20/12/2016

Los 30 mejores discos del año según la redacción de Indiespot.

10. David Bowie – Blackstar

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Lo mundano nunca capturó la atención de Bowie. En la atalaya de los elegidos, los aconteceres de los millones de diminutos seres que avistaba pasaron desapercibidos porque el camino siempre lo marcó él. Tampoco quiso que su muerte desencadenara un luto convencional. Una obra de arte, discutible en qué medida pero arte a fin de cuentas, para iniciar el viaje a la eternidad de Ziggy. ¿Un gesto de generosidad o el último retazo de su grandiosidad? Difícil respuesta para alguien que hizo de la ambigüedad su virtud más fértil. Porque hay muchas vidas, pero todas están en Bowie. El simbolismo de este Blackstar es tan descomunal que es difícil catalogarlo más allá de su propio significado, pero es evidente lo que nadie supo detectar, que era la forma en la que Bowie se iba a despedir sustituyendo las lágrimas del deceso por la perpetua pleitesía de sus aduladores. El epílogo diseñado en mitad de la agonía es un trabajo misterioso, mimado en el estudio y que representa el último aliento por sobrevivir en canciones como ‘Sue (Or In A Season Of Crime)‘ o ‘’Tis A Pity She Was a Whore’ y la consciencia del inevitable desenlace en ‘Blackstar’ o ‘Lazarus’. “Look at here, I’m in heaven” rezaba uno de los últimos versos del gran Duque Blanco. Y nadie supo leer su epílogo. Fue la última genialidad, el último guiño de la estrella que ahora brilla en el panteón de las divinidades. (Carlos Marlasca)

9. Kate Tempest – Let Them Eat Chaos

Para muchos está pasando tristemente desapercibido, pero Kate Tempest ha publicado probablemente el disco generacional de este año. La crónica negra de una sociedad decadente de trabajadores infelices, individuos solitarios y gobiernos indecentes. Nacida y criada en el sureste de Londres, en el lado oscuro del Támesis, Kate pasó su infancia y adolescencia devorando rap y poesía, currando en una tienda de discos y dejándose caer por eventos de micro abierto donde los versos que escribía se convertían en arengas de asfalto roto. Kate no necesita base para marcar ritmo. Escuchen esta ‘Progress’ y comprendan: lo lleva dentro. Se mueve como una leona, gesticula como si las palabras le saliesen de las manos. Miren esta ‘Renegade’ y descubran: a Kate le queman los versos. En ninguno de esos videos hay una nota, pero ya son casi hip hop. Kate predica con la energía fibrosa de un telepredicador evangélico, pero aquí no hay farsa religiosa ni falsas promesas de un Dios amenazante, sino balas de palabras disparadas por una rubia acelerada capaz de ver lo que tú ya sientes Por eso quizás, cuando en las entrevistas le preguntan por su último disco, Let Them Eat Chaos, no dice que es un disco sino un largo poema hecho música. Es una historia de personajes insomnes e infelices, de gente podrida por dentro. Trece canciones como para una temporada de Black Mirror. El álbum arranca con una introducción cinematográfica, un zoom in a la tierra, a Inglaterra, a Londres. A la casa de Gema (“All I want is someone great / To make me everything I ain’t“), de Alisha (“Head lent back on the wall / She’s gripping her knees / Looking for purpose, shaking and nervous“) de Bradly (“He’s doing well, he’s living the dream, and he’s paying the mortgage off / He doesn’t know why he’s not sleeping at nights (…) / And life’s just a thing that he does / He rolls over, cold pillow, warm body (…) / And he thinks, “Is this really what it means to be alive?”)… Todos observados a las 4:18 de la madrugada, despedazados para diseccionar en realidad miserias innegables de este mundo nuestro. Es un trabajo acojonante, comprometido. Casi cabría decir que importante y necesario. Un disco que además dota de dignidad a un género muchas veces pringado de ególatras, imbéciles y capullos con Hummer. Anda y que os follen. Me quedo con Kate. (Daniel Boluda)

8. James Blake – The Colour In Anything

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Por mucho que James Blake diga que este es su disco de ruptura con su discurso anterior, son pocos los cambios que ofrece The Colour In Anything a priori. Ya la primera canción, ‘Radio Silence’, arranca con un piano lánguido, un coro espectral y una frase lapidaria: “I can’t believe this, you don’t wanna see me”. Así que en esencia, Blake sigue siendo el de siempre, el chico tímido que le canta al desamor, solo que esta vez se ha liberado de sus propios corsés a la hora de afrontar un tercer álbum que ha tardado más de lo previsto en llegar. Se ha dejado ayudar por Frank Ocean, Justin Vernon y Rick Rubin (con quien grabó en su estudio de Malibú), ha colaborado con Kanye West y Drake, e incluso ha participado en el nuevo disco de Beyoncé. No es que necesitara reafirmarse, pero él mismo reconoce que la mayor parte del disco ha surgido de un estado mental más sano y productivo, seguramente avivado por el constante reconocimiento de su talento en forma de colaboraciones de todo tipo. Lo que nos lleva a The Colour in Anything, un disco que en realidad son dos, en el que Blake no le tiene miedo a nada: 17 canciones, con una media de más de 4 minutos por tema, y ninguna concesión a la melodía o construcción compositiva fácil. Un disco que perfectamente podría empezar en ‘Radio Silence’ y terminar en ‘I Need A Forest Fire’, su maravillosa colaboración con Bon Iver en la que dos mundos se funden como si fueran uno, y que en una primera escucha se antoja como la conclusión perfecta de un álbum que ya lo ha dado todo, de la emoción desnuda de ‘f.o.r.e.v.e.r.’ a la explosión clubber de ‘I Hope My Life – 1-800 Mix’, pasando por piezas sentidas marca de la casa como ‘Points’, ‘Timeless’ y ‘My Willing Heart’, y experimentos rítmicos como la deslizante ‘Choose Me’. Pero aquí es donde Blake realmente da el paso adelante que convierte este The Colour In Anything en su verdadero disco de madurez, porque en esta recta final del disco, la que podría considerarse la prórroga de un partido ya de por sí exigente, es donde se encuentran sus joyas: desde la explosión emocional de ‘Noise Above Our Heads’ a ese nuevo clásico que es ‘Modern Soul’ (abrazando el cambio: “I see the scenery changes, changes”), la monumental ‘Meet You In The Maze’ que cierra el viaje a capella, y la sentida ‘The Colour In Anything’, que da sentido al disco en forma de despedida en busca de algo mejor, de reencontrarse con las ilusiones perdidas. “En los dos primeros discos veo un espacio mental en el que no quiero estar; ahora todo es en color”, ha dicho él. Y aunque The Colour In Anything sea, de entrada, una versión aún más exigente de su obra anterior, poco a poco se va descubriendo como el disco más sincero y matizado del cantautor británico. (Aleix Ibars)

7. Radiohead – A Moon Shaped Pool

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Es un ataque de pánico a baja altura“, alerta Thom Yorke en el acelerado ‘Burn the Witch’, el único corte de su noveno álbum que denota urgencia ante una colisión que seguramente ya ha acontecido –las primeras referencias a la canción nos remontan al arte que Stanley Donwood realizó en 2003 para Hail to the Thief–. En una época en la que el orden mundial parece inalterable, A Moon Shaped Pool elude en gran medida las cuestiones sociopolíticas, más allá del tema citado y ‘The Numbers’, su particular denuncia al calentamiento global. Parece más un disco de resignación y recogimiento, en el que el foco principal recae, de forma onírica, en las relaciones humanas. No es casual que su principal artífice acabe de dejar atrás su relación sentimental más prolongada, vicisitud que solo se intuye en el trasfondo. A pesar del sentimiento de derrota que se nos transmite a lo largo del trabajo (“Y es demasiado tarde / el daño está hecho“), de entre las notas de piano de ‘Daydreaming’ se escurre cierta luz plateada que nos mantienen a flote, alienados y desorientados. Una deriva que nos sirve como pasadizo hacia canciones tan desoladoras como sosegadas, muchas de las cuales hemos visto evolucionar como borradores en sus directos, y sobre las que Greenwood ha aplicado delicadas cuerdas sin banalizarlas, sin hacerlas excesivamente dramáticas. Más melódicas que experimentales, y más reflexivas que épicas, apreciamos el sello de Radiohead en casi todas ellas, aunque de una forma extraña que, paradójicamente, quizá nos cuesta más de asimilar por ser más transparente. Y no, Yorke no es un ente todopoderoso en este disco, algo que apreciamos en la meticulosidad de su conjunto, en que los instrumentos no reclaman más presencia de la necesaria; sus guitarras acústicas, que le infunden cierto carácter pastoral, jamás chocan con brusquedad con sus sutiles arreglos digitales, aunque en su aparente calma todavía nos asaltan atisbos de incomodidad y paranoia. ‘True Love Waits’, su oda al desamor, ha esperado en áticos embrujados, entre piruletas y patatas fritas, desde mediados de los noventa, para reaparecer aquí como cierre, ralentizada y desprovista de su antigua inocencia, aceptando que nos hemos hecho mayores. Hay distintas formas de claudicar, y la de Radiohead en 2016 no podría haber sido más honesta y humana. (Max Martí)

6. Whitney – Light Upon The Lake

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Querido lector, si has llegado a este momento del año sin haber escuchado este disco, aquí va una advertencia: no vas a hacer otra cosa en los próximos dos días. Te vamos a presentar los 30 minutos de música más adorables del año. Un disco como un gif de gatetes bebes: no puede no gustarte. Toma, mira, aquí tienes uno. Y otro, que no te falte. ¿Blandito? Pues arranca, ponte ’No Woman’ y déjate llevar. Acostúmbrate a esa voz en casi falsete, a que se alternen vientos, cuerdas y percusiones caribeñas, a esa sensación de conducir hacia el paraíso, de besarse a cámara lenta en el malecón. La vida convertida de pronto en el Instagram de una foodie caribeña: heladito de frambuesa, atardeceres en la playa, acampadas de verano, chapuzones en el lago. Hay algo en la esencia de canciones como ‘Follow’ ‘Golden Days’ que apela a un optimismo primario, son canciones terapéuticas, sesiones de despreocupación. Escuchen ‘No Matter Where We Go’: We’ll make a living darlin’, down the road / Cause I’ve got you holding on to see where it goes / So don’t you feel lonely I want you to know  / I can take you out I wanna drive around / With you with the windows down / And we can run all night. En serio, con este disco en marcha, ¿qué puede salir mal? Evidentemente nada. (Daniel Boluda)

5. Angel Olsen – My Woman

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A punto de cumplir los 30 años, Angel Olsen ha dado por fin el estirón. Tras un par de álbumes notables con los que le daba una vuelta guerrillera al concepto chica-con-guitarra, la artista de Missouri se confirma con My Woman como una de las cantautoras más despiertas y afianzadas del panorama estadounidense. Un álbum maduro, opulento en fiereza y sentimiento, y escrito con el lenguaje de un adulto resolviendo problemas juveniles. La escrupulosa partición del disco en dos partes claramente diferenciadas, además, marida perfectamente con la narración de una ambivalencia irresoluble: amar o desamar, luchar por un amor o rendirse, o dependencia frente a independencia sentimental. La primera mitad, con temas bandera como ‘Never Be Mine’ o ‘Shut Up Kiss Me’, presenta unas formas más crudas y directas, más aguerridas e inmediatas: una Angel Olsen erizada que no te pasaría una si fuera tu pareja. En la segunda parte, en cambio, el lenguaje musical se apacigua y –a partir del estallido a gritos de ‘Not Gonna Kill You’– brota la Olsen más elegante, tierna y sosegada de su trayectoria. Una Olsen nueva que se proyecta con más empaque y mucha más clase que nunca. Con temas como ‘Sister’ y ‘My Woman’, extensos, carnales y liberados de conflicto, la cantautora ha abierto una senda nueva en su carrera: la de una narradora versátil que no vive solo del roce. En definitiva, Angel Olsen juega ahora en primera división. (Pablo Luna)

4. Frank Ocean – Blond(e)

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Con desengaños pasajeros de por medio pero ilusión expectante hasta el final, el mundo ha esperado un disco de Frank Ocean durante cuatro años. Pero no solo se esperaba un disco; se esperaba, también, ahondar en un personaje que ascendió de forma prematura pero inevitable como voz generacional por la contribución inmediata a la música popular que supusieron sus dos primeras referencias neo-soul, la mixtape Nostalgia, Ultra y, sobre todo, el unánimenente loado Channel Orange. Horas después de entregar Endless, un aperitivo visual al que no pondremos pegas, Blonde (o Blond, porque esto va de ambigüedades) aterrizó en nuestros reproductores digitales como una brisa de verano; ingrávido pero cargado de aromas y nostalgia. La pérdida de peso de la percusión, así como la inserción de voces moduladas en la línea de otros trabajos que este 2016 también coparán las listas de los medios especializados –siendo la narcotizante ‘Nikes’ una clara declaración de intenciones– se erigen como constante a lo largo de un disco poco musculoso pero en el que se ha cuidado hasta el último detalle. Sus canciones huyen de estructuras convencionales –‘Nights’, por ejemplo, presenta un revulsivo de guitarras eléctricas en su segunda mitad que deriva en una digresión R&B completamente distinta para finalmente recuperar el motivo musical inicial– y su narrativa es de todo menos concluyente: una nebulosa de visiones y monólogos interiores deambulan inconexos tratando temas como la identidad y la experiencia amorosa, sexual y con las drogas, pero siempre con elipsis con las que Ocean evita ser encorsetado. Dada la sutileza de las contribuciones resulta difícil, cuando no imposible, detectar invidiualmente –más allá de Beyoncé, que le acompaña muy discretamente en ‘Pink + White’, o cuando André 3000 le toma el relevo en la reprise de ‘Solo’– al elenco de ingenieros y superestrellas de primerísimo nivel que le arropan, que van desde Kendrick Lamar y Pharrell hasta James Blake y Jamie xx, pasando por Rostam y Alex G. Del mismo modo, The Beatles tan solo se insinúan en la bella ‘White Ferrari’ y Elliott Smith revive por un instante en esa catarsis que es ‘Siegfried’, aunque sus apariciones y el resto de referencias del disco jamás son casuales; siempre obedecen a una elucubración cargada de simbolismo. En esta misma línea ambigua y elusiva, algunos cortes ni siquiera son canciones: el sermón de su madre al teléfono, o la conversación del productor francés SebastiAn explicando cómo Facebook puso fin a una de sus relaciones sentimentales, pueden entenderse como episodios de la vida personal del artista o como el intento de documentar algo más global y significativo de nuestra era. Lejos de albergar respuestas concretas sobre Frank Ocean, pese a haber depositado en él su mayor esfuerzo autobiográfico hasta la fecha, Blonde es un ejercicio de intensidad emocional que huye de etiquetas y denota una extrema libertad creativa, conectando con una generación en la que los chicos sí que lloran. (Max Martí)

3. Triángulo de Amor Bizarro – Salve Discordia

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La discordia, la “oposición y desavenencia de voluntades”. Compiten, cooperan, en estos 40 minutos dos almas. La melódica, el puro corazón pop de ‘Barca Quemada’ o ‘Baila Sumeria’; y la titánica, el vendaval, la violencia y el vértigo de ‘Euromaquia’ o ‘Luz del alba’. Salve Discordia puede ser a la vez tu disco favorito de pop y tu disco favorito de post-punk; pasa del dulce beso en la mejilla al mordisco caníbal en el cuello con la naturalidad de un amante superdotado. Lo mismo te acaricia en la emocionante (casi épica) ‘Seguidores’ que te revuelca y empotra en ‘Cómo Encontró a la Diosa’. Transpira sudor, arañazos y olor a néctar. La confianza en sí mismos se desborda en cada golpe portentoso de Rafa Mallo, en ese cantar sufrido de Rodrigo, en la voz generacional de Isa. No se bajan del sobresaliente los vocalistas en ningún momento. Ella vulnerable, sensual y poderosa. Excepcional en ‘Qué hizo por ella cuando la encontró’ (“Tú, dicen que te quería / habría hecho todo por ti / lo habría hecho todo / Tú, frío como la guerra / Frío como la muerte, /como un día seco en Stalingrado / Habría votado a la derecha por ti“). Él misterioso, áspero, intenso. Increíble en ‘O Salve Eris’, a lomos de esa guitarra de cuchillas. La canción al cierre, la más larga del conjunto, acaba creciendo hasta salirse del mapa. Menos obvia que los muchos hits que tiene el conjunto, pero de esas que no quedan al alcance de casi nadie. Broche de oro a un disco inmenso. Candidato a mejor del año en esos corrillos digitales que ya montamos por aquí. Salve Triángulo. (Daniel Boluda)

2. Nick Cave & The Bad Seeds – Skeleton Tree

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El disco que nunca que tendría que haber existido, la exégesis musicada de la peor de las tragedias, un luctuoso paseo por el averno. Para los acólitos de Nick Cave, Skeleton Tree seguramente sea su mayor muestra de generosidad, el vacío tras la irreparable pérdida de su hijo convertido en una pieza de arte mayúscula. Pera los que no los son, una luctuosa inmersión por la dimensión más oscura del ser humano, insoportable, quizá, por su veracidad. El dolor es el leit motiv de un trabajo que solo puede encabezar la atormentada víctima arropada por el respetuoso luto de quienes le rodean. El espacio en el que se mueven Warren Ellis y el resto de Bad Seeds es estrecho y austero, responsos corales y delicados matices instrumentales para arropar a un Nick Cave que nunca sonó tan subterráneo. Se suceden pasajes ‘hanekianos’, desde la brumosa atmósfera de ‘Jesus Alone’ al aullido lacerante de ‘I Need You’, devastadoras ambas por su contundencia, y hay también rincones para piezas antológicas incluso fuera del funesto contexto como ‘Rings Of Saturn’. Al final del horizonte, un alivio en forma de redención en el que la soprano danesa Else Torp auxilia a su compañero de dueto, resignado a su destino en el final que da título a su minuciosa descripción de las tinieblas. Las catacumbas siempre habían sido el entorno natural de Nick Cave y sus Bad Seeds, pero quizá ninguno de ellos pensó que adquirirían una dimensión tan real. (Carlos Marlasca)

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