10/07/2016

La hasta ahora brillante trayectoria ascendente de M83 merece ser discutida tras el lanzamiento de Junk, su séptimo álbum.

La evolución musical de M83 es digna de estudio. Cuando hace unos meses el francés presentó Junk, su nuevo álbum, el séptimo en apenas 15 años, muchos creímos que se trataba de una broma, de un chiste o una caricatura de él mismo y de la industria musical; pero no fue así. Iba en serio. La palabra con la que más comulga el firmante de este artículo es “hortera”, pero gustos aparte es posible que tan solo se trate de un capítulo lógico más en dicha evolución musical, cuyos orígenes encontramos ya en Saturdays = Youth, hace ocho años, o incluso antes. Por eso, a la vista de este último trabajo, y teniendo en cuenta que el francés está actuando estos días –el jueves en el Bilbao BBK Live, hoy [cancelado] en Madrid y el lunes en el Festival Jardins de Pedralbes de Barcelona– en nuestro país, nos hemos preguntado de dónde viene y, sobre todo, a dónde va realmente M83 en su deriva artística.

De las profundidades del post-rock milenarista

Remontándonos a sus inicios, allá por su primera publicación homónima en 2001, nos encontramos con un Anthony González que se movía por los márgenes más orgánicos de la electrónica ambient, o por los más deshumanizados del post-rock instrumental. Por aquel entonces la banda la conformaban solo él y Nicolas Fromageau, amigo con el que durante su etapa escolar había formado una banda de post-rock llamada My Violent Wish, encontrando acomodo ya como M83 en el sello parisino Gooom –que ya no existe–, cuyo origen, por cierto, se relaciona con Stereolab. Tanto su nombre –extraído de una galaxia– como su música nos remitían a una especie de edad post-espacial –cosas del milenarismo– que inspiraba por aquellos días a varios géneros, tradicionales y de nuevo cuño.

Pero no sería hasta su segundo trabajo, el excelente Dead Cities, Red Seas & Lost Ghosts (2003), cuando González empezaría a ganar notoriedad, dentro y fuera de las fronteras de su país, aunque siempre por canales bastante alejados del mainstream. Se trata del punto de calidad más elevado de M83 en cuanto a post-rock instrumental se refiere, colocándose en una especie de medio camino entre The Album Leaf, Mogwai y Tristeza; sin renunciar al trasfondo y –en ciertas ocasiones– al beat electrónico, pero con un marcado carácter orgánico y nostálgico. De un futurismo catastrófico y de inspiración post-apocalíptica. ‘Unrecorded’, ‘Run into Flowers’, ‘America’ y ‘Noise’ son las muestras más sobrecogedoras y ejemplares: una especie de shoegaze de miras altas, aunque parezcan términos contradictorios. Este fue, además, el último trabajo colaborativo del dúo, ya que Nicolas Fromageau abandonó poco después el proyecto. ¿Sería entonces cuando todo empezó a cambiar?

Dead Cities, Red Seas & Lost Ghosts le abrió a M83 las puertas del sello Mute, que ya por aquel entonces había sido adquirido por EMI, significando la consiguiente internacionalización de su impacto. Mute, entonces, no solo relanzó el segundo álbum de González en 2004, sino que poco después haría lo propio con el primero, y ese mismo año le produciría el tercero: un ambicioso Before the Dawn Heals Us (2005) en el que el sonido de M83 sigue creciendo vertical y horizontalmente, y en el que, a pesar de la apertura, siguen predominado las sombras sobre las luces. Ahora bien, hagan una prueba: escuchen el principio de ‘Don’t Save Us from the Flames’ y acto seguido el de ‘New Map’, de su penúltimo y más alabado trabajo Hurry Up, We’re Dreaming, y díganme que no son un calco. Analizado con la perspectiva del tiempo, se veía venir al González de 2011 ya entonces; y la monumental, extensa y luminosa ‘Lower Your Eyelids to Die with the Sun’, en ese sentido, parecía marcar el camino.

Hacia fuera

Aunque aparentemente Digital Shades Vol. 1 (2007) resulte un paso hacia atrás en la evolución aperturista de M83, lo cierto es que fue la piedra fundacional sobre la que construyó su nueva sonoridad. Es el álbum más instrumental y ambiental de toda su discografía, pero en él abunda la luz y ese sonido tan suyo, como de papel de plata, que desarrollará exponencialmente a partir de entonces. Apenas dura media hora, pero ya se divisan algunos de los elementos del dreampop y del pop electrónico. No obstante, el definitivo despegue pop de M83 llegaría en 2008 con la publicación de Saturdays = Youth, un álbum abiertamente vocal en el que teclados, sintes, guitarras y beats se aúnan en un sonido orquestal y colorido que, en muchos aspectos, representa el momento de mayor riqueza en la paleta musical del francés.

Aquí ya es prácticamente imposible rescatar elementos shoegazers o descaradamente post-rockeros, aunque ‘Couleurs’, la pieza central del álbum, bien podría representar el máximo común múltiplo del global de la discografía de Anthony González: un mix de toda su música, con todos los elementos que el galo ha utilizado alguna vez. En cualquier caso, temas como ‘Kim & Jessie’, ‘Graveyard Girl’ o ‘We Own the Sky’ dibujan el paradigma del sonido de M83 en 2008, en la antesala de la definitiva explosión de su popularidad. Ésta llegaría finalmente tres años después con el lanzamiento de Hurry Up, We’re Dreaming, un majestuoso trabajo que en esta casa clasificamos en 11º lugar entre los mejores discos –y qué discos– de aquel inolvidable año. El asalto definitivo de M83 a las pistas de baile nos remitía de igual modo al país de las maravillas de una Alicia vanguardista y a un lugar más allá del mundo onírico habitual del dream pop. La explosión de cromatismo, luz y buen rollo era ya imparable, a la vez que se alejaba ya para siempre de los terrenos del (post) rock (instrumental).

Y ahora, ¿hacia dónde?

Aquel álbum y lo que vendría a continuación es ya, de todas formas, historia contemporánea, y a la luz de su reciente Junk cabe preguntarse si el francés no se estará pasado de vueltas en su centrífuga evolución musical. El álbum, en conjunto, resulta destartalado, impreciso y excesivamente edulcorado, pero tiene un pase si nos decidimos a apreciar los riesgos que asume González en su eterna búsqueda de algo más. En cualquier caso, el camino que el francés ha tomado resulta bastante indescifrable por la variedad de palos de ciego estilísticos que ha soltado; algunos, de hecho, ciertamente preocupantes: como el eurodisco veraniego de ‘Bibi the Dog’ y ‘Moon Crystal’ o el pop Disney de ‘For the Kids’, ‘Atlantique Sud’ o ‘Tension’. Porque más allá de que nos guste o no su nueva fórmula, si es que podemos definirla y concretarla ahora, el problema reside en la paulatina pérdida de identidad de un artista que parece diluirse en el enorme océano del mainstream, arrastrado por mareas de efectismos estándar y por una inspiración simplista y empobrecida.

Pero bueno, tratemos de aferrarnos a algo. Hagamos otra prueba. Si unimos los puntitos de sus cuatro o cinco temas aislados que son medianamente salvables podríamos hacer un dibujo banal y la proyección del destino estético al que podría estar encaminándose ahora M83. La estrafalaria monumentalidad pop ochentera de ‘Do It, Try It’, la más clásica –apoyada en efectivos vientos– de ‘Solitude’, la elasticidad de ‘GO!’, la elegancia casi baladista –también ochentera– de ‘Walkway Blues’, y la accesibilidad de ‘Time Wind’ deberían ser los elementos regidores de su nueva fórmula, los característicos como coordenadas de avance, pero en realidad resultan hechos aislados: escasas buenas ideas en medio de un conjunto de despropósitos. Si esa fuera la deriva, concluiríamos que Anthony González ha hinchado en exceso el globo de su estilo y que lo ha acabado pinchando de tanto engarzarlo; además, su discurso estético ha descendido de las estrellas a las calles, y ahora parece inspirarse más en la variedad e imperfección del hombre y su medio que en la perfección de lo (sobre)natural. Dicho esto, echaremos de menos a ese M83.

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