15/06/2014

Comentamos la deriva que muestra el grupo de Tom Meighan y Serge Pizzorno en 48:13, su quinto disco. De autoproclamarse como salvadores del rock 'n roll a convertirse en una parodia de sí mismos.

La maquinaria del pop británico siempre ha tenido idiosincrasias muy peculiares. Tanto es así que en algún momento los grupos empezaron a creerse las ficciones de ciertos medios que buscan constantemente a los “salvadores del rock’n’roll” y “nuevos (puede insertar usted aquí Oasis, Libertines, Strokes o lo que le plazca)“. Kasabian, aupados desde su debut a la primera línea del pop sajón, han terminado por convertirse en víctimas de los delirios de la NME y publicaciones afines, siendo 48:13, su quinto álbum, la confirmación de todos sus males.

Y es que la ambición es algo complicado de manejar. Venían los de Leicester calentando el ambiente los meses previos a la salida del álbum, con moderado éxito. Sus proclamas, grandilocuentes, de esa forma en la que suelen serlo ciertos grupos británicos, rozaban el delirio mesiánico. Hablaba el italobritánico Serge Pizzorno, que además de guitarrista y corista es el “genio compositor” de la banda y un más que aceptable delantero. Y hablaba del nuevo disco como “puerta de entrada a un nuevo mundo“, de un disco “peligroso“, de un “nuevo lenguaje musical“, nada menos. Esta campaña la mezclaron con la reivindicación de sus orígenes en Leicester, esa ciudad en medio de las Midlands británicas que nunca antes había producido músico alguno de valor.

Inflado el globo de 48:13 al más puro estilo Gallagher, los resultados no pueden corresponderse menos a la realidad. El tono general del disco es el prometido por la banda, una mezcla de rock filosesentero con matices electrónicos y voluntad ravera. Una idea estupenda, si no fuera por el detalle de que Screamadelica salió ya en 1991. Y es que vender como una gran novedad el saqueo a Primal Scream que llevan repitiendo desde su notable debut homónimo no es más que otra de las pruebas de su miopía creativa y de la falta de conciencia de lo que ocurre alrededor. Henchidos de una autoestima bastante poco justificada van rozando el autoplagio en temas como ‘Stevie‘, en el que traspasan la barrera de lo pomposo sin demasiada vergüenza. Les funciona mejor cuando se dejan llevar directamente por la electrónica, como en el muy resultón single ‘Eez-eh‘. Y la sensación constante durante todo el disco es la de que esto ya lo han hecho antes, y mejor. Los únicos atisbos de algo parecido a evolución aparecen cuando se deciden a dejarse llevar por el “bass drop” seudodubstepero en “bumblebee” o “explodes”, siempre desde muy discretamente, como si no quisieran pasarse de modernos y osaran abandonar las sacrosantas guitarras.

El vocalista, Tom Meighan, que cumple de cara al público un rol levemente similar al de Liam Gallagher en Oasis, parece tener la intención de convertir ciertos temas en letanías neopsicodélicas, tan de moda entre los sectores más tradicionalistas del pop actual. En lo lírico tampoco han avanzado mucho, siendo simplistas hasta lo autoparódico. No resulta difícil imaginar a Meighan y Pizzorno extasiados por haber hecho una referencia a Google en una canción, con plena conciencia de ser unos grandes innovadores en la lírica pop. La sensación que producen hoy día es similar a la de Oasis en la época del Standing on the Shoulder of Giants: la de estar ante un producto caduco y revenido, sin nada nuevo que ofrecer. El conjunto es el de un álbum pretendidamente grandilocuente que se queda en totalmente anecdótico, una intentona de reclamar un trono, el de “reyes del rock británico“, que en el dudoso caso de que siga existiendo, en ningún caso les correspondería a ellos, sino a unos simpáticos tonadilleros de Sheffield.

Afirmaba hace pocos días Billy Bragg, ese cantautor británico que a veces parece la improbable mezcla entre Joe Strummer y Labordeta, que la virtud de Kasabian es recordarnos cuánto de cierto había en Spinal Tap. No andaba muy desencaminado, dada la deriva de los de Leicester. Ahora que llega el verano, podrán, al menos, redimirse de su poco estimulante disco triunfando en el que es su hábitat natural: los festivales de verano. Su directo siempre fue enérgico y divertido, y han conseguido encabezar este año el mastodóntico Glastonbury por encima de otros nombres a priori más populares, en una operación que parece diseñada para legitimar ese estatus mitológico de sucesores de Oasis que reclaman constantemente. No se olvidan de la península, puesto que encabezarán el viernes del FIB 2014. Ojalá allí hagan valer las que un día fueron sus virtudes.

Texto: Santi Fernández

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