10/10/2016

Dualidad, confusión y ruptura: dentro del tercer disco de Justin Vernon.

Cuando en septiembre de 2012 Justin Vernon dijo que no sabía si habría otro disco de Bon Iver, no mentía. No es que se hubiera cansado de la música (de hecho, se volcó en sus proyectos paralelos, como Volcano Choir y The Shouting Matches, además de estrechar su vínculo con The Staves, colaborar estrechamente con Kanye West, Frank Ocean y James Blake, o crear su propio festival, Eaux Claires) ni que no tuviera nada más que decir, sino que su proyecto se había convertido en algo que ya no le gustaba. “Necesito alejarme de él mientras todavía me importe”, explicó en ese momento. “Y así si alguna vez vuelvo a él –si lo hago–, me sentiré mejor y renovado para afrontarlo”. Un segundo disco como Bon Iver, Bon Iver, que llegó al número 2 de la lista de ventas en Estados Unidos y le valió hasta dos premios Grammy ese año, hubiera supuesto la más absoluta felicidad para la mayoría de artistas del mundo. No para Vernon.

Tengo más reconocimiento del que jamás querría haber tenido”, confiesa ahora.

La música dejó de responder”, escribía su amigo Trever Hagen en el texto que acompañaba el anuncio de 22, A Million, el tercer disco de Bon Iver que salió el pasado 30 de septiembre. “La aceleración, la repetición y la exposición transformaron ese sueño en algo parecido a un parque temático aburrido. ¿Para qué es esto? ¿Qué es lo que estamos intentando conseguir? La fantasía adolescente, ese sueño compartido del futuro, estaba en duda. Un futuro sin forma, presente pero irreconocible”.

Y es por eso que Justin Vernon decidió aparcar Bon Iver. Y consideró que era un buen momento para viajar por Europa. Pero su retiro no fue como él esperaba: la primera destinación de su viaje fue la isla griega de Santorini, pero fuera de la temporada estival, por lo que Vernon se encontró un lugar semi-desértico, sin apenas gente ni nada que hacer. Al quinto día de estar allí, tuvo su primera crisis de ansiedad. Y no fue un caso aislado: incluso después de volver a casa, los ataques siguieron, por lo que fue al médico y empezaron a tratarle por depresión. Vernon no quiere explicar demasiado al respecto, pero tampoco deja lugar a dudas: “Fue malo, malo, malo, y luego fue realmente malo durante un largo tiempo. Tuve días muy malos durante un año y medio”.

Fue, sin embargo, en ese viaje a Europa, que Vernon todavía recuerda como “horrible”, donde nació el germen de 22, A Million. Y lo hizo a través de la primera frase que se escucha en el disco: “it might be over soon” (“Puede que termine pronto”). Era una frase que se repitió a sí mismo en los malos momentos, y en alguna habitación de hotel la grabó con un sampler portátil y empezó a manipularla. El proceso había vuelto a empezar, sin buscarlo, por pura necesidad.

Esta frase, “it might be over soon”, es la que define 22, A Million, un disco que juega constantemente con la confusión y la dualidad. Desde el simbolismo del número 22, al que Justin Vernon se siente muy conectado (llevaba el número 22 en la camiseta de adolescente, y sus alarmas siempre suenan a y 22), hasta la explicación más pragmática de la frase en cuestión: lo malo puede acabar pronto… pero también lo bueno. “22” es Vernon, y el “A million” es el mundo entero. Todos los números del disco, que encabezan los títulos de las canciones, tienen un significado privado para Vernon. Es un trabajo sobre su lugar en el mundo, tan nublado y al mismo tiempo lúcido como su propia interpretación.

Dualidad, confusión, ruptura. En esos ejes se mueve 22, A Million. En las fotos promocionales ya no podemos verle la cara (ha dicho que la próxima vez seguramente ni haga fotos), los títulos de canciones están escritos en leet (el lenguaje basado en símbolo que se utiliza en internet com comunidades de juegos online) para dificultar su pronunciación, y hay una línea clara –estilística, formal, lírica– que separa este de sus dos primeros discos. Cuando hizo los dos primeros álbumes, ha explicado, sintió que habían sido terapéuticos. Que se había curado. Ahora dice saberse más inteligente, y es consciente de que aunque haya sanado muchas cosas haciéndolo (y parece claro que lo ha hecho), todo sigue. Para bien y para mal. “It might be over soon”.

bon-iver

22, A Million: un disco tan fascinante como abrasivo y desconcertante. Un trabajo que convierte el caos en algo bonito, que no tienes que entender para poder disfrutarlo pero al mismo tiempo requiere de una atención extrema para ser apreciado. Aquí no puedes dejarte llevar como antes: esta vez, el disco te agarra y te somete a su nebulosa, y es ahí donde, aunque no puedas explicar exactamente por qué, embruja durante sus 34 cortos minutos. Si no entras, te pierdes. (Y aunque entres, es probable que también, tranquilo).

No es casualidad que la segunda frase del disco sea “Where you gonna look for confirmation? / And if it’s ever gonna happen”, poniendo en duda creencias y verdades absolutas. De derrumbar la preconcepción de lo que era Bon Iver se ocupa el cuarteto inicial: del lánguido y precioso loop de ’22 (OVER S∞∞N)’, que además culmina con una enigmática sección de violines a modo de inexplicable interludio de salida, al rocoso ritmo electrónico de ‘10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄’, donde el Auto-Tune lleva la voz de Vernon hasta el extremo y el caos retumba físicamente. Así arranca el disco, para después pasar a la joya de la corona, esa ‘715 – CRΣΣKS’ en la que Vernon se vale únicamente de su voz, absolutamente robotizada, para firmar una de las declaraciones de amor más desarmantes: “Turn around, you’re my A-Team / Turn around, now, you’re my A-Team / God damn, turn around now / You’re my A-Team”. Todo a capella. Sin ningún instrumento. Es la posterior ’33 “GOD”’ la que marca la transición hacia la segunda parte del disco, con ese inicio tradicional que podría ubicarla en Bon Iver, Bon Iver y su posterior despliegue de cadencia hip hop, ritmos rotos y altibajos de intensidad, huyendo de las melodías convencionales y abusando de los retazos sonoros para formar el collage. Roto el vínculo con el pasado con estas cuatro canciones, ya puede volver a visitarlo para recomponerlo.

La parte central de 22, A Million es la que conecta de forma más convencional con el Bon Iver de antes, especialmente el trío iniciado por ’29 #Strafford APTS’, que si no fuera por esas gloriosas interferencias –ponen los pelos de punta– en el momento álgido del falsete podría ser perfectamente un tema del primer o el segundo disco. Es aquí y en la posterior ‘666 ʇ’ donde queda claro que Vernon ha logrado su propósito: conseguir conjugar la emoción real con el universo digital. Para muestra, el estribillo, en el que él repite “I heard about it” mientras un sample robotizado le acompaña y complementa (“bit – by – bit”). Es una aproximación sonora similar a la de James Blake, pero donde en Blake hay gelidez y una cierta distancia, Vernon pone corazón. En ’21 M♢♢N WATER’ empieza a vislumbrarse alguna conclusión (“Now I’m more / Than I am when we started”) de la mano de uno de los temas más ariscos del disco, sin apenas ritmo y con un final de ruidos desquiciantes que te despertará si has desconectado.

Después, un momento de descanso. ‘8 (Circle)’ es, definitivamente, la canción más convencional del disco, con ese aroma a balada de soft rock ochentero que tanto conecta con ‘Beth/Rest’ de Bon Iver, Bon Iver, y que pese a algún glitch y chispazo sonoro supone el último contacto con el suelo antes de que el disco definitivamente se eleve con una ’____45_____’ en la que Vernon vuelve a cantar a capella (los saxos distorsionados que lo acompañan van completamente por su cuenta) algo parecido a un resumen de lo que 22, A Million intenta explicar: “I been caught in fire / I stayed down / (Without knowing what the truth is)” (“Me ha atrapado el fuego / He seguido en el suelo / (Sin saber cuál es la verdad)“).

22

Y si “it might be over soon” fue la frase que abrió la veda lírica, el beat rugoso de ’10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄’ fue el que definió el sonido del disco. Surgió de un loop creado por su colaborador BJ Burton en una caja de ritmos Roland. Literalmente hizo saltar del asiento a Vernon, y juntos lo terminaron en ese mismo momento. Ha tenido que esperar tres años para ver la luz, pero sin duda da forma a la canción más desconcertante y agresiva del disco, en la que Vernon prácticamente se desgañita al cantar, los saxos se amontonan filtrados por mil efectos, se inventa palabras como “fuckified” y no suena ni una guitarra. Y todo en menos de tres minutos.

¿Cómo hacemos que algo suene accidental o nuevo o fresco?”, se preguntaron a la hora de buscar el encaje sonoro para el resto del disco. Para ’22 (OVER S∞∞N)’, por ejemplo, la solución fue coger un cassette (el Unplugged de Neil Young), sacar la cinta y escribir en ella con un rotulador. Luego grabaron el tema encima, creando como resultado esa distorsión y tensión sonora constante, en permanente contraste con la belleza esencial de la canción.

Las raíces, en realidad, van un poco más atrás, y podemos encontrarlas en ‘Woods’, una canción que Bon Iver publicó en 2009 dentro del EP Blood Bank (y que, por cierto, es la que maravilló a Kanye West y le hizo invitar a Vernon a colaborar con él) y esa delicia a dúo con James Blake que es ‘Fall Creek Boys Choir’ (que de hecho comparte inicio con ‘715 – CRΣΣKS‘). Ambas cuentan con un uso absoluto de Auto-Tune, por supuesto, pero también con una aproximación digital a la emoción orgánica de sus melodías. Y con una particularidad: las guitarras no están en el centro. Para 22, A Million, la guitarra ya no fue la base para la composición de las canciones, sino que fue sustituida por un sintetizador, un sampler y un Vocoder. Vernon está aburrido de las melodías y los sonidos convencionales, cansado de la perfección. Las 10 canciones del disco, en realidad, parecen haber sido distorsionadas y diseccionadas hasta el límite, hasta el punto justo antes de perder su esencia como canción. Hay mucha manipulación digital (de la mano del Messina, una suerte de Auto-Tune propio creado por Vernon y su ingeniero de sonido Chris Messina, que armoniza voces e instrumentos), sí, pero también muchísima ternura y emoción.

No es solo la ausencia de guitarras sino también la propia concepción de las canciones. Ya no las ha trabajado únicamente como lo hace un cantautor folk, sino que en gran medida lo ha hecho como si fuera productor de hip hop. Lo que nos lleva a los numerosos samples que marcan momentos clave del disco. Desde la interpretación de Mahalia Jackson del himno gospel ‘How I Got Over’ en ’22 (OVER S∞∞N)’ hasta un pedazo de ‘Dshardpg’ de Sharon Van Etten, de ‘Iron Sky’ de Paolo Nutini y de ‘All Rendered Truth’ de Lonnie Holley en ’33 “GOD”’, hasta un fragmento recogido de un video de Youtube de Stevie Nicks de Fleetwood Mac cantando ‘Wild Heart’ en una sesión de fotos para la revista Rolling Stone, y otro de ‘A Lover’s Concerto’ de The Toys. Todos ellos modificados hasta que prácticamente son irreconocibles. Vernon se nutre del pasado pero no lo imita, sino que altera y modifica su material. Aquí es donde la influencia de Kanye West, arqueólogo de samplers en sus discos, ha cobrado mayor importancia.

Un proceso tan exhaustivo hizo mella en Vernon, claro. A principios de este mismo año, tras más de dos años trabajando en el disco en secreto, estuvo a punto de abandonarlo. Descifrar lo que quería expresar estaba siendo “extenuante”, según explica ahora: “Tenía una idea inmensa en la cabeza y no sabía cómo llevarla a cabo”.

Persistió, por suerte. “Desde muy joven, la música ha sido mi religión“, explica. “Ha sido mi manera de entender, mi manera de celebrar, mi manera de contemplar”.

Y lo consiguió: la última canción del disco, una emotivísima ‘00000 Million’ que pasa por ser la canción más sencilla de todo el álbum con una voz bastante limpia, sustentada en el piano y el sample de ‘Abacus‘ de Fionn Regan que dice “where the days have no numbers” (de nuevo el simbolismo numérico), es la conclusión del tortuoso proceso. La aceptación final: “Well it harms it harms it me it harms, I’ll let it in”. Duele, duele, duele, y puede que termine pronto, pero tendré que aceptarlo como parte de mí. Remite inevitablemente a la salida de la cabaña de For Emma, Forever Ago, con esa ‘Re: Stacks’ final, que decía que aquello no era el sonido de un hombre nuevo ni de una iluminación repentina, sino de algo abriéndose y brotando.

Ahora, con el disco ya fuera, Vernon bromea en entrevistas diciendo que si algún día deja la música, abrirá un bar-restaurante, en el que poner la música que él quiera, programar conciertos por la noche y que la gente beba whisky. “Eso suena como mi sueño”, arguye. Pero, cada vez, Vernon sigue recurriendo a la música para entender qué le pasa, para hacerse preguntas y buscar respuestas. Y tenemos la suerte de que comparte el proceso con nosotros, aunque sea de forma críptica y sensorial.

Igual que esta vez, explica que antes de hacer For Emma, Forever Ago, estuvo pensando seriamente en dejar la música, en que pasara a ser solo un hobby. Sostiene que abrirse a la posibilidad de abandonar la que había sido la pasión de su vida le permitió entender en su momento lo importante que era no hacerlo. Esta vez, Vernon ha tenido que afrontar la posibilidad de olvidarse de Bon Iver para acabar firmando su disco más arriesgado, personal y terapéutico. No será el mejor, porque For Emma siempre tendrá ese aroma místico, pero sí es el mejor trabajo que Justin Vernon puede ofrecer fuera de la cabaña, enfrentándose al (su) mundo real.

Bon Iver

Publicidad
Publicidad