi cuarto, con la acústica, pero en mi cabeza tenía clara cómo quería que sonase: en estudio quería que reventase, que explotase al final. Quería que fuese sucia”. La voz de Scott es grave. Vibra y raspa. Aquí canta como perezosa, en un tono derrotado al inicio, casi seductor en al primer estribillo, y sí, furioso al final. No tiene cara de tener 22 años y no tiene voz de tener 22 años. No necesita volumen para dar sensación de intensidad, no necesita quiebros ni alardes para ponerte los pelos de punta. Lo hace sólo con imprimir un poco más de fuerza, con amenazar, con escalar a poquitos cantando cosas así: “Writing just to save my life / You stretch barelegged across each line (…) Everything hurts but it’s fine (it’s fine) / Happens all the time / Oh, happens all the time / Heavy are you on my mind” , dice la letra, con sl sonido ya roto en esos dos últimos versos.

La escalada acaba en una implosión controlada. No hay épica ni descontrol. No hay alaridos. Sólo una bola de guitarra y voz llenas de un rencor espeso, oscuro como sangre granate. En esta y otras letras, Scott recuerda a Annie Clark (aka St. Vincent) colocándose ante la historia con una fragilidad reconocida (“maybe some other time then I’ll come back again”), pero un orgullo inmutable. No son mosquitas muertas, son mujeres jodidas, sinceras, sin careta, humanas aunque duela.

Probablemente la estrofa que mejor explica esto es la primera de ‘Jelousy & I’: What am I supposed to say babe / I’ll be up all night to tell the truth / Would you really have a stranger in your bed / Rather than let someone like me take care of you / It’s no one’s problem but my own / I think I’ve always cared too much / I’m suffocating you I know / It’s just the only way I know to love”. Es el desnudo integral, la renuncia total a los jueguecitos de a ver quién es más duro, quién es más indiferente, quién es menos dependiente. La canción es un lamento de cuatro minutos y medio sólo con una guitarra eléctrica y dos voces superpuestas, afiladas como cuchillas. Fíjanse en cómo cambia de nota cuando dice “She’s all mine”, precisa como un piano, pero escuchen cómo raspan las letras, cómo arañan. Es la interpretación, no la precisión, lo que estremece. La siguiente, ‘November Baby’, es si cabe más austera, más larga y más dolorosa. Son siete minutos de paz, de canción de amor sin aditivos, preciosa. “I hear you on the tongues of strangers / I hang on every word they speak /
I try to be just where you are / But Summer takes you far from me”.

El debut de Torres es un disco crudo, grabado sin sello ni productor, en cinco días, en directo, en cinta abierta, casi a la primera y con músicos de no reconocido prestigio dirigidos por una chica que no llevaba ni un año con la eléctrica colgada. Todo esto se nota. Con las escuchas uno va descubriendo esos lugares donde fallan. Esa voz que se va un poco, el bajo que entra tarde, el ruido poco pulido del micrófono. Los arreglos son a menudo simples. No hay más que escuchar cómo comienza el disco, con cuerdas rudas, como invitadas de última hora en plan, “ey, tengo unos amigos que tocan esto, podríamos meterlo en el disco”. Toda esta carga de amateurismo bien podría espantar, pero en realidad contribuye a explicar que este es un disco sin maquillar, que está saliendo por la tele despeinado y por sorpresa, un disco de juventud, de una honestidad brutal y de una interinidad estilística obvia. Los temas comentados parecen la herencia clara de una etapa acústica, pero justo a la mitad, tras el pulso lento de ‘November Baby‘, Torres se destapa ‘When Winter’s Over’ con un riff furioso para una canción de rock.

Chains‘ en cambio es una ingenua pero tremendamente acertada experimantación con el maquineo. La canción se abre con una programación de bajo y batería. Un bombo, cuatro notas gravísimas en bucle y una letra bien cabrona: “If I don’t find me soon / I won’t be searching anymore / ‘Cause I am starving for the truth / So feed me something real while I’ve got youth left in my veins”. Joder, eh. Las guitarras son aquí adornos de angustia que contribuyen a crear una atmósfera opresiva y envenenada digna de EMA, un algo oscuro y vírico, con ese “my chains are gone” repitiéndose una y otra vez hasta que alguien tira del cable y la canción termina un gemido eléctrico.

La recta final del disco vuelve a bajar las pulsaciones. ‘Moon & Back’ es una carta escrita de una madre a una hija nacida en 1991 (año en que nació Scott) que fue dada en adopción. En la entrevista antes enlazada, ella dice que todas las letras son autobiográficas, así que, si no hay poderosa metáfora mediante, en esta letra Scott es la niña y se está poniendo en el lugar de su madre biológica. La ultima línea dice “Your new family knows I did this all for you / Maybe one day you’ll believe it too”.  Luego todo vuelve a crecer ahora con los violines aguantando la escalada, con la voz de Scott en primer plano. ‘Don’t Go Away Emily’ sea quizás la más floja del conjunto, la más obvia; mientras ‘Come To Terms’, luminosa en su calma, es la primera en la que la chica se arma y manda a la mierda al malo del disco. “When I look at you I get so lonely / I used to just adore you / But now you bore me / ‘Cause people always change / But ain’t always changing for the better”. Es además la única canción del disco tocada con la acústica, apoyada sólo por una batería tormentosa que no tiene en realidad responsabilidad rítmica alguna. El resultado es una canción preciosa. Otra más.

El disco se cierra con ‘Waterfall‘, donde el malrollismo vuelva a aparecer. “From way up here It looks so calm / Do you ever make it halfway down and think / God, I never meant to jump at all (…) Nowhere to go but down / Nothing to do but drown”, canta, por no decir que susurra, con la voz doblada, metalizada, hospitalizada como en una canción de The Antlers. Así acaba el disco, con una guitarra retorcida extinguiéndose en un fadeout larguísimo. Y luego 10 segundos de silencio. Para no haber olido una guitarra eléctrica la última vez que Radiohead sacaron un disco bueno, no está mal. Nada mal.

Pueden escuchar el disco entero en su Bandcamp o en Spotify.

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