20/07/2016

20 discos que no hay que perderse entre abril y junio de 2016.

Habiendo resuelto ya el asunto de los candidatos a temazo del verano, y por aquello de que en vacaciones tenemos más tiempo para disfrutar como se merecen de esos discos que han ido saliendo a lo largo del año, aquí recopilamos 20 álbumes imprescindibles del segundo trimestre de 2016, lo que unido a los 15 que escogimos en el primer trimestre del año da como resultado una cosecha infalible que saciará las ansias de escuchar música de cualquier aficionado. Nombres como James Blake, Radiohead o PJ Harvey estarán indiscutiblemente entre lo más recordado de 2016, pero también conviene prestar atención a joyas como las de Car Seat Headrest, Jessy Lanza, AriesSkepta o Margaret Glaspy, entre todas las que presentamos aquí. Tienen donde elegir.

ANOHNI – HOPELESSNESS

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La mujer antes conocida como Anthony Hegarty ha trasladado a su legado musical su androginia inmanente ampliando su paleta estilística. Su confirmación como fémina ha desplazado el estentóreo intimismo con el que se dio a conocer y ha dado un paso más al frente para buscar su sitio en el ámbito electrónico con este HOPELESSNESS. Para hacerlo, se ha abrigado con el abstraccionismo sincopado y deprimente de Oneothrix Point Never y la voluptuosidad sintética de Hudson Mohawke. ANOHNI muestra su deslumbrante versatilidad en un terreno en el que ya había destacado en ‘Blind’, su colaboración con Hercules & Love Affair. Lejos de titubear y dar un paso aquí y allá entre sus dos productores, les obliga a que converjan en los debates anímicos que arrojan sus prodigiosas cuerdas vocales. Se trata de una artista mucho más luminosa que su anterior yo, un estado latente que, al igual que su nueva identidad, aparece en primer plano, un ello que se activa en la parte consciente, en la teoría de Freud. En esta nueva dimensión vuelve a tener un papel importante el amor frustrado en ‘I Don’t Love You Anymore’, en el que presume de la consumación de su nueva sexualidad, y ‘Drone Bomb Me’, aunque en esta ocasión el fracaso está rodeado de millones de bits. El disco abre con tres temas sobresalientes que son toda una declaración de intenciones, de modo incisivo el hit ‘4 DEGREES’, y muestra una excelente cooperación entre Oneothrix Point Never y Hudson Mohawke. El rastro del primero es evidente en los temas más oscurantistas, como el dardo envenenado que ANOHNI lanza contra el presidente Obama en la canción con el mismo nombre o ‘Violent Man’. El espíritu ufano del segundo brilla bajo los lamentos de la cantante en ‘Why Did You Separate Me From Earth’ o la estupenda ‘Execution’. La canción que da nombre a este trabajo es una buena forma de entender que la reunión de los tres, al igual que la consolidación de la identidad de la innegable protagonista, quizá haya alcanzado su máxima expresión. (Carlos Marlasca)

Aries – Adieu or Die

Aries

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Miren la etiqueta del disco. K Records. Olympia, Washington. ¿Les dice algo? ¿Han tenido que ir corriendo a la wikipedia o se acuerdan bien de Beat Happening, el tatuaje de Kurt Cobain o el twee punk? Isa Fernández-Reviriego ha trascendido más allá de nuestras fronteras y ha terminado en una discográfica que es simbólica de muchas cosas, ya sea de un enfoque ético de la industria discográfica o de los sellos que son garantía de calidad. Adieu or Die es una prolongación natural de todo lo que han anticipado sus últimos LPs, ya fuera en solitario o con Charades. Perteneciente a la iglesia de devotas de Brian Wilson (otro feligrés con el que comparte enfoque es Panda Bear, artista que ha hecho un camino muy distinto para terminar en un lugar muy cercano), ha hecho aquí su propio Wild Honey (y sin que se le friera el cerebro en el proceso). Como en el sucesor de Smile las canciones son menos exhuberantes que en el anterior LP, pero no pierden un ápice de calidad ni brillantez melódica. Adieu or Die es otro disco (y ya van un puñado, desde En ningún lugar) en el que perderse y con el que dejarse llevar. (Santi)

Blood Orange – Freetown Sound

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Aunque ya parece haberse encontrado definitivamente, por sus habituales cambios de disfraz (entre 2005 y 2011 pasó del dance punk que practicaba con los fugaces Test Icicles al folk estridente de Lightspeed Champion y de ahí a reformularse a sí mismo como Blood Orange) y su gusto por poner voces ajenas a cantar sus canciones, podría pensarse que Dev Hynes es de los que se esconde, pero ni mucho menos. A menudo aprovecha su estatus para posicionarse en torno a temas que le preocupan o que ha sufrido en sus propias carnes: es hijo de inmigrantes africanos y caribeños y hace un par de años denunció trato racista por parte de la seguridad de un aeropuerto alemán. Ese charco, el de la xenofobia, es solo uno de los muchos en los que Hynes se empapa a lo largo de Freetown Sound, su tercera entrega como Blood Orange. Otros son el papel de la mujer en el mundo actual (aquí, desde luego, es capital: Debbie Harry, Empress Of, Carly Jae Rapsen y Nelly Furtado protagonizan algunos de los mejores momentos) o la causa homosexual (Hynes adelantó su salida para hacerlo coincidir con el Día del Orgullo Gay). Todo ello cuece en un personalísimo disco-manifiesto, más llanto desesperado que grito rabioso, que resulta terriblemente oportuno. Con el atentado de Orlando y los últimos capítulos de violencia racial en Estados Unidos aún frescos, Hynes, como Beyoncé o Kendrick Lamar poco antes, pone la lupa donde toca. Alza la voz, aunque sea a través de otros (u otras, más bien), durante 17 cortes que, casi literalmente, forman un todo: las pausas entre uno y otro son mínimas o, directamente, inexistentes. Una hora sedosa, levantada en colores pastel, que, en lo estrictamente musical, continúa definiendo un lenguaje ya sumamente característico a pesar de referentes evidentes (alguno, como Michael Jackson, presente desde la portada), clave para entender el pop del siglo XXI. Y, sin embargo, Hynes no se conforma con eso. Su lucha es otra. Y nosotros, aunque sea con un poquito de remordimiento, bien que la disfrutamos. (Víctor Trapero)

Car Seat Headrest – Teens of Denial

Car Seat Headrest

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Durante unos cuantos años, Will Toledo ha producido canciones más rápido de lo que el mundo ha podido escucharlas. En 2010, con 18 años, publicó en su Bandcamp cinco discos. Cinco. Uno de ellos de 20 temas. Luego ya se relajó: en 2011 y 2012 solo publico dos (cada año). En 2013, con 21, decidió que era hora de una autorrecopilación y armó Nervous Young Man, una suerte de parada y fonda bien titulada. Desde entonces, toda su producción merece la pena. Empezando por el heterodoxo y lo-fi How to Leave Town (en serio, esto), el notable Teens of Style, publicado a finales de el año pasado y esta continuación sobresaliente con el título de Teens of Denial, que el chaval ya publica bajo un sello de renombre, Matador. Car Seat Headrest se mueven entre el rock, el folk y la psicodelia con una libertad absoluta. Las canciones suenan crudas, como recién salidas del cerebro loco de Toledo (que debe ir a 200), y evolucionan por caminos no siempre previsibles. Si ‘Fill in the Black’ arranca punk, ‘Vicent’ experimenta y ‘Destroyed by Hippie Powers’ te distorsiona hasta los tímpanos. En tres canciones, estás dentro. Will Toledo está en ese momento dulce donde es suficientemente joven como para arriesgar y tirar por dónde quiere, pero donde ya tiene cayo suficiente como para parir algo más que una veintena de urgencias musicales. Es un potro salvaje con un contrato discográfico. Escuchen los finales de ‘(Joe Gets Kicked Out of School for Using) Drugs With Friends (But Says This Isn’t a Problem)’ o ‘Not What I Needed’; la maravilla entera que es ‘Drunk Drivers / Killer Whales’ o la joya de 1:18 con la que cierra el disco. Car Seat Headrest probablemente crecerá, y seguirá los pasos de otros maduros en su onda como su tocayo Will Sheff (Okkervil River). Probablemente seguirá dejando enormes discos. Pero así, en esta transición tan fértil, quizás ninguno. Disfruten antes de que le broten las arrugas de expresión. (Daniel Boluda)

Delorean – Muzik

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El peso de la crítica internacional que tantos buenos empujones les ha dado ahora les hace un poco de freno. Admitamos que aún miramos de reojo todo lo que diga Pitchfork sobre los nuestros, y esta vez Delorean ha pasado de los Best New Music de Ayrton Senna y Subiza a un raspado 5 para Muzik. Pero lo cierto es que estamos usando este disco como granizado de limón para el verano, mucho antes de que saliera esa review, por si esto sirve de algo. Siguen su evolución, esa apenas perceptible de un disco a otro –de cuan paulatina y natural es–, pero que mirada de forma global sí que muestra una transición evidente. Esta vez con más instrumentos orgánicos, con saxos y teclados y unas percusiones cada vez más capitales para su sonido. Ese balearic bailable que llevan tiempo trabajando, consigue otro limpiado de cara aquí, con protagonismo a los loops y las progresiones en casi todos los cortes, una mirada más cercana a los directos de Caribou. Llegan a la excelencia con el no-single ‘Epic‘ o con ese aire melancólico tan Delorean en ‘Both‘, y siguen consiguiendo temas coreables con ‘Contra‘ o ‘Figures‘. Esta vez no lo han entendido por esos lares, pero de bien seguro que aquí se debe estar disfrutando como siempre. (Jordi Isern)

James Blake – The Colour in Anything

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Por mucho que James Blake diga que este es su disco de ruptura con su discurso anterior, son pocos los cambios que ofrece The Colour In Anything a priori. Ya la primera canción, ‘Radio Silence’, arranca con un piano lánguido, un coro espectral y una frase lapidaria: “I can’t believe this, you don’t wanna see me”. Así que en esencia, Blake sigue siendo el de siempre, el chico tímido que le canta al desamor, solo que esta vez se ha liberado de sus propios corsés a la hora de afrontar un tercer álbum que ha tardado más de lo previsto en llegar. Se ha dejado ayudar por Frank Ocean, Justin Vernon y Rick Rubin (con quien grabó en su estudio de Malibú), ha colaborado con Kanye West y Drake, e incluso ha participado en el nuevo disco de Beyoncé. No es que necesitara reafirmarse, pero él mismo reconoce que la mayor parte del disco ha surgido de un estado mental más sano y productivo, seguramente avivado por el constante reconocimiento de su talento en forma de colaboraciones de todo tipo. Lo que nos lleva a The Colour in Anything, un disco que en realidad son dos, en el que Blake no le tiene miedo a nada: 17 canciones, con una media de más de 4 minutos por tema, y ninguna concesión a la melodía o construcción compositiva fácil. Un disco que perfectamente podría empezar en ‘Radio Silence’ y terminar en ‘I Need A Forest Fire’, su maravillosa colaboración con Bon Iver en la que dos mundos se funden como si fueran uno, y que en una primera escucha se antoja como la conclusión perfecta de un álbum que ya lo ha dado todo, de la emoción desnuda de ‘f.o.r.e.v.e.r.’ a la explosión clubber de ‘I Hope My Life – 1-800 Mix’, pasando por piezas sentidas marca de la casa como ‘Points’, ‘Timeless’ y ‘My Willing Heart’, y experimentos rítmicos como la deslizante ‘Choose Me’. Pero aquí es donde Blake realmente hace click y da el paso adelante que convierte este The Colour In Anything en su verdadero disco de madurez, porque en esta recta final del disco, la que podría considerarse la prórroga de un partido ya de por sí exigente, es donde se encuentran sus joyas: desde la explosión emocional de ‘Noise Above Our Heads’ a ese nuevo clásico que es ‘Modern Soul’ (abrazando el cambio: “I see the scenery changes, changes”), la monumental ‘Meet You In The Maze’ que cierra el viaje a capella, y la sentida ‘The Colour In Anything’, que da sentido al disco en forma de despedida en busca de algo mejor, de reencontrarse con las ilusiones perdidas. “En los dos primeros discos veo un espacio mental en el que no quiero estar; ahora todo es en color”, ha dicho él. Y aunque The Colour In Anything sea, de entrada, una versión aún más exigente de su obra anterior, poco a poco se va descubriendo como el disco más sincero y matizado del cantautor británico. (Aleix Ibars)

Jessy Lanza – Pull My Hair Back

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Tres años después, de nuevo secundada por Jeremy Greenspan (Junior Boys), Jessy Lanza redobla su apuesta. Si en 2013, cuando publicó su estupendo debut, Pull My Hair Back, su inclinación pop ya le hacía pasar por rara avis dentro de un sello siempre dado a buscarle una vuelta más al lenguaje electrónico como Hyperdub, ahora, de la mano de Oh No, ya es pura extravagancia entre los Burial, Kode9 y compañía. Pero no hay quien discuta la excepción. Ni el más purista puede negar que la canadiense conoce y respeta la tradición electrónica (house con ecos de Chicago, footwork, UK garage), aunque en su propuesta ejerce más como vehículo que como destino. El suyo está bastante alejado de oscuros clubs casi clandestinos, hábitat de muchos de los géneros de los que se nutre, y aspira a oídos de todos en discotecas relucientes. Especialmente después de que, en comparación con un Pull My Hair Back abonado a baladas y medios tiempos, Oh No nos arroje a una artista con ganas de abrir horizontes subiendo el pitch (esa hiperactiva ‘It Means I Love You‘, la discoide ‘Never Enough‘, una ‘VV Violence‘ que parece producida por Sophie). Cuestión de confianza. La misma que le resta complejos a la hora de buscar el estribillo por delante de atmósferas, de cruzar su sonoridad occidental con elementos exóticos (‘It Means I Love You‘ samplea al sudafricano Foster Manganyi y el pop nipón es una influencia declarada y palpable en todo el álbum) o de situar su voz, tan característica por aguda, más cerca del primer plano. Lanza ha encontrado su sitio justo donde parecía no tenerlo. (Víctor Trapero)

Kevin Morby – Singing Saw

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A Kevin Morby le conocimos hace tres años cuando debutó sin previo aviso con el delicadísimo Harlem River. “El bajista de Woods en solitario”, dijimos casi todos, entendiendo la publicación de aquellas ocho canciones como una aventurilla al margen de la banda madre. Pero no lo fue. Morby no volvió a agarrar el bajo de los Woods y apareció al año siguiente, en 2014, con una espléndida reválida, Still Life, que terminó de convencernos de su solvencia. El disco que publica este año, Singing Saw, hace mucho más que eso. Kevin Morby respeta sus raíces sureñas (‘Water’), sigue rindiendo pleitesía a Dylan y compañía, pero ahora explota sin miedos. En ‘I Have Been to the Mountain’ (esa línea de bajo es de maestro) asoman coros gospel y trompetas ahogadas, las cuerdas diluyen el corazón de ‘Drunk and on a Star’, como tras una sobredosis de Lambchop, ’Destroyer’ le roba el alma al mejor Cass McCombs y hasta cierta brisa asiática se cuela en ‘Black Flowers’. No sabemos si Kevin se ha encontrado musicalmente, pero la búsqueda de sí mismo va camino de obra maestra. Este se queda a las puertas. (Daniel Boluda)

León Benavente – 2

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Hace bien Abraham Boba en proferir una larga letanía de voluntades que concluyen con el anhelo de que su ‘Tipo D’ se convierta en un hit. Él y su banda pueden pedir ser el Watergate, Norma Jean o que les acojan los Bardem porque León Benavente es como el niño que acaba de terminar el curso con nota, no se les puede negar nada después de un segundo disco que es una colección de joyas incontestables. A grandes rasgos este 2 es un trabajo con más pinceladas electrónicas que su sublime debut y la banda ha querido grabar sus creaciones en una sola toma. Probablemente la causa de esto último se deba a sus maratonianas giras en las que hacen gala de un directo arrebatador. Los ex de Nacho Vegas son la banda española del momento. Su satírica abnegación apunta contra el turbio pasado como la ley Corcuera en ‘La Ribera’ o la lacerante situación que vive nuestro y su país en ‘Nuevas Tierras’. El subtexto pesimista se recupera con la eufórica decadencia de ‘Gloria’, una historia paralela a la de ‘Ser Brigada’, aunque convengamos que una canción de esa magnitud solo aparece una vez al año, al lustro o incluso a la década. Pero todo parece apuntar a que la banda va a continuar erigiendo himnos sobresalientes, ya sea afilando las guitarras en su faceta más desmelenada en ‘Aún no ha salido el sol’ o ‘Celebración’, quizá con excesos en esta última, o acentuando su onírica introversión en ‘La vida errando’ o ‘California’. Porque León Benavente está en ese momento del rey del que algún día hablaran, como ya hicieron con Arturo, y que todo lo que tocaba se convertía en oro. (Carlos Marlasca)

LUH – Spiritual Songs for Lovers to Sing

LUH

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El talento de Ellery James Roberts no podía morir con WU LYF. La banda británica, responsable de aquel vibrante Go Tell Fire to the Mountain, echó el cierre en 2012 al abandonar el músico la formación, y aunque éste haya tardado cuatro años en concretar un nuevo proyecto, LUH (Lost Under Heaven o Love Unites Humanity) ha arrancado por fin con paso firme. El proyecto, a dúo con Ebony Hoorn –más la producción de The Haxan Cloak–, es más personal aun si cabe que su anterior banda, invirtiendo en él toda su poética y descaro vocal sin tapujos. Lleno de épica y de referencias a Un mundo feliz de Aldous Huxley y a la Miranda de La tempestad de Shakerpare, Spiritual Songs for Lovers to Sing incide sobre esa manera concreta de mirar el mundo –It’s a brave new world!– como forma de salvación de la raza humana, transmitida a base de un espacial y reluciente pop-rock de tremenda, exultante y esperanzadora verticalidad. Con temas como ‘Unites’, ‘Beneath the Concrete’, ‘Someday Come’ y ‘First Eye for the New Sky’, que son lanzaderas que apuntan directamente al cielo, y otros de mayor contundencia rítmica como ‘$ORO’ –desde una perspectiva variante casi industrial– y la brillante ‘Lost Under Heaven’ –desde otra, rockera, casi stoner–, LUH postula su sonido como la herramienta perfecta para volver a unir con amor a una humanidad que se halla, en nuestros días, perdidísima bajo el cielo. (Pablo Luna)

Manel – Jo Competeixo

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Hasta cierto punto, Manel siguen disfrutando de su inmenso éxito a pesar de sí mismos. Me explico: es evidente que en 2008 dieron con las teclas adecuadas en su célebre debut, y su éxito masivo se debe en gran medida a aquellas 12 canciones. Desde entonces, el cuarteto catalán ha decidido transitar por la vía difícil, la de la evolución, la de no repetirse aunque ello les haga alejarse completamente de lo que les hizo triunfar en primera instancia: desde la arriesgada ausencia de estribillos de 10 milles per una bona armadura (segundo disco) hasta la ambición melódica de Atletes, baixin de l’escenari, que a pesar de contar con hitos como ‘Mort d’un heroi romàntic’, ‘Teresa Rampell’ y ‘Ai, Yoko’ acabó quedándose a medias. Pero todos esos pasos son imprescindibles para entender Jo Competeixo, el que sin duda es su disco más completo e inspirado, en el que tanto se permiten jugar con el rock de estadio (‘Les cosines’) como con los ritmos latinos (‘La Serotonina’, ‘Sabotatge’), sus ya características baladas épicas (‘Arriba l’alba a Sant Petersburg’, ‘Temptacions de Collserola’, esta vez más baladas y más épicas) o las golosinas melódicas (‘Cançó del dubte’, ‘L’espectre de Maria Antonieta’). Por no mencionar, una vez más, la catarsis de ‘Jo Competeixo’, una montaña rusa de ocho minutos en la que se permiten despojarse definitivamente de cualquier concepción pasada de lo que había sido Manel y se entregan a una carrera (nunca mejor dicho) por el pop electrónico pasado de vueltas y la cadencia hip hop con frases implacables que marcan un punto de inflexión ineludible, tanto a nivel musical como lírico, en su carrera. Ganadores. (Aleix Ibars)

Margaret Glapsy – Emotions and Math

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Margaret Glapsy ha llenado en esta primera mitad de año mi slot musical de “norteameriacana con guitarra eléctrica”. Labor cíclica que en otros años tuvieron Torres, o Sharon Van Etten, o Angel Olsen, o Waxahatchee, o tantas otras, cada una con lo suyo, que sacian ese gusto que compartimos tantos por estas muchachas con carácter armadas de seis cuerdas y un boli afilado. El debut de esta californiana, musicalmente criada en la costa este, consta de 12 canciones que a menudo no llegan a los tres minutos de duración y que casi siempre dan en el clavo. Margaret es casi rubia, delgadita, de apariencia frágil. Pero cuando rompe la voz se transforma. Esas dos caras se alternan aquí constantemente. Pasa del puñetazo en la mesa a a la búsqueda de achuchón en apenas tres minutos de disco. Tomen el arranque de la contundente ‘You and I’. “Esta noche estoy demasiado cachonda para hablar de nosotros / y mañana estaré demasiado asqueada / como para que me importe una mierda / lo que hay entre tú y yo”. Y contrasten con lo que suena dos minutos y treinta y dos segundos después, en la doliente ‘Somebody to Anybody’. “Soy una pequeña roca en una gran montaña / nadie me llama / nadie piensa en mi / Soy una pequeña gota en una gran fuente / me diluyo, está bien”. Esa mezcla de carácter y vulnerabilidad es magnética y la voz de Margaret transmite ambas emociones con fuerza. En la intensa ‘Memory Street’ (probablemente la mejor el álbum, de pronto pienso en Magnolia Electric Co.) todo se mezcla: arranca suave y acaba arañando. “I hear your voice scream my name / and I tell you to go back / to wherever the fuck you came”. Si consigue jugar con eso, promete. De momento, su debut es de los mejores del año. (Daniel Boluda)

Minor Victories – Minor Victories

Minor Victories

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Una de las mejores noticias hasta ahora de 2016. Solo la unión de Mogwai (Stuart Braithwaite) y Slowdive (Rachel Goswell) podría explicar la construcción de un rock de tal calibre: sutil, pero increíblemente poderoso; profundo y nostálgico, pero extraordinariamente esperanzador. Una especie de actualización del shoegaze británico bajo la tutoría de las mareas incontenibles y emocionales del post-rock instrumental, pero siempre con el faro de la firme y dulce voz de Goswell como referencia en el horizonte. Artístico, luminoso desde el ángulo propio del romanticismo más maduro, y abiertamente narrativo, Minor Victories es un disco que revuelve algo grandioso y trágico en el oyente, inyectándole una especie de energía de lucha renacentista al estilo del ave Fénix. Sobre todo desde piezas como ‘Breaking My Light’, ‘Scattered Ashes (Song For Richard)’ y ‘Folk Arp’, de una increíble e intensa belleza, pasando por torbellinos emocionales como la inaugural y desafiante ‘Give Up the Ghost’ o la vibrante ‘A Hundred Ropes’, epicentro conceptual del álbum, hasta ese final monumental y purgante de ‘Higher Hopes’, donde las guitarras al estilo Mogwai terminan alzando el vuelo. A la impecable instrumentación, además, hay que añadir unos arreglos de violín tremendamente efectivos: un envoltorio de elevada dignidad que sirven para mantener vivo el rescoldo de las grandes esperanzas. Ojalá esta nueva unión no se separe nuca. (Pablo Luna)

Parquet Courts – Human Performance

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Dos aspectos convierten Human Performance en el intento más certero, pulido y versátil de Parquet Courts en sus seis años como banda. Por un lado, su marcada accesibilidad –aunque claro, venimos del enredado Monastic Living (2015), y aquí Andrew Savage, Austin Brown y los suyos siguen más bien la línea de Sunbathing Animals (2014)–. Aun alejado del easy listening –aunque he escuchado pocas cosas tan pegadizas como ese minuto y medio que es ‘Outside’–, la riqueza melódica de su americana punk alcanza aquí un estadio inédito sin renunciar a sus raíces, y mucho menos perder su nervio característico. Por el otro, apreciamos un cambio notable en cómo se intelectualiza su narrativa, que se muestra más sincera y vulnerable (“Busy apartment / no room for grieving / sink full of dishes and no trouble believing / that you are leaving”). El grupo parte de la recurrente escenificación que se da en las relaciones humanas posmodernas, pero también reincide en su habitual sensación de ansiedad y confinamiento, mental o espacio-temporal. La vida urbana, como en Content Nausea (2014), sigue siendo caótica y ruidosa. ‘Dust’, por ejemplo, es una metáfora de toda la suciedad y banalidad que nos rodea y nos distrae. Empieza sampleando el canto de los pájaros mientras Jeff Tweedy aporta sus trucos a la guitarra –grabaron parte del disco en su loft de Chicago–, pero cierra con las abrumadoras bocinas de la gran ciudad. Y luego hay la maravilla de larga duración ‘One Man No City’, o ‘Berlin Got Blurry’, recordándonos a ritmo de riffs de spaghetti western cuán aislados nos sentimos en una ciudad extraña, lejos de nuestra zona de confort. Respiros baladescos menos logrados (‘Steady On My Mind’, ‘Keep It Even’, ‘It’s Gonna Happen’) apaciguan el garage punk de más voltaje (‘Paraphrased’ y ‘Two Dead Cops’, sobre el asesinato de dos policías). Human Performance es un disco de inesperada simplicidad, pero que se torna en complejo y efectivo en su transcurso, y crece con cada escucha. (Max Martí)

PJ Harvey – The Hope Six Demolition Project

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En sus comienzos Polly Jean Harvey destapaba sus esencias punk y bramaba desgarrada en su celebrado Rid Of Me. Pero el paso del tiempo calma las almas, aunque en el caso de la británica la evolución la ha conducido a una suerte de sacerdotisa espiritual, y la coincidencia del apelativo con el de Patti Smith no es una casualidad. Como hizo con su anterior Let England Shake, busca golpear las conciencias, recordando los barrios más marginales de Estados Unidos con la canción ‘The Hope Six Demolition Project’ que da nombre al disco o la lacerante situación en Afganistán con ‘The Ministry of Sound’, primer hit que se encuentra en el álbum. Lo que antes fue Reino Unido, ahora es Estados Unidos y, aunque un escalón por debajo de su inmediato predecesor, PJ Harvey logra un catálogo excelente. Con un mensaje transparente, al igual que la grabación del disco que se hizo en la Somerset House de Londres de manera que cualquier pudiera vislumbrar el proceso de grabación, la contundencia de las letras está acompañada de la suavidad instrumental que marca su reciente devenir. Al igual que en ‘The Glorious Land’ o ‘The Words That Maketh Murder’, los coros juegan un papel fundamental en temas como ‘The Orange Monkey’ o ‘Chain of Keys’. Y, de nuevo, un despliegue instrumental mayúsculo para conformar un disco cuyo intimismo se rompe con canciones como ‘Near The Memorials To Vietnam and Lincoln’, la excelente ‘Medicinals’ o los guiños blues de ‘The Ministry of Social Affairs’, y en el que destacan las percusiones marciales y los brumosos vientos con los que PJ Harvey vuelve a reivindicar sus virtudes instrumentales. Después de sus dos últimos largos, su estatus privilegiado le exige sumergirse en nuevas aventuras. Y es más que probable que salga victoriosa manteniendo su condición de inmaculada diva. (Carlos Marlasca)

Radiohead – A Moon Shaped Pool

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Es un ataque de pánico a baja altura“, alerta Thom Yorke en el acelerado ‘Burn the Witch’, el único corte de su noveno álbum que denota urgencia ante una colisión que seguramente ya ha acontecido –las primeras referencias a la canción nos remontan al arte que Stanley Donwood realizó en 2003 para Hail to the Thief–. En una época en la que el orden mundial parece inalterable, A Moon Shaped Pool elude en gran medida las cuestiones sociopolíticas, más allá del tema citado y ‘The Numbers’, su particular denuncia al calentamiento global. Parece más un disco de resignación y recogimiento, en el que el foco principal recae, de forma onírica, en las relaciones humanas. No es casual que su principal artífice acabe de dejar atrás su relación sentimental más prolongada, vicisitud que solo se intuye en el trasfondo. A pesar del sentimiento de derrota que se nos transmite a lo largo del trabajo (“Y es demasiado tarde / el daño está hecho“), de entre las notas de piano de ‘Daydreaming’ se escurre cierta luz plateada que nos mantienen a flote, alienados y desorientados. Una deriva que nos sirve como pasadizo hacia canciones tan desoladoras como sosegadas, muchas de las cuales hemos visto evolucionar como borradores en sus directos, y sobre las que Greenwood ha aplicado delicadas cuerdas sin banalizarlas, sin hacerlas excesivamente dramáticas. Más melódicas que experimentales, y más reflexivas que épicas, apreciamos el sello de Radiohead en casi todas ellas, aunque de una forma extraña que, paradójicamente, quizá nos cuesta más de asimilar por ser más transparente. Y no, Yorke no es un ente todopoderoso en este disco, algo que apreciamos en la meticulosidad de su conjunto, en el que los instrumentos no reclaman más presencia de la necesaria; sus guitarras acústicas, que le infunden cierto carácter pastoral, jamás chocan con brusquedad con sus sutiles arreglos digitales, aunque en su aparente calma todavía nos asaltan atisbos de incomodidad y paranoia. ‘True Love Waits’, su oda al desamor, ha esperado en áticos embrujados, entre piruletas y patatas fritas, desde mediados de los noventa, para reaparecer aquí como cierre, ralentizada y desprovista de su antigua inocencia, aceptando que nos hemos hecho mayores. Hay distintas formas de claudicar, y la de Radiohead en 2016 no podría haber sido más honesta y humana. (Max Martí)

Skepta – Konnichiwa

Skepta

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Es ya un tópico decir que Skepta tiene más vidas que un gato, pero pocas cosas describen mejor al personaje que su proverbial resistencia y capacidad de sobreponerse a un contexto hostil. El de Tottenham fue uno de los mc’s más destacados de la primera oleada grime, formando parte de los seminales Roll Deep junto al pionero Wiley y a su hermano JME, entre otros, antes de hundir su carrera en la ciénaga del pop rap más infantiloide en ‘Doin’ It Again‘. De su fracaso a la hora de afrontar géneros más blandos aprendió rápido, volviendo a los orígenes en una serie de singles que rescataban el espíritu de la era dorada de Rinse FM. Dicen los británicos que incluso un reloj parado da la hora bien dos veces al día, y eso resume bien el momento de Skepta. No sólo ha conseguido triunfar con la crudísima That’s Not Me y la espectacular Shutdown, que tiene maneras de himno. Su principal hallazgo es haberse sabido adaptar a una nueva generación. Si en 2005 compartía plantel con los pioneros del grime, ahora es uno más entre la generación de los Stormzy, Lady Leshurr o Novelist. El formato LP, habitualmente hostil a un género que vive de bangers inmediatos, ha sido la prueba de fuego para que podamos hablar de un MC con recorrido, y por una vez se puede hablar de triunfo casi absoluto (todas las piezas encajan salvo ese torpe homenaje a su ilustre fan, Drake, que es ‘Ladies Hit Squad‘). El grime ha encontrado por fin un álbum bisagra, con cinco o seis canciones sobresalientes y un cierto halo de acontecimiento. Aquí está la banda sonora de los suburbios: como lo fueran The Specials, Goldie o el mismo Wiley. (Santi)

Tourist – U

U

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Lo cierto es que Tourist no es un nombre nuevo por aquí. Varios EPs y singles lo avalan, y el verano pasado con ‘Holding On‘ tuvo ese aire de “novedad de la temporada”, que debía explotar con este largo debut en 2016. No ha terminado de ser así, y U se ha quedado como un pasito más adelante, pero no el gran salto. Cuenta con grandes temas como ‘To Have You Back‘, o la housera ‘Waves‘, pero son demasiado exigentes para el público que le seguía, y terminados con demasiada brocha gorda para los clubs. Su pop sintético sigue creciendo hacia muchas direcciones, tanto hacia la oscuridad más opaca sin apenas vocales, como hacia cortes evolucionantes como la maravillosa ‘Run‘ –este sí, uno de los temas del año– pero sin un sonido del todo definido, a veces demasiado disperso. Se queda como una colección de un par de singles entre algunos cortes no tan afinados. Seguiremos detrás de él hasta que Tourist llegue a encontrar su destino. (Jordi Isern)

Whitney – Light Upon The Lake

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Querido lector, si has llegado a este momento del año sin haber escuchado este disco, aquí va una advertencia: no vas a hacer otra cosa en los próximos dos días. Te vamos a presentar los 30 minutos de música más adorables del año. Un disco como un gif de gatetes bebes: no puede no gustarte. Toma, mira, aquí tienes uno. Y otro, que no te falte. ¿Blandito? Pues arranca, ponte ’No Woman’ y déjate llevar. Acostúmbrate a esa voz en casi falsete, a que se alternen vientos, cuerdas y percusiones caribeñas, a esa sensación de conducir hacia el paraíso, de besarse a cámara lenta en el malecón. La vida convertida de pronto en el Instagram de una foodie caribeña: heladito de frambuesa, atardeceres en la playa, acampadas de verano, chapuzones en el lago. Hay algo en la esencia de canciones como ‘Follow’ ‘Golden Days’ que apela a un optimismo primario, son canciones terapéuticas, sesiones de despreocupación. Escuchen ‘No Matter Where We Go’: We’ll make a living darlin’, down the road / Cause I’ve got you holding on to see where it goes / So don’t you feel lonely I want you to know  / I can take you out I wanna drive around / With you with the windows down / And we can run all night. En serio, con este disco en marcha, ¿qué puede salir mal? Evidentemente nada. (Daniel Boluda)

Woods – City Sun Eater in the River of Light

Woods

(Escúchalo en Spotify)

Vamos a resaltar lo evidente. Entregar casi un disco por año durante una década sin caer en la saturación o la dejadez formal es encomiable, y más si uno tras otro presentan canciones con brillo, imaginativas y bien producidas. Sin embargo… ¿sólo a mí me cuesta recordar a qué disco pertenecen la mayoría de los temas de Woods? Con las de este noveno, pese a su engorroso título, intuyo que sucederá en menor grado. No podemos hablar de una reinvención sonora drástica, ya que la banda de Jeremy Earl no abandona ni su interés por la música americana de los 70 ni sus pulidos tintes psicodélicos, pero ya en el arranque ‘Sun City Creeps’ empezamos a apreciar que aquí se cuece algo distinto: aromas mariachi, trompetas, percusión jazzy africana, regusto funk y reggae… Tal interés repentino por la world music podría parecer letal para una banda que hasta hoy ha indagado preferentemente en el indie folk más lo-fi y pastoral, pero el experimento de los de Brooklyn suena natural y estimulante. Por momentos volvemos a los Woods de With Light and with Love (2014), donde podría haber encajado la delicada ‘Morning Light’, mientras que ‘I Can’t See at All’ nos transporta a una jam medio funk. Pero escuchen sobre todo ese ‘The Take’, donde percusión, vientos y guitarras eléctricas fluyen en perfecta armonía, o ‘Politics of Fee’, la perla más inmediata de un trabajo que, pese a atravesar un desierto más polvoriento, sigue sonando a Woods. (Max Martí)

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