12/09/2017

Crónica agridulce del reciente paso de los neoyorkinos por la sala Razzmatazz de BCN.

Entre todas las palabras que podrían definir el concierto de Interpol que presenciamos el pasado 8 de septiembre en la sala Razzmatazz me quedo con agridulce. Para empezar, la ocasión realmente era perfecta. La sala estaba abarrotada de fans incondicionales que esperaban con ansia –de ello fueron ejemplo los pitidos que hubo por el retraso de treinta minutos– el hecho de reencontrarse con Turn On The Bright Lights, el que es considerado como el mejor disco del trío neoyorkino hasta la fecha y aquel que cumplía quince años desde su lanzamiento. El público se entregó desde el minuto cero hasta el final del concierto, bailando eufóricamente al ritmo de descomunales hits como ‘Obstacle 1’ o ‘PDA’, entre otros. Y realmente el grupo capitaneado por Paul Banks respondía acorde a ello con innegable solvencia en el escenario, una impecable ejecución, elegancia en la puesta en escena (protagonizada por el juego de contrastes entre sus figuras y los colores intensos) y un repertorio realmente envidiable, ya que recorría todas las joyas confeccionadas por el grupo, pasando por todo su aclamado disco debut hasta llegar, en el bis, a algunos de sus mayores éxitos posteriores como ‘Evil’ o ‘Slow Hands’. 

A pesar del maravilloso contexto que envolvía la velada –una especie de comunión entre los fieles seguidores y la banda–, la insipidez y la monotonía se hicieron en muchos momentos con el directo de Interpol. Sin menospreciar en ningún momento la cuidada y excelente atmósfera oscura de su sonido, las canciones parecían no poder huir de ese registro de rock hipnótico con raíces ochenteras. Unas composiciones que pecaban de no querer arriesgar y, al final, daban la falsa impresión de ser planas. Algo que quedaba potenciado por la actitud hierática y estática de miembros como Paul Banks, quien, tomando un gesto rígido y distante –algo que va de la mano de su estilo de música, cierto–, parecía crear una distancia totalmente innecesaria entre la banda y el público. Un espacio que solo conseguían romper, por suerte, el carismático Daniel Kessler (guitarra) alzando el dedo hacia el cielo cual director de orquesta dando señales al público y Sam Fogarino (batería) con unas líneas rítmicas dignas de sacarse el sombrero.

Interpol regresó a Barcelona para celebrar su trayectoria y su increíble debut. Y así fue. Pero también dieron mucha que pensar. ¿Será esta celebración, más allá de un motivo para girar, un síntoma del declive creativo del grupo?

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