21/02/2017

Crónica de la exitosa tercera edición del festival barcelonés, que unió a Crepus con Agorazein, Nueva Vulcano, 7 Notas 7 Colores, Bejo...

Las columnas, pese a aguantarse solas, sufren un curioso fenómeno: en momentos de cansancio o aburrimiento del personal, se revisten. Reciben una ayuda que no piden. Y actúan como termómetros; más en un recinto como Fabra i Coats, antigua fábrica con pilares en toda la planta. En un concierto, cuanto más pobladas, peor para el artista. En el Festival Cara·B, celebrado durante dos jornadas (17 y 18 de febrero), todo el mundo tuvo su dosis de columneo. Excepto Joe Crepúsculo.

La organización planteó la tercera edición del festival en dos días cortados sin decoro. Como dos gemelos separados al nacer: hip hop el viernes y guitarras el sábado. Y las músicas urbanas sufrieron para encontrarse.

Pese al muro planteado por el Cara·B, algunos lograron el salto. Fue el caso de Crepus, que arrancó de las paredes del recinto al tanto por cierto de hiphoperos que se sumaron a los bolos del sábado. El catalán con alma valenciana –por lo del bacalao– fue el único cruce entre un día y otro: ‘Vamos al bosque’ fue la nota downtempo de un bolo que presumió de buena aceptación de la parroquia hacia las nuevas creaciones del barcelonés, recogidas en Disco duro (2017). Ya se sabe, a Joe Crepúsculo deberían pagarle un trozo como artista y otro como albañil: capaz de tender puentes hacia casi todos los géneros, sus shows siempre son una fiesta salvaje de ritmos gordos. Incluso Nacho Vigalondo se sumó al jolgorio.

El resto de festival anduvo cómodo en compartimentos estancos. Las guitarras y la ciclotimia dominarían el sábado. Si bien Fiera –post-punk de manual interpretado con gracejo y despreocupación– y Las Rosas, que traían su rock setentero por primera vez a Europa, calentaron la piedra rojiza del recinto, serían Kokoshca los que harían despegar las naves cuando todavía corría el aire con fluidez en el espacio industrial recuperado de Sant Andreu. “¡Soltaos de una vez los de Barcelona!”. Y Barcelona se soltó con las guitarras descarnadas de ‘La Fuerza’.

No sería hasta la bajada de la montaña rusa (Nueva Vulcano) que la sala mostraría el sold out que la organización anunciaba en la puerta; los Built to Spill catalanes acusarían un sonido muy por debajo de su media: la voz averiada de Artur Estrada no dejaría disfrutar de su repaso de éxitos inicial.

–Qué son, ¿caramelos otra vez? –comenta un tipo con una sudadera que le tapa los bolsillos del pantalón. Aguanta una columna.

–No, ahora mangos –dice ella, que levanta la cabeza con pequeños saltitos.

–¿Mangos?

–Sí, sí –uno y otro se despegan de la columna. Bejo está sacando de una cesta sus famosos mangos; lleva cerca de media hora sacándose de la chistera toda clase de temas incontestables que siguen una fórmula retorcida… El canario pasa de la trascendencia a la levedad en un plis. Da el click, más o menos, cada vez que su cadena con forma de pene rebota en su pecho.

–¿Quieren mango, o no, Barcelona? –alenta Bejo.

Bejo demostró el viernes ser otro de esos puentes: rapea con profundidad y cabalga las rimas como un MC convencional, aunque se sirva de las mismas herramientas que la comunidad trapera para ser un fenómeno. La magia de Internet. Sobre el escenario, Bejo comparte mucho más con 7 Notas 7 Colores –el canario tiró incluso más de scratching– que con Agorazein.

Los primeros repasaron de forma canónica su disco Hecho es Simple –20 años nada menos desde su publicación– y contaron para ensanchar su show con Mbaka o Juan Solo (ex Sólo los Sólo); los segundos, aunque cantan más que otros compañeros de generación –véase Pxxr Gvng–, siguen encontrando sobre las tablas un enemigo inexorable. El beef en bucle en el que se convierte un directo de Agorazein acaba cercano a la autoparodia: los cinco jinetes revolotean por el escenario, hasta que uno toma el centro, deja su caquita y se aleja. Así cien veces.

Como Nsync.

Los madrileños diseccionaron su último disco (Siempre, 2016) para el deleite de los asistentes, que con ‘Lo mío’ o ‘100k pasos’ harían del dabbing su forma de comunicación. Aquel paso de baile que Sports Illustrated describió como “inclinarse hacia el codo como si estuvieras intentando estornudar”. Salut.

De hecho, de la batalla del autotune del viernes sólo saldría airosa Bad Gyal. Tal vez por eso Puchito (C. Tangana) no le perdió ojo durante su recital. La joven de 20 años, que salió escudada por Fake Guido a los platos, sigue lejos de provocar la fiesta jamaicana que anhela, pero en directo cada vez llena más los espacios: crecen el tamaño de sus chaquetones, pero también lo hacen sus tablas. “Un año y ya estoy aquí”, sentenció antes de dar paso a ‘Indapanden’. Quién sabe si en próximas ediciones del festival su dancehall poligonero podría compartir sesión –como ya pasara en el aniversario de la productora Canada– con Crepúsculo. El mismo día. Él lleva tejiendo puentes desde 1981, ella desde 1997; igual el Cara·B podrá dar un paso más allá, fundiendo su rica programación, a partir de 2018.

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Foto. Cara·B   Conciertos. Festivales
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