23/06/2017

Recital mágico y abrumador de Agnes Obel en Barcelona. La compositora danesa confirma en directo el salto de categoría que protagonizó en 2016 con 'Citizen of Glass', su tercer álbum.

Puede parecer un tópico oportunista, pero hay algo frío en el interior de la danesa Agnes Obel. Un epicentro gélido, impertérrito y distante que contrasta fuertemente con la calidez que irradia su música en todo momento. Tal vez solo sea un ejemplo paradigmático de artista nórdica: disciplinada y absolutamente concentrada en una técnica exquisita que, no sin esfuerzo de contención, se impone sobre lo sentimental; pero también es posible que haya algo más. Si en algún momento Obel ha construido y/o utilizado su música como vía de escapatoria o como refugio, es indudable que ha creado universos seguros y bellos pero, en cierto modo, también frágiles y efímeros. Como si formaran parte de un plano irreal y onírico de la vida destinado a desaparecer cuando a la mañana siguiente toca afrontar la cruda realidad.

Siempre seria y muy bien arropada por una banda compuesta por dos violonchelistas y una percusionista, Agnes Obel se presentó anoche en la sala Barts de Barcelona con su tercer y sobresaliente disco Citizen of Glass bajo el brazo. Todos los que teníamos como referencia su anterior visita, en octubre de 2014 al Teatre Principal, imaginábamos algo más clasicista e incluso académico de cara a esta velada, centrada tal vez de nuevo en sus composiciones de piano y en su envoltura de cuerdas nobles. Sin embargo, Obel nos ofreció un espectáculo estilística y estéticamente mucho más rico de lo que podíamos imaginar.

La danesa creó un entorno mágico bañado por su calidez irradiada desde el frío: un espacio florido, hermoso y puro, como el jardín privado e infinito de la diosa Diana, a salvo de la maldad del hombre. Lo hizo desde el inicio, con la delicadeza y la ternura de ‘Citizen of Glass’, ‘Dorian’ y ‘It’s Happening Again’, desarrollando un carácter vocal algo díscolo a partir de ‘Golden Green’, un tema con ritmo y volumen naturalista que además fue el primero verdaderamente ovacionado de la noche, para amplificar poco a poco la intensidad de la velada culminando de manera más progresiva, contundente y profunda sus temas.

De todas formas, nada de esto habría sido posible sin la inestimable aportación de su banda. Tal fue el peso de la instrumentación, soberbia a cada instante, que la cantante se permitió modificar muchas de las líneas melódicas de la voz, constantemente secundada por unos coros fundamentales. En ‘Familiars’, grave, profunda y con esa última nota sostenida de piano tras un culmen embravecido, en ‘Trojan Horses’, mezcla de contundencia rítmica y vocal con un algo terriblemente místico –el espectáculo escénico evocaba un aquelarre de deidades– y en la segunda mitad del concierto, tras un intervalo donde Obel se sentó en una esquina del escenario para tocar su viejo piano. Ese que trajo, y del que no se separó, en su anterior visita a Barcelona.

En dicha fase del recital la danesa interpretó ‘Philarmonics’ –canción que da título a su primer álbum– convirtiéndola en un vals para soñadores: meciéndonos en una instrumentación presidida por los violonchelos; además de una preciosa y mágica ‘Fuel to Fire’ y de una evocadora ‘Run Cried The Crawling’.

El ritmo general siempre fue sostenido, con cierta calma tensa que no se vio alterada por la supuesta cadencia central ni tampoco por concesiones de cara a la recta final del setlist. Simplemente la intensidad fue creciendo desde el entramado de cuerdas, materializándose en una abrumadora y quebradiza ‘Red Virgin Soil’, en la confluencia de violonchelos con la cascada de piano del estribillo en ‘The Curse’, en ‘Stone’, que fue para contener el aliento, o en el final de ‘Stretch Your Eyes’, con refuerzo de percusión y de chelos en un final progresivo espectacular.

De este modo Agnes Obel ha confirmado claramente el paso adelante que dio el pasado año con su soberbio tercer álbum. Su fórmula musical cada vez es menos dependiente de la rígida estética clásica y más difícil de etiquetar, ha ganado carácter y, sobre todo, está construyendo con ella presentaciones en directo capaces de emocionar de verdad al público. El impresionante éxito que está cosechando en la gira europea de presentación de Citizen of Glass pronto se quedará corta porque, a sus 37 años, va camino de convertirse en compositora de referencia mucho más allá de sus fronteras geográficas y de las de su estilo. Porque a veces sí que se impone la belleza.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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