29/05/2017

El concierto de Ocean en Primavera Sound siempre fue como los verdaderos amores de verano: ya había acabado incluso antes de empezar.

La coartada oficial se ha llamado “retrasos de producción ajenos a la voluntad del artista”, que suena tan convincente como “no es lo que parece, cariño”. Lo mismo daría una que otra. La caída de Frank Ocean del cartel del Primavera Sound 2017 estaba tan cantada desde hace semanas, que poco importan los pormenores. En definitiva, que el chico no viene. La confirmación llegó el sábado con nocturnidad, como el whatsapp a traición de un colega. Oye, tío, perdona, al final me rajo.

El concierto del californiano en la próxima edición del festival siempre fue como los verdaderos amores de verano: ya había acabado incluso antes de empezar. Todos lo sospechábamos, pero disimulábamos. Hay incluso quien vierte su rabia en redes sociales como si no hubiera tenido tiempo de hacerse a la idea del desenlace. Aunque nos hagamos los sorprendidos, lo nuestro con Frank era imposible.

Lo ocurrido en festivales americanos como Sasquatch! y Hangout a principios de mes dejaba a Primavera Sound en una posición complicada. Ya no es que pasara a ser la primera fecha en Europa de la temporada o la primera en todo el mundo dentro de la escueta gira de presentación del maravilloso Blonde, es que se convertía en el regreso de Ocean a los escenarios tres años después. Un lugar en el que, por otra parte, tampoco parece sentirse demasiado cómodo. Hace tiempo que los conciertos programados a rebufo del éxito de Blonde tenían pinta de engorroso (aunque lucrativo, eso sí) compromiso. Porque una cosa es que tu público escuche tus miedos y miserias desde el reproductor de casa y otra muy diferente es que lo haga a escasos metros de ti.

Quizás esto, la dichosa cancelación, ya subsanada en gran parte con la incorporación de Jamie xx, haya sido lo mejor que nos podía pasar, aunque ahora cueste creerlo. La amenaza de una actuación gris o directamente bochornosa estaba ahí, creciendo por momentos. Sin rodaje y en un espacio gigantesco y superpoblado como el de la explanada principal del Parc del Fòrum, las posibilidades de imitar con fidelidad la atmósfera mágica de Blonde eran más bien remotas. Casi da repelús imaginar canciones como ‘Nikes’ o ‘Pink + White’ (o las que demonios fuera a incluir ese setlist que ya nunca conoceremos) reducidas a una precaria grabación de móvil colgada en YouTube.

Ocean aparece, claro, como principal diana de las iras de los asistentes al festival pese a la socorrida coletilla “ajenos a la voluntad del artista”, pero conviene ser consecuentes. Si le hemos adorado como un músico atormentado, errático, misterioso y desesperante que se volatilizó tras el lanzamiento de channel ORANGE e incluso coqueteó con la idea de no volver a publicar nada jamás, ahora no podemos llevarnos las manos a la cabeza. Contar con él era prácticamente un suicidio. Su predecible espantada fastidia unos cuantos plannings de conciertos y bastantes más muros de Instagram, pero, en el fondo, debería reconfortar a todo fan romántico: esta historia de lo que pudo ser y no fue, señores, es puro Frank Ocean. Con todo lo que ello conlleva.

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