14/07/2016

Repasamos las tres jornadas de la 11ª edición del festival, con Arcade Fire, Tame Impala, Foals, Grimes, M83, Chvrches...

Durante tres intensos días de la semana que dejamos atrás, las campas del recinto de Kobetamendi han sustentado, por undécimo año consecutivo, la celebración del Bilbao BBK Live, en la que ha sido sin lugar a dudas su edición más cuidada en cuanto a propuesta y calidad artística. Por las laderas del monte bilbaíno han desfilado, entre el 7 y el 9 de julio, más de 100.000 asistentes, y por sus cuatro escenarios han pasado casi 60 bandas, en el que ha sido seguramente el año en el que más se ha primado el equilibro entre nombres consagrados, como Pixies y New Order; valores en auge de la escena internacional como Arcade Fire, Tame Impala y Foals; y talento pujante de quienes en pocos años liderarán el ecosistema musical contemporáneo, con propuestas de pop electrónico como las de  Grimes Chvrches, o contundentes sensaciones del rock y el folk de cantautor venidero como Courtney Barnett Father John Misty. Además de esta cohesión entre géneros y generaciones, también cabe destacar el esfuerzo de la organización por integrar la electrónica más underground en ese nuevo espacio misterioso y envolvente que es el Basoa, donde al final de cada velada hemos podido dejarnos llevar por el eclecticismo y los ritmos electrónicos de figuras tan destacadas como Floating PointsFour Tet, Tim SweeneyErol Alkan, Red Axes Âme, por citar algunas. Un acierto de esta edición en la que ni el sirimiri ha podido evitar momentos de lo más resplandecientes, aunque como sucede actualmente con la climatología del territorio vasco, hemos vivido actuaciones que irradiaban calor y otras que, inevitablemente, nos han dejado más fríos. A continuación las repasamos.

JUEVES

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Durante las primeras horas de la tarde del jueves asistimos a unos Chvrches correctísimos y exultantes en el Heineken, el segundo escenario principal. Con solo dos discos, la formación escocesa se ha convertido ya en una apuesta segura en cualquier festival, no solo por la redondez de sus melodías pop y un arsenal prematuro pero compacto de hits bailables, sino también por la simpatía y gracia de su frontwoman, la adorable Lauren Mayberry. Cada vez más segura sobre el escenario, no dudó en interactuar con el público en todo momento e incluso mostrar su indignación ante el Brexit, porque quienes lo promovieron y lo votaron en el Reino Unido son unos “assholes” y a ella, como buena escocesa, todavía no le cabe en la cabeza. Si te sirve de consuelo, Lauren, aquí no nos va mucho mejor. La mayor parte del repertorio se extrajo de Every Open Eye, y ‘Clearest Blue’ se confirma como el corte más efectivo para arrancar saltos entre las multitudes, sobre todo durante su clímax final –en el que Mayberry se volvió loca aireando su melena–. Sin embargo, no faltaron joyas de la corona de su debut, como ‘Gun’, ‘Recover’ y, como broche final y con intro a capela, ‘The Mother We Share’.

Aunque el concierto de M83 debería haber empezado inmediatamente después, tuvimos que esperar más de veinte minutos frente al Bilbao Stage para ser partícipes del regreso a los escenarios de Anthony González. Diversas fuentes cercanas a la organización nos aseguraron que el francés no quería actuar a la hora anunciada porque coincidía con el partido Francia-Alemania, y tras haber cancelado su concierto en las Noches del Botánico de Madrid el día de la final del la Eurocopa, la sospecha de que en Bilbao vio al menos la primera parte coge bastante consistencia, algo que dice muy poco de su profesionalidad y respeto hacia los fans. Respecto a la incógnita que suponía el traslado de las canciones de Junk al directo, podemos afirmar –y más tras su paso por el Jardins de Pedralbes de Barcelona, que reseñamos anteayer– que no ha cuajado demasiado. A diferencia de otras propuestas que se sucedieron en el mismo escenario, contaron con un buen sonido e interesantes juegos de luces, pero los tramos con excesivo protagonismo de Mai Lan se hicieron insufribles y su actual pastiche ochentero desentonó en exceso con las perlas de Hurry Up, We’re Dreaming. Sin embargo, se alcanzó la brillantez de antaño con canciones como ‘Reunion’, ‘Intro’, ‘Steve McQueen’ y el esperado colofón ‘Midnight City’, que es y será siempre infalible, así como el ya mítico ‘We Own the Sky’, rescatado del debut.

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De vuelta al Heineken, dado que las cabezas de cartel jamás se sucedían en un mismo escenario, New Order desplegaron un set casi idéntico y con los mismos visuales que en el Sónar 2016, donde actuaron hace algunas semanas. Arrancaron con ‘Singularity’ y hubo varias concesiones a su reciente Music Complete (2015), pero tras una resultona ‘Tutti Frutti‘, hacia la mitad, viraron rápidamente hacia los clásicos, desmadrando al personal con ‘Bizarre Love Triangle’, ‘True Faith’, ‘Blue Monday’ y ‘Temptation’, para despedirnos con una desalmada pero aclamadísima ‘Love Will Tear Us Apart’. A Bernard Sumner le podrá faltar voz, pero no energía y ganas de confrontar su icónico legado con propuestas pujantes del nuevo milenio.

A los pocos minutos, quienes alcanzaron la cima del Kobetamendi fueron unos entregados Arcade Fire, coronando quizá el día más potente de la cita bilbaína en cuanto a número de superestrellas de la canción incluidas en el cartel. Como en su meteórico concierto de la semana pasada en Barcelona, los de Win Butler abrieron con los himnos principales de The Suburbs, ‘Ready to Start’ y las dos partes de la canción homónima del disco, para posteriormente desgranar un repertorio con pocas diferencias, algo en absoluto negativo teniendo en cuenta la grandeza de dicha selección. Aunque el sonido no fue tan óptimo y potente como cabía esperar, poco importó. Los canadienses emocionaron con sus hits de siempre, Régine reclamó protagonismo en ‘Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)’ y más tarde con sus cintas, e incluso canciones de su último trabajo como ‘Reflektor’, ‘Afterlife’, ‘We Exist’ y ‘Normal Person’, quizá algo menos idóneas para su ejecución en grandes recintos, hicieron las delicias del espectador. Desplegaron sus trillados recursos estéticos –espejos, cabezudos y demás parafernalia luminosa– durante un espectáculo que en su tramo final sacó a relucir los temas más queridos de su debut ‘Neightbourhood #1 (Tunnels)’, ‘Neightbourhood #3’, ‘Rebellion (Lies)’ y una coreada ‘Wake Up’–. Pese a ser el concierto más multitudinario de la velada, nadie desconectó ni un solo momento, y precisamente esa concentración emocional que despiertan los de Montreal es encomiable incluso para las bandas más grandes del planeta. Sobre todo si los técnicos de sonido la están liando de mala manera.

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VIERNES

C Tangana protagonizaba al inicio de la segunda jornada el prácticamente único toque rapero (aunque muy indie-friendly, dicho sea de paso) de todo el festival. Inmerso en un beef desastroso con los Chikos del Maíz, del cual poco se puede sacar en claro salvo que ambos tienen la profundidad política de un leño, se le ha de reconocer que en el último año ha sacado algunos temas excepcionales, ya fuera en sus reescrituras de Drake o junto a antiguos compañeros de correrías en Agorazein. Es un frontman sorprendentemente carismático y que sabe hacer de sus defectos (poquita voz, puesta en escena austerísima) algo disfrutable, ya sea a base de carisma personal, excepcional selección de los temas y guiños populistas. Desde que sacara ‘Alligators‘ y se apartara definitivamente del purismo rapero ha conseguido ser lo más parecido a un Drake que pueda haber en España, a caballo entre los viajes de ego y los hits de R&B contemporáneo. Pulgares arriba para ciudadano Pucho, no se echó de menos a Crema.

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Los juicios que pueda hacer sobre José González no tienen excesivo valor, en cuanto a que llegué tarde, y mal, y desde relativamente lejos aquello sonaba entre mal y desangelado. El sueco, acompañado por un grupo jipioso, buscaba unas sutilezas difícilmente encontrables en el contexto del festival. Estamos hablando de una propuesta que premia el silencio (de hecho, sus mejores canciones son siempre las que apuestan por el “menos”, como la inmensa ‘Cycling Trivialities’), pero aquello era como tener a alguien tocando el clavicémbalo en una feria del ganado. El contexto, al fin y al cabo, lo es todo.

A Ocean Colour Scene le ha pasado lo que a tantos grupos veteranos (saludos a los Pixies): se han convertido en un grupo tributo a sí mismos. Atascados creativamente desde hace ya lustros, con un compositor principal que reserva sus mejores canciones para su proyecto folk paralelo (los muy dignos Merrymouth), los de las Midlands van alargando su existencia a base de “giras aniversario”, “giras especiales acústicas” y lo que haga falta para seguir explotando un repertorio basado en los dos años en los que hicieron mejor noelrock que el mismísimo Noel. En esta ocasión hubo un factor que les salvó. La última vez que les pude ver, en su “back to basics” del año pasado, se habían convertido en una máquina efectiva pero absolutamente predecible de reproducir los hits del pasado. Pero en Kobetamendi los alcoholes de baja graduación se fueron apropiando de un envejecidísimo (mucho más que sus compañeros) Simon Fowler, que disfrutó de su repertorio, de estar sobre un escenario, y, sobre todo, de estar cocido, más de lo que ha hecho las últimas décadas. El inicio del concierto fue arrollador, con un grupo que es virtuoso en sus propios temas y competente a la hora de reelaborar sus influencias, después hubo momentos de cierto bajón (la blandísima psicodelia de ‘Fleeting Mind’, uno de los granos en el culo de un disco excepcional), pero el balance final fue positivo.

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El avión en el que viajaba Jeremy Greenspan se retrasó y por eso el concierto de Junior Boys empezó con bastante retraso en el Carpa Stage, uno de los favoritos tanto por la comodidad que ofrece como por el sonido y lo bien que se apreciaron los visuales –adaptados a la forma triangular del escenario– durante todo el festival. Pronto agradecimos no abandonar tan idílico lugar, ya que el recién llegado Johnny Dark, acompañados solo de un batería, demostraron sobrada profesionalidad y potencia en un concierto en el que todas las canciones sonaron limpias, vocalmente impecables y extremadamente bailables. Quizá habrían deslumbrado más a las dos de la madrugada que en plena tarde, pero incluso quienes habían acabado ahí de rebote disfrutaron con el repertorio extraído de su reciente y enorme Big Black Coat, así como de otros highlights discotequeros de su carrera.

Asumámoslo. Grimes jamás tendrá un buen directo. Sin embargo, lejos queda la Claire Boucher que hace cuatro años presentaba una propuesta de lo más pobre y escurridiza en el Primavera Sound 2012. Donde la voz no alcanza, la canadiense ha sabido incidir en una dirección artística llamativa y refrescante que contrastó con el resto de propuestas de esta edición. Acompañada por tres divertidísimas bailarinas que hacían lo que les daba la gana –una de ellas HANA, que aportaba segundas voces y en algún momento rasgó la guitarra–, nos tuvo absortos desde la intro y ya de entrada nos ametralló con ‘REALiTi’ y su hit ‘Flesh without Blood’. Lástima que mientras iba por el quinto tema, ‘Go’, fue víctima de un apagón que nos tuvo veinte minutos a oscuras. Simpatiquísima, regresó ondeando una bandera gay a sus espaldas para lograr el encaje de las piezas clave de su carrera en un setlist forzosamente más reducido, aireando las bendecidas por la crítica ‘Genesis’ y ‘Oblivion’, y culminando con una agresiva ‘Kill V. Main’ que nos hizo bailar como si el festival estuviese a punto de terminar. Poco importaron el exceso de elementos pregrabados, la escasez de instrumentos y el ambiente verbenero generalizado. Su alocada puesta en escena gótico-punk-popera es una bofetada tanto al artista mainstream convencional como a las estrellas del indie y la electrónica más modosas, y en el Heineken convenció.

Blossoms, que horas atrás asistían curiosos al concierto de C. Tangana, son un grupo terriblemente sintomático. Son hijos al mismo tiempo de Tame Impala (en su reinterpretación blandita de la psicodelia, en el caso de los británicos ya totalmente aguada) y de Keane (por aquello de buscar hits fáciles sin tener, hasta la fecha, especial habilidad melódica ni carisma ninguno). En directo no tienen gracia ninguna, salvo buen aspecto físico, una cierta habilidad para combinar ropa y el hecho de que son capaces de producir un sonido musical no del todo cacofónico. Les irá bien, no lo duden. Eso sí, shoutout por cómo faltaron el respeto al cretino de Sleaford Mods en Twitter. Qué pena que sea lo único que hagan con cierta gracia.

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Pixies fuimos un poco porque sí, porque son ellos. Como no podía ser de otra manera, la cosa estaba a rebosar en el Bilbao Stage, y tras arrancar con ‘Bone Machine’, los de Black Francis desglosaron más de treinta canciones extraídas de todos y cada uno de sus discos, dando especial relevancia a Surfer Rosa Doolitle para el deleite de sus fans más veteranos, que imaginamos que agradecieron tal despliegue de nostalgia del siglo pasado. También cayeron varias de su debut, Come On Pilgrim, y solo dos del más reciente –todo un acierto, dada su irrelevancia–. Hacia la mitad tocaron la nueva, ‘Um Chagga Lagga’, pero fue en el tramo final cuando se homenajearon a ellos mismos por todo lo alto con éxitos como ‘Here Comes Your Man’ y ‘Where Is My Mind?’. Los músicos no se movieron demasiado de sus posiciones, y con tanta canción acelerada no hubo tiempo para intervenciones, pero sus guitarras aún demuestran ciertas ganas de rugir.

Slaves son los más grandes, en serio. Son los más grandes no por todos los rollos de influencias y blablablá que ya hemos contado en otras ocasiones, sino por una actitud realmente a degüello, a morir. Salen al escenario, especialmente Isaac, como si fuera la última vez que fueran a tocar en su vida, como si al cruzar la puerta del backstage les esperara un paro cardiaco o una maceta caída de un sexto piso. Su música es pura apelación a lo físico, al darse de hostias, no al poguito aislado sino al bailar hasta dislocarte o romperte algo. En el contexto de un festival indie, y sin ser ellos precisamente santos padrones de lo radical, resulta como ver a Discharge tocando en el Teatro Real: una inesperada inyección de adrenalina que no apela a la mente, sino al sudor. Desde lo personal, y aunque iba ya ganado de antemano, fueron los ganadores de la jornada, porque ningún otro grupo fue capaz de generar “algo” en la platea, hacer que por una hora todo fuera baile, mala hostia y buen humor (si tal cosa es posible). Tocan a tal nivel de intensidad que da la impresión que un día explotarán o les dará un patatús sobre las tablas. Pero habrá merecido la pena.

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SÁBADO

Courtney Barnett fue el antídoto perfecto para el agotamiento de un tercer día de festival, que por cierto fue el más soleado. En el mismo escenario en el que Arcade Fire y Pixies (y Foals, más tarde) sonaron con menos potencia de la esperada en horario nocturno, la australiana irrumpió sobrada de voltaje a plena luz del día, desprendiendo fiereza, carisma y temple a cada sílaba y con cada rasguño propinado a las cuerdas de su autoritaria guitarra. Y todo ello, con muchos menos artilugios pirotécnicos que el resto, acompañada solo de un batería, un bajista y unos atractivos visuales. Se dedicó básicamente a presentar su último disco, el excelente Sometimes I I Seat and Think, and Sometimes I Just Seat, aunque recuperó algunas canciones de sus primeros EPs, como ‘Scotty Days’, ‘Avant Gardener’ y ‘Lance Jr.’. “Put me on a pedestal and I’ll only disappoint you“, canta con rabia en su canción más conocida, con la que agitó al público hacia la mitad del concierto. No le hicimos caso y la mandamos directamente al pedestal, sin decepción alguna.

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Mucho más estudiado vino Father John Misty, que se quería y se dejó querer en todo momento, rozando el límite que separa la seducción de la psicopatía, con esa pose tan suya entre Jesucristo dado a las drogas y estrella hippie reconvertida en celebrity. Bien es sabido que Josh Tillman tira para lo clásico en lo musical, pero también es consciente de que que hay que alimentar al personaje en aras de la comunicación posmoderna, así que no tuvo reparos a la hora de mostrar sus mejores bailes y contoneos, revolcarse, repartir besos a diestro y siniestro y fundirse con el público en más de una ocasión, llegando a cogerle el móvil a un chico para autograbarse cantando. Lo que no parecía preparado fue que se cayese del escenario en un alarde exagerado de brincos, aunque todo se quedó en risas y lo disimuló tan bien como pudo. Anécdotas a parte, la ejecución de las canciones de Fear Fun y, sobre todo, I Love You, Honeybear, fue muy satisfactoria, con un repertorio sobre todo dedicado a sus baladas in crescendo, como ‘Nothing Good Ever Happens at the Goddamn Thirsty Crow’, ‘Bored in the USA’ y ‘Holy Shit’, pero con un final algo más animado en el que cayeron ‘I’m Writing a Novel’ y, como cierre, ‘The Ideal Husband’.

Al poco comenzaban Tame Impala, que abarrotaron el escenario principal y no estuvieron por pequeñeces. Nos soltaron directamente ‘Let It Happen’ tras la breve intro, ‘Nangs’, y aquello se convirtió en una colorida fiesta de gozo popero y psicodélico apto para todas las generaciones, ni excesivamente rugiente ni demasiado empalagoso. Lo que no me acaba de convencer es que en este país rematemos todos los estribillos con ‘lolololo’, pero eso ya es cosa mía. Poco a poco, dejamos que el sol fuera escondiéndose al ritmo electrizante, sinuoso y bailable de su repertorio, muy parecido al del Primavera Sound, con temazos rotundos de Currents como ‘Eventually’ y ‘The Less I Know the Better’, pero también perlas de Lonerism como ‘Apocalypse Dreams’ y ‘Feels Like We Only Go Backwards’, que reservaron para la segunda parte. Todo ello sin olvidar la colaboración de Parker con Mark Ronson, ‘Daffodils’, o un cierre con ‘New Person, Same Old Mistake’, tema que ha versionado hasta la mismísima Rihanna. Como pega, comentar que en los conciertos de Tame Impala suele haber muy poco espacio para la improvisacón, ciertas canciones pueden llegar a sonar algo empaquetadas y Kevin Parker es uno de los frontmans menos expresivos del universo. Por el resto, chapeau.

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Luego vino la eterna duda: Editors o unos viejos conocidos, Jagwar Ma. Quizá porque todavía nos encontrábamos bajo el influjo de la psicodelia australiana, o quizá porque molan más, preferimos ir a visitar a los segundos, que además tocaban en la Carpa y como escenario mola mucho más que el Heineken. Decisión que además fue compartida con su paisano y compañero de giras Kevin Parker, que se encontraba por ahí tras su propio concierto. Aunque fuimos un poco a hacer tiempo y nos mantuvimos en las filas de atrás, no nos arrepentimos: los de Sydney siguen siendo los mismos que en 2013, y la potencia de sus sintetizadores todavía hipnotiza. No faltaron sus temas más conocidos, como ‘Come and Save Me’‘Man I Need’ ‘The Throw’, aunque claro, más allá de Howlin’ estos chicos no tienen un repertorio demasiado abultado, algo que parecen estar en vías de remediar.

Foals eran el último gran reclamo de la jornada del sábado, e hicieron honor a lo que se esperaba de ellos. El único problema fue que, al menos desde donde yo me encontraba –lateral izquierdo–, el sonido fue nefasto, y a Yannis Philippakis no se le escuchaba ni cuando hablaba entre canción y canción. Eso sí, qué aires de rock star se gasta el tío. Aunque la audiencia se entregó desde el minuto cero, no fue hasta la tercera canción, ‘My Number’, que aquello empezó a tomar consistencia, en un concierto en el que no faltaron ‘Spanish Sahara’, más templada y comedida, o momentos de pura adrenalina como ‘Mountain at my Gates’ ‘What Went Down’ del último disco, que ya se encuentran entre las más queridas por el público. Philippakis no se dio uno, sino varios baños de masas, aprovechando cualquier oportunidad para abrirse camino entre los fans o por encima de ellos. Se fueron con la satisfacción de haber puesto aquello patas arriba más que cualquier otra banda en el festival, justificando así su inclusión como cabezas de cartel en la clausura del undécimo Bilbao BBK Live, mientras otros nos fuimos hacia la oscuridad del Basoa, donde nos habríamos quedado para siempre.

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Textos: Max Martí y Santi.

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Foto. Javier Rosa / Liberto Peiró / Óscar L. Tejeda   Festivales
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