22/05/2013

Crónica del más que controvertido cuarto disco de los (¿antiguos?) reyes de la electrónica.

Día 1 después de Random Access Memories y el mundo sigue girando con la misma rutina cansina y autodestructiva de una radiofórmula, Madrid 2020 tiene las mismas posibilidades de celebrarse que una reunión de The Smiths (sé que me comeré mis palabras) y los festivales apuestan decididamente por la música instalando atracciones de feria en sus instalaciones. O sea, que poca cosa ha cambiado. Aún queda alguna broma que gastar (mediante covers alucinógenos o en forma de meme), algo de bilis pasajera que vomitar (hay que mantener el estatus cultural intacto) y alguna quinceañera elegía en forma de tuit sentimental sobre su banda favorita, pero poco más. Y ahí siguen Daft Punk, un grupo que llena de expectativas sus silencios y de controversia sus apariciones.

El cuarto trabajo discográfico del dúo francés es tan daftpunkiano como cualquiera osaba no imaginar. Es decir, han vuelto a hacer lo que les pedía el cuerpo y no lo que les reclamaba el grueso de sus oyentes, un desafío para aquellos que ansiaban su versión de lo que debe ser Daft Punk, sin darse cuenta de que, para su desgracia, ese camino solo lo deciden ellos. Si crees que su autenticidad se acabó en el fresquísimo Homework, su incursión en la edad dorada del disco y el funk te supondrá el tiro de gracia a las pocas esperanzas que tenías depositadas en ellos; si eres de los amantes tardíos de Discovery echarás de menos que no enfaticen esta vez en su aura robótica; y si fuiste de los pocos a los que les gustó Human After All (tranquilo, no estás sólo, yo también alzo tímidamente la mano), quizá no entiendas por qué han pretendido desentenderse de su romance con la música electrónica (yo creo que es simplemente porque el chicle no daba para más). Cada disco de Daft Punk es fruto de su tiempo y contexto (y en este fabuloso artículo se habla de ello), y fuera de él sólo se entiende cuando las canciones valen la pena. Por suerte con los galos, un buen puñado de ellas sobreviven a la prueba del algodón temporal.

Y así llegamos a su última producción, una declaración de amor a toda la música que Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter (que ya bordean la cuarentena) mamaron en su infancia y un homenaje sincero a sus creadores, algo que siempre se había mostrado de forma soterrada en sus anteriores trabajos (mucho sample deudor) pero que esta vez apuestan por hacerlo literal a partir de una confrontación entre ese pasado esplendoroso y el ecosistema sonoro creado desde hace más de 15 años por un par de mocosos con cuatro sintes, una colección de discos infinita a mano y mucho desparpajo. Trece canciones (catorce si te agencias la versión japonesa del álbum) compuestas con un cariño extremo y casi rallando lo enfermizo (sólo ‘Touch‘ usa la friolera de 250 pistas de sonido) con ecos de Chic, de Prince, de Fleetwood Mac y de ellos mismos (¿o no es ‘Contact‘ otra cosa sino un autohomenaje y un guiño a su legado –al fin y al cabo ellos son también historia–?). Ah, y también hay algo de AOR y, sí, ecos de banda sonora porno, géneros tan denostado como el disco en los 90 o el grunge la pasada década y que pueden servir perfectamente para enfatizar en el apedreamiento de un disco o como base para crear algo estimable, así que no los desechemos antes de tiempo.

Pero antes que nada pongamos las cartas bocarriba. Dejar una crítica en manos de alguien que defendió Electroma con un argumento tan peregrino como el de que era una peli “hecha por robots y dirigida a robots, no a personas”, sólo para salvar la honrilla después de que en un Festival de Sitges media sala hubiera abandonado la proyección y la otra media se debatiera entre la indignación y la risa incrédula, puede conllevar trágicas consecuencias.

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¿Mi veredicto? Pues a mí me gusta Random Access Memories (lo despacho rápido porque eso es lo de menos) pero comprendo que haya gente totalmente decepcionada y otros que asumen el disco con entusiasmo simplemente porque anuncia su vuelta y se otea ese retorno a la carretera que tanto se ansía (cosas de un hype inflado por todas las partes). Me parece un disco irregular y deslavazado, que puede someter al aburrimiento en las primeras escuchas porque muchos aterrizamos en él con ese canto de sirena que es ‘Get Lucky‘, pero que crece con el paso de los días (ya veremos si de los meses y de los años) y engancha atendiendo canción por canción. Aún colean en la retina los menudeos vocales de Pharrell en la bailable ‘Lose Yourself to Dance‘ y de un irreconocible Julian Casablancas en ‘Instant Crush‘ (pepinos radiables en potencia), el horterismo pegajoso de ‘Within‘, el in crecendo épico de ‘Giorgio by Moroder‘ (un homenaje en toda regla apelando al legado musical del creador de The Chase) y sobre todo, el viaje fílmico, emotivo e infinito de ‘Touch‘, un Jim Henson rotundo para un tema que da razón de ser a todo lo que se defiende en RAM: nostalgia, tributo y esencia.

Por supuesto que hay temas menores, y estos van en consonancia con las expectativas depositadas en ellos. En mi caso sucede con ‘The Game of Love‘ (un ‘Something About Us‘ ya requetesabido), ‘Motherboad‘ (ahí sí que creo que es el primer momento que se lo pasan mejor ellos que nosotros) y una ‘Fragments of Time‘ tan serena y agradable como inerte, que palidece en comparación con otra de las colaboraciones de Todd Edwards con los franceses, la inigualable ‘Face to Face‘ de su segundo álbum.

Pero como ya he dicho el principal problema que le veo al disco es el orden de los temas. A veces lo que hunde a una compilación es su presentación y no su contenido. Si en lugar de poner dos baladas en los primeros cuatro temas hubiesen conectado ‘Doin’ it Right‘, su fabuloso cara a cara con Panda Bear, y algún tema más en el que colabore Nile Rodgers (lo mejor que se puede decir es que el equilibrio entre lo que aportan invitados y anfitriones hace que dudes de quién se come al otro), alcanzar la segunda parte del álbum no hubiera resultado tan dificultoso para la mayoría de los que probaron la droga dura de dejar pasar las canciones una tras otra desde el principio.

Ahora, todo esto se debe comentar siempre con la boca pequeña. Con Daft Punk no sería la primera vez que con el paso del tiempo un disco cambia su fisonomía para convertirse en algo más que una pieza musical. Homework dejó de ser una gamberrada con talento para erigirse en el sonido de una generación y la puerta de entrada de la electrónica a la música de masas a partir del anonimato físico de sus autores. Discovery supuso trascender a fenómeno social creando un imaginario propio (no vean la de palos que se llevó en un principio, hasta se llegó a comparar ‘One More Time‘ –por cierto, R.I.P. Romanthony– con una Cher en estado de embriaguez). Human After All concebió y perfeccionó todo el concepto visual con sus videoclips más personales (no me atrevo a decir mejores estando por ahí en medio Spike Jonze y Michel Gondry), un largometraje que hipnotiza y traumatiza por igual, y una gira mundial vilipendiada al principio –como siempre suele ocurrir con todo lo relacionado con ellos– pero que acabó noqueando al presente y sirvió de espejo para todos aquellos que intentan montar un directo que quiera ser a la vez un espectáculo sonoro y visual (ahora parece que si no llevas cuatro leds pegados a tu espalda no eres nadie y tampoco es eso). Con todos estos precedentes dar una sentencia definitiva a las primeras de cambio de cualquier novedad producida por Guy-Man y Bangalter tiene sus riesgos.

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Y con RAM estamos en las mismas, es el inicio de algo que sólo descubriremos si ha valido la pena con el paso del tiempo. El primer aviso es una inteligentísima campaña de publicidad en la que ellos van disparando y nosotros (prensa musical, fans y detractores) rellenamos los huecos hasta convertirla en cansina, que ha mantenido durante varios meses a los franceses en boca de todos, incluso de aquellos que no tenían ni idea de quiénes eran. Y todo manteniendo intacto su estilo: recuperar lo retro (anuncios de TV y carteles publicitarios) y lo contemporáneo con un ingenioso provecho de las redes sociales (descubrir el tracklist a través de Vine), además de anunciar la muerte definitiva del videoclip extendido (algo que ya se encargó de satisfacer la propia MTV y el borreguismo estilístico) con la presentación de sus canciones en píldoras de corta duración.

Ahora también sabemos que están preparado una reinterpretación de todos los temas incluidos en el disco y que comenzará con un remix de, claro, ‘Get Lucky‘, que verá la luz a finales del mes que viene. Quien sabe, quizá en unos meses comencemos a abominar de este disco y abracemos a su hijo bastardo como le sucedió a Soulwax con su rutinario Any Minute Now y su antológico Nite Versions.

Y no acaba ahí la cosa, ya que en una entrevista la pareja de robots daban a entender contactos con Brian de Palma para díos sabe qué, seguramente algo relacionado con El fantasma del paraíso, película que obsesiona sobremanera al dúo y de cuya banda sonora se encargó Paul Williams (quien colabora en ‘Touch‘ y ‘Beyond‘). Con todas estas pistas encima de la mesa es más probable que la sensación de montaña rusa que acompaña a Random Access Memories se dilate durante semanas y meses.

¿Merecen Daft Punk que les demos ese margen de tiempo? Pues eso, amigo, ya queda en tus manos.

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