23/11/2015

Crónica de otro triunfo anunciado del dúo de Baltimore.

Resulta prácticamente un milagro que Beach House hayan alcanzado el estatus que ostentan actualmente, en el trono del dream pop de nuevo cuño, y que el camino hasta allí haya sido tan limpio. Por varios motivos: el primero es que son de los grupos que menos han evolucionado en cuanto a sonido (cada disco tiene sus pequeños matices, claro, pero todos forman una unidad indisoluble con sus cuatro puntos cardinales perfectamente delimitados); el segundo, que pese a no huir hacia adelante, han conseguido mantener un nivel de excelencia constante raramente visto en otras formaciones; el tercero, que ni el signo cambiante de los tiempos y las tendencias ha mermado el alcance de su trayectoria. Es más, hasta les llevó a un lugar, en la frontera entre el underground y el público masivo, en el que Victoria Legrand y Alex Scally se empezaron a sentir incómodos, motivo por el cual optaron por el reagrupamiento que es Depression Cherry y el consiguiente Thank Your Lucky Stars, los dos discos que han publicado este año, más incisivos, menos grandilocuentes y menos amables de entrada, pero igual de fieles a sí mismos. Con el paso de los meses nos daremos cuenta.

Es, en cualquier caso, lo de menos. A estas alturas, con seis discos en la calle y decenas de canciones en su haber, un concierto de Beach House puede adoptar miles de formas distintas –tantas como combinaciones posibles entre temas– pero el resultado siempre será el mismo: un océano de sonido celestial y reconfortante en la noche más oscura. Ya quedó claro cuando intentamos escoger sus 10 mejores canciones: su poder emana sin duda de temas concretos, cada uno tendrá sus favoritos, pero es en la atmósfera general, en la mística que desprende su universo, donde consiguen que cada uno de sus conciertos sea mágico, y que tengamos la certeza de que siempre va a ser así.

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Tienen la fórmula. Igual que el productor de moda sabe hacer hits de tres minutos que seducen a las masas una y otra vez, Beach House han creado un mundo particular del que no pretenden moverse, del que no buscan las salidas; y ahí reside su magia: nosotros tampoco queremos que se muevan. No hace falta. Y es por eso que pese a apostar por tocar hasta siete canciones nuevas–de dos discos que no llevan ni seis meses en la calle– el pasado sábado en la sala Apolo de Barcelona, llenando así la hora y media de sonido prácticamente indistinguible para los no iniciados, el impacto emocional de un concierto de Victoria y Alex no mengua.

Si acaso mejora, ya que la incorporación de un cuarto miembro sobre el escenario (en este caso, Skyler Skjelset de Fleet Foxes al bajo) aporta profundidad a su sonido, y la presencia escénica, brumosa, casi a oscuras, con tímidas proyecciones de color o de estrellas, lógicamente contribuye a generar el clima. Vemos poco más que la silueta de la melena de Victoria Legrand –solo desafiando la calma en momentos muy puntuales–, y los devaneos entre sosiego e intensidad de Alex Scally a la guitarra, y a la que suenan canciones como ‘Walk In The Park’, ‘Wishes’, ’10 Mile Stereo’ y ‘Myth’, tan evocadoras, sensoriales y efectivas como siempre, la única pregunta que uno puede hacerse es: ¿Cómo lo hacen?

¿Cómo lo consiguen?

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Son pocos los momentos, apenas con ‘Wishes‘ y ‘10 Mile Stereo‘ (la traca final va aparte), en los que se dejan llevar por el arrebato instrumental y se dan a la catarsis. Incluso nuevas canciones más rocosas como ‘All Your Yeahs‘ y ‘One Thing‘ se funden en el repertorio como si fueran clásicos, y lo que es más importante, sin perturbar el clima de serenidad que impera. Súmenle un poco de nostalgia para recordar viejos momentos con ‘Gila’ y con una ‘Saltwater’ que tocaron Victoria y Alex solos y que presentaron como la primera canción que escribieron, algún comentario malinterpretable de Victoria (“tenéis más energía que el público de anoche“; ¿topicazo al canto o puya por la cháchara incesante?) y un final apoteósico con ‘Irene‘, “it’s a strange paradise” y las luces encendidas (¡literalmente se hizo la luz!), y ya tienen los ingredientes de un nuevo triunfo de Beach House.

Los ingredientes, sí. Porque la varita para que la mezcla funcione solo la tienen ellos. El milagro de Beach House.

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