17/11/2016

Impresionante actuación del músico británico: sold out de público y de buenas sensaciones.

Hace algunos años, hacia mediados de los 90, en la tele ponían solo series de blancos y series de negros. En el Príncipe de Bell-Air, Cosas de casa o Webster, por ejemplo, no salían blancos ni de casualidad, y en las que protagonizaban éstos últimos, como mucho, encontrábamos a latinos del tipo A.C. Slater, de Salvados por la campana, y en realidad podría incluso decirse que era el antagonista. Nos hicieron creer que la globalización y el multiculturalismo occidental se reducían a una suma de guetos mal mezclados, a una suerte de universos paralelos que explotarían o algo así si llegaban si quiera a tocarse. Por suerte los tiempos cambian y hoy en día, aunque el odio racial no se haya superado ni por asomo, estamos algo mejor en materia de integración. “I’m a black man in a white world”, cantaba anoche el británico –de ascendencia ugandesa– Michael Kiwanuka en su concierto en Barcelona, repitiéndolo una y otra vez como un mantra mientras su banda –todos blancos, por cierto– se fundía en una jam perfectamente programada. A black man in a white band, y ningún universo implosionó sobre sí mismo. El suyo es, sin duda alguna, el triunfo musical de la integración étnica.

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Nacido en Londres hace 29 años, Kiwanuka irrumpió en la escena de su país natal hace cuatro y medio con un álbum que le valió la nominación para el Mercury Music Prize de 2012, haciendo gala de un estilo en el que cabían grandes cantidades de soul, rock sureño y una mezcla de tradiciones musicales cuya columna vertebral bien podría marcarla el trazado del río Mississippi. Con Love & Hate, su segundo trabajo, recién estrenado, el británico se presentó anoche en una abarrotada sala Bikini acompañado de su poderosa banda para poner encima de la mesa todas esas coordenadas estilísticas y algunas más, partiendo del elegante y pausado soul de ‘If You Dare’, con la que abrió el recital, y pasando, entre otros palos, por la especie de góspel-funk de ‘Black Man in A White World’, un tema con el que recordó a unos Algiers sin la vertiente industrial. Siempre desde su guitarra, acústica o eléctrica, protagonista o secundaria, y desde una voz a medio camino entre la de Van Morrison y la de Curtis Mayfield.

Los primeros compases de la velada transcurrieron al trote de ritmos soul y southern rock de canciones como ‘I’ll Get Along’ y ‘One More Night’. Como buen británico, esperó al cuarto tema para soltar la cadencia: una extraordinaria versión de ‘Falling’, con todo el cuerpo y la clase que su banda supo darle, que puso de manifiesto la perfecta conjugación conjunta de las dos guitarras. Ahí descubrimos las virtudes del otro guitarrista, con un impresionante pelo a lo afro y un instrumento dorado que exprimía con soltura. En una impecable gestión de los tiempos, Kiwanuka dejó para el tramo central del repertorio las canciones que nacen de un arpegio, encadenando la balada sureña ‘I’m Getting Ready’, una ‘Rest’ que interpretó solo acompañado del bajo, y que le acercó por momentos a la sombra de un cantautor folky solista, y una coreada ‘Home Again’, cuyo elegante acompañamiento country fue entrando lentamente. Sin embargo, a medida que se fue acercando el final la intensidad también fue en aumento, con un claro punto de inflexión en el tremendo desarrollo progresivo de ‘Rule The World’ y su multiorgásmico final.

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No contento con el conciertazo que estaba dando hasta entonces, Kiwanuka optó por no dejar lugar a dudas bordando los últimos temas. Transformó la sugerente balada soulrockera ‘Father’s Child’ en potencia pura de seducción, con otro final espectacular marcado por el mejor y más prolongado de sus punteos. Tiró de vozarrón y de ascendencia clásica –asombrosamente cercano al Richie Havens que tocó en Woodstock– en ‘Cold Little Heart’, un corte de infinita clase. Nos deleitó con una versión desnuda de ‘I’ll Never Love’. Y cerró la velada con el indiscutible hit de su nuevo álbum: una ‘Love & Hate’ muy aplaudida a través de la cual logró conectar con el mismísimo Geoffrey Oryema, el Leonard Cohen africano: posiblemente el músico ugandés más reconocido a nivel internacional. En conjunto el concierto no pudo resultar más definitorio de lo que es Michael Kiwanuka como artista: un músico tremendamente absorbente, completísimo y rico en influencias culturales, y con un potencial espectacular que le auguran un impresionante futuro. Si sigue sumando actuaciones como la de ayer pronto le veremos en festivales de primer orden dando una lección de lo que es integración étnico-cultural.

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