12/11/2016

Como David Bowie, Leonard Cohen también pudo despedirse, consciente y serenamente, a través de su arte.

Marianne, hemos llegado al punto en el que somos tan viejos y nuestros cuerpos están decayendo y creo que te seguiré muy pronto”. Así empezaba la breve –si bien dulce y emotiva– misiva que Leonard Cohen le hizo llegar a Marianne Ihlen, su primera musa, cuando fue informado de que a su ex-compañera noruega le quedaba poco tiempo de vida por el cáncer. Continuaba: “Debes saber que estoy detrás de ti, tan cerca que si alargas tu mano, creo que puedes alcanzar la mía. Y sabes que siempre te he querido por tu belleza y tu sabiduría, pero no necesito decir nada más sobre esto porque ya lo sabes todo. Ahora solo quiero desearte un muy buen viaje. Adiós, vieja amiga. Amor infinito, nos veremos en el camino”.

Fue hace unos meses, a finales de julio, y emocionados por la sencillez y verdad de las palabras de Cohen –una constante a lo largo de toda su obra–, pocos supimos ver en ella que en realidad no solo se estaba despidiendo de su vieja amiga. Leonard Cohen tenía un nuevo disco entre manos, el número 14 de su carrera, que iba a ver la luz en octubre: You Want It Darker. A nadie se le pasaba por la cabeza que nos fuera a dejar tan pronto, aunque después, visto ahora, los indicios fueran apuntando a ello.

Él mismo se encargó de remarcarlo en el maravilloso artículo publicado por The New Yorker el pasado 17 de octubre, cuatro días antes de que saliera You Want It Darker: “No me ato a una estrategia espiritual. No me atrevo a hacerlo. Tengo trabajo por hacer. Cosas que arreglar. Estoy listo para morir. Espero que no sea muy incómodo. Esto es todo para mí”.

No nos lo queríamos creer. Por suerte, con su característica ironía, él intentó apaciguar el revuelo al cabo de unos días: “Siempre he sido un poco dramático. Tengo intención de vivir para siempre… Al menos estar por aquí hasta los 120 años”.

Esas palabras las pronunció en el salón de su casa de Los Ángeles en el que acogió al periodista David Remnick de The New Yorker, que en la pieza repasa toda su carrera de forma exhaustiva y cariñosa, en una manera más de cerrar el círculo de una carrera y una vida. “El mayor cambio para mí es la proximidad de la muerte”, le dijo Cohen, que ya apenas podía salir de casa (donde grabó este último disco con su hijo Adam Cohen como productor) ni tocar ningún instrumento. “Soy un tipo ordenado. Me gusta dejar las cosas bien atadas. Si no puedo, está bien, no pasa nada. Pero mi impulso natural es terminar las cosas que he empezado”.

Es en esta serenidad, tan realista como sabia, donde reposan los últimos movimientos de Cohen. No solo los de los últimos meses: la gira que arrancó en 2008 a causa de los problemas económicos generados por la estafa de su ex-manager, Kelley Lynch, mientras Cohen se había apartado del mundo en retiros espirituales que llegaron a durar seis años, también fue a su modo una gira de despedida. Para el recuerdo quedará aquel escenario grande del FIB 2008 absolutamente en silencio para recibir al canadiense mientras caía el sol, o su inconmensurable paso por el Palau Sant Jordi de Barcelona el año siguiente. La gira empezó en Canadá en 2008 y visitó prácticamente todo el mundo durante los siguiente cinco años, a lo largo de 380 conciertos (en su mayoría, entre las tres y cuatro horas de duración), hasta que finalizó en Auckland el 21 de diciembre de 2013. Al terminar la gira, satisfecho (no era algo habitual en él), Cohen dio el círculo del directo por cerrado.

Eso hizo también, con mucha más pasión, al escribir a Marianne, a la que Cohen conoció en la isla de Hydra en los años 60, antes incluso de publicar su primer disco. Con ella y con el hijo de ella acabaría viviendo 7 años en Montreal –no exentos de infidelidades, celos y discusiones–, y Marianne no solo acabaría siendo inspiración para ‘So Long, Marianne’ (ya una despedida en su día: “Now so long, Marianne, it’s time that we began / To laugh and cry and cry and laugh about it all again”) de su debut Songs of Leonard Cohen, sino también para ‘Hey, That’s No Way To Say Goodbye’ (“You know my love goes with you as your love stays with me”) y para ‘Bird on the Wire’ (“Like a bird on the wire / Like a drunk in a midnight choir / I have tried in my way to be free”) del segundo álbum, Songs From a Room.

Y de ese debut, publicado en 1967 con 33 años, a You Want It Darker, publicado en 2016, con 82. Un disco, a todas luces y por mucho que nos pese, de despedida. El que cerraba el último círculo, bajaba la persiana y culminaba una obra de casi medio siglo. Un disco que arranca diciendo “I’m ready, my Lord” en ‘You Want It Darker’, y que se despide con la explosión emocional de un tema orquestal, majestuoso, como ‘String Reprise / Treaty’, que se desvanece mientras Cohen vuelve a recitar los versos de ‘Treaty’, una de las piezas clave del disco: “I wish there was a treaty we could sign / It’s over now, the water and the wine / We were broken then, but now we’re borderline / And I wish there was a treaty, I wish there was a treaty / between your love and mine”. Elegantemente, Cohen se despiden del mundo: de Marianne, de sus amores, de su familia, de su música, del poder superior con el que también ansía irse en paz.

O como canta en otra de las canciones del disco, ‘Traveling Light’: “I’m traveling light / It’s au revoir”. También en su despedida, Leonard Cohen nos dio una lección de vida, de amor y de belleza.

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