17/04/2016

Crónica del concierto de Florence Welch en Barcelona: un abrazo colectivo.

Hacía seis años que Florence + The Machine no actuaban en Barcelona, desde que en 2010 lo hicieran curiosamente dos veces, primero en la sala Bikini y después en el Primavera Sound. Se hace comprensible, por tanto, la expectación generada por Florence Welch, capaz de congregar a cerca de 10.000 personas en el Palau Sant Jordi gracias a la popularidad de sus dos últimos discos, Ceremonials y How Big, How Blue, How Beautiful, que han disparado su repercusión a nivel mundial como solo sucede en muy contadas ocasiones.

Pero se hace perfectamente comprensible, especialmente, viendo la relación que Florence establece con su público desde el minuto uno. Más allá de sus canciones, piezas de pop-rock épico con tintes soul y mucha intensidad vocal que a quien escribe esto convencen sin llegar a emocionar, Welch ha sabido conectar con sus fans a través de una extrema naturalidad y una suerte de intensidad neo-hippy que no la aleja mucho del fenómeno Lana del Rey (en coordenadas distintas, claro). Sin ir más lejos, la protagonista anoche se dio un paseo repartiendo besos y abrazos por la primera fila del público antes siquiera de subir al escenario, al cual llegó de puntillas y descalza.

Son elementos que pueden parecer secundarios pero que entroncan con su filosofía: la aproximación emocional a la música, con un marcado sentido teatral y la apuesta por la grandiosidad a nivel instrumental (aunque también cuente con su contrapunto íntimo) y lírico (el amor y el desamor como respuesta y explicación a todo). Welch ha explicado que cuando tenía 13 años y sus padres se acababan de divorciar, pasaba muchas horas encerrada en su habitación bailando, y verla encima del escenario corriendo de una punta a otra y dando giros sobre sí misma mientras interpreta sus canciones le hace pensar a uno que, en cierta manera, lo que Florence hace es abrirle al público esa habitación ajena al mundo.

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La clave de todo está en la combinación de espontaneidad y misticismo, y en arranques fulminantes como el de anoche con ‘What The Water Gave Me’ y ‘Ship To Wreck’: potencia vocal controlada con arranques emocionantes, una banda precisa a sus espaldas (con 2 coristas y sección de vientos) y esa energía desbordante que –comprensiblemente– va decayendo con el paso de las canciones. Pero es totalmente normal, porque Welch encima del escenario es un terremoto absolutamente hiperactivo, que a la tercera canción ya pide al público de las gradas que se ponga en pie y a los del público que se suban a hombros, y en la cuarta (la eufórica ‘Rabbit Heart (Raise It Up)’) ya se abalanza a las primeras filas para cantarla entre más abrazos.

Tal es el nivel de comunión que hay una niña en primera fila que lleva una pancarta dedicada a una de las integrantes de la banda. ¡No a Florence! De forma improvisada, Welch la hace subir, y la niña se va directa a abrazar a la destinataria de su pancarta, para solo después acercarse a Florence y hacer lo mismo. El momento tiene un punto de surrealismo (tierno), máxime si tenemos en cuenta que no hemos podido siquiera encontrar el nombre de esta corista/integrante de la sección de vientos por mucho que lo hemos intentado. (Nota: nos han indicado después que su nombre es Bjork).

Con todo, Welch aprovechó este momento para difundir su mensaje: “Gracias por el amor que nos das, que nos dais todos”, dijo. “Pero guárdate un poco para ti, dedícate un poco de ese amor porque tienes mucho dentro de ti”. Y se frotaba con fuerza la parte izquierda del pecho.

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Es esa clase de discurso el que hace de Welch una artista tan querida, y al mismo tiempo la que también la sitúa en el filo del misticismo excesivo y algo naïf, si bien siempre suena bienintencionada y sincera. El tono del concierto, y el de su discurso, podría resumirse perfectamente en el título de su último disco, How Big, How Blue, How Beautiful, como ella mismo explicó anoche. Hace referencia al difícil periodo que pasó al terminar la gira de Ceremonials, y que dio como fruto este tercer álbum, y define la grandeza, la tristeza y al final la embriagadora belleza que sus canciones desprenden. Todo a la vez o por fases, da igual. El tema titular, colocado en medio del concierto junto con ‘Long & Lost’ y ‘Mother’, inició un pequeño bajón de revoluciones en el set, que aunque necesario, se hizo algo largo y escenificó el desgaste físico (y vocal) de Florence, hasta que llegó la maravillosa ‘Queen of Peace’, que reanimó la noche, seguida de una ‘You’ve Got The Love’ que fue uno de los (esperados) puntos álgidos. Y que de nuevo nos llevó al tema central de todo: el amor.

Para la ya eterna ‘Dog Days Are Over’, probablemente su canción emblema todavía, la premisa fue clara: quitarse una prenda de ropa como símbolo de liberación entre llamamientos al amor y la paz. El portentoso tema, que Florence domina y moldea a su antojo en sus múltiples idas y venidas, sonó tan colosal que hasta se comió el bis, con una ‘What Kind of Man’ que no lució especialmente pese a su potencial de grandes recintos, y una final ‘Drumming Song’ en la que las fuerzas ya flaqueaban. Daba igual: el vaciado físico y emocional de Florence encima del escenario había concluido.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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