10/02/2016

Repasamos lo que ha supuesto el éxito de Alex Turner y los suyos.

A principios del siglo XVI hubo una epidemia rarísima en la bella y tristísima ciudad de Estrasburgo. Empezó con una mujer que se puso a bailar espontáneamente en medio de una plaza. A los pocos días se habían unido decenas de personas, todas ellas incapaces de dejar de bailar sin razón aparente. Al mes eran cientos, y llegó a haber muertos, por agotamiento, o por paros cardiacos. Está documentado como uno de esos escasos momentos de alucinación colectiva en los que la gente pierde los cabales y se deja llevar por histerias irracionales. En 2006 hubo otra. Tras unos años de constante flujo de bandas británicas exitosas (desde los Libertines a Bloc Party pasando por Franz Ferdinand) unos pipiolos de Yorkshire parecían destinados a, de repente, convertirse en el grupo definitivo del rock inglés. Y esta vez no fue un asunto que le preocupaba a cuatro adolescentes acneicos. En 2006 los Arctic Monkeys eran un asunto de estado en Albión. Llegaron, antes de publicar su LP de debut, a encabezar en dos ocasiones la lista de singles de UK. Todo el país bailaba ‘I Bet That You Look Good on the Dancefloor‘, incluso los alérgicos al rock y la distorsión. Este hecho, que parece trivial, no lo es si atendemos a lo que vino después. Prácticamente ningún grupo de guitarras británico (las sanas excepciones son el ‘Ruby‘ de Kaiser Chiefs y alguna excreción de Razorlight) ha vuelto a encabezar esa lista. Lo que parecía la cumbre de una época se convirtió en el principio del fin.

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¿Era el disco digno de la locura colectiva a su alrededor? Hay poco que achacarle. Está en un punto intermedio entre el revival del post-punk que triunfaba en la época y la tradición británica de pop narrativo que parte de Ray Davies y pasa por Paul Weller. Era un chaval contando su vida con una agudeza y un humor envidiables, extrema sensibilidad (‘Mardy Bum‘, que con los años se ha convertido en una de esas canciones que todo-dios-se-sabe en las islas británicas, es de una ternura que desarma)  y capacidad de análisis sociológico. Había procesado a los clásicos ya mentados, pero también había entendido que el grime había sido parte esencial de la música de su país: en ‘From the Ritz to the Rubble‘ están los fraseos y la mala hostia de Mike Skinner. Para más inri tocaban con un virtuosismo impropio de la edad. En ‘A Certain Romance‘ –y en general en todo el LP– Matt Helders, epítome del batería con pegada y pocas pretensiones, era capaz de abrumar. Lo tenían todo, en 2006. Y obviamente el país estaba encantado. El Reino Unido tenía una nueva causa que abanderar, como abanderaba a Oasis en 1996 o a los Stone Roses en el 89.

andy

El problema vino después. El disco pareció fagocitar al resto de grupos de guitarras de su alrededor. De repente todos querían ser los Arctic Monkeys. Cada semana salía un nuevo grupo que bebía de ellos, directa o indirectamente, chupando rueda. The View, The Enemy, The Twang… Eran a cada cual grupos más terciarios, con menos ideas propias, capacidad lírica o canciones memorables. Los propios Arctic Monkeys parecían inseguros de qué camino tomar. Favourite Worst Nightmare era un disco notable, continuista en cierta medida, pero dubitativo. Los vientos mediáticos viraban en aquel momento hacia otros sonidos (la etiqueta aquella de “nu-rave” donde cabían grupos como KlaxonsCansei de Ser Sexy, Dios los tenga en su gloria), pero los monos supieron seguir un ritmo de trabajo estajanovista, sin caer en el error de los Stone Roses tras su debut y no perder la relevancia. Los grupos de su alrededor fueron cayendo lentamente en el ostracismo, mientras que ellos más o menos consiguieron mantener el trono del rock británico, ya fuera con discos que parecen declaraciones de intenciones (Humbug es casi el estereotipo del disco #maduro que busca la autenticidad rockera) o con concesiones a la sentimentalidad (Suck It and See, posiblemente el álbum donde la habilidad compositiva de Alex Turner raya a más altura). Siempre fueron conscientes de lo que hacían, incluso en su última reconversión a grupo americanoide y hipersexuado en AM. Se puede discutir que han abandonado lo que mejor se les daba (el pop sociológico británico, que es un subgénero en si mismo), pero no que han sabido adaptarse a los tiempos. Convertido en una especie de Gene Vincent para chicas tumblr, Turner ha sabido hacer entroncar el rock con la rítmica del r’n’b actual sin sonar a pastiche. Por eso cuando versionan a Drake aquello suena a tema propio.

Si ellos lo han hecho bien, no se puede hablar en términos tan positivos de los que ayudaron a auparlos. De la mitad de grupos de su generación no se sabe nada ya, y el medio estrella de la época (la NME) ha terminado siendo un semanario gratuito que se reparte en la Topshop y que prácticamente nadie toma ya en serio. Incluso en sus portadas los grupos de guitarras son minoría. Los grupos que la prensa intenta promocionar salen fatal (Palma Violets o Spector), regulín (los Vaccines, que nunca han acabado de dar el salto de popularidad que se esperaba de ellos) o directamente son otra cosa totalmente distinta (Royal Blood no podrían sonar menos británicos). La locura colectiva por las guitarras se terminó, y de esos grupos se habla más en la Mojo o diversas revistas nostálgicas, que en cualquier medio de actualidad. La idea de que una canción como ‘When The Sun Goes Down‘ sea número uno en las listas, o alcance 500 millones de reproducciones en youtube, roza lo imposible. Haría falta otra alucinación colectiva.

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