11/01/2016

En su último disco, el reciente Blackstar, el Duque Blanco se despedía del mundo.

Era el 8 de enero de 2013, coincidiendo con su 66º aniversario, cuando David Bowie protagonizaba uno de los retornos más sonados de los últimos años. El Duque Blanco llevaba diez años sin publicar disco, y el amago de infarto que sufrió durante la gira de Reality en 2004 le había alejado también de los escenarios. Para siempre. Apenas se había dejado ver en un par de momentos que pasarán a la posteridad, el primero de ellos con Arcade Fire (con una ‘Wake Up’ irrepetible) en 2005, y el segundo, y a la postre su última actuación en directo, un set de tres temas en el Hammerstein Ballroom de Nueva York el 29 de mayo de 2006, en el que cantó ‘Wild Is The Wind’, ‘Fantastic Voyage’ y ‘Changes’, esta última con Alicia Keys.

Ese día, el 8 de enero de 2013, Bowie empezó a despedirse, seguramente todavía sin saberlo, con la mirada atrás que suponía ‘Where Are We Now?’, preciosa canción de avance de su 24º disco, The Next Day, en la que se preguntaba dulce y serenamente dónde estaba ahora, lo cual junto a sus referencias a Berlín y con la ayuda del videoclip contribuía a evocar un Bowie que había vuelto rebosando candidez, dispuesto a reencontrarse.

Él, el hombre que había muerto y se había reencarnado tantas veces, que había transitado por todos los caminos imaginables, volvía de alguna forma a ser humano para firmar, en su disco número 24, un trabajo sólido, con poco riesgo pero intenso y enormemente disfrutable.

Y entonces, hacia finales del pasado 2015, ocurrió otra vez: había un nuevo disco de David Bowie en ciernes, y de nuevo aparecía la fecha del 8 de enero en el calendario. En su aniversario, el Duque publicaría su 25º álbum, llamado Blackstar (estrella negra). Y dos días después, aunque eso no estaba anunciado, moriría.

Entre ese anuncio y el día de hoy, Bowie nos ha dejado su última gran obra, una que no se limita solo a un último disco que ahora cobra un significado completamente nuevo, sino a todo lo que lo rodea. Nos referimos a la publicación de ‘Blackstar’, la delirante epopeya de casi 10 minutos en la que Bowie sonaba tenebroso, atormentado y místico como primer avance de este último disco. En su vídeo le veíamos con los ojos vendados, por momentos perdido, recitando frases como “I’m not a popstar / I’m a blackstar”. Pero nadie sabía que estaba luchando contra un cáncer, por lo que todo quedaba en el terreno de la fantasía, de la imaginación, del arte.

Igual que quedaba, si bien conmoviéndonos por su explícita crudeza, esa ‘Lazarus’ que a la postre sería el último single del artista, en cuyo vídeo ya aparecía en la cama, agonizante, cuyo título se valía del personaje bíblico de Lázaro de Betania (“su nombre es utilizado frecuentemente como sinónimo de resurrección”, dice Wikipedia), y cuya primera frase, ahora demoledora, reza “Look up here, I’m in heaven / I’ve got scars that can’t be seen” (“Mirad arriba, estoy en el cielo / Tengo cicatrices que no pueden verse“). Y puede que hasta una despedida final: “Oh, I’ll be free / just like that bluebird / Oh, I’ll be free / Ain’t that just like me?”.

No es una coincidencia macabra del destino, ni un artista que en su madurez empieza a ver la muerte, todavía lejana, al acecho: es su regalo de despedida. Con estas mismas palabras lo detallaba Tony Visconti, su colaborador eterno: “Su muerte no ha sido distinta de su vida: una obra de arte. Hizo Blackstar para nosotros, es su regalo de despedida. Supe durante un año que esto iba a pasar. No estaba, sin embargo, preparado para ello. Era un hombre extraordinario, lleno de amor y vida. Siempre estará con nosotros. Pero ahora es apropiado llorar”.

La realidad ha querido que fuera un 10 de enero, dos días después de cumplir 69 años y de que el mundo pudiera escuchar Blackstar, su despedida, cuando David Bowie se fuera.

La realidad también ha querido que hoy, un día después de su muerte, fuera el día escogido desde hace meses para que se pusieran a la venta las entradas del concierto de homenaje que tendrá lugar en el Carnegie Hall de Nueva York el próximo 31 de marzo, con The Roots, el propio Tony Visconti, Cyndi LauperJakob Dylan y The Mountain Goats, entre otros, homenajeado al Duque. Un homenaje que pasa a ser póstumo.

Decir adiós sin que nadie sepa que lo estás haciendo. Como hizo de forma personal con Brian Eno, que hoy ha explicado que el último mail que recibió del Duque Blanco, hace apenas una semana, terminaba diciendo: “Gracias por nuestros buenos momentos, Brian. Nunca se pudrirán”. “Ahora me doy cuenta de que se estaba despidiendo“, dice hoy Eno.

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Todo estaba planeado, una vez se dio cuenta de que el desenlace estaba cerca. Blackstar de David Bowie no es solo otro disco valiente, inconformista y arriesgado –quizá el que más– del artista británico; es una obra creada para que sea plenamente comprendida cuando él ya no esté. Afrontar una creación así con esta lucidez, serenidad, y con tanto respeto por el arte, los fans y la propia vida tiene mucho de sobrecogedor. De extraterrestre, si se quiere. Solo está al alcance de alguien que se ha ido y regresado muchas veces.

Puede que hasta la reciente interpretación del actor Michael C. Hall en un programa de televisión norteamericano, precisamente de ‘Lazarus’, también formara parte de todo ello. Como si Bowie nos estuviera diciendo: yo no estoy físicamente aquí, pero mis canciones pueden estarlo. “Mirad arriba, estoy en el cielo”.

Su mayor regalo también ha sido el más amargo castigo, ya que perder un artista tan lúcido, tan presente no solo en nuestra historia sino en nuestro día a día, todavía duele más. Hoy el mundo entero ha llorado a David Bowie. Por su vida, por su muerte, por su legado. Y, porque, nos nos engañemos, como ha dicho Yannis Philippakis, “todos pensábamos que estaría con nosotros para siempre”.

Benjamin Schwartz para New Yorker

Ilustración de Benjamin Schwartz para The New Yorker

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