05/05/2016

Crónica del primer concierto sorpresa que ofreció Pete Doherty esta semana en Barcelona: una experiencia decadente de realismo mágico.

Podríamos decir que la experiencia vivida la noche del martes en Sidecar guarda ciertas similitudes con el realismo mágico, movimiento literario hispanoamericano que se caracteriza por introducir en la realidad ciertos elementos extraños o irreales, narrándolos de forma verosímil –perdonen la explicación de la referencia–. No se puede negar que un concierto sorpresa de Pete Doherty tiene algo de mágico, incluso en aquellas ocasiones en las que la decadencia física y mental del artista se manifiesta con más plenitud. Por este motivo, del concierto en sí se podría haber esperado lo que sucedió o bien todo lo contrario. La cuestión es que Pete estuvo allí, en una pequeña sala, tocando ante 200 personas ávidas de compartir unos minutos con el icono rock para luego regresar a sus vidas con una experiencia emblemática que contar. Ahora bien, difícilmente podemos hablar aquí de alta literatura.

En cuanto a lo puramente musical, el principal elemento mágico e inesperado lo encarnó sin lugar a dudas un tal Steve Smyth, una suerte de telonero solo ante el peligro cuya voz emula con bastante gracia los graves desgarros de Tom Waits, las rugosidades de Roy Orbison y un falsete casi robado de Jeff Buckley. Pese a que un servidor habría preferido quedarse escuchándole a él durante el resto de la velada, el personaje protagonista de este cuento entre mundano y fantástico es otro, y los fans esperaron con una mezcla de justificada enervación y alborotada paciencia para ver a Pete Doherty, quien pese a un largo retraso fue recibido con el entusiasmo abrasador que merece el producto predilecto de la mitomanía.

Acompañado por Drew McConnell, el bajista de Babyshambles, además de otros tres músicos a la batería, al acordeón y a los teclados, el set escogido fue de todo menos glorioso para una sala sedienta de hits desenfrenados. Su guitarra incluso estuvo largo tiempo desenchufada, y la química entre la banda fue menos que nula. Pero poco o nada importaba qué estuviese sonando. El público quería verle a él cerveza en mano, sudando, con cierta actitud de desdén y, a poder ser, respondiendo a sus ovaciones o aportando alguna que otra reliquia personal para enmarcar o vender en eBay. Sin cohesión alguna y con reiterados problemas técnicos, sonaron con desgana ‘You’re My Waterloo’ del álbum más reciente de The Libertines, ‘Albion’ de Babyshambles y un puñado de canciones extraídas de su disco en solitario, Grace/Wastelands, que junto con otras canciones desconocidas por la mayoría alargaron el concierto hasta unos escasos 45 minutos. La desaparición del artista también fue mágica, sin bises ni nada.

Un vídeo publicado por Indiespot (@indiespots) el

Ayer Pete estuvo y no estuvo, pero el público, durante unos minutos, rompió con la realidad de Barcelona y, en un pequeño local de la plaza Real, se abrió una puerta a lo insólito. Una pseudoficción que sin embargo algunos recordarán como una experiencia real y tangible para enmarcar y contar. Porque Doherty viene a ser un anacronismo contemporáneo, una desgarradura en la figura del héroe musical perfecto, y como en las historias del realismo mágico, la muerte cobra una especial presencia en las asociaciones que nuestro imaginario colectivo hace de su trayectoria. Aunque ni resucita ni se convierte en fantasma, a veces realiza apariciones inesperadas y aleatorias –fruto de un pronunciado sentido del libre albedrío– como si fuese la cosa más natural del mundo. El resto del tiempo sigue siendo ese póster medio roto colgado en la habitación.

Cuentan que ayer por la noche reapareció a la misma hora en el mismo sitio, a pocos días de su concierto con The Libertines en el SOS 4.8 de Murcia. Espero que todos los afortunados que pudieron conseguir una entrada para esa segunda oportunidad llegaran a tiempo para escuchar al telonero.

Publicidad

Foto. Xavi Torrent   Conciertos
Publicidad