15/12/2016

Primera parte de nuestro repaso a los mejores discos que nos deja este año.

50. León Benavente – 2

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Hace bien Abraham Boba en proferir una larga letanía de voluntades que concluyen con el anhelo de que su ‘Tipo D’ se convierta en un hit. Él y su banda pueden pedir ser el Watergate, Norma Jean o que les acojan los Bardem porque León Benavente es como el niño que acaba de terminar el curso con nota, no se les puede negar nada después de un segundo disco que es una colección de joyas incontestables. A grandes rasgos este 2 es un trabajo con más pinceladas electrónicas que su sublime debut y la banda ha querido grabar sus creaciones en una sola toma. Probablemente la causa de esto último se deba a sus maratonianas giras en las que hacen gala de un directo arrebatador. Los ex de Nacho Vegas son la banda española del momento. Su satírica abnegación apunta contra el turbio pasado como la ley Corcuera en ‘La Ribera’ o la lacerante situación que vive nuestro y su país en ‘Nuevas Tierras’. El subtexto pesimista se recupera con la eufórica decadencia de ‘Gloria’, una historia paralela a la de ‘Ser Brigada’, aunque convengamos que una canción de esa magnitud solo aparece una vez al año, al lustro o incluso a la década. Pero todo parece apuntar a que la banda va a continuar erigiendo himnos sobresalientes, ya sea afilando las guitarras en su faceta más desmelenada en ‘Aún no ha salido el sol’ o ‘Celebración’, quizá con excesos en esta última, o acentuando su onírica introversión en ‘La vida errando’ o ‘California’. Porque León Benavente está en ese momento del rey del que algún día hablaran, como ya hicieron con Arturo, y que todo lo que tocaba se convertía en oro. (Carlos Marlasca)

49. Jan Blomqvist – Remote Control

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Su descubrimiento fue por vía de un amigo de un amigo que recomienda un live! suyo en un hotel junto a Fernando Lagreca en la semana del Sónar. Aún hoy, en la era de los algoritmos y las recomendaciones basadas en códigos binarios, esto funciona. Y así ha sido. Jan Blomqvist viene de Berlín, lejos de los clubs de techno y algo apartado de la escena de DJs de esa ciudad, y seguramente visto con un punto kitsch por los artistas puramente electrónicos, pero a nosotros se nos ha ganado con este debut Remote Control. Un disco que resulta ser un recorrido lleno de niebla, escenas turbias y crescendos vocales, con un marcado protagonismo de su voz (es él mismo el que canta) y una concatenación de emocionantes temas como son ‘More‘, ‘Empty Floor‘ y ‘Her Great Escape‘. Siempre con un punto de guilty pleasure, pero con un trasfondo que crece, que marca y deja poso. Todo el disco respira una cierta contención, una calma tensa que atrapa y que, aunque no acertamos si es carne de ElRow o del MIRA, hemos querido guardar entre lo mejor de este 2016. (Jordi Isern)

48. Agorazein – Siempre

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Algo está pasando con la música urbana y prueba de ello es lo viejunas y anacrónicas que se nos están quedando algunas etiquetas, o cómo cada vez resulta más difícil y odioso hablar de géneros. ¿Qué es el rap? ¿Qué es el trap? ¿Qué es el pop? ¿Qué es el indie? ¿Por qué estamos hablando aquí de esta crew madrileña? Quizá porque de entre todas las facciones nacionales que desde un tiempo atrás han intentado cambiar las reglas del juego, haciendo que se tambaleen las piezas del tablero a la vez que creando nuevos marcos y escenas con movimientos que hasta dentro de algunos años no sabremos que han supuesto, si alguna ha hecho jaque mate este 2016 es precisamente la que conforman C. Tangana, Sticky M.A., Jerv.agz, Fabianni y I-Ace. Pero dejemos de lado los éxitos veraniegos de Puchito, que actuarán en el Primavera Sound, que CANADA les produce los vídeos o su lista estratosférica de sold outs en nuestras salas… y hablemos del disco. Siempre tiene poco que ver con aquel prematuro King of Red, principalmente porque 2016 nada tiene que ver con 2011. En su nueva incursión, Agorazein han sabido dar una respuesta acorde a nuestros tiempos y en la línea de lo que se cuece en otros ámbitos internacionales. Salvando las distancias con producciones que se han hecho para gente como Young Thug, Travis $cott o 21 Savage desde las Américas, aunque podíamos viajar al país vecino con PNL o hacer una visita rápida al sueco Yung Lean, la asistencia de productores como los gallegos Banana Bahia Music y el catalán Alizzz ha logrado oscurecer y recrudecer el sonido del combo, que entremezclan sin pudores voces de autotune, beats infecciosos y efectos afilados. No menos importantes son la accesibilidad y romanticismo de sus letras, así como el haber diseñado un universo personal propio tanto a nivel ético como estético. Ayer dieron 100k Pasos‘. Hoy, un salto (o asalto) descomunal. (Max Martí)

47. Marissa Nadler – Strangers

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Dentro del radical ejercicio de moderación y delicadeza que ha sido siempre la carrera musical de Marissa Nadler, su último disco representa lo más cerca que ha estado nunca de estallar, de arder de pasión. Strangers, su sexta referencia en apenas 12 años, sigue las estrictas pautas de contención (compatible con variedad, en este caso) instrumental que siempre se ha marcado, pero en esta ocasión se ha permitido desmarques de distorsión guitarrera –‘Hungry is the Ghost’–, ensoñaciones casi carnales como las de ‘Janie in Love’ o las dilataciones ambientales a base de steel guitar y eléctrica de ‘Stranger’, una oscura balada country en la que la cantautora norteamericana centra el discurso narrativo del álbum. Nadler se descubre aquí como un alma vulnerable en busca de su propia identidad, aceptando incluso las partes extrañas que haya dentro de ella, la otredad interna que no siempre podemos controlar. Un discurso general que, gracias a la mayor voluptuosidad y peso de los arreglos instrumentales, ha acentuado su carácter de folk nostálgico –‘Katie I Know’, con esa batería cansada– y de autora triste aunque hermosamente digna –‘Skyscrapper’–, pero también su lado más luminoso y sereno –‘All the Colors of the Dark’, ‘Shadow Shows Diane’ –. Cuanto más se conoce a sí misma más nos gusta la música que hace. (Pablo Luna Chao)

46. Aries – Adieu or Die

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Miren la etiqueta del disco. K Records. Olympia, Washington. ¿Les dice algo? ¿Han tenido que ir corriendo a la wikipedia o se acuerdan bien de Beat Happening, el tatuaje de Kurt Cobain o el twee punk? Isa Fernández-Reviriego ha trascendido más allá de nuestras fronteras y ha terminado en una discográfica que es simbólica de muchas cosas, ya sea de un enfoque ético de la industria discográfica o de los sellos que son garantía de calidad. Adieu or Die es una prolongación natural de todo lo que han anticipado sus últimos LPs, ya fuera en solitario o con Charades. Perteneciente a la iglesia de devotas de Brian Wilson (otro feligrés con el que comparte enfoque es Panda Bear, artista que ha hecho un camino muy distinto para terminar en un lugar muy cercano), ha hecho aquí su propio Wild Honey (y sin que se le friera el cerebro en el proceso). Como en el sucesor de Smile las canciones son menos exhuberantes que en el anterior LP, pero no pierden un ápice de calidad ni brillantez melódica. Adieu or Die es otro disco (y ya van un puñado, desde En ningún lugar) en el que perderse y con el que dejarse llevar. (Santi)

45. Anna Meredith – Varmints

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El intrigante comienzo de ‘Nautilus’ pronto destapa un pop de escuela avanzada, fresco e incandescente, un indie para intelectuales, si se permite el oxímoron, o un juguete para niños en edad adulta. El bagaje clásico de Anna Meredith es uno de los secretos que explican la indiscutible calidad de este Varmints, debut de su autora que ha conseguido el Scottish Album Of The Year Award. Entre un discreto minimalismo y una psicodelia con menos ambiciones que la de Animal Collective pero de una efectividad demoledora en temas instrumentales como ‘R-Type’, la británica exhibe su magisterio mezclando elementos digitales y acústicos, trombones y violines incluidos, y genera con largos pasajes instrumentales un horizonte y mayormente onírico (‘Dowager’, ‘The Vapours’), pero que no rehuye de momentos más accesibles (‘Taken’) y en muchos casos no exentos de romanticismo (‘Something Helpful’, ‘Last Rose’). Estamos delante de uno de los trabajos más sorprendentes del año, desbordante de optimismo, incuestionable sobre las tablas (como se pudo ver en el Villamanuela madrileño), y que convierte a Anna Meredith en una de las compositoras de vanguardia más interesantes. (Carlos Marlasca)

44. Michael Kiwanuka – Love & Hate

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El segundo álbum de este británico de origen ugandés confirma todas las sospechas. Tras llevarse el BBC Sound of 2012 y ser candidato al Mercury Music Prize aquel mismo año con su primer trabajo, Kiwanuka ha entregado un disco, Love & Hate, que pone en valor los conceptos de globalización, sincretismo y crisol cultural, y con el que además demuestra un extraordinario manejo de los tempos. Soul clásico y contemporáneo, pop de cámara, rock sureño y acentos africanos –ver Geoffrey Oryema– van de la mano para construir un discurso musical limpio, profundo, emocionalmente potente y muy esperanzador. “I’m a black man in a white world / (I don’t mind who I am) / I’m a black man in a white world / (I don’t mind who you are)”, repite en uno de sus temas estrella, abogando siempre por un mundo mejor. El tono hondo de ‘Love & Hate’ –“No more pain and no more shame and misery”–, ‘Cold Little Heart’, la monumental pieza inicial, el soul de ‘Falling’, ‘One More Night’ o ‘The Final Frame’ y el arrebato rítmico góspel-funk de ‘Black Man In A White World’ son los principales alicientes de un álbum de autor que el británico ha defendido en directo con pasión y con una presencia innata sobre el escenario. (Pablo Luna)

43. Joana Serrat – Cross The Verge

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Rotundo paso adelante de la cantautora vigitana. Cross the Verge es más que una confirmación de su ascendente trayectoria: es una tesis, casi doctoral, sobre cómo una chica de Vic ha aprehendido y se ha empapado del country-folk norteamericano. Manteniendo intacto su espacio como cantautora de interiores, Joana Serrat parece haber completado el proceso de asimilación a unas raíces que ha elegido con el corazón, importando efectos de cuerda, ritmos trotones y narrativas con denominación de origen, pero que cada vez parecen más suyas. Todo con planteamientos directos, sin callejones semiocultos ni atajos de ningún tipo. La excelente producción de Howard Bilerman, además, revela su implicación evidente en el proyecto, y más allá del fichaje de Joana por Loose Music, el paso adelante también se mide por las dinámicas comunes que empiezan a manifestarse entre la cantautora y sus ya habituales colaboradores. Los nuevos, por otra parte, coprotagonizan también grandes momentos del disco: como los duetos con Neil Halstead (Slowdive) en la pegadiza ‘Cloudy Heart’ y con Ryan Boldt en ‘Black Lake’, un poderoso lamento en forma de balada country. Las carismáticas ‘Saskatoon (Break of a Dawn)’, ‘Desert Valley’ y ‘Tug of War’, así como las muy americanas ‘I Follow You Child’ y ‘Solitary Road’, son otros grandes momentos de un disco plagado de aciertos. (Pablo Luna)

42. Jessy Lanza – Oh No

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Tres años después, de nuevo secundada por Jeremy Greenspan (Junior Boys), Jessy Lanza redobla su apuesta. Si en 2013, cuando publicó su estupendo debut, Pull My Hair Back, su inclinación pop ya le hacía pasar por rara avis dentro de un sello siempre dado a buscarle una vuelta más al lenguaje electrónico como Hyperdub, ahora, de la mano de Oh No, ya es pura extravagancia entre los Burial, Kode9 y compañía. Pero no hay quien discuta la excepción. Ni el más purista puede negar que la canadiense conoce y respeta la tradición electrónica (house con ecos de Chicago, footwork, UK garage), aunque en su propuesta ejerce más como vehículo que como destino. El suyo está bastante alejado de oscuros clubs casi clandestinos, hábitat de muchos de los géneros de los que se nutre, y aspira a oídos de todos en discotecas relucientes. Especialmente después de que, en comparación con un Pull My Hair Back abonado a baladas y medios tiempos, Oh No nos arroje a una artista con ganas de abrir horizontes subiendo el pitch (esa hiperactiva ‘It Means I Love You‘, la discoide ‘Never Enough‘, una ‘VV Violence‘ que parece producida por Sophie). Cuestión de confianza. La misma que le resta complejos a la hora de buscar el estribillo por delante de atmósferas, de cruzar su sonoridad occidental con elementos exóticos (‘It Means I Love You‘ samplea al sudafricano Foster Manganyi y el pop nipón es una influencia declarada y palpable en todo el álbum) o de situar su voz, tan característica por aguda, más cerca del primer plano. Lanza ha encontrado su sitio justo donde parecía no tenerlo. (Víctor Trapero)

41. Touché Amoré – Stage Four

Stage Four, con todo su berrido post hardcoreta, es uno de los discos más jodidamente dolorosos del año. Una de las colecciones de letrás más duras de todo 2016. Como apuntaban en Pitchfork con muy buen tino: es el Carrie & Lowell de la temporada. Es curioso cómo el mismo evento, la muerte de una madre, puede producir dos discos tan aparentemente antitéticos: la belleza y la dulzura de Sufjan Stevens, la rabia y la fiereza de Jeremy Blom. Stage Four es el grado al que llegó el cáncer de Sandy antes de morir, el estadio donde el cáncer invade el cuerpo entero, pegando la piel a los huesos y exprimiendo al paciente hasta acabar con él. Como Carrie & Lowell, este Stage Four está lleno de pena y remordimiento y no sería una locura decir que está también escrito como aquel. “Siento haberte molestado / cuando te negaste a seguir comiendo / Ya no sabía que decir / Mientras te marchitabas sin parar”, canta en ‘Flowers and You’, “De alguna forma, ya ha pasado un año / Entregándome a toda diversión para hacer que este sentimiento desaparezca / y a hora te siento en todas partes / y siento la culpa de no haber estado allí”, canta en la que es oficialmente mi canción favorita del año, ‘New Halloween’. El disco está lleno de maravillas berreadas como esa. Poderoso y rabioso, pero también glorisamente melódico, técnico y completo. Hasta ese falso cierre, con esa ’Skycraper’ a medias con Julien Baker (“You live there / under the lights…”) y asomándose instrumentalmente por momentos a los mejores Explosions in the Sky, con ese último mensaje que su madre dejó en su contestador, te destroza. Si no les va mucho el género, entren por las letras, es un disco descomunal. (Daniel Boluda)
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