24/10/2016

16 discos imprescindibles que nos deja el tercer trimestre del año.

Los mejores discos del primer trimestre de 2016. Los mejores discos del segundo trimestre de 2016.

Angel Olsen – My Woman

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A punto de cumplir los 30 años, Angel Olsen ha dado por fin el estirón. Tras un par de álbumes notables con los que le daba una vuelta guerrillera al concepto chica-con-guitarra, la artista de Missouri se confirma con My Woman como una de las cantautoras más despiertas y prometedoras del panorama estadounidense. Un álbum maduro, opulento en fiereza y sentimiento, y escrito con el lenguaje de un adulto resolviendo problemas juveniles. La escrupulosa partición del disco en dos partes claramente diferenciadas, además, marida perfectamente con la narración de una ambivalencia irresoluble: amar o desamar, luchar por un amor o rendirse, o dependencia frente a independencia sentimental. La primera mitad, con temas bandera como ‘Never Be Mine’ o ‘Shut Up Kiss Me’, presenta unas formas más crudas y directas, más aguerridas e inmediatas: una Angel Olsen erizada que no te pasaría una si fuera tu pareja. En la segunda parte, en cambio, el lenguaje musical se apacigua y –a partir del estallido a gritos de ‘Not Gonna Kill You’– brota la Olsen más elegante, tierna y sosegada de su trayectoria. Una Olsen nueva que se proyecta con más empaque y mucha más clase que nunca. Con temas como ‘Sister’ y ‘My Woman’, extensos, carnales y liberados de conflicto, la cantautora ha abierto una senda nueva en su carrera: la de una narradora versátil que no vive solo del roce. En definitiva, Angel Olsen juega ahora en primera división. (Pablo Luna)

Bon Iver – 22, A Million

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22, A Million: un disco tan fascinante como abrasivo y desconcertante. Un trabajo que convierte el caos en algo bonito, que no tienes que entender para poder disfrutarlo pero al mismo tiempo requiere de una atención extrema para ser apreciado. Aquí no puedes dejarte llevar como antes: esta vez, el disco te agarra y te somete a su nebulosa, y es ahí donde, aunque no puedas explicar exactamente por qué, embruja durante sus 34 cortos minutos. Si no entras, te pierdes. (Y aunque entres, es probable que también, tranquilo). No es casualidad que la segunda frase del disco sea “Where you gonna look for confirmation? / And if it’s ever gonna happen”, poniendo en duda creencias y verdades absolutas. De derrumbar la preconcepción de lo que era Bon Iver se ocupa el cuarteto inicial: del lánguido y precioso loop de ’22 (OVER S∞∞N)’, que además culmina con una enigmática sección de violines a modo de inexplicable interludio de salida, al rocoso ritmo electrónico de ‘10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄’, donde el Auto-Tune lleva la voz de Vernon hasta el extremo y el caos retumba físicamente. Así arranca el disco, para después pasar a la joya de la corona, esa ‘715 – CRΣΣKS’ en la que Vernon se vale únicamente de su voz, absolutamente robotizada, para firmar una de las declaraciones de amor más desarmantes: “Turn around, you’re my A-Team / Turn around, now, you’re my A-Team / God damn, turn around now / You’re my A-Team”. Todo a capella. Sin ningún instrumento. Es la posterior ’33 “GOD”’ la que marca la transición hacia la segunda parte del disco, con ese inicio tradicional que podría ubicarla en Bon Iver, Bon Iver y su posterior despliegue de cadencia hip hop, ritmos rotos y altibajos de intensidad, huyendo de las melodías convencionales y abusando de los retazos sonoros para formar el collage. Roto el vínculo con el pasado con estas cuatro canciones, ya puede volver a visitarlo para recomponerlo. (Lee aquí la crítica completa) (Aleix Ibars)

Cálido Home – Tones and Shapes

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Llega el tercer trimestre, el del cambio de estación hacia el frío, el de ponerse cada vez más ropa y abrigarse, pero Cálido Home vuelven a entregarse despojados de grandes artificios, y no necesitan más para conseguir que nos sintamos arropados. Con Tones and Shapes han hecho eso que a veces llamamos “dar el salto”, publicando en BCore tras años en la autoedición, pero en un momento en el que nada es garantía ellos se valen de su “fórmula”, que no es otra que nutrirse de naturalidad y espontaneidad. De una manera de entender la música y la vida. Anna y Eduard, ahora con la producción de Joan Pons de El Petit de Cal Eril, siguen avanzando por su sendero de folk, con dos guitarras acústicas, las voces entrelazadas, cada una en un papel perfectamente interpretado y las ideas claras. De la luz de ‘Drop a Pebble‘ y la fuerza de ‘Crash Over Me‘, a los susurros en ‘The Flood‘. Cálido Home en una esencia que ya conocíamos, ahora más cómodos e inspirados. Acotados en la parte técnica (solo 2 guitarras), todo recae en las emociones, en la sensibilidad y, efectivamente, la calidez de 10 nuevos temas que los confirman como un grupo que continúa su carrera de manera firme, con las ambiciones claras y sin distracciones. Todo sigue igual. Igual de bien. (Jordi Isern)

Cass McCombs – Mangy Love

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Con rigurosa discreción, Cass McCombs se ha convertido en uno de los mejores cantautores de nuestros tiempos. En Mangy Love, su octavo disco y el primero en Anti-, sus canciones se deslizan con extrema elegancia, y aunque uno pueda echar en falta la personalidad más folkie de sus inicios, permanece intacta la genialidad de sus letras. En ellas, el artista ha agudizado su sentido del humor y manifiesta un creciente interés por el paisaje sociopolítico que le rodea, algo que se manifiesta desde la hipnotizante apertura ‘Bum Bum Bum’, una crítica sutil pero afilada al racismo institucionalizado cuya melodía sabe a clásico desde la primera escucha. Podría haber sucedido que tras su casi abrumador último (doble) disco, Big Wheels and Others (2013), poco nos hubiera sorprendido el californiano en cuanto a variedad de registros y buenas ideas, pero en sus doce nuevos cortes logra cohesionar elementos de sus trabajos anteriores con la ayuda de Rob Schnapf (productor de Elliott Smith) y Dan Horne, mezclando con delicadeza momentos de sofisticación pop lánguidos y accesibles que recuerdan a Wit’s End (2011) con algún que otro vestigio sonoro más crudo y experimental que nos remite a Catacombs (2009). Desde la instrumentación jazzy de ‘Laughter is the Best Medicine’ hasta los susurros de Angel Olsen en la misteriosa ‘Opposite House’, pasando por un  bello slide de guitarra de Blake Mills que casi se fusiona con su falsete hacia el final de la brumosa ‘Medusa’s Outhouse’, casi cada detalle sonoro de Mangy Love merece la pena ser degustado con fruición, y aunque su segunda mitad brilla bastante menos melódicamente, gana enteros en dinamismo y versatilidad; hay guitarras y percusión funky (‘Run Sister Run’), e incluso sintetizadores psicodélicos que lo hacen casi bailable (‘Switch’). El ritmo no aminora hasta el cierre, ‘I’m a Shoe’, una sobria pero solemne balada con la que este fascinante storyteller vuelve a sus raíces. (Max Martí)

Cymbals Eat Guitars – Pretty Years

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Cymbals Eat Guitars es una banda que tiene ya más ex miembros que miembros. En 2016 han publicado su cuatro álbum de estudio y dejan ya, según la Wikipedia, cinco músicos en el camino: Neil Berenholz, Daniel Baer, Matthew Cohen, Jon Levine, Matthew Miller. El apunte es pertinente porque explica que los Cymbals Eat Guitars de ahora son los mismos que debutaron allá por 2009 con Why Are We Mountains. La banda de instituto se ha convertido con el paso de los discos en el proyecto personal del único miembro que resiste de la formación original: Joseph D’Agostino. Se vio en hace un par de años con el sobresaliente LOSE, donde Joseph exorcizaba el dolor por la muerte de su amigo Ben, y se ve de nuevo en este Pretty Years que confirma una carrera hasta ahora infalible. Ni un disco medio malo en siete años. Esta vez en manos del mago Congleton, productor de época, las guitarras rasgadas y la voz engañosamente normalita de D’Agostino suenan mejor que nunca. Con canciones quizás también más accesibles que nunca. ‘Have a Heart’ es puro pop: una canción de inestable enamorado, buscando rehabilitación, tierno. “I have a heart I want to put to use / Empathy, it never came so naturally ‘til I met you /  I know you heard that I’m a psycho / With a history of instability / Now I guess we’ll see”. El disco despliega buena paleta de referencias. En ‘Wish’ recuerdan a The Cure o Menomena; en ‘Close’ podrían asomarse The Drums; en ‘Beam’ a los Titus Andronucus más salvajes; o en la tremenda ‘4th of July Philadelphia (SANDY)’ a Springsteen. Todo sin dejar de ser esa banda fronteriza, de indiscutible pedigrí indie, que año que publican, año que nos conquistan. No ha sido esta vez una excepción. (Daniel Boluda)

Frank Ocean – Blond(e)

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Con desengaños pasajeros de por medio pero ilusión expectante hasta el final, el mundo ha esperado un disco de Frank Ocean durante cuatro años. Pero no solo se esperaba un disco; se esperaba, también, ahondar en un personaje que ascendió de forma prematura pero inevitable como voz generacional por la contribución inmediata a la música popular que supusieron sus dos primeras referencias neo-soul, la mixtape Nostalgia, Ultra y, sobre todo, el unánimenente loado Channel Orange. Horas después de entregar Endless, un aperitivo visual al que no pondremos pegas, Blonde (o Blond, porque esto va de ambigüedades) aterrizó en nuestros reproductores digitales como una brisa de verano; ingrávido pero cargado de aromas y nostalgia. La pérdida de peso de la percusión, así como la inserción de voces moduladas en la línea de otros trabajos que este 2016 también coparán las listas de los medios especializados –siendo la narcotizante ‘Nikes’ una clara declaración de intenciones– se erigen como constante a lo largo de un disco poco musculoso pero en el que se ha cuidado hasta el último detalle. Sus canciones huyen de estructuras convencionales –‘Nights’, por ejemplo, presenta un revulsivo de guitarras eléctricas en su segunda mitad que deriva en una digresión R&B completamente distinta para finalmente recuperar el motivo musical inicial– y su narrativa es de todo menos concluyente: una nebulosa de visiones y monólogos interiores deambulan inconexos tratando temas como la identidad y la experiencia amorosa, sexual y con las drogas, pero siempre con elipsis con las que Ocean evita ser encorsetado. Dada la sutileza de las contribuciones resulta difícil, cuando no imposible, detectar invidiualmente –más allá de Beyoncé, que le acompaña muy discretamente en ‘Pink + White’, o cuando André 3000 le toma el relevo en la reprise de ‘Solo’– al elenco de ingenieros y superestrellas de primerísimo nivel que le arropan, que van desde Kendrick Lamar y Pharrell hasta James Blake y Jamie xx, pasando por Rostam y Alex G. Del mismo modo, The Beatles tan solo se insinúan en la bella ‘White Ferrari’ y Elliott Smith revive por un instante en esa catarsis que es ‘Siegfried’, aunque sus apariciones y el resto de referencias del disco jamás son casuales; siempre obedecen a una elucubración cargada de simbolismo. En esta misma línea ambigua y elusiva, algunos cortes ni siquiera son canciones: el sermón de su madre al teléfono, o la conversación del productor francés SebastiAn explicando cómo Facebook puso fin a una de sus relaciones sentimentales, pueden entenderse como episodios de la vida personal del artista o como el intento de documentar algo más global y significativo de nuestra era. Lejos de albergar respuestas concretas sobre Frank Ocean, pese al esfuerzo autobiográfico, Blonde es un ejercicio de intensidad emocional que huye de etiquetas y denota una extrema libertad creativa, conectando con una generación en la que los chicos sí lloran. (Max Martí)

Hamilton Leithauser + Rostam – I Had A Dream That You Were Mine

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Nunca sabes de dónde saldrá algo bueno. Ante la desaparición definitiva de The Walkmen y la ausencia temporal –pero que se está haciendo eterna– de Vampire Weekend, la unión de Hamilton Leithauser –cantante de los primeros– y Rostam –uno de los motores creativos de los segundos– aparece como una bendición inesperada. Después de haber tanteado el terreno con un par de canciones co-escritas en el debut de Leithauser de 2014 (Black Hours), los dos músicos se funden completamente en un álbum colaborativo hecho a medias en el que se aprecia lo mejor de sus talentos: la voz agrietada y pasional de Leithauser y un poderío interpretativo le va que ni pintada a la versatilidad instrumental de Rostam. I Had A Dream That You Were Mine mira más hacia atrás que hacia delante en lo que a influencias se refiere (del delicioso folk bobdyliano de ‘In A Black Out’ a la balada soul ‘When The Truth Is…’ pasando por la monumental canción de apertura ‘A 1000 Times’, en la mejor tradición de la americana, o la orquestal ’1959’ con la angelical Angel Deradoorian), pero lo hace con tanto acierto que no importa. Esto suena, al final, a un disco hecho desde y por el amor a la música, una colección de canciones sin demasiadas pretensiones que da la sensación de haber brotado sola, haciendo disfrutar por el camino a sus creadores y a nosotros, los oyentes. ¿Y no se trata de eso? (Aleix Ibars)

Local Natives – Sunlit Youth

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Trastear en los mecanismos de un pop dulcificado que en directo arrasa por su contundencia. El tercer trabajo de Local Natives viene detrás un estupendo Hummingbird en forma de liberación tras la muerte de la madre de Kelcey Ater. Un disco vaporoso e íntimo con joyas como ‘Heavy Feet’ que perdió las distorsiones, ahora recuperadas, que circulaban en su también destacado debut. Aciertan los estadounidenses en hacer bueno eso de “podemos hacer lo que queramos” que cantan en su ‘Fountain Of Youth’ presumiendo de sus aptitudes cuando todavía les quedan unos años para alcanzar la treintena y disfrutan de la “iluminada juventud’ a la que hacen referencia en el título del álbum. Las ensoñaciones corales se posan ahora sobre atmósferas más sólidas, se vislumbran texturas electrónicas, y ganan, sin que haya motivos para destacarlo por encima de sus lanzamientos anteriores, en músculo. Síntoma de una banda que se sabe merecedora del estatus del que gozan. No queda nada que demostrar y canciones tan diferentes como ‘Past Lives’ o ‘Coin’ son una muestra de una autosuficiencia abrumadora que no admite titubeos. La mayor complejidad rítmica e instrumental, fácilmente descifrable en temas como ‘Masters’, genera unos cambios deseables para que el interés se mantenga intacto. (Carlos Marlasca)

Lou Rhodes – theyesandeye

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Lou Rhodes ha hecho méritos suficientes para que su nombre no sea desconocido. Más allá de su participación en Lamb y las colaboraciones con The Cinematic Orchesta o A Guy Called Gerard, su debut en solitario, Beloved One, resultó finalista en un Mercury Prize que finalmente fue a parar a las manos de Arctic Monkeys y por irrupción con Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not. La británica no se ha rendido y ha dado una mayor ornamentación instrumental a su reconocible intimismo. La portada de este theyesandeye, con su autora de perfil rodeada de con un bosque desenfocado en segundo plano que parece resonar en el excelente inicio de ‘All The Birds’, son un buen resumen de este trabajo. Lou Rhodes se ha asociado con un nuevo productor, un desconocido Simon Byrt, y entre ambos han construido un disco de corte preciosista y melancólico, un contexto apropiado, además, para atreverse con una versión del ‘Angels’ de The XX. A sus aptitudes vocales suma una literatura romántica que enriquece canciones como ‘Hope & Glory’ y diseña con arpas, percusiones, cuerdas y coros el sonido de ese entorno natural y colorista, un cuento de hadas repleto de evocación gracias a canciones como ‘Full Moon’ o la maravillosa ‘All I Need’. (Carlos Marlasca)

Nick Cave & The Bad Seeds – Skeleton Tree

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El disco que nunca que tendría que haber existido, la exégesis musicada de la peor de las tragedias, un luctuoso paseo por el averno. Para los acólitos de Nick Cave, Skeleton Tree seguramente sea su mayor muestra de generosidad, el vacío tras la irreparable pérdida de su hijo convertido en una pieza de arte mayúscula. Pera los que no los son, una luctuosa inmersión por la dimensión más oscura del ser humano, insoportable, quizá, por su veracidad. El dolor es el leit motiv de un trabajo que solo puede encabezar la atormentada víctima arropada por el respetuoso luto de quienes le rodean. El espacio en el que se mueven Warren Ellis y el resto de Bad Seeds es estrecho y austero, responsos corales y delicados matices instrumentales para arropar a un Nick Cave que nunca sonó tan subterráneo. Se suceden pasajes ‘hanekianos’, desde la brumosa atmósfera de ‘Jesus Alone’ al aullido lacerante de ‘I Need You’, devastadoras ambas por su contundencia, y hay también rincones para piezas antológicas incluso fuera del funesto contexto como ‘Rings Of Saturn’. Al final del horizonte, un alivio en forma de redención en el que la soprano danesa Else Torp auxilia a su compañero de dueto, resignado a su destino en el final que da título a su minuciosa descripción de las tinieblas. Las catacumbas siempre habían sido el entorno natural de Nick Cave y sus Bad Seeds, pero quizá ninguno de ellos pensó que adquirirían una dimensión tan real. (Carlos Marlasca)

Nicolas Jaar – Sirens

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Se ha terminado por concluir que Sirens es el segundo disco de la carrera de Nicolas Jaar. Y punto. Pero él niega la mayor, argumentando que, durante los cinco años que han pasado desde el lanzamiento de Space is Only Noise, su debut largo, también ha publicado, más allá del maravilloso Psychic de Darkside, una banda sonora alternativa para The Color of Pomegrates (película soviética de 1969) y la imprescindible serie de singles Nymphs. “Imagino ‘Promegrates’, ‘Nymphs’ y ‘Sirens’ como un triángulo de álbumes“, dice el estadounidense-chileno. “Veo a los tres en la misma medida”. Desde fuera, es complicado sentir lo mismo: Sirens parece, efectivamente, otra cosa. Por la profundidad y los matices que esconde y, sobre todo, por la sensación de unidad que desprende a pesar de su extrema variedad. Si fuera un país, sería precisamente el Chile natal de Jaar, quizás la zona con más contrastes del planeta: playas, cordilleras, desiertos, glaciares. Sirens salta del ambient (‘Killing Time‘, ‘Leaves‘) a la cumbia (‘No‘) pasando por el drum’n’bass (‘The Governor‘), el post-punk (‘Three Sides of Nazareth‘) y el doo-wop (‘History Lesson‘), aunque eso es solo un rápido análisis superficial. Sus seis cortes, que se extienden durante 41 ingrávidos minutos, se retuercen, chocan y mutan hasta hacer infinita la lista de territorios en los que se mueve este trabajo que no es presente, pasado ni futuro, sino todos a la vez. Como un transistor que reproduce nuevos sonidos con viejas maneras. Lección de historia y recreación de un futuro desconocido al mismo tiempo, Sirens parece cambiar con cada escucha. Siempre a mejor. (Víctor Trapero)

Pional – When Love Hurts EP

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Aunque el primer largo todavía se resiste, el nuevo EP del productor madrileño Pional está llamado a marcar un punto de inflexión en su ascendente progresión. Son solo cuatro temas los que se incluyen en When Love Hurts, es cierto, pero todos rallan a un nivel sobresaliente (y eso ya es más que en algunos discos largos), ya totalmente asentado en esa electrónica orgánica tan cálida como nocturna que contribuyó a construir junto a John Talabot en el debut de este. Con más presencia vocal que nunca, Pional deslumbra en la celestial ‘Casualty’ –piedra angular del EP, en la que recuerda a unos Metronomy exquisitísimos–, en el irresistible estribillo de ‘Of My Mind’, y en ‘The Way That You Like’, en la que canta Empress Of pero que también emociona por esos sintetizadores que ejercen de contrapunto perfecto a los agudos de Lorely Rodriguez. La mejor conclusión es que When Love Hurts se pasa como un suspiro y deja con muchísimas ganas de más. Esperemos que esto solo sea el principio. (Aleix Ibars)

Preoccupations – Preoccupations

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Uno le da al play y de pronto está en un montacargas, bajando a la mina. Metro a metro más cerca de ese frío húmedo exudan las piedras negras, esas que no vieron nunca el sol. El rumor metálico del aparato tarda en extinguirse exactamente un minuto y cuatro segundos. Bienvenidos a la hipoxia. Matt Flegel suena a alcohólico, a viudo fumador de Ducados. A pendendiero. “With a sense of urgency and unease / Second-guessing just about everything / Recollections of a nightmare /So cryptic and incomprehensible / Encompassing. Anxiety”. Nos los vamos a pasar de puta madre, Matt. Si les suena el tema es porque Preoccupations no es exactamente una banda nueva: es el nuevo nombre de Viet Cong, que por cositas decidieron rebautizarse. Oscuros, densos, asfixiantes, Preoccupations saben asustar sin llegar a agarrarte por las pelotas como un Michael Gira, hasta casi obligarte a pausar. ‘Zodiac’ suena a Swans soñando con la radio. Una canción acojonante, con, de nuevo, una letra para agarrarse. “Loved in a dehumanizing way /But you can’t feel happy every day / Cease and desist on the thing that you insist / To be in a complete state of consciousness / It’s completely intolerable”. Pero en el fondo de estos temas industriales, de hormigón sucio y baleado, existe una luz extraña. Son letras jodidas de alguien que está jodido, pero que no se resigna. ‘Memory’, más de 11 minutos de tema en el corazón del disco, ejemplifica bien esta sensación. Arranca Matt gutural, grave, y cerca de la frontera de los 3:30 el tema pega un giro extraño y renace luminoso, en una escalada como diseñada por The War on Drugs pero comandada al micrófono por el inmenso Dan Boeckner. Tremendo tema y tremendo disco. (Daniel Boluda)

Shura – Nothing’s Real

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No tengo muy claro si me apasiona este disco porque me apasiona o porque me lleva al mismo estado mental al que me llevó el debut de HAIM hace unos años. Ese hedonismo ochentero, esa ligereza pop que siempre me tiene a un lado u otro de la frontera radical: me entusiasma (pocas veces) o me aburre soberanamente (normalmente). Este disco hace lo primero, claro. Será porque no se anda con tonterías: ‘Nothing’s Real’ podía ir detrás de ‘Funky Town’ en cualquier guateque contemporáneo; ‘What’s It Gonna Be?‘ es un single pop tan de manual, pero tan bien hecho, que no puede uno más que rendirse… y eso nada más empezar. Pero sería este un disco regular si sólo tirase de influencias manoseadas y caramelitos de multi. No lo hace. Aleksandra Lilah Yakunina-Denton, muchacha de 25 años que da la cara como Shura, tiene otros registros menos inmediatos. Sexy en ‘Touch’, vulnerable en la preciosa ‘2shy’, segura en ‘What Happened To Us?’, es difícil no reconocerle el trabajo bien hecho. Su debut navega por esas aguas picadas del guilty pleasure, ora mirando a CHVRCHES o HAIM, ora a Madonna o Janet Jackson. Habrá que ver cómo aguanta las escuchas, pero de momento, a lo tonto, es de los discos que más me he puesto en los últimos tres meses. (Daniel Boluda)

Solange – A Seat at the Table

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El lapso de tiempo desarrollado entre 2012 y 2016, un siglo disfrazado de apenas cuatro años, ha dado para mucho. Principalmente, para cabrearse y, además, demostrarlo. Con más razón si eres mujer y negra. Aunque, aún cumpliendo ambos requisitos, hayas observado la película desde la posición privilegiada de una artista influyente y popular, hermana de otra artista aún más influyente y popular. O precisamente por eso: ser consciente de que van a escucharte con atención te obliga a hablar. Solange lo hace bastante clarito en A Seat at the Table. Como Kendrick Lamar, Beyoncé y Blood Orange: bendita cosecha indignada la de este curso. El tercer álbum de la texana, imprescindible y necesario, ha tomado forma definitiva durante los cuatro años transcurridos desde la publicación de True, pero en realidad lleva rumiándose toda una vida. 30 años en los que Solange ha comprobado en sus propias carnes que su lucha no es más que una versión actualizada, con hashtags y filtros, de la de sus antepasados. La pequeña de las Knowles le canta a ambas en A Seat at the Table y, a pesar de las varias décadas de diferencia, los mensajes son perfectamente intercambiables. Da que pensar. Su escucha funciona igualmente como diario personal (‘Don’t Touch My Hair‘, ‘Don’t Wish Me Well‘) y discurso de alzamiento (‘Rise‘, ‘This Moment‘, ‘F.U.B.U.‘). Es íntimo (su portada no deja lugar a dudas) y, al tiempo, universal (las colaboraciones son muchas y vitales). “Líricamente, todo lo que vino a mí en este disco estuvo directamente influido por mi viaje personal, pero también por el de mucha gente a mi alrededor. Por eso siento que se escribió solo”, ha dicho en alguna entrevista. Fue anunciado únicamente tres días antes de su publicación, despreciando cualquier campaña promocional al uso porque la actualidad ya llevaba tiempo haciéndola por ella: los casos de violencia racial en Estados Unidos se multiplican, Donald Trump apaga fuegos con gasolina, el Brexit da coletazos xenófobos. Voluntaria o involuntaria, la respuesta de A Seat at the Table a todo ello es, claro, puramente negra (su tracklist, regado de interludios, es una batidora soul, hip-hop, funk y r&b entre la tradición y la vanguardia), pero en ningún caso oscura. Toda la rabia que en él se filtra de forma bastante explícita no da como resultado un trabajo musicalmente sombrío, áspero o difícil, más bien todo lo contrario: Solange ha revestido sus reivindicaciones con un envoltorio sedoso y brillante, casi lujoso. Un Caballo de Troya dispuesto a colarse en cuantos más reproductores, mejor. Ya ha sido número uno en ventas en USA. Pero su guerra es otra. (Víctor Trapero)

The Avalanches – Wildflower

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A un puzzle, como modo de entretenimiento más bien primario, se le pide que mantenga el misterio durante un tiempo prudencial. Ni escaso, ni excesivo. El que compone el segundo álbum de The Avalanches, presumiblemente cerca de resolverse varias veces durante los últimos años, ha terminado pudiendo con la paciencia de todo el mundo. Hasta con la de algunos de los miembros originales de la banda, que han arrojado la toalla antes de tiempo. Lógico: la historia del sucesor de Since I Left You, que ya iba para relato mitológico, no ha sido cuestión de paciencia, sino de fe. ¡16 años! han tardado en encajar todas las piezas de un Wildflower al que ya nadie esperaba. La metáfora del puzzle no es gratuita: la forma de crear música de los australianos tiene mucho que ver con ensamblar, ajustar, acoplar. Auténtico encaje de bolillos con una infinidad de samples sacados de material ajeno. En cierto modo, las canciones de The Avalanches empiezan a gestarse en la cabeza de otros. Un proceso probado y casi patentado con Since I Left You y retomado en este Wildflower que es puro déjà vu. Más de una década y media después, todo sigue en su sitio. Como en esa casita familiar de la playa que se tira cerrada una buena temporada. Se abren las puertas, tras una fugaz intro, con ‘Because I’m Me‘ y la nostalgia, la clave de este regreso, invade todo. Una nostalgia cálida y reconfortante, propia de esos últimos atardeceres del verano: todo vuelve, aunque sea tras tres lustros de espera. El mosaico multicolor y vitalista se extiende durante una hora (veintiún cortes entre la Motown, la psicodelia, el rap o el disco) con la naturalidad de las cosas realmente complicadas. Sobran los highlights (con el cuarteto que va de ‘Subways‘ a ‘Colours‘ a la cabeza) y, sin embargo, Wildflower funciona especialmente bien como un todo. Un disco con alma de sesión dj con una lista de colaboradores, referencias y préstamos musicales interminable y variopinta que puede reducirse fácilmente: todo aquí, venga de donde venga, es en realidad puro The Avalanches. (Víctor Trapero)

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