07/06/2017

Crónica de casi 20 conciertos de la primera jornada del festival barcelonés.

Soledad Vélez

Quizá a una hora demasiado temprana para sacar todo el provecho a su notable Dance & Hunt, Soledad Vélez utilizó sus escasos treinta minutos para revalidar el punto de inflexión que marca su último disco. Le falta a la chilena madurar los directos para dar más veracidad a una carrera cuando menos prometedora y sacar todo el provecho a canciones como la que da nombre a su reciente trabajo o a una despedida diseñada con ‘Knife’ y ‘Jeanette’, munición suficiente para apabullar más que para satisfacer. Atribuibles las carencias a la juventud o a la mutación exigida por el nuevo repertorio, la cantante se mantiene en plenitud a la hora de las mayores exigencias vocales, como una ‘Asteroid’ que sonó deliciosa gracias a una banda diligente pero excesiva en su sobriedad. Fue una buena muestra de un excelente catálogo que encontrará la fórmula para despuntar. Cuestión de tiempo. (Carlos Marlasca)

Soledad Vélez

Soledad Vélez

Cymbals Eat Guitars

Una banda de indie rock que sobrepasó cualquier expectativa. Lejos se quedaron Cymbals Eat Guitars de ser uno más del montón y embelesaron tanto en su vertiente más sentimental, marcada por el inicio de ‘Jackson’ o la extraordinaria ‘Mallwalking’, como en la más desmelenada, con la despedida de ‘Laramie’ como muestra más evidente. Subidos a la garganta de Joseph Ferocius, que hizo honores a su alias transformando su voz en algo próximo a Fucked Up, supieron los neoyorquinos reventar cada rasgueo de guitarra y cada golpe con las baquetas (impecable ‘Wish’) y optaron por recuperar las canciones de Lose, probablemente su álbum más reconocido, y acompañarlo de lo mejor de su reciente Pretty Years. Con su actuación destrozaron cualquier adjetivo que les incluyese en el generoso cajón de lo ‘prometedor’ para constatar que actualmente son una absoluta garantía. (Carlos Marlasca)

Cymbals Eat Guitars

Cymbals Eat Guitars

Kevin Morby

Bajo un sol plomo de media tarde y con un público aún algo adormecido, Kevin Morby fue el encargado de dar el pistoletazo de salida del escenario Heineken de este año. Aparentemente el panorama no parecía ser muy favorable para el cantautor norteamericano, pero este ofreció un recital tan elegante e impecable como el traje blanco que vestía –donde, por cierto, llevaba bordadas sus iniciales–. Poco más de cuarenta y cinco minutos sirvieron para repasar algún que otro tema de sus anteriores discos –como ‘Harlem River’–, para presentar algunas de sus joyas más recientes – como la íntima y delicada ‘Destroyer’ y la enérgica ‘Dorothy’– y para deleitarnos, al final del concierto, con una personal versión de uno de los clásicos de Lou Reed, ‘Rock’n’roll’. (Raquel Pagès)

Kevin Morby

Kevin Morby

Triángulo de Amor Bizarro

Ver a un grupo tan currante como Triángulo de Amor Bizarro alcanzando un escenario tan grande como el Mango, aunque no sea precisamente en prime time, desata sensaciones encontradas: uno se alegra al mismo tiempo que se lamenta recordando alguna de sus exhibiciones bajo techo. Hasta ellos parecen estar disfrutando de la experiencia solo a medias. Estos gallegos, ya se sabe, están hechos para el cuerpo a cuerpo. Para la emboscada con el cuchillo entre los dientes, no tanto para el disparo de larga distancia. En ese maximalista contexto, su pop-punk perdió algo de fiereza, pese a que todos los elementos parecieron estar convenientemente dispuestos: desde los hits de puño en alto (todavía más acelerados que en estudio) hasta ‘Seguidores‘, lo más parecido que tienen en su repertorio a una balada, convertida en puro magma en vivo. (Víctor Trapero)

Triángulo de Amor Bizarro

Triángulo de Amor Bizarro

Alexandra Savior

Hay algo de Alexandra Savior que resulta verdaderamente hipnótico. Su presencia en el escenario, sus lánguidos y sensuales movimientos, su voz aterciopelada, su actitud aniñada… O quizás el simple hecho de ver constantemente reflejado en ella la presencia del icónico Alex Turner. Pero, a pesar de que todos estos factores suman en lo que hace a la experiencia de un directo, la sensación fue de que faltó algo. La cantautora de Portland, quien presentó los temas de su debut Belladonna of Sadness bajo un largo vestido negro y un moño bien recogido, estuvo todo el concierto amarrada al pie de micro sin llegar a crear un contacto directo con el público. Parecía estar más concentrada en crear su propia imagen, en crear esa aura misteriosa y angelical, que en construir un vínculo con los que llenaban el espacio del escenario Pitchfork. Y eso, más allá de haber ejecutado bien todas las piezas del repertorio, hizo perder ese algo especial de cualquier directo. (Raquel Pagès)

Elza Soares

A Mulher Do Fim Do Mundo’ pudo haber sido el particular crepúsculo de los dioses de Elza Soares. Pero la brasileña reclutó a grandes nombres de su país para hacer un disco singular que se publicó en 2015 y la volvió a encumbrar, transformando en halago cualquier atisbo de enajenación. En el Auditorio del Primavera Sound dejó su excelso repertorio prácticamente de lado para dedicar casi por completo su actuación a ese trabajo. Lo hizo en las inmediaciones de ser una octogenaria (su año de nacimiento sigue siendo una incógnita), postrada sobre un trono artificial camuflado por un largo vestido y con su banda también asentada y dejando absoluto protagonismo a la diva que emergió desde la favela. La edad no ha sido óbice para mantener su carácter reivindicativo, que aparece en ‘Maria de Vila Matilde’ (“Te vas a arrepentir de levantarme la mano”) o clamar su negro racial en un bucle memorable. Es probable que la edad de Soares haya menguado las virtudes vocales, que sus cuerdas sean más rugosas y graves que durante el tiempo que estuvo atada a Garrincha, o que se echara en falta alguna revisión de su etapa clásica más allá de una ‘Malandro’ que se antojó maravillosa. Pero la autenticidad de su historia y su importancia en el rumbo de la música brasileña siguen siendo manifiestos incluso en los momentos de la supuesta decadencia. (Carlos Marlasca)

Arcade Fire (#UnexpectedPrimavera)

Por mucho que Arcade Fire sean un grupo dado a las sorpresas, a regalar conciertos con nombres falsos (como hicieron en la promoción de Reflektor, su último álbum) e incluso a marcarse conciertos íntimos como el que ofrecieron hace menos de un año en la sala Razzmatazz de Barcelona, nadie podía imaginar que para la presentación mundial de su canción de retorno fueran a inventarse un escenario extra en el Primavera Sound 2017 (delante del escenario Primavera) y ofrecer un concierto sorpresa el jueves 1 de junio a las 20:30h. Los canadienses habían prometido que llegarían a este festival con su disco nuevo, y aunque finalmente no ha visto la luz antes de su presencia en Barcelona, nos lo compensaron con creces: este concierto no solo fue la primera vez en la que se pudo escuchar en directo ‘Everything Now’ y ‘Creature Comfort’ (ambas de su quinto disco), sino que fue el sitio escogido para anunciar el nuevo álbum, Everything Now, junto a todos sus detalles. Tan irrepetible como el acontecimiento fue el formato del escenario, en 360º con el público alrededor a modo de ring y con un Win Butler que iba rotando de lado a lado, entregado a la emoción de los presentes como si este fuera su primer concierto. El sol escondiéndose, un repertorio reducido pero plagado de hits eternos como ‘Afterlife’, ‘Rebellion (Lies)’ y ‘No Cars Go’ y una vista privilegiada tanto para el millar de personas que pudieron acceder al escenario como para los que tuvieron que verlo desde fuera convirtieron este concierto, sin duda, en el más especial del Primavera Sound 2017. Para frotarse los ojos y pellizcarse el brazo durante mucho rato. (Aleix Ibars)

Arcade Fire

Arcade Fire

Julia Jacklin

Al mismo tiempo que los asistentes del Primavera Sound enloquecían con la unexpected aparición de Arcade Fire, Julia Jacklin subía al escenario Adidas con el objetivo de enamorar a cualquiera que la escuchara. Bien, quizás ese no era su principal objetivo pero parecía ser el efecto que provocaban cada una de sus canciones. Con un vestido de un delicado azul que se confundía con el color del mar, la cantautora de Sídney vistió de un folk-pop dulce, soñador y de bajos tiempos el anochecer de ese jueves recorriendo la mayoría de los temas que forman parte de su debut Don’t Let The Kids Win. Un repertorio que encontró sus momentos más brillantes en ‘L.A Dream’, con Julia Jacklin sola con su guitarra a cuestas, y en ‘Pool Party’, donde el público se lanzó tímidamente a corear la canción tan solo escuchar los primeros arpegios de guitarra. (Raquel Pagès)

Miguel

Da gusto toparse con artistas norteamericanos punteros que no desprecian el mercado europeo. El saltimbanqui y libidinoso Miguel, secundado por tres músicos, ya había dejado claro que forma parte de ese grupo a los 30 segundos de actuación. También que, tal y como cabe esperar de alguien que considera que no necesita añadir un apellido a su nombre artístico para que la gente le reconozca, está encantado de conocerse. No a la manera malencarada del prototípico rapero, sino más bien en la onda sonriente de un cantante latino autor de la canción del verano. Él todavía no ha hecho ninguna, aunque ‘Adorn‘, ‘waves‘ o ‘Do You…?‘ pudieran parecerlo por la reacción del público. Abusó del speech entre canción y canción y cayó en algún tópico sobado de la figura llenaestadios (“make some noise, Barcelona!”), pero su entusiasmo lució completamente sincero. Tanto que acabó contagiándose en todas direcciones. (Víctor Trapero)

Solange

Los periodistas cometemos errores. De bulto. El primero y más común: leer las crónica de los demás. Aunque en esta ocasión dicho ejercicio sirve para una riña al gremio, que repite como un mantra algunas premisas: ¿Cuánto más tiempo vamos a hablar de Beyoncé para presentar a Solange? La hermana pequeña de las Knowles no adeuda más que el apellido a su familia, y en lo musical A Seat at the Table (2016) pegó un puñetazo en la mesa tan pronunciado que se ha ganado el privilegio de volar sin el paraguas de la ex Destiny’s Child. Junto a un cuarteto básico (dos coristas y dos vientos), y a conjunto con un fondo mínimo pero muy plástico, todo rojo añejo, Solange desplegó su neosoul con maestría. Una apuesta de género, enmarcada en el R&B de su infancia, pero con pinceladas modernas. Sin estridencias, aquí manda ella: ‘Don’t Touch My Hair’. (Yeray S. Iborra)

Solange

Solange (Foto: Sergio Albert)

Bon Iver

Justin Vernon no es un hombre nuevo, como cantaba en la final ‘Re: Stacks’ de su primer disco, pero después de parir 22, A Million sí es, como mínimo, un hombre distinto. Nada que ver con el cantautor guitarra en mano de For Emma, Forever Ago ni con el autor del folk sinfónico y expansivo que ejecutó en Bon Iver, Bon Iver. Ahora Vernon se rodea de teclados y sintetizadores en su puesto de director de una peculiar orquesta formada por dos baterías y sección de vientos, entre otros instrumentos. Su actitud, liderando siempre el concierto desde una segunda línea (y con los auriculares casi siempre puestos), tiene algo de mística, de quien no quiere protagonismo pero siente que debe asumirlo, dejando que la atmósfera de 22, A Million –densa en su mayoría, pero también sedosa cuando es necesario– impregnara todo el concierto. En sus primeros seis temas, en el estricto orden del disco, ’22 (OVER S∞∞N)’ sonó más descorazonadora y delicada que nunca (gracias al emotivo solo de saxo), solo para dar paso a una ’10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄’ que literalmente hizo retumbar los cimientos de la explanada del Fòrum para acto seguido enmudecerla con una ‘715 – CR∑∑KS’ que dejó claro que este disco, debajo de la experimentación y las capas de ruido  y los excesos, tiene más emoción y sentimiento que cualquier otro. Esa era la apuesta de Bon Iver, trasladarnos al universo de su último disco, a esa inmensa idea que Justin Vernon tenía en su cabeza y le costó tanto plasmar. Y salvo alguna interrupción innecesaria (como esas ‘Beach Baby’ y la poco habitual ‘Brackett, WI’ –del recopilatorio Dark Was The Night– en mitad del concierto, que truncaron la interpretación al completo y en orden de su nuevo disco, del que solo faltó incomprensiblemente el tema de cierre, ‘00000 Million‘), lo consiguió. No era fácil, ya que presentar un tratado tan desconcertante como este ante decenas de miles de personas hubiera enterrado a cualquiera, pero a base de redoblar su apuesta (los detalles sonoros se multiplicaron en sus nuevas canciones, al tiempo que la emoción también crecía gracias a los vientos), de abrir su corazón (“La avaricia surge del miedo a la muerte. No tengáis miedo a la muerte“, dijo) e incluso de algo de humor (presentó la emotiva ‘____45_____‘ diciendo “no tengo ni idea de qué va esta canción, pero espero que os guste”, y bromeó con el hecho de que Slayer tocaran después de ellos) nos cautivó. Especialmente gracias a esa recta final en la que también osciló entre la delicadeza y la visceralidad a través de temas pretéritos como ‘Perth’, la majestuosa ‘Holocene’ y ‘Calgary’, para después disfrazarse de Mogwai en el estruendoso crescendo final de ‘Creature Fear’ y encogernos el corazón con una desgarradora interpretación de ‘Skinny Love’ en solitario en el bis, y finalmente consagrarse definitivamente como el gran artista de nuestra generación que es. (Aleix Ibars)
Bon Iver

Bon Iver (Foto: Èric Pàmies)

BADBADNOTGOOD

Empalmar directamente con el concierto de Badbadnotgood una vez finalizado el de Solange fue una experiencia nutritiva. El del cuarteto funcionó perfectamente como una especie de apéndice del de la Knowles. Como si los primeros hubieran cogido el sofisticado colchón jazzy y los elegantes ritmos funk y hip hop de la segunda y los hubieran retorcido e intoxicado para la ocasión. Aunque no demasiado: los canadienses se dejaron su vena más sesuda en casa y, en una decisión inteligente, apostaron por la más festiva, la que les convierte en algo parecido a una charanga de pueblo de ensueño. No hubo vocalistas invitados, solo un festín instrumental, pero ni falta que les hizo. NotBadSoGood. (Víctor Trapero)

BADBADNOTGOOD

BADBADNOTGOOD

Death Grips

El rap tuvo en Kate Tempest su adalid el jueves. Porque lo de Death Grips anda lejos de ser encasillado en la simple rima: su propuesta, que poco se ha movido desde que los viéramos unas temporadas atrás en el mismo festival, se acoge sin miramientos al punk, el noise o la música industrial. Resultado: los versos de MC Ride –sin camiseta, claro, y con cascadas de sudor desde el primer tema– cabalgan con bravura durante una hora entre bandazos de bits experimentales. Todo más pasado de vueltas que los Prodigy de despedida de soltero. En el Fòrum despeinaron incluso a los que decidieron quedarse un paso atrás, en la hierba que acota el escenario Primavera: desde allí todo era asombro, no se veían los pogos de las primeras filas… Pero algún escupitajo llegó. La fuerza de los californianos es un desparrame que trasciende cualquier estilo. (Yeray S. Iborra)

Death Grips

Death Grips

S U R V I V E

La aparición de cuatro tipos frente a una computadora e incluso los primeros acordes de la iniciática ‘Floating Cube’ podrían haber hecho pensar que se trataba de un ‘unexpected’ de Kraftwerk, pero pronto fue evidente que S U R V I V E representaban el mejor recuerdo de la sublime actuación que John Carpenter dispuso la pasada edición del Primavera Sound. Sin recurrir a trucos fáciles, como podía haber sido la interpretación del tema principal de la serie ‘Stranger Things’, y prescindiendo del punch rock del genio del terror, el sonido oscuro y vintage de los de Austin reclamó su protagonismo a través de canciones como una estremecedora ‘Cutthroat’, sostenida por en el impecable sonido de los bajos, o las atmósferas menos asfixiantes de ‘Holographic Landscape’. El juego de superficies agudas sobre una robusta arquitectura subterránea propuesto por el cuarteto fue tan fascinante como el cine futurista de los ochenta del que también ellos debieron quedar bien empapados. (Carlos Marlasca)

S U R V I V E

S U R V I V E

The Black Angels

Cada vez es menos frecuente. Como encontrar una barra libre, es difícil, pero puede pasar: ¡Guitarras a medianoche! Mientras Aphex Twin cambiaba más de estilo que Skrillex, los había que tampoco encontraban asiento, aunque en una franja de géneros más acotada: los americanos The Black Angels dieron buena cuenta de por qué el giro joven que quiere dar el festival –acercándose más al trap y R&B– tiene muchos motivos para conservar lo mejor de las seis cuerdas. Los tejanos se movieron sinuosamente entre la psicodelia (auténticos expertos, incluso tienen su propio festival: Austin Psych Fest) y el garaje, una propuesta lisérgica y sucia a partes iguales, que en el escenario Ray Ban tuvo una versión todavía mejor gracias a unos audiovisuales preparados para la disrupción mental. Las guitarras se siguieron enredando con Death Song (2017), su quinto álbum, y resultaron antesala perfecta para el kraut de King Gizzard & The Lizard Wizard. (Yeray S. Iborra)

The Black Angels

The Black Angels

Aphex Twin

En un escenario en el que el halo de la gran actuación de Bon Iver seguía presente, los que se quedaron por inercia salieron corriendo espantados. Y al revés: los que sabían lo que iban a ver disfrutaron del despliegue de terror de Richard D. James. Siempre imprevisible, capaz de lo mejor (esa vez por el XX aniversario de Razzmatazz, con ratos largos de ambient, queda como algo totalmente excepcional) y de lo peor (aquellas veces en las que en ningún momento fluye ese caos del que siempre tiene el control), en la jornada del jueves del Primavera nos tocó su lado bueno. El de las melodías rotas, el fauno en un laberinto de beats, el Aphex Twin que abruma y desconcierta en todo momento. Tuvo momentos de mostrar, muy de refilón, temas suyos; de marcar pausas, a lo medio sesión/medio live, con temas externos. Como ejemplo, ese remanso de paz que fue ‘Emotinium‘ de Roy of The Ravers antes de volver a lanzarnos a los leones. En la electrónica de Aphex Twin no se baila, solo se puede intentar dejarse llevar y manipular. Y en esto tienen mucha importancia sus visuales. Por un lado los ya habituales juegos con las caras del público, en las que a tiempo real deforma los rostros de las primeras filas, o los suplanta por sus fotos en Richard D. James Album y I Care Because You Do, para terminar de retorcernos por dentro con montajes de Ana Botella junto a El Pequeño Nicolás, Jordi Pujol, Félix Millet o Carmen de Mairena. Perfiles de imaginario esperpéntico y corrosivo. Como lo fue su sesión. Una invitación a todos los sentidos por la vía de la agresividad. (Jordi Isern)

King Gizzard & The Lizard Wizard

Por su loquísimo nombre y hasta por las pintas que lucen ellos y las portadas de sus discos, King Gizzard & The Lizard Wizard parecen una de esas bandas psico-garageras dadas a la autodestrucción. Era fácil imaginarles ofreciendo un directo disperso y destartalado, pasado de rosca. Sin embargo, los australianos, un monstruo de ocho cabezas sobre el escenario, resultan ser unos tipos de actitud sobria y comedida, casi ensimismada. Dejan la euforia para su público, entregadísimo en las primeras filas desde la inicial ‘Rattlesnake‘. Más que dando un concierto, parecen estar grabando un disco, cada uno a su bola. En el resultado, pese a todo, no hubo fisura alguna: ‘Doom City‘, ‘Nuclear Fusion‘ y tantas otras avanzaron imparables. (Víctor Trapero)

King Gizzard & The Lizard Wizard

King Gizzard & The Lizard Wizard

Tycho

A las 04:00am y en el Ray-Ban, Tycho parecían programados para aterrizar todo lo vivido en el primer día. Un poco como si fueran a llevarno en la cama, como un buen amigo que te dice que por hoy ya basta. Su IDM básica, plana y suave invita poco al baile, pero sí a la cadencia de movimientos, a relajarse y bajar las pulsaciones. Las canciones de Tycho deben copar las listas en Spotify de “música de relax” o “mientras miro por la ventana del tren”. Todas bellísimas, pero con un patrón muy marcado, y en cierta dosis ya nos funciona. Como lo hizo el jueves en un escenario que, para nuestra visión del tamaño de Tycho, estaba sorprendentemente lleno y receptivo. Ahí quedan ‘Awake‘ (muy aclamada) o ‘Horizon‘ de su último trabajo. Visuales en clave paisajística, tonos pastel, cerramos los ojos y el primer día quedaba perfectamente clausurado. (Jordi Isern)

Tycho

Tycho

Pinegrove

“Gracias a todos por madrugar tanto para venir a vernos”, vino a decir un par de veces el cantante de Pinegrove, un entrañable Evan Stephens Hall. El muchacho bromeaba, pero solo a medias: las 4:00 AM es un horario casi de desayuno para muchos grupos anglosajones. Si tenemos en cuenta que el repertorio de los de New Jersey no es demasiado festivo y que ya habían actuado en la misma jornada del festival casi doce horas antes, el desafío era aún mayor. Lo superaron a base de intensidad y sentimiento, los propios de su propuesta, hermanada por igual con la mejor tradición emo y los estribillos coreables de Weezer. No cuesta imaginar a más de un asistente despistado llevándose su nombre apuntado a casa: más valió tarde que nunca. (Víctor Trapero)

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Foto. Éric Pàmies (Bon Iver) / El resto de Pablo Luna Chao y Jordi A. Sintes   Conciertos. Festivales
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