11/10/2017

Ella es especial.

Poco importa que en su primera visita a Barcelona no consiguiera llenar el Sant Jordi Club, porque Lorde ya es una estrella. Es una estrella y es muchas cosas más, como demostró el lunes pasado con un solidísimo concierto que la confirmó como una de las grandes artistas que ha dado el pop en esta década. Es una excelente compositora, como se intuía en el debut Pure Heroine –que presentaba una adolescente fuera de lo normal– y como confirma Melodrama –un trabajo de transición vital que se explica con su título y que a cada día que pasa va escalando posiciones en la lista de discos que marcarán este 2017–. Es una intérprete portentosa: carismática, cercana, explosiva, imperfecta. Canta bien en directo con esa voz angulosa y esos agudos espectrales tan deudores de Kate Bush (que sonaba en el hilo musical previo al concierto; también Yeah Yeah Yeahs, siendo Karen O otra de sus influencias claras). Se mueve de lado a lado como si fuera su primer y último concierto. Y conecta sin fisuras, directamente, a tumba abierta, con su público, que la idolatra como la estrella del pop que en efecto es.

Pero, por encima de todo, Lorde es una chica de 20 años que está viviendo algunas experiencias vitales por primera vez, y nos está haciendo a todos partícipes de ellas: su generación empatiza con ella y el resto vemos su periplo vital sin atisbo de condescendencia, maravillándonos con su madurez y abrazando su emoción, su dolor y su resurgimiento.

Porque Lorde es humana. Y como tal es excesiva, intensa, frágil. Hubo un momento en el concierto, especialmente, en el que todo esto quedó condensado. Ella, vestida de blanco y sentada en el escenario bajo el neón luminoso de MELODRAMA, explicaba al son de las primeras notas de la demoledora ‘Liability’ cómo de emocionada estaba de estar en Barcelona por primera vez. Repitió varias veces, seguramente más de las necesarias, lo irreal que le parecía el hecho de escribir canciones en su habitación y que después miles de personas se las cantaran de vuelta. ¿Un poco demasiado, quizá? Sí, pero es precisamente en ‘Liability’ donde Lorde canta lo de “They say, “You’re a little much for me, you’re a liability””, sincerándose sobre cómo se siente una carga para según quién, cómo a veces “es un poco demasiado” (“a little too much“) para algunas personas.

Pero en realidad, encima del escenario Lorde no es demasiado. Se sitúa en el equilibrio perfecto entre los excesos teatrales de Florence + the Machine y la languidez pesada de Lana del Rey, alzándose como la estrella pop definitiva de esta década. Salió de negro, pasó el tramo central de riguroso blanco y acabó de rojo. Fue un concierto en tres actos: el primero celebrando la vida, arrancando con destellos como ‘Homemade Dynamite’, su irresistible colaboración con DisclosureMagnets’ y ‘Tennis Court’ de su debut, el segundo con el desengaño como eje central de la mano de ‘Liability’, ‘Ribs’ y ‘A World Alone’, y el tercero con la catarsis como motor, encadenando un quinteto final de temas absolutamente espectacular al alcance de muy pocos artistas actualmente: ‘Supercut’, el macro-hit ‘Royals’ (que, como suele pasar, no es su mejor canción ni de lejos), la eufórica ‘Perfect Places’, ‘Team’ y una apoteósica ‘Green Light’ a modo de comunión colectiva al son de la esperanza: “But I hear sound in my mind / Brand new sounds in my mind“.

No fue, con todo, un concierto perfecto. Quizá por el recinto el sonido no fue todo lo contundente que algunos desarrollos instrumentales merecerían, y se abusó de coros pregrabados que podrían haberse hecho en directo para enriquecer la propuesta. El bis, con la marciana ‘Loveless‘, empañó un poco el brillante acelerón final, igual que la versión de ‘Somebody Else’ de The 1975, totalmente innecesaria, rompió la magia de la segunda parte.

Y, al final, a pesar de los defectos y de no llenarlo, el Sant Jordi Club se le quedó pequeño a Lorde. Porque este parece un espectáculo pensado para la explosión colectiva, al aire libre, celebrando la vida en todas sus consecuencias. No por el confetti, no por la escenografía de neón ni por las dos bailarinas que brillaban en el escenario en todas las canciones. Sino porque Lorde ya es, a todos los efectos, una estrella.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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