15/12/2016

Primera parte de nuestro repaso a los mejores discos que nos deja este año.

 

DESCUBRE AQUÍ LAS MENCIONES DE HONOR DE LOS MEJORES DISCOS DE 2016.

60. Chairlift – Moth

(Escúchalo en Spotify)

Se hace raro (y cansino) comentar un segundo disco (lo entendemos así por la trascendencia de las anteriores referencias) de un grupo mirando siempre el predecesor. Es decir, partiendo de que el grupo y sus canciones son lo que son en función de los cambios y no tanto como material nuevo.  Analizar el punto de partida está bien, pero aquí es necesario despojarse un poco de él. Han pasado cuatro años, que para un grupo debutante y de un calado no muy expansivo, es un riesgo. El caso de Chairlift sigue el patrón clásico de progreso, de expandirse, de abrir frentes y a la vez de renovar, pero sobre todo se posiciona como el grupo de Caroline Polachek. El solo hecho de saber su nombre (y escribirlo bien) ya es significativo de la importancia que tiene. Varias colaboraciones y su papel de frontwoman (similar al caso de Chvrches) la sitúan como principal baluarte de Chairlift. En este Moth dejan atrás las estructuras vaporosas, y el músculo y la fuerza de ese primer hit de 2012 ‘I Belong to Your Arms‘ toman el protagonismo, adaptados eso sí a la sonoridad de 2016 y combinados con la fluidez y la frescura de ‘Moth to the Flame‘ o ese arranque fulgurante con ‘Look Up‘. Pero si por algo destaca Moth es por encontrar el punto medio entre lo sensual de Caroline, cuya voz solo imaginamos con bailes descalzos, y la cadencia cabalgante en ‘Ch-Ching‘ y ‘Crying in Public‘. Un trabajo notable que les debería hacer grandes y que ya solo admite que los comparemos con lo que pueden llegar a ser. (Jordi Isern)

59. Pedro Vian – Beautiful Things You Left Us for Memories

(Escúchalo en Spotify)

Hace algunos años, ciertos gurús del mundo de la música se apresuraron demasiado a confirmar la decadencia del formato largo y, si hablamos de electrónica, las prisas para desterrar el LP han sido todavía más insistentes. De haber sido así, no se entendería el big bang que supuso ƒIN de John Talabot tanto hacia arenas internacionales como en nuestros circuitos y la posterior eclosión de valores emergentes como bRUNA o el también incluido en esta lista BeGun –todos ellos en sus respectivos estilos–. Por suerte, también contamos en nuestras filas con artistas como Pedro Vian, antes Pettre y mitad de Aster junto a JMII, para desmentir tales predicciones desmesuradas. Beautiful Things You Left Us for Memories, disco de debut del productor catalán que regenta Modern Obscure Music, se aleja en cierto modo de la música de club, pese a temas más pisteros como Invisible Objects‘, y abre la puerta a nuevas sonoridades deambulando entre el house ralentizado y el dark ambient con extrema solvencia melódica, a la vez que rezumando cierta sensibilidad propia de la música pop. Basta con decir que su colaboración con Carla Pérez de Mourn, ‘801 Nite‘, bien podría encajar en un disco de Beach House o Cocteau Twins, o que de la masterización se ha encargado Josh Bonati (Mac DeMarco, DIIV). De aparente sencillez, latente carga emocional y tonos grisáceos que en ocasiones dan paso al multicolor (‘Nine Is Nine‘, ‘Le Fou‘), sus doce cortes encapsulan desde etnicismo tribal hasta destellos new wave, transportándonos a una dimensión atemporal a medio camino entre lo analógico y lo digital, entre el ambiente vintage y futurista, siempre experimental pero más accesible que nunca. (Max Martí)

58. Modelo de Respuesta Polar – Dos Amigos

(Escúchalo en Spotify)

En varios aspectos, Dos Amigos es el disco de la consolidación definitiva de Modelo de Respuesta Polar. Tras un primer EP muy prometedor y un disco como El Cariño, publicado hace dos años, en el que afianzaron su pop emocional a medio camino entre el slowcore y la tradición clásica, dan un doble salto con Dos Amigos, auto-editado gracias a una campaña de crowdfunding y bajo el amparo de un nuevo productor como Ricky Falkner. El resultado es el perfeccionamiento de su fórmula: sus canciones siguen sonando familiares y cálidas desde el primer momento (gracias en gran medida a las letras, en la que es imposible no reconocerse en algún punto), solo que esta vez están revestidas con menos pomposidad y más clasicismo (remitiendo a los maravillosos McEnroe, aunque también a los mejores La Habitación Roja). Y, como antes, siguen siendo capaces de facturar píldoras de épica intimista de alto calibre, caso de ‘Momentos Similares’, ‘Dos Amigos’, ‘Un Fuego’ o ‘La Juventud y el Tiempo’. Grupo de futuro. (Aleix Ibars)

57. El Último Vecino – Voces

(Escúchalo en Spotify)

Gerard Alegre publicaba en sus redes sociales, meses antes de que saliera a luz, un texto lleno de dudas, miedos e incertidumbre sobre lo que iba a ser este Voces, el segundo álbum de El Último Vecino. Mostraba poco convencimiento sobre el mismo, y nos contagió un poco a todos de esas dudas. El listón de un debut que fue toda una revolución en 2013 estaba alto y la presión iba a la par. No obstante, en este Voces, la línea continuista y la diana en los hits ‘La noche interminable‘ y sobretodo ‘La entera mitad‘ ha seguido intacta, logrando que el aterrizaje del hype a una confirmación de grupo asentado haya sido de lo más suave y placentera. Para grupo y seguidores, ha resultado ser un disco disfrutable, con canciones que ya tienen un estilo y un sello concreto. Prueba del segundo disco más que superada. (Jordi Isern)

56. Porches – Pool

(Escúchalo en Spotify)

Cualquier interés que Aaron Maine haya podido tener en el pasado por el folk y el rock, ya sea en Slow Dance in the Cosmos (2013) o en sus otros trabajos previos, se ha evaporado por completo en las doce pistas cristalinas pero introspectivas de Pool. Para materializar su primer disco en Domino, ha preferido comprarse un ordenador y aprender a producir en el apartamento que comparte en Manhattan con Frankie Cosmos –otro joven talento al alza que aporta compenetradas armonías vocales a algunas de sus mejores canciones, como ‘Hour’ o ‘Braid’–. Pese al amateurismo que se le supone a alguien que se rodea por primera vez de sintetizadores, las composiciones de Maine distan mucho de ser impulsivas o viscerales. El influjo de su hechizo llega más bien a través de una lírica sencilla y abstracta, casi hierática, unida a una voz lánguida y en ocasiones deformada con sobrado Auto-Tune (‘Pool’ o ‘Security’). Ésta sirve de anclaje para desplegar todo tipo de influencias de la electrónica contemporánea, sin desviar del todo la mirada de ciertos sonidos de los ochenta. Con este nuevo mecanismo, que brilla especialmente en los singles ‘Be Apart’ y ‘Car’, el neoyorquino logra evocar todo tipo de sensaciones concretas de su intimidad mediante estructuras deliberadamente repetitivas, que acaban por infundir un efecto casi anestésico a sus temas. Como bien define el título y múltiples referencias en sus letras, Pool nos sumerge bajo el agua, donde todo transcurre de forma más lenta, casi en slow motion. Un lugar desde el que podemos afrontar con algo más de madurez los problemas terrenales que destellean desde la superficie. (Max Martí)

55. Kevin Morby – Singing Saw

(Escúchalo en Spotify)

A Kevin Morby le conocimos hace tres años cuando debutó sin previo aviso con el delicadísimo Harlem River. “El bajista de Woods en solitario”, dijimos casi todos, entendiendo la publicación de aquellas ocho canciones como una aventurilla al margen de la banda madre. Pero no lo fue. Morby no volvió a agarrar el bajo de los Woods y apareció al año siguiente, en 2014, con una espléndida reválida, Still Life, que terminó de convencernos de su solvencia. El disco que publica este año, Singing Saw, hace mucho más que eso. Kevin Morby respeta sus raíces sureñas (‘Water’), sigue rindiendo pleitesía a Dylan y compañía, pero ahora explota sin miedos. En ‘I Have Been to the Mountain (esa línea de bajo es de maestro) asoman coros gospel y trompetas ahogadas, las cuerdas diluyen el corazón de ‘Drunk and on a Star’, como tras una sobredosis de Lambchop, ’Destroyer’ le roba el alma al mejor Cass McCombs y hasta cierta brisa asiática se cuela en ‘Black Flowers’. No sabemos si Kevin se ha encontrado musicalmente, pero la búsqueda de sí mismo va camino de obra maestra. Este se queda a las puertas. (Daniel Boluda)

54. Mourn – Ha, Ha, He!

(Escúchalo en Bandcamp)

Por si un segundo disco no fuera suficiente reto para una banda tan joven como Mourn, resulta inevitable que el cuarteto catalán tenga una sensación agridulce pese a haber publicado Ha, Ha, He! este año. Y es que el disco no ha visto la luz en España debido a la disputa con el sello Sones (sí se puede escuchar al completo en Bandcamp), lo cual resulta una pena porque se trata de un sólido paso adelante en la prometedora carrera de la banda. Todavía con la influencia latente de pioneros del emo como Sunny Day Real Estate (también es cada vez más inevitable no pensar en Madee, la banda de The New Raemon, padre de una de las integrantes), pero también de la visceralidad de Sleater-Kinney, ellos citan a Throwing Muses como referencia básica a la hora de abordar este segundo disco, pero más allá del evidente afán de emular aquel indie rock noventero que marcó una época, lo que deja claro Ha, Ha, He! es que Mourn han crecido para bien: sus nuevas canciones son más robustas (‘Brother Brother’, ‘Gertrudis, Get Through This’ y ‘The Unexpected’ lo atestiguan), y su capacidad para facturar grandes melodías (incluso bajando las revoluciones, como en la magnífica ‘I Am A Chicken’) también se ha expandido. Son, en definitiva, un grupo cada vez mejor. (Aleix Ibars)

53. BeGun – Amma

(Escúchalo en Spotify)

La vuelta de BeGun tras un periplo de tres años que se ha hecho larguísimo (y ha sido oscuro, incómodo y lleno de peripecias por culpa de la vieja industria musical) ha resultado ser una de las grandes confirmaciones de talento estatal y ha constatado su potencial a nivel global, como confirman varias giras por Latinoamérica. Amma, por vía de Foehn, sin embargo, está inspirado en África, siguiendo la línea geográfica que inauguró con su primera e icónica canción ‘San Francisco‘, y pese a ser gestado en medio de un caos burocrático, rezuma luz e incluso optimismo. Siempre con un halo de melancolía y reposo (‘Yoko‘), pero con un tono general de fuerza y vitalidad (‘Nari‘), que refuerzan su discurso de “electrónica paisajística” como una etiqueta muy personal del propio BeGun. Un disco que queda como un acto de liberación y aparta las dudas de su carrera. Tiene cuerda para muchos más viajes. (Jordi Isern)

52. Cass McCombs – Mangy Love

(Escúchalo en Spotify)

Con rigurosa discreción, Cass McCombs se ha convertido en uno de los mejores cantautores de nuestros tiempos. En Mangy Love, su octavo disco y el primero en Anti-, sus canciones se deslizan con extrema elegancia, y aunque uno pueda echar en falta la personalidad más folkie de sus inicios, permanece intacta la genialidad de sus letras. En ellas, el artista ha agudizado su sentido del humor y manifiesta un creciente interés por el paisaje sociopolítico que le rodea, algo que se manifiesta desde la hipnotizante apertura ‘Bum Bum Bum’, una crítica sutil pero afilada al racismo institucionalizado cuya melodía sabe a clásico desde la primera escucha. Podría haber sucedido que tras su casi abrumador último (doble) disco, Big Wheels and Others (2013), poco nos hubiera sorprendido el californiano en cuanto a variedad de registros y buenas ideas, pero en sus doce nuevos cortes logra cohesionar elementos de sus trabajos anteriores con la ayuda de Rob Schnapf (productor de Elliott Smith) y Dan Horne, mezclando con delicadeza momentos de sofisticación pop lánguidos y accesibles que recuerdan a Wit’s End (2011) con algún que otro vestigio sonoro más crudo y experimental que nos remite a Catacombs (2009). Desde la instrumentación jazzy de ‘Laughter is the Best Medicine‘ hasta los susurros de Angel Olsen en la misteriosa ‘Opposite House’, pasando por un  bello slide de guitarra de Blake Mills que casi se fusiona con su falsete hacia el final de la brumosa ‘Medusa’s Outhouse’, casi cada detalle sonoro de Mangy Love merece la pena ser degustado con fruición, y aunque su segunda mitad brilla bastante menos melódicamente, gana enteros en dinamismo y versatilidad; hay guitarras y percusión funky (‘Run Sister Run’), e incluso sintetizadores psicodélicos que lo hacen casi bailable (‘Switch’). El ritmo no aminora hasta el cierre, ‘I’m a Shoe’, una sobria pero solemne balada con la que este fascinante storyteller vuelve a sus raíces. (Max Martí)

51. Pinegrove – Cardinal

(Escúchalo en Spotify)

Música para la promoción de fiestas introspectivas”, puede leerse aún en el perfil de Bandcamp de estos jóvenes de Nueva Jersey. Desconcertante oxímoron para definir la música de Evan Stephens Hall, mente y alma del proyecto, cuya voz expresa afección y sarcasmo al mismo tiempo. De solo ocho cortes, revestidos de guitarras rasgadas con ímpetu y banjos más sutiles, Cardinal es una obra concisa y directa, aunque no por ello su mensaje es menos certero: combinando calma con desgarro, juegos de volúmenes y letras poéticas que conforman un diálogo con los recuerdos del pasado, la fórmula de Hall y los suyos muestra atisbos de madurez postadolescente con impecable crudeza, como si en la música proveniente de los sótanos destartalados de Montclair se apreciasen ciertos destellos de grandiosidad y alguna que otra verdad universal. La complejidad en la comunicación humana preadulta se erige como material para sus historias, y mientras el corte de apertura ‘Old Friends’ se presenta como una oda a las relaciones del pasado, mezclando optimismo con cierta actitud sad boy en ese proceso necesario para superar cualquier pérdida, su canción hermana ‘New Friends’, utilizada como cierre, reflexiona sobre la extraña sensación de llegar a una fiesta y no conocer a las personas que allí se encuentran (“I resolve to make new friends / I liked my old ones but I fucked up so I’ll start again”). Quizá sea ésa la fiesta introspectiva a la que nos invitan los chicos de Pinegrove: la que nos permite volvernos un poco más adultos y empezar de nuevo. (Max Martí)

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