27/06/2016

En una semana cargada de eventos que apuntan un cierto giro a la derecha tanto en el Reino Unido como en España. Artículo de opinión.

Al leer la pieza de Pablo Luna en este mismo medio, que apunta al desafecto de la clase obrera británica con el proyecto europeísta y la reacción entre escandalizada y dolida de artistas del calibre de PJ Harvey,  Dev Hynes o Damon Albarn, cabe preguntarse cuál es el rol del pop en el contexto político actual, especialmente en una semana tan cargada de eventos que apuntan un cierto giro a la derecha tanto en el Reino Unido como en España. En el caso británico cuesta encontrar a músicos que se posicionaran a favor de la salida de la Unión Europea: el status quo entre los artistas de éxito es apoyar ciegamente el europeismo, ya sea por convicción personal o por aquello de que les viene estupendamente la libre circulación para hacer giras que vayan más allá de su circuito patrio. Esto coincide con una de las conclusiones que politólogos y analistas se han apuntado tras darse a conocer el referéndum: el voto pro “remain” ha sido el voto de la clase media urbana, acomodada y formada, con “algo que perder“, frente a una clase obrera cada vez más depauperada y recluida en ciudades postindustriales medianas añorando la “merry England” o, al menos, la seguridad de un trabajo industrial fijo.

En el caso del Reino Unido conviene echar la vista atrás. En uno de esos momentos tan resobados por los ensayistas que se basan en el paradigma de los estudios culturales (saludos desde aquí a Stuart Hall, que Dios lo tenga en su gloria) el pop británico ya se levantó en armas contra el gobierno allá por los 80. Liderado por el eterno Billy Bragg y apoyado por gente tan variada como Paul Weller, los Smiths o Spandau Ballet, el colectivo Red Wedge fue un intento de apoyar al partido laborista en su intento de sacar de poder a la inefable Margaret Thatcher, la tan fetichizada líder de los Tories. Pese a las buenas intenciones y encomiable entusiasmo de un grupo de músicos de talento, tanto el colectivo como el partido laborista de Neil Kinnock se dieron una notable hostia en los resultados, Thatcher salió tan campante, y los músicos que formaban parte de Red Wedge fueron ridiculizados hasta la náusea, descritos por la prensa menos afín como una pandilla de lunáticos millonarios arrogantes que se creían por encima de la “gente normal” y se permitían la arrogancia de darle consejitos al populacho sobre a quién votar. Comparado con el notable éxito que había tenido en los 70 el movimiento del rock contra el racismo (que consiguió ayudar a marginalizar al National Front y promover el antifascismo) esto fue un duro golpe al pop inglés más combativo y un triunfo del pop yuppie. No en vano, un joven David Cameron echaba las horas mientras tanto escuchando a Phil Collins. No era casualidad. Recientemente intentaba vender que adoraba a los Jam y a los Smiths, con virulenta reacción de los artistas mencionados.

La historia parece repetirse, en cierto modo. Los 90 para el pop británico fueron momentos de entusiasmo y decepción con respecto a la política. A mediados de los 90, con la explosión del britpop, las toneladas de cocaína y el entusiasmo compartido por la vuelta del laborismo al gobierno fructificó en estampas que daban a entender que el público, las estrellas pop y los políticos se entendían mejor que nunca, como la inolvidable visita de Noel Gallagher a 10 Downing Street. El entusiasmo se fue disolviendo rápido, pero creó en buena parte de una generación un desmedido orgullo patrio que unido a vestigios imperialistas y la desafección de las clases obreras fue engendrando un sentimiento de rencor hacia lo europeo y, en general, a todo lo extranjero. Si uno se da un paseo por los comentarios en Facebook y Twitter de las noticias que hablan sobre la opinión de los músicos sobre el brexit es habitual encontrarse con gente que pide a los músicos que, básicamente, se metan la lengua por el culo y dejen de evangelizar desde sus acomodadas mansiones del centro de Londres acerca de los designios de la clase obrera. El brexit ha visibilizado el abismo que hay entre buena parte de los (¿otrora?) fans y los músicos. Lo más peligroso, en este caso, es el discurso puramente xenófobo que ha abanderado la campaña del leave, y que ha dado alas a antiguos militantes del BNP y demás partidos filonazis a la hora de mostrar lo más miserable de su ser. Los ideales del National Front contra los que se rebelaban los Specials o los Clash (y junto a ellos miles de británicos) son más visibles hoy que nunca.

En España, siendo el contexto completamente distinto, se pueden apreciar reacciones similares. Pocos momentos hubo de mayor corporativismo en la música popular que la famosa campaña de la ceja de Zapatero, en la que un coro celestial formado por el grupo Prisa, y artistas afines al PSOE como Serrat o Miguel Bosé se volcaron en defender el proyecto del leonés. Se puede decir que provocó un cierto efecto bumerán, y esta campaña fue uno de los ejemplos más descarados de lo que los teóricos se han empeñado en llamar Cultura de la Transición (o CT)concepto que surge en paralelo a las protestas del 15M como necesidad de abarcar la cultura “oficial” apoyada desde los medios mayoritarios y instituciones oficiales. El concepto CT y la política cultural de Podemos, así como la evolución estilística de sus músicos afines, que oscilan entre el indie, los cantautores, el punk y el mestizaje, están imbricados de tal manera que no es difícil pensar que forman, en cierto modo, un todo, un momento de la historia musical española y su relación con la política, con sus luces y sus sombras. El resultado electoral ha sido claro, y no muy distante de lo ocurrido en Inglaterra. A pesar de las apelaciones al “pueblo” y a la “gente” en el discurso de Podemos, las mayorías siguen votando a los dos partidos centrales de la famosa CT, que demuestra tener siete vidas y aguantar los embistes de las alternativas. Al fin y al cabo, mientras Nacho Vegas toca en teatros, Sabina sigue llenando polideportivos. Como en el Reino Unido, sigue habiendo una desconexión, un abismo, entre artistas y público.

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