17/03/2017

Victoria agridulce del productor británico, que presentaba en Barcelona su accesible pero exquisito sexto disco, 'Migration'.

Desde principios del milenio, Bonobo se ha mantenido en la primera línea de la electrónia downtempo europea entregando álbumes cada tres o cuatro años. Sin embargo, fue tras el éxito global adquirido con The North Borders (2010) que el británico entró en la categoría de celebridad. Por eso poco sorprendió que las entradas para su concierto en la sala Razzmatazz de Barcelona, enmarcado en la gira de presentación de su sexto disco, Migration, volaran a las pocas semanas de ponerse a la venta, y que la reventa posterior fuese poco menos que descarnada. Dejando de lado si la ubicación fue o no la apropiada, lo que sucedió fue que Simon Green actuó en un espacio en el que no cabía un alma, y ante un público reunido allí por motivos de lo más diversos: algunos para degustar su cuidada propuesta con la máxima fidelidad posible, otros para bailar durante sus canciones más pisteras (que para eso están, claro) y socializar como si estuvieran en el club, e incluso un tercer sector para ambas cosas al considerar que no tienen por qué estar reñidas.

Pero no me parece pertinente culpar al público de nada. Que el concierto presentaría este tipo de encrucijadas era casi previsible debido a que durante los últimos años Bonobo se ha esforzado en expandir el alcance de su paleta de sonidos, haciendo su música cada vez más accesible. De hecho, con Migration deja quizá su huella más cercana al easy listening hasta la fecha, tanto por los temas en los que predomina el aspecto vocal, que no distan de confundirse con refinadas composiciones pop, como por un gran número de cortes completamente listos para el club en los que a la vez no pierde su sutileza característica. Salvando las distancias, Bonobo juega en esa misma división ambigua a la que pertenecen Moderat o Caribou, cuyas producciones tanto pueden disfrutar los fans de la electrónica sofisticada como los oídos educados en el maisntream. Así pues, Simon Green se mostró en el escenario tal y como es: un productor, un DJ, un músico y un director de orquesta.

Bonobo venía a jugar con sus propias reglas, de modo que lejos de ofrecer un concierto cohesivo y de ritmo uniforme, este tuvo dos partes bien diferenciadas: unas destinadas a embelesar con calidez nuestros sentidos mediante el acompañamiento de la banda y su cantante y colaboradora habitual Szjerdene, para la cual no gozó de un sonido demasiado óptimo, y otras a hacer que los perdiésemos por completo rematándolo todo a golpe de beat, sintetizador y samples caleidoscópicos. Escoltado por un séquito de músicos entre los que se incluían batería, guitarra, bajo y metales, el primer tramo del concierto arrancó con el corte homónimo del disco mientras se nos proyectaban los bellos pero inhóspitos paisajes que el artista Neil Krug capturó para el arte del disco. Tan colorido despliege dio paso al etnicismo progresivo y rico en detalles de ‘7th Sevens‘ y a la suave cadencia soul y R&B de ‘Break Apart‘, en la que la vocalista emuló los bellos susurros de Rhye. Pero fue con la electrónica donwbeat de la retorcida ‘Kiara‘ que el público ofreció su respuesta más efusiva, y seguida de la magia melódica de ‘Kong‘, también perteneciente a Black Sands, aquello se convirtió en un jolgorio.

Los instrumentistas fueron rotando a lo largo de las canciones, dejándole solo en ocasiones para que ejerciera de anfitrión mediante elementos pregrabados, momentos que él aprovechó para adentrarse hacia entornos más post-dubstep. Szjerdene reaparecería más tarde para reinterpretar a Nicole Miglis de Hundred Waters en ‘Surface‘ del nuevo álbum y a Grey Reverend en ‘First Fires‘ de The North Borders, dando después paso a la liberación tribal de ‘Bambro Koyo Ganda‘ y al hit por excelencia de Bonobo, ‘Cirrus‘, que hizo estremecer a la audencia desde sus primeras notas. Dotado del mínimo acompañamiento instrumental, con él Simon Green nos hizo recordar por qué algunos de sus temas son más disfrutables en formato DJ set; gozamos más de su hechizo entre orgánico y sintético en aquel atardecer de 2015 en el Brunch Electronik que apretujados como sardinas en el interior de Razzamtazz, donde el baile, obviamente, tuvo sus limitaciones. Sin embargo, para el deleite de algunos con dicho tema se abrió la veda a la rave con canciones como ‘Outlier‘, ‘Flashlight‘ y ‘We Could Forever‘. Un desmadre.

Hacia el final, echamos algo de menos a Nick Murphy en el contrapunto más pop de ‘No Reason‘, que nos habría arrastrado a la somnolencia –en un momento en el que los ánimos estaban altos– de no haber sido por una segunda parte de base más contundente y eufórica, pero ‘Kerala‘ lo salvaría todo, confirmándose como la canción estrella de Migration. Sus samples vocales extraídos de ‘Baby‘, corte R&B de Brandy, retumbarían en mí cabeza horas más tarde cuando, al intentar formar una opinión sobre lo presenciado, me di cuenta de que es precisamente esa falta de unanimidad en cuanto a enfoque y registros que a veces puede parecer una desventaja en Bonobo la que ha engrosado su figura: es de agradecer que, por un lado, productores de música electrónica hagan convivir lo digital con lo orgánico, se acompañen por muchos instrumentistas y otorguen importancia a la figura del vocalista, y por el otro, sepan prescindir de ellos para desmadrar al personal. Y es que la del miércoles fue una victoria agridulce, pero una victoria al fin y al cabo.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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