16/12/2013

Comentamos Shangri La, el segundo disco del jovencísimo cantautor británico.

El éxito prematuro es a veces el anuncio de un sonado fracaso. Existe una necesidad de darle continuidad a unas expectativas que de pronto pueden parecer excesivas y se pueden tomar decisiones demasiado precipitadas. O sencillamente que esa notoriedad caiga por su propio peso. Ateniéndonos a la historia más o menos reciente, The Strokes publicaron cuando superaban por los pelos la veintena Is This It, un disco que supuso un punto y aparte a comienzos de siglo. Millones de copias vendidas, el posterior Room On Fire y luego una caída al vacío de la que lo único remarcable son algunas destacadas aportaciones de algunos de sus miembros. Y aún siguen intentado remontar el vuelo. Otro caso es el del Pete Doherty, que parecía la gran esperanza del Reino Unido y luego quedó aplastado por el émbolo de una jeringuilla, con todos los respetos para los adeptos de Babyshambles.

El primer disco  homónimo de Jake Bugg supuso una sorpresa menor que las anteriores, pero la corta edad con la que lo editó –tan solo 18 años– y buenas canciones como ‘Two Fingers’ o ‘Simple As This’, presagiaban un futuro prometedor. Por un momento la sombría Nottingham sonaba como el Greenwich Village neoyorkino de los años 60 y no existía ningún motivo para criticar las evidentes similitudes con Bob Dylan. ¿Acaso las hay cuando se trata de The Tallest Man On Earth, por poner algún otro ejemplo?

Pero, al contrario que los sucesivos lanzamientos de Kristian Mattson, el segundo trabajo de Bugg carece del alma y la autenticidad que tenía su primer disco. Uno de los principales inconvenientes puede haber sido que Rick Rubin haya puesto su mirada demasiado pronto sobre su nuevo pupilo. Puede parecer una frivolidad censurar al ínclito productor, con una trayectoria que, entre otros muchos, incluye el Californication de los Red Hot Chili Peppers y que este mismo año ha hecho un milagro con el 13 de Black Sabbath, pero también es cierto que sus incursiones en terrenos más independientes han acabado dilapidado a algunas bandas, como por ejemplo The Gossip.

Al bueno de Jake Bugg se lo llevó a Malibú para grabar el segundo álbum y tal debió ser el embeleso que el disco se llama como el mítico estudio adquirido por Rick Rubin en la costa oeste estadounidense, Shangri La. Además le rodeó de músicos de la talla de Chad Smith, batería de los propios Red Hot Chili Peppers. Hasta ahí todo parece una acertada fórmula para el éxito. Dólares, buenos músicos, un paraíso para crear… Pero quedaba lo más difícil: hacer canciones para completar un álbum que hiciera justicia a su predecesor. Es paradójico que el buen comienzo se titule ‘There Is a Beast and We Feed It’, en la línea del ‘Lightning Bolt’ que abría de su disco homónimo. Porque quizá Bugg podría ser en este caso la víctima que engorda a un monstruoso Rubin.

Un esperanzador inicio, decíamos, que continúa con el riff camorrista de ‘Slumville Sunrise’ con uno de esos puntuales solos de guitarra que rara vez se encuentran en nuestros días y sigue con ‘What Doesn’t Kill You’, también con matices de un punk edulcorado. Es mucho mejor refugiarse en la corta edad de Bugg que en fracasos como ‘Me and You’, que se desarrolla bien hasta el estribillo, o ‘A Song About Love’. Incluso aquella voz adorable que aparecía en ‘Broken’ llega a resultar insoportable en otras canciones recientes como ‘Messed Up Kids’.

jake Bugg Shangri La

La aportación de Iain Archer de Snow Patrol, que ya había trabajado con Bugg, y Brendan Benson, de The Racounteurs, tampoco logra sacar del atolladero a este disco que funciona mucho mejor en momentos distorsionados como ‘Kingpin’ que en medios tiempos sentimentales que hacen que estrofas como “You’ll be with the rest of the lonely people, ones who live in a cold dark place, sometimes it’s better just to run then to face the pain” suenen excesivamente vacuas. Tan solo ‘Pine Trees’ se asemeja a aquello que un día pareció ser pero que hoy ya no es. Al gusto del señor Rubin, el sonido es mucho más nítido que con el que un joven imberbe llamó la atención el pasado año. Pero esa limpieza está acompañada de unas instrumentaciones previsibles y sin ningún poder de atracción.

En 1969, en el monumental Arthur (or The Decline And Fall of The British Empire), The Kinks escribieron una de sus mejores composiciones, que se titulaba igual que el reciente disco de Jake Bugg. La confortabilidad del protagonista en ese idílico hogar llamado Shangri-la se tornaba en algo terrorífico a medida que avanzaba la canción. Quizá el músico británico haya quedado prendado por el glamour y las playas de la ciudad californiana donde ha grabado su último trabajo, pero es probable que sea en ese mismo lugar donde esté empezando a enterrar su talento.

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