21/02/2013

Reseñamos 'Push The Sky Away', su mejor disco en una década.

Bob Dylan y The Band. Neil Young y Crazy Horse. Bruce Springsteen y la E Street Band. Y Nick Cave & The Bad Seeds. No, por favor, no me toquen la frente. No me ha dado la fiebre. No es Satán hablando a través de mi boca. Treinta años de enormes discos avalan mi afirmación. Qué vamos a decir de ellos. Desde el post punk más apocalíptico de From Her To Eternity (1984) hasta sus últimos álbumes, más introspectivos, donde amor y redención se dan la mano; grandes todos. Pocos poetas son capaces de unir en sus letras lo terrible y lo divino, la ternura y el crimen, como Nick Cave lo hace. Es como si fuera un proceso automático. Le sale solo.

La otra parte del binomio (separada del hombre, pero inevitablemente unida a él), los Bad Seeds, pasan por ser una de las mejores formaciones de la música reciente, capaz de crear un discurso propio, tan descriptivo y lleno de claroscuros como los pasajes de Cave. Tan pronto hilan caricias en forma de teclados como afilan acerados violines. Con el paso de los años, las semillas han germinado de mil maneras distintas: desde la marcha de Mick Harvey en 2009 (y antes, la de Blixa Bargeld en 2003: dos figuras de innegable peso compositivo en el grupo), no quedaba ningún miembro fundador de los Bad Seeds entre las filas de la banda, salvo el propio Nick. ¿Estábamos ante un proyecto personalista agotado, arrastrado por el carisma de Cave y las primeras canciones? Había motivos para el recelo: la salida de Bargeld coincidió con Nocturama (2003), un disco flojo, y la de Harvey se produjo después del (algo caricaturesco) Dig, Lazarus, Dig!!! (2008). Aquello parecía definitivamente un fin de ciclo.

Sin embargo, no era necesario rasgarse las vestiduras. Para entonces Grinderman, proyecto paralelo liderado por el australiano, había publicado su debut homónimo, una revisitación al punk-blues más grasiento, aquel que los Bad Seeds parecían haber condenado al destierro. Fue uno de los discos del año, y en 2010 sacaron segunda parte. Y también les fue bien. En 2011, el proyecto murió: al menos, hasta el próximo Coachella. A la vez, durante estos años inciertos para los Bad Seeds, Cave se embarcó en la composición de impecables varias bandas sonoras: destaca El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, junto al ínclito multi-instrumentista Warren Ellis, semilla imprescindible, incorporada a la banda en 1996, en los días de aquel sangriento divertimento llamado Murder Ballads. Sí: el viejo Nick no para. Va camino de los 56, pero sigue en marcha, componiendo en la oficina hasta las cinco de la tarde. Método heterodoxo para muchos: ni drogas, ni intentos de suicidio, ni estúpidas relaciones de amor. Sólo disciplina y unas hojas en blanco.

Y una Biblia también. Nadie ha trabajado como Cave la imaginería religiosa, ya sea judía, católica o islámica. Personajes vacíos de espíritu, dioses vengativos, ángeles en la tierra que proporcionan el último resquicio para la redención. Sin empalagar, ha ido preñando su universo de referencias espirituales. Y lo ha hecho genial: abriendo resquicios de fe en el ateo, inyectando impulsos nihilistas en el creyente. Como Leonard Cohen o Johnny Cash. Que no, coño, que les he dicho que no tengo fiebre. El caso es que esta semana Nick Cave & The Bad Seeds han publicado nuevo álbum, Push The Sky Away, y ya la portada (Cave asegura que Dominique Issermann hizo la fotografía de él y su mujer, Susie Bick, de forma no premeditada) recuerda ligeramente a la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Y el título, obviamente, va en la línea: rompe los límites del cielo, ve más allá. Disuélvete en lo eterno.

En las últimas semanas, Nick Cave & The Bad Seeds han hecho una pequeña gira promocional por teatros de Europa y América (les recordamos que en mayo estarán en el Primavera Sound 2013), tocando el disco en su estricto orden, porque “guarda cierta narración”. En estas actuaciones han estado acompañados por un coro de voces blancas y una sección de cuerda. El miércoles 13 pudimos escuchar a través de Radio 3 la magnífica retransmisión del concierto en el Admiralspalast de Berlín (arriba lo tienen incrustado): hora y media larga donde se mostró Push The Sky Away como lo que es, y permítanme las negritas: el mejor disco que han hecho en, pongamos, diez años. En el susodicho concierto también se pasearon algunos temas eternos: ‘The Mercy Seat‘, ‘The Ship Song‘, ‘O Children‘… todas impecables, con un Nick en perfecto estado de forma vocal y carismático.

Entonces, ¿a qué suena Push The Sky Away? El disco vuelve a la senda marcada en 1997 por The Boatman’s Call y continuada por No More Shall We Part (2001): introspección, aires de crooner siniestro, fin del barroquismo en los arreglos, apuesta por la exhuberancia efectiva, por la profesionalidad de treinta años haciendo música. Qué demonios, este disco suena a Verdad. De principio a fin. Empieza con el primer single, ‘We No Who U R‘, cuyo clip ha sido grabado por Gaspar Noé. Basada en un suave ritmo de electrónica, la voz de Cave se mantiene aferrada a cada matiz. La canción parece automática, hecha a tiro fijo, pero los detalles florecen: esos loops, el levísimo solo de flauta del final tocada por Ellis, los recovecos seductores en la voz de Cave… “And we know who you are, and we know where you live, and we know there’s no need to forgive, again”. La mística del primer corte, ya saben.

Wide Lovely Eyes‘ sigue la estela marcada por la anterior, con un tenue (pero asfixiante) loop ahogado de guitarra como base rítmica, al que se une el sutil teclado, que lleva el peso melódico. Primera canción que hace referencia al mar. Como creación de la vida, como inicio del caos, como el límite entre lo conocido y lo fantástico, castigo y penitencia. Exactamente el mismo simbolismo es utilizado en la tercera canción, ‘Water’s Edge‘, donde parece que Cave nos apela directamente: “you grow old, and you grow cold”. Su fraseo tenso recuerda a los momentos más áridos dentro de (el ya de por sí corrosivo) Henry’s Dream (1992). Nuevo bucle, esta vez de los violines, mientras la batería de Thomas Wydler tiembla y redobla, golpea los platos con un golpe sordo, traqueteando como una locomotora destartalada. Todo está como ligeramente fuera de tono.

La cuarta canción es ‘Jubilee Street‘, el segundo single: “Todavía no ha salido el disco y ya es un puto clásico”, dijo Cave cuando la presentó en su concierto en Berlín. Cómo lo sabes, Nick. En indiespot nos quedamos prendados cuando salió, hará cosa de un mes: aunque tiene serias competidoras, en opinión de quien escribe es la mejor canción del disco, a la altura de clásicos como ‘Into My Arms‘. Esa línea lacónica de guitarra, esa sensual percusión, esas cuerdas perfectamente orquestadas, esa contención exquisita que rompe finalmente de forma magistral, esa sensacional narración de Cave… ”the problem was, she had a little black book, and my name was written on every page”. La coda final debería durar una vida entera. Una canción necesaria. Tiene una especie de continuación, ‘Finishing Jubilee Street‘, la séptima, apoyada en el mismo riff de batería, más onírica y evocadora.

Mermaids‘, el quinto corte, sigue en la estela marina de ‘Wide Lovely Eyes‘ y ‘Water’s Edge‘. Cave rescata el mito de la sirena como figura erótica inaccesible y fascinante, colocada al mismo nivel de Dios (“I believe in God, and I believe in mermaids, too”). Por su parte, ‘We Real Cool‘ se apoya en un bajo profundísimo y cavernoso, denominación de origen. La canción se hace un poco indigesta, pero oigan, crea ambiente. Más llevadera resulta ‘Higgs Boson Blues‘, a pesar de que dura ocho minutos. Una pasada de vueltas hecha a base de eso mismo, blues. Un cóctel donde entran Robert Johnston y Hannah Montana, el diablo y árboles en llamas. De nuevo, ritmos repetitivos con infinidad de matices, y un Nick pletórico.

Llegamos al final. De postre, otra canción sobresaliente: ‘Push The Sky Away‘. La que da el nombre al disco, investida de cierto sonido místico. Un teclado elegíaco lleva la pauta, mientras Cave susurra: “You’ve got to just keep on pushing, keep on pushing, push the sky away”. Más allá de todo límite. Tremendo mensaje, y así, susurrado trémulamente suena más tremendo. Las cuerdas se abren paso de nuevo. Cave permanece agazapado, en la sombra, dejando que la canción avance a su propio paso, marcado por dos notas repetidas de bajo. Se retoma el estribillo, y se repite, y otra vez, y empieza a desvanecerse, más allá del cielo, más allá de todo límite.

Al terminar, la cosa parece clara: su mejor disco en una década, pero ¿comparable con The Boatman’s o Let Love In? Ni de lejos. Lo cierto es que ninguna letra es particularmente brillante, y Cave no se exhibe demasiado: pero eso sirve para cerciorarnos de las maravillosas -y minimalistas- bases melódicas, de cómo Nick Cave no es The Bad Seeds, pero unos y otro forman una simbiosis inquebrantable. Es como si, de alguna manera, Nick Cave mostrase que se está haciendo mayor y que, por fin, ha superado la contradicción entre el bien y el mal. Ha logrado sintetizarse en algo negro y luminoso, curtido por la experiencia y diáfano como el alma de un niño. Vibrando y transformándose. Look at him now! El viejo diablo necesita empujar el cielo, quebrarlo en mil pedazos. Liberarse para saber cuán ruin puede llegar a ser, cómo puede carcomerle el miedo, el deseo y la pulsión de pura vida, en un cóctel tan abrasivo como el arte puro. El diablo, en fin, también necesita arrepentirse de sus pecados y creer.

Texto: Álvaro Ramírez (@alvarorcalvo)

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