18/04/2013

Repasamos 'Woman', el fascinante debut del misterioso dúo californiano.

Un escenario con luz tenue en el que asoman maderas caoba. Sobre él, músicos ataviados con trajes negros escondidos entre las sombras y una luz que ilumina a una cantante de piel negra como el ébano, una voz grave, delicada y limpia. Un fotograma que retrotrae a la mente las grandes damas, a Ella Fitgerald, Nina Simone o Abbey Lincoln. Con unos tintes de contemporaneidad las figuras sugeridas pueden ser la de Seal o la de Sade. Continúen sentados bajo esa atmósfera, tras el humo denso de los cigarros que escapan de cualquier veto. Si solo atendemos a la música podrían tener ante ustedes a una banda llamada Rhye.

Pero en caso de desperezarse y abrir los párpados, el disgusto puede ser mayúsculo. Quien ha avivado toda esa sensualidad no es alguien de sinuosas curvas y, sin duda, es más probable que lleve una corbata que un vestido blanco satén. Es uno de los secretos a voces del dúo formado por dos hombres, el danés Robin Hannibal y el canadiense Mike Milosh. Y es precisamente la voz de este último la que propone el concupiscente viaje cuyo billete se llama Woman. Pero, pese al previsible disgusto, no hay que enojarse. Es la intención que tienen los dos músicos. Su secretismo no es otro nuevo truco de marketing porque, cuentan, lo que quieren es que su audiencia disfrute de la experiencia libre de ideas preconcebidas. A medida que se investiga a fondo el origen de su majestuoso primer álbum, las sorpresas se suceden sin que ninguna pueda superar a la que proporciona disfrutar del trabajo que han logrado en el estudio.

Un disco que no es obra de novatos. Milosh es autor tres álbumes de estudio en los que reconocerán la misma voz que en Rhye, aunque en solitario sus preferencias apuntan al downtempo. En el caso de Hannibal, era la mitad del dúo danés Quadron, que editaba en Plug Research, el mismo sello en el que estaba su último compañero de andanzas. Tras colaborar en tres canciones, el encuentro definitivo de ambos se produjo en Estados Unidos, un terreno propicio para formar parte de esa revitalización de la música negra que se está produciendo en los últimos años. Desde Kanye West y su meteórico My Beautiful Dark Twisted Fantasy y pasando por Gnarls Barkley, Frank Ocean o Kendrick Lamar  hasta llegar a las islas británicas con AlunaGeorge o Jamie Lidell. Son ejemplos de una vuelta a las raíces más oscuras en la que probablemente Rhye ocupen el lugar más íntimo.

Una sábana aterciopelada vuela en los primeros segundos de Woman y aterriza en una cama en la que pasarán algo más de media hora. Es el inicio de ‘Open’, que también supuso el primer single de la banda hace ya más de un año y que rompe con discretas percusiones y bajos que entran de puntillas pero atacan al fondo del alma. Una presentación con un comienzo inmaculado que corrobora la sugestiva invitación a base de pianos y vientos de ‘The Fall’ y su “Make love to me, one more time, before you go away, why can’t you stay?”.

Rhye

Sensualidad es la palabra que emana de todos los lugares a los que puede transportar esta joya. Sensualidad en las guitarras enmudecidas de ‘Last Dance’, última canción de una trilogía inicial de las mejores que se recuerdan en los últimos tiempos, sensualidad en los violines y cuerdas que irrumpen en el minimalismo de ‘Shed Some Blood’, o en los coros de la preciosista ‘One of These Summer Days’.

Un ruego a una vez más o el recuerdo de la que pareció la última palpita en cada nota que suena en este Woman, en letras que preguntan mediante mentiras hermosas, que hablan de soledades que parecen ser sombras o de besos robados entre sábanas manchadas de sangre. La abstracción melancólica se acaba rompiendo con la ornamentación rítmica de ‘Hunger’ para que el final que da nombre al disco se transforme en una despedida onírica que mantiene la narcosis o cuyo término incita a emprender un bucle.

Es casi una obligación empaparse en la tela de seda que dibuja el que sin duda se antoja como uno de los mejores trabajos del año, un disco que acaricia y se desliza entre los deseos más inconfesables. No hay que preguntarse quién genera lo que se escucha, se puede caer en una interminable lista de porqués. Los propios autores mantienen su anonimato incluso cuando suben a un escenario, así que no hay que pretender desprenderles de sus vicios. Busquen un buen acompañante, enciendan una chimenea y pongan los altavoces a un nivel moderado. No hará falta mucho esfuerzo para prender la llama.

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