21/06/2016

Crónica de la primera edición del festival madrileño, nacido para triunfar.

En el documental que relata la reunión de Crosby, Stills, Nash & Young en 2006, David Crosby aseveraba que la primera superbanda de la historia no era una democracia sino una dictadura benévola a cargo de Neil Young. Se podría decir que la dulce tiranía del canadiense se ha convertido en una bendita paternidad en la que los componentes de Promise of The Real, la banda de Lukas Nelson, hijo de Willie Nelson, viven el sueño de acompañar a una de las mayores leyendas vivientes, sino la mayor a juzgar por lo visto en Madrid.

Porque cuando el autor de Harvest decidió, tras interpretar en solitario canciones como ‘After The Gold Rush’ o ‘Heart of Gold’, dar paso a su séquito, todas las miradas obedecían a los impulsos con los que Young diseñó una actuación que ya es parte de la memoria de la capital. Del intimismo inicial a la hipnótica eternidad con la que expandió clásicos como ‘Down By The River’ o ‘Alabama’, Young ejerció su magisterio rock de forma idílica, generando descomunales pasajes instrumentales, obviando el aneurisma que padeció hace una década, reviviendo el sueño hippie en el que siempre ha estado involucrado y reivindicando su catálogo como uno de los legados más sólidos y vigentes de la historia de la música.

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Armado con la guitarra eléctrica, el canadiense quiso endurecer su cancionero, y mostró su carácter más indomable en una inolvidable ‘Words’ dejando en un segundo plano la vertiente más reflexiva de su cancionero y promoviendo la participación de las canas y barbas más añejas en ‘Like a Hurricane’. Convirtió en realidad su incontinente deseo de generar un éxtasis comunal cuando sonó el himno ‘Rockin in a Free World’: una nueva eternidad, otro recuerdo indeleble. Solo los elegidos pueden romper las reglas y tras un intento de despedida respondido con absoluto inmovilismo, decidió regalar su último abrazo en forma de recuerdo de la era de las flores con ‘Love & Only Love’. Y aunque prescindió de una maravilla como ‘Harvest Moon’, hizo cierto aquello de hacer de una noche un sueño.

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Tras la irrupción de Young, el resto de la entrada del Mad Cool Festival 2016 puede ser tildado de generoso regalo. La primera edición del festival tuvo sus sombras y sus luces. Las primeras marcadas por los difíciles accesos a los escenarios cubiertos, las eternas colas y el sonido deficiente por la escasez de torres de sonido en los principales. Las segundas, la voluntad de que en condiciones cerradas no hubiera excesivos ecos y la garantía de un cartel bien diseñado para un certamen que debería crecer, cambiar de espacio y comenzar a acortar las abismales distancias que separan a Madrid de Barcelona en esto de la música.

Una buena forma de reducirlas era la presencia de The Who en lo que para muchos podía ser la única oportunidad de ver a los padres mod. La repercusión de los británicos es indiscutible y vivir himnos como la inicial ‘Can’t Explain’ o ver a imberbes desgañitándose mientras suena ‘My Generation’ es motivo suficiente para entender su trascendencia. Acompañados por unas visuales magnéticas, Pete Townsend mostró que la edad ha hecho menos mella en sus extraordinarias habilidades sobre la guitarra e incluso en su voz que en la de Roger Daltrey, que necesitó tiempo para ajustar sus cuerdas vocales. El mito se engrandeció cuando sonó la bellísima ‘Behind Blue Eyes’ y al cierre de su soñada presencia con ‘Baba O’ Riley’ y ‘Won’t Get Fooled Again’. Es cierto que los años no pasan en balde, pero The Who retrasan su particular tiempo de la decadencia.

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Pese a su mayor juventud, algo peor han envejecido The Prodigy. En otras visitas a España, se les vio con todo el vigor que se le supone a una banda pionera de la electrónica de los 90 que cuenta con cúspides como Experience. Siguen siendo una garantía para destrozar una pista de baile pero empiezan a parecer algo caducos, sin despertar pasiones más allá de los estertores de ‘Firestarter’ o ‘Smack My Bitch Up’. Además de The Who, las perennes garantías británicas estuvieron mejor representadas por Editors y Garbage. Los primeros, con un colosal Tom Smith que, junto a los suyos, hizo un concierto similar al de la Riviera de hace unos meses en un entorno más adecuado para la categoría de su cantante y, esta vez sí, olvidando su versión unplugged y dando toda su dimensión a ‘Smokers Outside The Hospital Doors’, cuya onda expansiva se alargó con ‘The Racing Rats’ o ‘Papillon’. Pese a la laxitud de su último trabajo, aun así con joyas como ‘Ocean of Love’, son arrebatadores sobre las tablas. Garbage están intentando levantar el vuelo con su meritorio Strong Little Birds, del que prácticamente prescindieron protagonizando su actuación con clásicos como una temprana ‘Stupid Girl’, la contundencia del riff de guitarra de ‘Why Do You Love Me’ y una impulsiva y a veces excesiva Shirley Mason.

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Mucho mejor se adecuó a su papel de femme fatale Alison Mosshart. Inmensa al frente de The Kills y en un escenario que padecía una molesta reverberación por la falta de público, la cantante superó las dificultades e iluminó al lado más sórdido de Londres al lado de su compañero de fatigas y ex de Kate Moss Jamie Hince. Pese a sacar del baúl recuerdos deliciosos como ‘U.R.A Fever’ o ‘Black Balloon’, la provocación y las sacudidas de Mosshart hicieron que relucieran canciones con las que han construido su último regreso como ‘Doing It To Death’.

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Aunque su pop sea más etéreo, Django Django han abandonado la timidez con la que interpretaban de riguroso blanco su excelente debut y ahora se aproximan a la feliz algarabía de Cut Copy o Hot Chip, algo que ha mermado en unos Two Door Cinema Club algo más previsibles, pero que garantizan una madrugada bailonguera con hits como ‘Something Good Can Work’ o su nueva y otra vez juguetona ‘Are We Ready?’. A eso de mover el esqueleto con una dosis de emotividad juega Dan Snaith con Caribou. Siempre apetece repetir con el canadiense, al que no pudo ver la multitud que se quedó a las puertas, y siempre agrada, pero está extendiendo en exceso las mieles del éxito de su delicioso ‘Our Love’ y empieza a dejar una sensación de deja vú. Aunque no nos engañemos: dispara ‘Can’t Do Without You’ o ‘Sun’ y todas las reticencias pasan a un segundo plano. Salió al escenario justo después de poder comprobar que León Benavente representan ahora mismo lo mejor del pop rock nacional viendo tan solo su interpretación de su excelso ‘Ser Brigada’, de nuevo por los atascos en las entradas.

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Hay una regla de oro, ajena a cualquier grito racista, y que reza algo así como ‘ponga a un negro sobre el escenario y olvídese del resto’. Un majestuoso Michael Kiwanuka se presentó con una banda de seda y vitalizó lo mejor del soul de los sesenta como si formara parte de esa década. Haciendo una absoluta delicia de ‘One More Night’ o ‘Home Again’ huyó de recursos bisoños y redujo el ritmo intensificando emocionalmente su sobresaliente ‘Black Man In A White World‘. Su paso por Madrid solo puede ser calificado de sublime, casi a la misma altura estuvo Gary Clark Jr. con su blues incombustible y sus reminiscencias a figuras como Jimmy Hendrix o John Lee Hooker. El Mad Cool presentó unas buenas credenciales. Hay que darle tiempo y tener esperanza para que se consagre como una realidad.

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Foto. Carlos García Onetti   Conciertos. Festivales
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