21/11/2016

Que nadie dude de las capacidades musicales de Pixies en directo, intactas pese a la brecha generacional que están teniendo que salvar.

Puede que muchos piensen que han pasado demasiados años desde su apogeo como banda, que Black Francis siga ensanchando peligrosamente, que la salida de Kim Deal sea ya algo totalmente definitivo y aceptado, y puede incluso que su sonido en general empiece a parecer de otra época, pero Pixies siguen siendo Pixies; muy Pixies. Anoche en su actuación en el Sant Jordi Club de Barcelona la banda de Boston dio a su público exactamente lo que quería: una batería de rock alternativo sin descanso, sin paliativos y con todos sus grandes éxitos de ayer (y de hoy). Lo cierto, en cualquier caso, es que es evidente que las formas de rebeldía musicales que antaño funcionaban como acicate para las juventudes han caducado con cierta premura, y que los más de veinte años que separan la época de máximo esplendor de Pixies con el concierto de ayer pueden suponer una auténtica brecha generacional. No obstante, la cuerda con la que se presentaron anoche sobre el escenario Francis, Santiago y compañía nos habla inequívocamente de una banda que se resiste a claudicar ante el paso del tiempo.

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Cuesta bastante imaginar que haya alguien que piensa, vive y se comporta igual hoy que hace 20 años, cuando era joven y escuchaba a Pixies en cinta: quien más y quien menos, todos los que asistieron al concierto de ayer han cambiado de hábitos, de gustos y de motivaciones desde que la banda echara el cierre en 1993 tras haber publicado sus cuatro álbumes canónicos. Curiosamente, sin embargo, gran parte del público que sigue ahora a Pixies los ha incorporado a su acervo musical precisamente durante esos 10 años de separación efectiva –20 de inactividad discográfica–, imponiéndose como el más claro referente del rock alternativo, independiente y paralelo al grunge que sirvió de puente entre los ’80 y los ’90. Una banda de culto en toda regla. Por eso, y aunque el concierto tuviera características de espectáculo de reconstrucción histórica, pocos fueron los seguidores que se sintieron decepcionados al no encontrar a los mismos Pixies de hace dos décadas, ya que más allá de las formas escénicas, definitivamente más estáticas, su actuación fue como un volcán en trepidante e insistente erupción.

La medida del ritmo que llevaron los norteamericanos anoche se mide así: 29 canciones en 90 minutos de actuación. De récord. Sobre un tempo frenético impartido desde el fondo por David Lovering y con la constante presencia de alambradas espinosas de punteos llenos de distorsión provenientes de la guitarra de Joey Santiago, Francis no dejó de repartir juego durante toda la noche soltando piezas cargadas de veneno una tras otra, contagiando al público una energía incendiaria que parecía amplificarse más allá de su figura y de sus escasos movimientos. Dada la constante sensación de derroche, parece incorrecto hablar de administración de hits a lo largo del repertorio, y más si tenemos en cuenta que un concierto de Pixies se caracteriza más por el cómputo general de aliento desahogado al final del mismo que por los –siempre– breves, incontables y subjetivos temazos que puedan soltar. Haciendo gala de una fórmula musical comparable a la construcción de una borrachera a base de chupitos, importan menos los infinitos ingredientes concretos que la sensación de júbilo general.

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En cualquier caso, sí es verdad que gestionaron con solvencia la distribución de la puesta en escena de algunas de sus canciones más reconocibles, espaciándolas hábilmente a lo largo de un setlist quilométrico. Sorprendieron al interpretar la carismática ‘Where Is My Mind’ en los primeros compases, por ejemplo, así como la muy macarra ‘Vamos (Surfer Rosa)’, desatándose un primer gran momento de euforia antes de cumplirse si quiera la primera media hora. Poco después llegó la versión más colorida, limpia y saludable de Pixies: con una ‘Here Comes Your Man’ que desató el primer gran momento móvil y ‘La La Love You’; y al filo de la hora de concierto, en un brillante aunque arriesgado contraste, unieron lo viejo y lo nuevo encadenando ‘Motorway To Roswell’ y ‘Bone Machine’ con ‘Tenement Song’ y ‘Talent’, de su reciente y último trabajo. Una tremenda ‘Crackity Jones’, ‘Isla de Encanta’ o ‘Cecilia Ann’, ya en la recta final, marcaron más de esos momentos de júbilo y desvergüenza que solo ellos saben provocar. Por todo lo dicho, aunque se acepta la duda sobre si tiene sentido que sigan sacando discos, Pixies dejaron claro que tienen cuerda y público para rato: al menos suficiente como para llenar el Sant Jordi Club y lograr que todos sus asistentes se fueran de allí más que satisfechos.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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