20/12/2016

Los 30 mejores discos del año según la redacción de Indiespot.

20. Cala Vento – Cala Vento

(Escúchalo en Spotify)

Parece mentira que una fórmula tan simple y a priori explotada como la del dúo batería-guitarra sea capaz de darnos tantas alegrías. Sea a nivel internacional con No Age y Japandroids, o en un entorno más local con L’Hereu Escampa y Vàlius, hay que tener talento para hacer de las limitaciones (instrumentales) virtud y que la intensidad y actitud no desvíen el camino de las canciones. Cala Vento, dúo de Barcelona formado por Joan Delgado y Aleix Turon, son los últimos en sumarse al elenco de grupos que hay que conocer sí o sí, con una aproximación de la que aprobamos todas las coordenadas: la fuerza melódica de Los Planetas, la intensidad de Japandroids, y las letras naturales y brillantes que tanto nos gustan de Nueva Vulcano. Esos ingredientes son tan suculentos como peligrosos, pero en este primer disco (publicado por BCore) Cala Vento salen más que airosos gracias, básicamente, a algo igual de sencillo que su formato: tener canciones enormes. ‘Isabella Cantó’, ‘Abril’ y ‘Tus Cosas’ (con vientos por ahí en el fondo), por mencionar solo tres, son himnos inmediatos, de los que no hace falta ni media escucha para alzar el pulgar, el puño y lo que haga falta; y cortes algo más punzantes y ariscos como ‘La Estrella de Ballet’, ‘Febrero’ y la final ‘Rossija’ (más cercanas al post-hardcore, para entendernos) aportan el contrapunto perfecto al disco, algo que se encargan de rubricar las más livianas ‘Puertas Traseras’ y ‘Espejímero’. Un debut, diez canciones, y diez dianas. (Y eso que hasta se han permitido no incluir los dos temas con los que se estrenaron en formato single el año pasado, las también excelentes ‘Unos poco y otros tanto’ y ‘Treintaiuno’). Aquí hay futuro. (Aleix Ibars)

19. Skepta – Konnichiwa

(Escúchalo en Spotify)

Es ya un tópico decir que Skepta tiene más vidas que un gato, pero pocas cosas describen mejor al personaje que su proverbial resistencia y capacidad de sobreponerse a un contexto hostil. El de Tottenham fue uno de los MCs más destacados de la primera oleada grime, formando parte de los seminales Roll Deep junto al pionero Wiley y a su hermano JME, entre otros, antes de hundir su carrera en la ciénaga del pop rap más infantiloide en ‘Doin’ It Again‘. De su fracaso a la hora de afrontar géneros más blandos aprendió rápido, volviendo a los orígenes en una serie de singles que rescataban el espíritu de la era dorada de Rinse FM. Dicen los británicos que incluso un reloj parado da la hora bien dos veces al día, y eso resume bien el momento de Skepta. No sólo ha conseguido triunfar con la crudísima That’s Not Me y la espectacular Shutdown, que tiene maneras de himno. Su principal hallazgo es haberse sabido adaptar a una nueva generación. Si en 2005 compartía plantel con los pioneros del grime, ahora es uno más entre la generación de los Stormzy, Lady Leshurr o Novelist. El formato LP, habitualmente hostil a un género que vive de bangers inmediatos, ha sido la prueba de fuego para que podamos hablar de un MC con recorrido, y por una vez se puede hablar de triunfo casi absoluto (todas las piezas encajan salvo ese torpe homenaje a su ilustre fan, Drake, que es ‘Ladies Hit Squad‘). El grime ha encontrado por fin un álbum bisagra, con cinco o seis canciones sobresalientes y un cierto halo de acontecimiento. Aquí está la banda sonora de los suburbios: como lo fueran The Specials, Goldie o el mismo Wiley. (Santi Fernández)

18. ANOHNI – HOPELESSNESS

(Escúchalo en Spotify)

La mujer antes conocida como Anthony Hegarty ha trasladado a su legado musical su androginia inmanente ampliando su paleta estilística. Su confirmación como fémina ha desplazado el estentóreo intimismo con el que se dio a conocer y ha dado un paso más al frente para buscar su sitio en el ámbito electrónico con este HOPELESSNESS. Para hacerlo, se ha abrigado con el abstraccionismo sincopado y deprimente de Oneothrix Point Never y la voluptuosidad sintética de Hudson Mohawke. ANOHNI muestra su deslumbrante versatilidad en un terreno en el que ya había destacado en ‘Blind’, su colaboración con Hercules & Love Affair. Lejos de titubear y dar un paso aquí y allá entre sus dos productores, les obliga a que converjan en los debates anímicos que arrojan sus prodigiosas cuerdas vocales. Se trata de una artista mucho más luminosa que su anterior yo, un estado latente que, al igual que su nueva identidad, aparece en primer plano, un ello que se activa en la parte consciente, en la teoría de Freud. En esta nueva dimensión vuelve a tener un papel importante el amor frustrado en ‘I Don’t Love You Anymore’, en el que presume de la consumación de su nueva sexualidad, y ‘Drone Bomb Me’, aunque en esta ocasión el fracaso está rodeado de millones de bits. El disco abre con tres temas sobresalientes que son toda una declaración de intenciones, de modo incisivo el hit ‘4 DEGREES’, y muestra una excelente cooperación entre Oneothrix Point Never y Hudson Mohawke. El rastro del primero es evidente en los temas más oscurantistas, como el dardo envenenado que ANOHNI lanza contra el presidente Obama en la canción con el mismo nombre o ‘Violent Man’. El espíritu ufano del segundo brilla bajo los lamentos de la cantante en ‘Why Did You Separate Me From Earth’ o la estupenda ‘Execution’. La canción que da nombre a este trabajo es una buena forma de entender que la reunión de los tres, al igual que la consolidación de la identidad de la innegable protagonista, quizá haya alcanzado su máxima expresión. (Carlos Marlasca)

17. Leonard Cohen – You Want It Darker

(Escúchalo en Spotify)

A la inmensa talla artística de Leonard Cohen solo podía corresponderle una despedida tan elocuente, perfecta y ordenada como lo es You Want It Darker, su última obra sobre la faz de la Tierra. Con ella el viejo trovador canadiense ha dicho adiós al mundo entero, culminando con su estilo de siempre una carrera de medio siglo que ha sobrevivido a varias generaciones y a un sinfín de modas y corrientes musicales más o menos pasajeras. Cohen murió pocos días después de su lanzamiento, dando así sentido a versos premonitorios como “I’m ready, my Lord” / (…) You want it darker / We kill the flame”, de la elegante canción homónima que abre el álbum, “I’m traveling light / It’s au revoir / My once so bright, my fallen star”, de una ‘Traveling Light’ cálida y conmovedora, o “I wish there was a treaty / Between your love and mine”, en esa especie de acuerdo de extremaunción con Jesucristo que es ‘Treaty’. Un verso repetido en ‘String Reprise / Treaty’ a modo de cierre, dejándose en manos de su propia fe pese a las dudas mostradas al respecto en la sobrecogedora ‘Seemed the Better Way’.

Como en toda su larga y admirada trayectoria, Cohen nos ha hablado en sus últimos días desde un punto inalcanzable de serenidad, con esa clase atemporal tan suya y dejando cada cabo atado a su lugar correspondiente. En paz y diciendo hasta la última de sus palabras. Le ha dado tiempo a echarse con nosotros un último vals –‘Leaving the Table’– mientras esperaba que alguien soplara la llama, y no se ha marchado sin lanzar una postrera alabanza –a su manera, en ‘If I Didn’t Have Your Love’– al hermoso mundo que dejaba atrás, ya desde hacía algún tiempo. Aunque el día de la presentación del disco Cohen dijo que se proponía vivir 120 años, seguramente para quitar hierro a anteriores declaraciones donde había admitido estar listo para morir –“I’m ready, my Lord”–, está claro que You Want It Darker es el testamento de una eutanasia artística: una muerte programada, narrada y grabada en música, construida junto a su hijo Adam en plena consciencia de lo cerca que estaba la muerte, y demostrando tanto aplomo y puntería como en cualquier otro gran momento de los muchos que nos ha brindado a lo largo de su carrera. Llegado el caso, incluso la mismísima Parca habría esperado pacientemente a que lo terminase. (Pablo Luna Chao)

16. Anderson .Paak – Malibu

(Escúchalo en Spotify)

A sus treinta años, Anderson .Paak ha llegado donde quería. Las canciones de Malibu le sitúan en un privilegiado punto de partida para figurar entre los grandes nombres que hoy abanderan y cargan de vigencia el pasado musical de la comunidad afroamericana. Pero el triunfo de este disco de aromas añejos no puede disociarse del sudor y los obstáculos de su pasado: ya en el seductor track de apertura, ‘The Bird’, el nuevo prodigio de la Costa Oeste nos transporta a sus arduos inicios, cuando tuvo que ver cómo sus padres ingresaban en prisión, perdió su trabajo en una granja de marihuana e incluso fue homeless tras casarse y engendrar a su primer hijo. “Fui llamado por otros nombres durante años / viviendo por debajo de mi grandeza / pero lo que no me mata es la motivación”, persevera en los versos rasposos de ’The Season/Carry Me’. Precisamente bajo el alias NxWorries junto con Knowledge fue descubierto por Dr. Dre, quien le invitó a participar hasta en seis cortes de Compton (2015), dándole el impulso necesario para construir, ahora a su manera, este gran híbrido que nos ocupa, en el cual se sirve de una fórmula parecida a la que se valió Kendrick Lamar para firmar el magistral To Pimp a Butterfly el año pasado. Arropado por instrumentación g-funk clásica y raperos de renombre (Schoolboy Q, The Game, Talib KweliThe Rapsody), el californiano despliega con maestría un ecléctico abanico en el que confluyen el soul sesentero (‘Put Me Thru’), el hip hop más peleón (‘Come Down’), brumoso R&B de los noventa (‘Silicon Valley’), funky resplandeciente (‘Am I Wrong?’) e incluso dosis de comedida sensualidad (‘Room In Here’), pasando de pasajes casi conversacionales a fraseos cálidos al más puro estilo Sam Cooke. Si la unión de pasión y perseverancia sonasen de alguna manera, sería como las canciones de Malibu. (Max Martí)

15. The Avalanches – Wildflower

(Escúchalo en Spotify)

A un puzzle, como modo de entretenimiento más bien primario, se le pide que mantenga el misterio durante un tiempo prudencial. Ni escaso, ni excesivo. El que compone el segundo álbum de The Avalanches, presumiblemente cerca de resolverse varias veces durante los últimos años, ha terminado pudiendo con la paciencia de todo el mundo. Hasta con la de algunos de los miembros originales de la banda, que han arrojado la toalla antes de tiempo. Lógico: la historia del sucesor de Since I Left You, que ya iba para relato mitológico, no ha sido cuestión de paciencia, sino de fe. ¡16 años! han tardado en encajar todas las piezas de un Wildflower al que ya nadie esperaba. La metáfora del puzzle no es gratuita: la forma de crear música de los australianos tiene mucho que ver con ensamblar, ajustar, acoplar. Auténtico encaje de bolillos con una infinidad de samples sacados de material ajeno. En cierto modo, las canciones de The Avalanches empiezan a gestarse en la cabeza de otros. Un proceso probado y casi patentado con Since I Left You y retomado en este Wildflower que es puro déjà vu. Más de una década y media después, todo sigue en su sitio. Como en esa casita familiar de la playa que se tira cerrada una buena temporada. Se abren las puertas, tras una fugaz intro, con ‘Because I’m Me‘ y la nostalgia, la clave de este regreso, invade todo. Una nostalgia cálida y reconfortante, propia de esos últimos atardeceres del verano: todo vuelve, aunque sea tras tres lustros de espera. El mosaico multicolor y vitalista se extiende durante una hora (veintiún cortes entre la Motown, la psicodelia, el rap o el disco) con la naturalidad de las cosas realmente complicadas. Sobran los highlights (con el cuarteto que va de ‘Subways‘ a ‘Colours‘ a la cabeza) y, sin embargo, Wildflower funciona especialmente bien como un todo. Un disco con alma de sesión dj con una lista de colaboradores, referencias y préstamos musicales interminable y variopinta que puede reducirse fácilmente: todo aquí, venga de donde venga, es en realidad puro The Avalanches. (Víctor Trapero)

14. Daughter – Not To Disappear

(Escúchalo en Spotify)

Con el terciopelo se hace referencia a cambios históricos de pocos funerales y también, en el vocabulario de David Lynch, a una situación turbia oculta bajo una aparente normalidad. Fluctuaciones escondidas tras la realidad más evidente, podríamos decir. La sensación de extraña suavidad que confieren los miles de filamentos que forman esa tela es equiparable a las alteraciones emocionales que destila Daughter a través de su engañosa simplicidad. El objetivo de su nuevo Not To Disappear, era, además de darle una continuidad coherente a un If You Leave que contenía monumentos como ‘Youth’, incrementar su densidad sonora para aproximarse a Slowdive o Cocteau Twins sin reducir la incidencia de su reconocible sacudida melancólica. Si bien ‘Numbers’ es el sucesor de la joya de su anterior trabajo, los británicos atacan con piezas bailables, inéditas en su repertorio, como ‘No Care’ y alardean del muro sonoro que abarca su nueva dimensión en ‘How’. La banda alcanza el propósito de abrigar con mayor vistosidad las letras de Elena Tonra, que abarcan desde el desengaño sentimental hasta la decrepitud provocada por el avance de los años. Situaciones convencionales, a fin de cuentas, pero que en ocasiones desprenden un halo de trascendencia. (Carlos Marlasca)

13. Nicolas Jaar – Sirens

(Escúchalo en Spotify)

Se ha terminado por concluir que Sirens es el segundo disco de la carrera de Nicolas Jaar. Y punto. Pero él niega la mayor, argumentando que, durante los cinco años que han pasado desde el lanzamiento de Space is Only Noise, su debut largo, también ha publicado, más allá del maravilloso Psychic de Darkside, una banda sonora alternativa para The Color of Pomegrates (película soviética de 1969) y la imprescindible serie de singles Nymphs. “Imagino ‘Promegrates’, ‘Nymphs’ y ‘Sirens’ como un triángulo de álbumes“, dice el estadounidense-chileno. “Veo a los tres en la misma medida”. Desde fuera, es complicado sentir lo mismo: Sirens parece, efectivamente, otra cosa. Por la profundidad y los matices que esconde y, sobre todo, por la sensación de unidad que desprende a pesar de su extrema variedad. Si fuera un país, sería precisamente el Chile natal de Jaar, quizás la zona con más contrastes del planeta: playas, cordilleras, desiertos, glaciares. Sirens salta del ambient (‘Killing Time‘, ‘Leaves‘) a la cumbia (‘No‘) pasando por el drum’n’bass (‘The Governor‘), el post-punk (‘Three Sides of Nazareth‘) y el doo-wop (‘History Lesson‘), aunque eso es solo un rápido análisis superficial. Sus seis cortes, que se extienden durante 41 ingrávidos minutos, se retuercen, chocan y mutan hasta hacer infinita la lista de territorios en los que se mueve este trabajo que no es presente, pasado ni futuro, sino todos a la vez. Como un transistor que reproduce nuevos sonidos con viejas maneras. Lección de historia y recreación de un futuro desconocido al mismo tiempo, Sirens parece cambiar con cada escucha. Siempre a mejor. (Víctor Trapero)

12. Car Seat Headrest – Teens of Denial

(Escúchalo en Spotify)

Durante unos cuantos años, Will Toledo ha producido canciones más rápido de lo que el mundo ha podido escucharlas. En 2010, con 18 años, publicó en su Bandcamp cinco discos. Cinco. Uno de ellos de 20 temas. Luego ya se relajó: en 2011 y 2012 solo publico dos (cada año). En 2013, con 21, decidió que era hora de una autorrecopilación y armó Nervous Young Man, una suerte de parada y fonda bien titulada. Desde entonces, toda su producción merece la pena. Empezando por el heterodoxo y lo-fi How to Leave Town (en serio, esto), el notable Teens of Style, publicado a finales de el año pasado y esta continuación sobresaliente con el título de Teens of Denial, que el chaval ya publica bajo un sello de renombre, Matador. Car Seat Headrest se mueven entre el rock, el folk y la psicodelia con una libertad absoluta. Las canciones suenan crudas, como recién salidas del cerebro loco de Toledo (que debe ir a 200), y evolucionan por caminos no siempre previsibles. Si ‘Fill in the Black’ arranca punk, ‘Vicent’ experimenta y ‘Destroyed by Hippie Powers’ te distorsiona hasta los tímpanos. En tres canciones, estás dentro. Will Toledo está en ese momento dulce donde es suficientemente joven como para arriesgar y tirar por dónde quiere, pero donde ya tiene cayo suficiente como para parir algo más que una veintena de urgencias musicales. Es un potro salvaje con un contrato discográfico. Escuchen los finales de ‘(Joe Gets Kicked Out of School for Using) Drugs With Friends (But Says This Isn’t a Problem)’ o ‘Not What I Needed’; la maravilla entera que es ‘Drunk Drivers / Killer Whales’ o la joya de 1:18 con la que cierra el disco. Car Seat Headrest probablemente crecerá, y seguirá los pasos de otros maduros en su onda como su tocayo Will Sheff (Okkervil River). Probablemente seguirá dejando enormes discos. Pero así, en esta transición tan fértil, quizás ninguno. Disfruten antes de que le broten las arrugas de expresión. (Daniel Boluda)

11. Solange – A Seat At The Table

(Escúchalo en Spotify)

El lapso de tiempo desarrollado entre 2012 y 2016, un siglo disfrazado de apenas cuatro años, ha dado para mucho. Principalmente, para cabrearse y, además, demostrarlo. Con más razón si eres mujer y negra. Aunque, aún cumpliendo ambos requisitos, hayas observado la película desde la posición privilegiada de una artista influyente y popular, hermana de otra artista aún más influyente y popular. O precisamente por eso: ser consciente de que van a escucharte con atención te obliga a hablar. Solange lo hace bastante clarito en A Seat at the Table. Como Kendrick Lamar, Beyoncé y Blood Orange: bendita cosecha indignada la de este curso. El tercer álbum de la texana, imprescindible y necesario, ha tomado forma definitiva durante los cuatro años transcurridos desde la publicación de True, pero en realidad lleva rumiándose toda una vida. 30 años en los que Solange ha comprobado en sus propias carnes que su lucha no es más que una versión actualizada, con hashtags y filtros, de la de sus antepasados. La pequeña de las Knowles le canta a ambas en A Seat at the Table y, a pesar de las varias décadas de diferencia, los mensajes son perfectamente intercambiables. Da que pensar. Su escucha funciona igualmente como diario personal (‘Don’t Touch My Hair‘, ‘Don’t Wish Me Well‘) y discurso de alzamiento (‘Rise‘, ‘This Moment‘, ‘F.U.B.U.‘). Es íntimo (su portada no deja lugar a dudas) y, al tiempo, universal (las colaboraciones son muchas y vitales). “Líricamente, todo lo que vino a mí en este disco estuvo directamente influido por mi viaje personal, pero también por el de mucha gente a mi alrededor. Por eso siento que se escribió solo”, ha dicho en alguna entrevista. Fue anunciado únicamente tres días antes de su publicación, despreciando cualquier campaña promocional al uso porque la actualidad ya llevaba tiempo haciéndola por ella: los casos de violencia racial en Estados Unidos se multiplican, Donald Trump apaga fuegos con gasolina, el Brexit da coletazos xenófobos. Voluntaria o involuntaria, la respuesta de A Seat at the Table a todo ello es, claro, puramente negra (su tracklist, regado de interludios, es una batidora soul, hip-hop, funk y r&b entre la tradición y la vanguardia), pero en ningún caso oscura. Toda la rabia que en él se filtra de forma bastante explícita no da como resultado un trabajo musicalmente sombrío, áspero o difícil, más bien todo lo contrario: Solange ha revestido sus reivindicaciones con un envoltorio sedoso y brillante, casi lujoso. Un Caballo de Troya dispuesto a colarse en cuantos más reproductores, mejor. Ya ha sido número uno en ventas en USA. Pero su guerra es otra. (Víctor Trapero)

Páginas: 1 2 3 4

Publicidad
Publicidad