18/12/2015

Segunda y definitiva parte del repaso a los discos para resumir un año de música.

DESCUBRE AQUÍ LOS MEJORES DISCOS DE 2015: DEL 75 AL 41.

40. Sleater Kinney – No Cities To Love

Sleater-Kinney

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Con representantes como Joanna Newsom, Courtney Bartnett o la propia Björk, el género femenino tiene asegurada su cuota en lo más alto de la escena actual. No ocurría lo mismo cuando el paso lo marcaban grupos como Nirvana, Mudhoney o Soundgarden. Fueron diversas bandas de mujeres las que lucharon por reivindicarse mientras la atención la copaban barbas desgreñadas. Las que mejor plantaron la batalla con discos imprescindibles como Dig Me Out o Call The Doctor fueron Sleater-Kinney. Quizá por eso su vuelta suponía una de las noticas más reconfortantes del año. Y las estadounidenses no han decepcionado. Al inconformismo que abre con el alegato anticapitalista de ‘Price Tag’, el cuarteto ha añadido una superficie sonora menos rugosa que en el pasado pero tan contundente y camorrista como para dejar el riff de ‘Surface Envy’ o el estribillo aterciopelado tras la tormenta instrumental de ‘A New Wave’. Diez años en silencio que las han convertido en señoras con tachuelas y espíritu punk que sobre las tablas también han sido una de las sensaciones de la temporada. Un legado consecuente, que se completa con este No Cities To Love entrelazando su rebeldía juvenil con el conocimiento que otorga la experiencia. Feroces, elegantes, rotundas…. imprescindibles. (Carlos Marlasca)

39. Egon Soda – Dadnos Precipicios

Egon Soda

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Superado el difícil escollo del segundo disco (que, además, en su caso tardó cinco años en gestarse), Dadnos Precipicios de Egon Soda suena a liberación. Con El Hambre, El Enfado y La Respuesta (un disco doble, recordemos) se sacudieron todo lo que habían guardado dentro durante tiempo, y este tercer disco parece decir definitivamente “estos somos nosotros”. Y vaya disco. Convertidos ya en el verdadero súpergrupo del indie español (gracias a la inclusión de Charlie Bautista y el ex-Standstill Ricky Lavado a la formación original de Ferran Pontón, Ricky Falkner, Xavier Molero y Pablo Garrido), Dadnos Precipicios es una lección de rock americano con tantos matices como canciones: el crescendo inicial de ‘El Cielo Es Una Costra’ es demoledor, el ritmo en mayúsculas que fluye por ‘La Recuperación’ está al alcance de muy pocas bandas a nivel instrumental (difícil es escuchar lo de “Como arietes de una tempestad” sin que se pongan los pelos de punta), los aires blues de ‘Escápula’ abren nuevos caminos a las sonoridades, mientras que la íntima ‘Diluvio Universal’ que cierra el disco nos remite a ese fabuloso debut que ya es un clásico. Un disco de aquellos de escuchar una mañana de sol a todo volumen con un buen equipo de sonido, como se hacía antes. (Aleix Ibars)

38. Alex G – Beach Music

Alex G

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Alexander Giannascoli está en el medio de muchos fuegos cruzados. Por una parte se le ha erigido como líder involuntario de una corriente de aquello que, no sin cierta cursilería, llamaban bedroom pop, pero en una versión posmoderna. Es el más popular de los nombres del sello Orchid Tapes, que ha operado desde Bandcamp para internacionalizar a artistas que comparten patrones melancólicos (ya sea en la vertiente ambiental de Arrange o en el folk rock depresivo de Coma Cinema), y tiene un seguimiento exiguo pero extremadamente fiel, sobre todo entre universitarios yanquis con ínfulas artísticas y tumblrs de nostalgia noventera. Su música ha sido (perezosamente) calificada como lo-fi, pero va mucho más allá: está emparentada por igual con cierto indie americano (Elliott Smith y Built to Spill son referencias inevitables, igual que Sparklehorse) y con los dejes postemo de unos Mineral. Tiene un enorme talento para la melodía esquiva y poco obvia y para el crescendo dramático-chillón, es capaz de reflejar discurso y sensibilidad en unas letras con una imaginería melancólica pero alejada de estereotipos. Si hace unos años propuestas íntimas como las de Bon Iver consiguieron terminar llenando estadios no veo razón para que el de Philadelphia no acabe instalado en un estrellato salvo una. Él no quiere ser famoso, solo quiere girar y componer canciones. A años luz de cualquier tipo de pretensión. (Santi Fernández)

37. Nic Hessler – Soft Connections

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¿Qué tiene este disco que se me ha metido hasta el tuétano? Empieza esa batería reverberada como bajito. Uno sube el volumen para escucharlo cómodamente y de pronto ‘I Feel Again’ emerge resplandeciente. El volumen es demasiado alto, pero el cuerpo te pide dejarlo arriba. Aguantarlo ahí, a un palmo de la cara. Podrían ser los Yuck que nos volvieron locos en 2011. Algo más aseados, más bruñidos. Indie con extra de melodía, emocional y guitarrero. ¿De verdad alguien ha firmado algo en este registro mejor que ‘Hearts, Repeating’? ¡Es un hitazo! Pienso en el Mikal Cronin más inocente, en los Real Estate más desatados. Las citadas, seguidas de ‘Expel Me’ y ‘Permanent’, forman probablemente el arranque de disco más certero del año. Cuatro dianas llenas de sencillez. Canciones redondas que apetece escuchar una y otra vez hasta desgastarlas. ¿Y qué me dicen de los coros y la guitarra jugetona de ‘Do You Ever?’ ? Todo exuda un buen gusto descarado, como de clásico. Es verdad que la segunda mitad del álbum no mantiene el nivel de la primera, pero Hessler sobrevive cuando se pone intenso (‘All Around You’) y no puede, ni a ritmo de reagge, romper otro hit como ‘(Please) Don’t Break Me’. Hasta los juegos temerarios le salen. Muy cerca del sobresaliente. Mi disco indie del año. No se lo pierdan por nada. (Daniel Boluda)

36. Kölsch – 1983

Kolsch

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El poder de una portada en 2015. Cuando las cubetas de discos no son tan frecuentadas, las portadas tienen un papel casi secundario y solo vamos en busca de ese nombre, esa canción, Köslch nos ha entrado a muchos a la vieja usanza. Por esa primera impresión del artwork. Unas velas de windsurf, con una bandera que se intuye de España y otra sin definir, en un litoral que bien podría ser Benidorm. Una imagen puramente ochentas para un disco que se llama 1983: veraniega, con aire de mirada al pasado. Y tal cual es al traspasarla. Inspirado en sus viajes familiares por el sur de Europa (sí, todo encaja), el productor de Kompakt ha facturado un disco de techno en estructura, pero de fondo meloso, suave e inspirador. Una brisa de melodías con los violines e invitados protagonistas en lo que supone un ejercicio de nostalgia bien entendido. De disfrute en pista de baile más bien moderado, pero de goce largo. Un viaje con grandes paradas como ‘Talbot‘, ‘DerDieDas‘, ‘Cassiopeia‘ y uno de los himnos de la pasada temporada de festivales, ‘Bloodline‘. El verano de 1983 tuvo este sonido. (Jordi Isern)

35. Xoel López – Paramales

Xoel Lopez

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Xoel López y yo tenemos una relación complicada. Él no lo sabe, no me conoce, pero así es. Sus canciones como Deluxe han envejecido irregularmente y sus aventuras atlánticas no siempre han traído canciones brillantes. Poco esperaba yo del resto de su carrera, más allá de alguna letra certera y alguna canción de la que enamorarme, pero resulta que Paramales tiene suficiente de las dos cosas como para que haya acabado por ser nuestro disco de reconciliación. La poética ‘Paramales’ resalta todas las virtudes de este coruñés en la frontera de los 40: sensibilidad y buena pluma. Una guitarra acústica y un pie golpeando el suelo son casi lo único que acompaña esa voz suave en la primera mitad de esta canción soberbia. “Nos enamoramos después de millones de años / En medio de una orgía de pingüinos salvajes / Te dije: “por siempre me quedo a tu lado / venga lo que venga, pase lo que pase”. Xoel suena liberado. Probablemente siempre lo estuvo, pero por alguna razón yo nunca terminé de creérmelo. Parece haber incluso cierto consenso en que este Paramales es peor que Atlántico, el disco que se trajo en la maleta tras su aventura bonaerenese. Pero donde aquél tenía, en mi opinión, aires pretenciosos e influencias a medio digerir, este parece integrarlo todo de una forma mucho más natural. No huelo postureo en ‘Antídoto’ ni odas forzadas en ‘A Serea o Mariñeiro’. Noto un artista ventolero pero de sobra maduro. Seguro de sí mismo en este pop ventilado y tan de autor. Un The New Raemon de las rías, un Quique González de Riazor, por entendernos. Me encanta cómo respiran temas como ‘Todo lo que Merezcas’ o ‘Almas del Norte’. Es verdad que, salvo la primera, prácticamente ningún tema de Paramales me vuelve loco, pero también que es rara la vez que pongo el disco desde el principio y no lo acabo. Algo tiene que engancha y eso es mucho. (Daniel Boluda)

34. Arca – Mutant

Arca

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El nombre del misterioso venezolano Alejandro Ghersi llegó a los oídos de la mayoría de mortales de a pie tras producir a Kanye West y FKA Twigs, delatando ya un talento innato para alguien que apenas superaba la veintena. Pero lejos estábamos hace dos años de predecir –tampoco lo estamos hoy– la consistencia real de sus elucubraciones artísticas, imposibles de definir mediante patrones convencionales. Algo menos ha pasado desde la primera implosión de su alter ego Arca en formato LP, Xen, una amalgama alienígena de sonidos afilados, asimétricos y perturbadores (y su posterior trabajo para Björk). Mutant, su continuación natural, sigue explorando esa deformación sónica que fusiona lo tecnológico y lo corpóreo, pero desde una identidad mucho más maleable –aunque igual de ambigua– y un creciente interés por todo tipo de sensaciones carnales. En ‘Vanity’ hay tensión y placer al mismo tiempo, que nos llega a través de agudos sintetizadores desintegrándose; ‘Front Load’, que presenta lo más parecido a una melodía, funde la inocencia con la perversión; y ’Soichiro’, hacia el cierre, es una masa amorfa de agresivas percusiones industriales. A falta de perfeccionadas técnicas de análisis adaptadas a una nueva era en la que Arca abre una gran brecha junto a otros artistas “hermanados” como Oneohtrix Point Never, mejor remitirnos a la síntesis que el propio Ghersi realiza de su disco: “Mutant trata sobre la sensualidad y la impulsividad como rutas de escape fuera de la rigidez”. (Max Martí)

33. Years & Years – Communion

Years & Years

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Seamos sinceros, cada vez hay menos discos que merece la pena escuchar de principio a fin. Y sin ser ni mucho menos una obra maestra, el debut de Years & Years es uno de ellos. Es el típico disco que pones cuando no sabes qué poner, y que siempre cumple su cometido: entretener como lo hace un buen blockbuster o un partido de la fase final de la Champions. El trío británico ya vino avisando durante el año pasado de que su fórmula de pop electrónico irresistible directamente transportada del mundo sintetizado de los 80 y del r&b masivo de los 90 iba a arrasar, y no se equivocaban: cualquiera se resiste a la infinidad de hits que habitan en Communion, desde la perfecta ‘King’ a la seductora ‘Take Shelter’, una ‘Shine’ que perfectamente podrían haber firmado Chvrches, la sofisticada ‘Worship’, o esa ‘Desire’ en la que, sí, se pasan de revoluciones (Gala les manda saludos) pero que, como todo, puesta en contexto te hace bailar como si no hubiera un mañana. Pero es más allá de los singles con neones donde Communion guarda las recompensas, donde acaba consiguiendo esos puntos para convertirse en un disco tan completo: en ese inicio que descoloca por oscuro y experimental con ‘Foundation’ (en sintonía, por otro lado, con el tono de las letras generales del álbum), en la fantástica sencillez de ‘Border’ (¡qué estribillo!), en la elegancia de ‘Ties’ y en ese baladón ganador que es ‘Eyes Shut’. En bucle. (Aleix Ibars)

32. Slaves – Are You Satisfied?

Slaves

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Cuando os presentamos al duo de Kent parecían estar en esa cuerda floja entre el llamar levemente la atención a los medios británicos y el ser dramáticamente olvidados como otros tantos hypes de ayer y hoy. Gracias a Dios, su segundo larga duración, primero con el apoyo de Virgin, no ha hecho más que confirmar los mejores augurios. Tienden a practicar un punk rock bufo y hedonista, en las antípodas de la seriedad impostada que a veces lastra al género. Las canciones son chillonas y espídicas, incitaciones a hacer el subnormal que terminan estando más cerca del ‘punk pathetique’ de los Toy Dolls que de propuestas más artys. Para más inri se han ganado la reputación de grupo con directo potente, basada en una propuesta físicamente imponente y de gran cercanía al público. Al fin y al cabo lo que pretenden es ser el grupo de punk que presentarías a tu madre: un punk educado, provinciano y que no se toma nada en serio. Se permiten los interludios acústicos (la maravillosa canción homónima), o mezclar a PIL y a Refused en el ambicioso último corte. Han dado el paso adelante que se les pedía, y parecen decididos a arriesgar aún más en próximos lanzamientos (han salido airosos al sacar adelante una versión del gran éxito grime de la temporada, el demoledor ‘Shutdown‘ de Skepta). Hay que quererlos, sea por su sentido del humor, su intensidad o su frescura, pero hay que quererlos. (Santi Fernández)

31. Low – Ones and Sixes

Low

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Si existe una banda dogmática y fiel a sí misma, esa es Low. Tras veinte años de carrera y once discos a sus espaldas ya no esperamos grandes sorpresas por su parte, pero hay que reconocer que la fórmula no se les agota. Es más, poco a poco, casi imperceptiblemente, van introduciendo pequeñas aportaciones que actualizan su sonido sin adulterarlo lo más mínimo. Como el retoque electrónico en los acabados de Ones and Sixes, especialmente notable en ‘Gentle’ e ‘Into You’. En cualquier caso, el trabajo sigue los cánones de Low a rajatabla: sobriedad rudimentaria casi de western –‘No Comprende’, ‘Congregation’–, efecto purificador provocado por el contraste de intensidades –‘Spanish Translation’–, romanticismo brutalmente contenido – ‘Landslide’ –, y una extremada facilidad para lo ceremonial –‘Lies’–; dejando, como siempre, un espacio para el rasgueo de mano abierta propuesto por Alan Sparhawk: en este caso ‘No End’, la muy coqueta ‘What Part of Me’ y la ya mencionada ‘Landslide‘. Dentro de la habitual austeridad de los de Minnesota, Ones and Sixes no es su disco más frío: el trabajo de producción –en los estudios de Bon Iver en Wisconsin– le confiere profundidad, y hasta se divisa una chimenea al fondo de ese salón de piedra y madera de pino rojo americano. Siempre se puede contar con Low; con los viejos e imperturbables Low. (Pablo Luna)

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