06/07/2016

Crónica del histórico concierto del grupo canadiense en Barcelona ante 2.500 afortunados.

Suele decirse, y con razón, que la escena musical independiente ha adoptado muchos de los tics, mecanismos y manías de lo que se conoce como mainstream. Y si bien es totalmente cierto que muchos de estos grupos de primera línea no tienen nada que envidiar en cuanto a repercusión e ingresos a las grandes estrellas, también lo es que algunos conservan al menos una chispa de lo que en su día fueron, cuando trataban de abrirse camino entre tantos otros con medios limitados. En esas coordenadas actuaron Arcade Fire en el Primavera Sound 2005, cuando acababan de publicar su debut en el sello Merge, y a esa atmósfera nos trasladaron ayer en una noche absolutamente histórica en la sala Razzmatazz de Barcelona, en la que dos mil y pico afortunados pudimos ver a una de las bandas más grandes del mundo en un recinto que se les queda diminuto desde hace años. Su primer concierto, además, desde que en agosto de 2014 cerraran la gira de Reflektor. En pocas ocasiones confluirán tantos factores irrepetibles.

Y si alguno de los asistentes albergaba dudas acerca de cómo iba a ser el concierto (recordemos, planteado como un regalo y como una suerte de calentamiento antes de su paso por el Bilbao BBK Live 2016 este jueves y el NOS Alive 2016 el sábado), la irrupción en el escenario de los canadienses con las luces apagadas y las primeras notas de la colosal ‘Ready To Start’ dejó claro que no íbamos a ser conejillos de indias de nada, y que los de Win Butler saldrían a hacer un concierto como si sus vidas dependieran de ello.

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Pero claro, nadie estaba preparado para lo que vino inmediatamente después: un despliegue arrollador que encadenó como quien no quiere la cosa ‘The Suburbs’ (primera y segunda parte), una ‘Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)’ en la que vimos brillar como de costumbre a Régine Chassagne, y nada menos que ‘Reflektor’ y ‘Afterlife’. Así, sin avisar. Y si algo permitía la oportunidad era fijarse en los detalles: en que Owen Pallett, invitado de lujo de la troupe, hacía gala de sus prodigios de un lado a otro del escenario; en la sección de vientos, percusiones y violines que se inmiscuían en los huecos sobrantes (otra cosa es que la sala Razzmatazz pudiera albergar una paleta sonora tan rica; se quedó a medias); o en que Win Butler cerró los ojos y parecía que rezaba mientras cantaba la parte de David Bowie en ‘Reflektor’: “Thought you were praying to the resurrector”.

Arcade Fire se plantaron dispuestos a darnos todo lo que queríamos, incluso por encima de lo que nosotros mismos deseábamos. Y por encima de nuestra propia condición física y capacidad de emoción, también. Y es que hasta la parte central y reposada del set, tradicionalmente el lugar para bajar revoluciones y aportar un poco de sosiego, no dio tregua: ‘We Exist’ y la eufórica ‘Normal Person’ encadenadas, ‘Keep The Car Running’ como si fuera un tema menor y una ‘Intervention’ en la que fue difícil mantener la compostura. Probablemente la única sorpresa del concierto (más allá de que lo chocante que supuso tal retahíla de hits sin contemplaciones) llegó con ‘My Body Is A Cage’ (corte que cierra Neon Bible), punto de inflexión definitivo con su inicio casi a capella y su posterior explosión, por si alguien había osado relajarse.

A estas alturas, y a sabiendas de que todavía faltaban los verdaderos clásicos por llegar (Funeral mediante), el concierto podría haberse acabado y nadie habría reprochado nada al grupo. Tal fue la entrega de la multitudinaria banda, reflejada perfectamente en los chorretones de sudor de Butler, su hermano Will, Richard Reed Parry y Tim Kingsbury (Jeremy Gara a la batería seguro que el que más, pero no se le veía con tanta población; Régine, como siempre, seguía impoluta). Pero si Arcade Fire se suben al escenario es para no dejar nada en pie y a partir de entonces, con las primeras notas de piano de ‘We Used To Wait’, la sucesión de himnos fue casi excesiva: una ‘No Cars Go’ que por poco se lleva la palma a momento de la noche, la imprescindible ‘Haiti’ en la que tanto seduce Chassagne, la preciosa y simbólica ‘Neighbourhood #1 (Tunnels)’ (contigo empezó todo en 2004), y esa monumental ‘Neighbourhood #3 (Power Out)’ que entre tanta excitación incluso supo a poco. Especialmente si después tocaba vivir una ‘Rebellion (Lies)’ indescriptible en la que Will Butler acabó arrancando la zapatilla a una chica del piso superior entre el público para aporrear su tambor con ella como un salvaje. Sobran las palabras.

 

Todavía quedaba, sin embargo, la estocada final. ‘Here Comes The Night Time’ llegó como una liberación para cerrar el concierto. Caótica liberación para todos, porque entre los cabezudos que hicieron acto de presencia y el delirio colectivo, la canción empezó completamente desacompasada. A nadie le importó, y poco a poco fue recobrando su rumbo para acabar desembocando en el emocionante tramo final, con confeti y luces de colores para contrarrestar esa llegada de la noche que la letra apunta. Y ya después, en el bis, con ese canto a la esperanza que es ‘Wake Up’, el resto fue historia.

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No sería justo comparar este concierto con cualquier otro que Arcade Fire puedan dar a estar alturas, o hayan dado en los últimos años, igual que tampoco lo hubiera sido hacer lo propio con el concierto de LCD Soundsystem en la sala BARTS dos días antes de su paso por el Primavera Sound 2016. No sería justo porque no es una opción, se trata de anomalías que muy de vez en cuando ocurren (en Barcelona hemos tenido dos y de gordas en apenas un mes, somos afortunados) y que simplemente hay que aprovechar como lo que son: conciertos verdaderamente irrepetibles, regalos inesperados de grupos que todavía conservan esa chispa pese a todo lo que les ha ocurrido. Esperemos que cada vez haya más. Porque en un festival, un concierto de Arcade Fire es un acontecimiento maravilloso en el que la euforia se funde con la comunión colectiva. Pero ayer, en Razzmatazz, en 2016, fue el concierto de nuestras vidas.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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