19/07/2016

De Kendrick Lamar a Jamie xx, pasando por Ratboy, Mac DeMarco, The Chemical Brothers, Major Lazer, Muse, Disclosure... Un repaso a la reciente edición del festival de Benicàssim.

Para comprender mejor un festival como el FIB no hay nada mejor que empezar por el final. El lunes por la mañana salen del camping hordas de británicos color gamba con devastación post-alcohólica y la bajona que supone regresar a sus adosados suburbanos con moqueta. A la puerta se cruzan con unos cuantos locales que esperan pacientemente a que el camping esté vacío para poder entrar a ver qué se han dejado “los guiris”. Unas gafas de sol, botes de protección solar, algo caerá. Es en esa tensión entre lo británico y lo nacional donde está la identidad de un festival bicéfalo que parece ir recuperando cifras de público previas a la poco productiva “era Vince Power”. Se calculan 170.000 personas a lo largo del fin de semana, incluyendo un rotundo “todas las entradas vendidas” para la jornada del sábado, que encabezaban los incombustibles Muse.

El recinto parecía algo más funcional que el año anterior. De primeras el tercer escenario ya no era un puñetero autobús, sino que Radio 3 patrocinaba una carpa mucho más acogedora y con mejor sonido (aunque no siempre, como ya verán). Por otra parte la zona del South Beach se ha desarrollado hasta tener un escenario como Dios manda que apostaba por sonidos electrónicos a cualquier hora, dejando un hueco donde los que abominan de las guitarras podían refugiarse cuando el enésimo grupo de pop británico y derivados ocupa los escenarios grandes. El festival ha alcanzado un formato de recinto muy práctico y que permite al respetable tener siempre varias opciones de ocio, ya sea intentar marcar goles para que J&B te dé nosequé historia, hacer el imbécil siendo patrocinado por Visa o abonarte al Villarreal. Impresionante el capitalismo, como siempre.

JUEVES

El jueves del festival siempre tiene esa sensación de día a medio gas. Ya sea porque buena parte del público español tiene la mala costumbre de tener que trabajar entre semana o porque el escenario Visa está cerrado, siempre resulta más una introducción al festival que una jornada en sí. Aunque nos aproximamos al festival cuando John Grvy actuaba ante un desangeladísimo escenario Las Palmas, abrimos la jornada en sí con Soulwax. Lo de los flamencos es francamente meritorio: llevan un par de décadas, que ya es bastante, tirando de un proyecto que se basa en apelar a lo físico (no en vano llevan tres baterías, que se dice pronto). Fueron celebrados por un público que, francamente, hubiera bailado con entusiasmo hasta la sintonía del telediario, de lo absolutamente desesperados por cualquier cosa mínimamente rítmica que pudiera sonar. Los casi diez años que se han tirado los Dewaele sin sacar ninguna publicación oficial parecen no haber hecho mella ninguna: siguen absolutamente encantados de estar ahí. Pulgares arriba.

Extraperlo son un grupo curioso, poco habitual en la música estatal. Son curiosos porque han tenido cierta continuidad cuando parecían un capricho que iba a durar poco (como los estimables Albaialeix, grupo folk que formaban dos de sus miembros), porque han ido demostrado ambición a cada paso y porque han conseguido forjar un repertorio más que apañao en tres LPs. Empezaron siendo una especie de cruce semiamateur (como todos los buenos cruces) de Orange Juice y Golpes Bajos y han terminado por desarrollar personalidad, funcionando como una maquinaria que une la evocación chillwave con destellos a lo movida madrileña (¿Zombies, tal vez?). La carpa les hizo bastante bien y ellos gustaron y se gustaron.

A veces es interesante plantearse el contexto de la música. El grime de Skepta es puritito odio de barrio, reivindicación barrial de lo peor de Londres (véase el ‘It Ain’t Safe‘, que es una invitación al no-pises-estas-calles-o-te-quedas-sin-dientes) y conciencia racial de la Inglaterra suburbana que la City creó y maltrata. Resulta más que curioso verlo en un festival que es blanquísimo y mayormente de clase media. Si hubo una generación de chavales acomodados en los 90 que abrazaron a Dr. Dre y 2Pac como si hubieran pisado gueto desde críos, lo que están haciendo Novelist, Stormzy o el mismo Skepta en las Islas Británicas no está demasiado lejos: es, sin lugar a dudas, lo más fresco y brutal que suena ahora mismo allí, y la gente, independientemente de orígenes, lo abraza. El concierto del de Tottenham sirvió como cortísima exhibición de sus virtudes: fue a degüello, canción tras canción sin interrupciones ni discursos, puesta en escena minimalista, mal rollo y bases atronadoras.

Hinds

Entre la programación del día había un grupo llamado Weers, pero era un secreto a voces que las hijas predilectas del nuevo indie hispano, las Hinds, se escondían tras ese sobrenombre. Ubicuas, tanto mediáticamente como en el recinto (se les nota que han sido fibers y adoran el festival, y acompañadas del Alfredo Landa de la generación Vine, Jorge Cremades, se dejaron ver por los escenarios todos los días del FIB) se enfrentaban a un concierto de confirmación: estaban allí para autorreivindicarse, para dejar claro que no son una broma de temporada. Por desgracia siguen siendo un grupo bastante endeble: su mayor virtud son los juegos de voces entre Ana y Carlotta y que ya son unas instrumentistas competentes, pero buena parte de su repertorio parece compuesto con el piloto automático. Siguen teniendo más potencial que resultados reales, y van dos años seguidos así.

Al ver la actuación de los Major Lazer una duda sobrevolaba: ¿no es exactamente esto lo que hacen las orquestas de pueblo? Un popurrí de éxitos propios y ajenos (no en vano el mayor talento de Diplo, aparte de la misoginia de baratillo es el saqueo, de portadas, ritmos, de lo que haga falta) exhibido con cierta gracia. Sólo un año después de que triunfaran en el Rototom, volvían con toda su parafernalia (confeti a raudales, básicamente) para dar un show que se quedó a medias, como la mitad de temas que pinchaban. No es ya el tirar de canciones archifamosas (que puede ser de lo más resultón), es que la selección no fue especialmente atinada ni el conjunto entusiasmaba. Como en todo, hay orquestas y orquestas, y no todos pueden ser París de Noia o Panorama. Una lástima.

Major-ambiente

VIERNES

El día siguiente tocaba entrar relativamente pronto al recinto para poder ver a Ratboy, mirlo blanco del pop británico joven, hombre orquesta que es al mismo tiempo el Mac DeMarco de las islas y alguien capaz de emular lo mejor de los Blur del 97 en mixtapes subidas a Soundcloud. Salió Jordan con una banda púber pero perfectamente capaz, sobrada de tablas, de actitud y de gañanismo. Lo mejor del grupo era ver que (como las Hinds, dicho sea de paso) sus miembros se pueden confundir con su público: tienen la misma actitud desvergonzada y lúdica del pop entendido como juego y diversión. Hubo pogos desde el primer minuto, hubo miembros del grupo pegándose entre ellos, el setlist picó de lo poquísimo que ha lanzado oficialmente el de Essex, desde ‘Move‘, donde fusila alegremente a los Beastie Boyshasta ‘Wasteman‘, hija bastarda de los mismísimos Specials. Nos cuenta en sus letras la desesperación adolescente con indolencia y ganas de superar los problemas vía legal highs, partidas del FIFA y hacer el imbécil por ahí. Es, en cierto modo, el mejor cronista de qué es ser joven ahora mismo en UK.

rae

La propuesta de Reykjavíkurdætur tiene ese punto de excentricidad que encanta a periodistas culturales. ¡Son tropecientas sobre el escenario! ¡Rapean en islandés! ¡Van en monociclo! ¿Sirve lo que hacen para rellenar algo más que un párrafo de crónicas como esta? Lo que hacen tiene mucho de nostalgia de finales del siglo pasado (tanto en los sampleos de las Spice Girls como en los sonidos R&B a lo introducción de Primo Skeeter o baladita de R. Kelly), de meme millenial hiperconcentrado que busca un impacto directo a base de citar referentes generacionales. Entretiene, pero el público estaba “a ver qué pasaba”, sin meterse demasiado en el show. Son curiosas pero poco estimulantes más allá del momento anecdótico. De The Vaccines, habituales en los festivales hispanos, grupo de la quincuagésima generación del indie guitarrero británico (a cada cual más insustancial y muerta en vida) que se ha salvado del olvido más absoluto gracias a una concepción minimalista de la canción pop (tres acordes y a volar, ritmos simplísimos pero bastante contagiosos y un frontman que se da a la exageración melodramática de baratillo), se puede decir que lo mejor que tienen es su propia insistencia en sus esquemas. A base de reinterpretar patrones casi propios de los Ramones, ya sea los del Rocket to Russia vía los Strokes en los momentos guitarreros o los del End of the Century en sus escasas pero bastante notables baladas, conservan aún cierta gracia y siguen vivos, que no es moco de pavo (saludos desde aquí a Bloc Party o Kaiser Chiefs).

Vaccines

La leyenda de Dan Deacon en territorio estatal se forjó en el Primavera Sound, cuando en diversas ocasiones consiguió ser la gran sorpresa del festival a base de un show hiperenergético y basado en la interacción con el público. Da la impresión de que ahora mismo el espectáculo de sus conciertos ha perdido la frescura, entre que los que ya lo han visto ya se conocen sus trucos y los que llegan nuevos ven que no hay tanta intensidad sobre el escenario como la que les prometían. En lo musical sigue aferrado a ese pop vocoderizado, versión tribal del Neil Young de Trans o versión de escuela de arte americana del muy estimable y desconocido Grosgoroth, pero el show no impacta ni divierte como antes, aunque se beneficiara de la batería en directo que daba empaque a los temas.

Jamie

Que conste en acta que nunca he sido uno de esos fieles a Jamie xx que lo adoran como a un semidios de la electrónica que mezcla el ahora con el ayer. Siempre me sonaron bastante precisas las palabras del muy estimable carles diciendo que su música es “for old indie fans trying to seem young by listening 2 music that has ties 2 indie, but is still ‘now’”. Pues bien, el directo del chaval me hace introducirme las palabras y desdenes por vía rectal: es buenísimo. En directo, el geniecillo detrás del sonido de The xx es capaz de sonar sutil y profundo y los desarrollos de los temas que pincha realmente te consiguen hacer olvidar que estás ahí, entre cachis de orín que vuelan y demás lindezas del verano benicense. Una experiencia.

 

Lo de The Chemical Brothers en el escenario grande (aún se nos escapa llamarlo Verde a veces) fue uno de esos momentos clásicos del FIB que un romántico quiere vivir (siempre retumbarán las palabras del documental de los 15 años en los que se hablaba de “globo colectivo” en su actuación en el 96 seguidos de Orbital). Para el público de aquí, quizás más entrenado para aguantar hasta altas horas que el foráneo, era el gran momento del viernes, un homenaje a lo que es un festival clásico. Benicàssim y electrónica de corte indie a todo trapo da como resultado un auténtico desparrame… con algunos matices: ¿qué demonios pasa con el ninguneo a ‘Wide Open‘ (una de sus mejores canciones en años) y por qué no abandonan ya el inicio con ‘Hey Boy, Hey Girl‘? Más allá de eso, el espectáculo fue apabullante, con himnos que se dan el relevo de generación en generación (esas ‘Star Guitar‘, esa ‘Block Rockin Beats‘) y hasta perlas como ‘Swoon‘, con su deje meláncolico, su expansión cósmica y ese mensaje tan grabado a fuego: “Just remember to fall in love, there’s nothing else“.

Chemical

SÁBADO

Si al entrar al recinto el sábado te ponías a escuchar el sentimental pop-rock (etiqueta muy apropiada para estos grupos que están en la tierra de nadie estilística) de Walking on Cars lo primero que pensabas es que tal vez era más interesante volverse a la playa, comerse un arroz con bogavante, o rociarte de gasolina y prenderte fuego a ti mismo. Cualquier cosa sonaba más apetecible que esa música melosa, deudora de los peores Kings of Leon pero sin ningún tipo de sustancia. Los bookers del festival, que suelen tener muy buen tino a la hora de escoger grupos, tienen al mismo tiempo una tendencia a exhibir en las primeras horas del festival grupos melosos irlandeses (saludos a Kodaline) de los que aspiran a escribir una canción para la banda sonora de Anatomía de Grey. No mejoró la cosa con Zahara, que, imbuida de modernidad, se ha alejado, tanto en lo musical como en lo estético, de cuando era aquella cantautora más del boom de la languidez circa 2009 (ya no toca). Ahora mismo apuesta por un sonido más ochentero (es lo que toca). La versión de una maravillosa canción como es ‘Te debo un baile‘ (ya maltratada por The New Raemon en su momento) ofrecía pocos elementos para el disfrute.

Si la carrera de Zahara es un viaje por el filo de la navaja entre las radiofórmulas y el indie festivalero, el de Fasenuova parte del puro y duro underground. Como les decíamos en la previa este dúo viene del más puritito underground, de un ruidismo experimental que suena a cafrada incluso a oyentes abiertos a todo tipo de géneros. Obviamente para llegar a un festival como Benicàssim su sonido se ha ido domesticando con los años, hasta convertirse en un grupo de coldwave malrollero capaz de sacar discos muy notables como lo fuera el maravilloso A la quinta hoguera. Si bien el tocar en un festival así, como cuando lo han hecho en el Primavera Sound, es un merecido tributo a una carrera hecha a la contra, los escenarios grandes no sacan lo mejor del grupo, que se concentra cuando tocan en salas. Pese a todo son capaces de sonar potentes y entusiastas, aunque buena parte del público los observe sin entender muy bien qué carajo está pasando en el escenario.

Muse

Muse, ay los Muse, qué difícil es escribir sobre ellos sin temer la llegada a tu casa de un sobre con ántrax proveniente de unos fans que ya abarrotaban el recinto cuando apretaba la solana, todo fuera por observar a Matt Bellamy de cerca. Qué decir de ellos a estas alturas. Lo evidente es que tienen una altura como cabezas de cartel que poquísimos tienen, que son un grupo de estadios (y encantados de serlo). Que su propuesta musical toca de cerca el sinfonismo y el metal (siempre los he visto como un grupo que comparte obsesiones con Megadeath, no me pregunten por qué). Que tocan muy bien y tienen una base de fans espectacular que levanta los conciertos que ellos no son capaces de levantar, a veces. En mi caso resultó un concierto disfrutable pero con sordina, si era capaz de dejar de mirar esas visuales ridículas y un Bellamy que es tan virtuoso como cargante. Empezó espectacular (hasta ‘Bliss‘) y después fue bien en ocasiones y un sopor en otras (sobre todo cuando se acercan al R&B, que es un género que no se les da muy bien por eficientemente que sean ejecutando los temas).

Sonaban de fondo Bloc Party (en un concierto que era pura nostalgia para lectores de la NME) mientras esperábamos a Disclosure, un grupo cuyo triunfo en el Reino Unido al sacar el Settle fue espectacular, porque era un disco capaz de gustar a todo el mundo. A los nostálgicos del house, a los universitarios que hacen el “predrink” antes de salir a la discoteca, a los críticos puristas, todos ellos encontraban una colección de temas redonda que se podía escuchar tanto en el club como en casa. Muy a mi pesar, por la alta estima que tengo hacia ese álbum, el directo no cumplió. Sonaba blando, sonaba flojo (después de que Muse fueran atronadores), sonaba desganado, y ni siquiera éxitos del calibre de ‘You and Me‘ fueron capaces de invitar al baile como Dios manda. Compararlos con Jamie xx, que había pinchado el día anterior, era devastador para los gemelos de Reigate. Cuando subieron a Brendan Reilly a cantar aquello pasó de flojo a absoluto tostón. De ahí fuimos a Ryan Hemsworth, pero ahí se desvanece mi memoria.

Disclosure

DOMINGO

El domingo empezaba algo más prometedor. Si bien las fuerzas de los fibers a estas alturas suelen estar diezmadas (no fueron pocos los que se quedaban en un estado semicomatoso en el camping, aferrados a botellas de agua y pidiendo a Dios que por favor alguien los matara), Fidlar tienen un repertorio magnífico para recuperar energías y darse al pogo. Eso sí, ponerlos en el escenario grande y a las ocho de la tarde, cuando el sol aún no ha bajado, es un error terrible y hasta ellos mismos parecían menos cómodos de lo que se los ve cuando tocan ante audiencias más reducidas y a altas horas de la noche. Por mucho que haya gente que se empeñe en meterlos en el saco del garage modernete, como si fueran unos Black Lips cualquiera, estos tienen mucho más de punk pop idiotizado (para bien, porque el punk pop o es idiota o no debe ser) a lo blink-182 en la época del Dude Ranch. La próxima vez pónganlos en una puñetera carpa y a las 3 de la mañana y ya iremos ahí a dejarnos nuestros dientes, nuestras dignidades y nuestra ropa interior.

Fidlar

Pasar de Fidlar a Jess Glynne era ver dos mundos casi opuestos: donde unos eran idiotez sonora la otra se esforzaba en hacer un show de soul pop adulto, tan adulto que lo primero que tuve que hacer al ver unas pocas canciones fue comprobar su edad: pese a haber nacido en el 89 aquello sonaba como un remedo bailable de AdeleLa joya que comparte con Clean Bandit, ese ‘Rather Be‘ atemporal, es la excepción en un repertorio que tira más de temas que recuerdan al blue-eyed-soul ochentero de Culture Club y Rick Astley, un R&B blanquizado y para todos los públicos que se esfuerza en resultar agradable y poquísimo más. En el escenario grande, mientras tanto, atronaban los Catfish and the Bottlemen, espantoso grupo en estudio pero muy apañados en directo porque parecen haber nacido para el dominio de las masas en los festivales. Les falta un repertorio consistente (todo suena a caras B flojitas de otras bandas, especialmente de los Strokes) pero al menos van sobrados de tablas. Una cosa por la otra.

Mac

Sobre Mac DeMarco poco se puede decir nuevo. Es un estilo en sí mismo, la mitad de sus canciones son himnos, y por mucho que esté comido por su personaje del slacker definitivo, el buen chaval desastrado y porrero que hace el gañán con una panda de seudorednecks de escuela de arte, es terriblemente divertido. Fue uno de los mejores conciertos del festival, por lo entretenido, el fantástico sonido, los arrebatos pseudoheavys, calvos al respetable, saltos al público, lo que haga falta para que la chavalería esté con la babilla afuera. La cuestión ahora es el paso que pueda que dar para que no se le acabe la broma. Si lo hace bien podría convertirse en algo así como los Violent Femmes de nuestra época, un grupo sin parangón en su momento, con un sonido totalmente personal y un puñado de discos maravillosos.

Al FIB le gusta tener su cuota de artistas que vayan un pelín más allá del simple concierto. Le pasó con el maravilloso show de M.I.A. hace un par de años y le ha pasado con Kendrick Lamar este año. Convertido en el rapero oficial del reino, habiendo sido bendecido hasta por Obama, y dado que el reinado de Future duró poco y que Kanye vive empeñado en ver cómo puede introducir su cabeza por su propio ano, pocos pueden hacerle sombra. Si To Pimp a Butterfly fue un éxito innegable y Untitled Unmastered su Amnesiac personal, ha llegado un punto en el que, mirando con perspectiva, su evolución asusta, puesto que ha pasado de gran promesa del gangsta narrativo a rey del rap político en poco menos de un par de años. Por el medio, y coinciden quienes lo vieron en la gira del Good Kid… se ha dejado algo de frescura y ganas de divertirse. Pocos de sus nuevos temas tienen el encanto fumeta del ‘Bitch, Don’t Kill My Vibe‘ y todo lo que hace ahora, aunque sean hits del calibre de ‘King Kunta‘, suena a ceño fruncido, a ganas de trascender más que de entretener, a “adulto”. Esto no quita para que el concierto fuera muy notable, sobre todo según iban pasando los minutos, dado que el sonido al principio era muy bajo e indigno del escenario principal. Cuando encaró la recta final del concierto pocas dudas quedaban de que el rap va a ocupar posiciones altas en los FIBs del futuro. Un triunfo.

Kendrick

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Foto. Jota Martínez, Pau Bellido y Adrián Morote (FIB)   Festivales
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