05/10/2015

Crónica del (pen)último concierto de uno de nuestros grupos.

Standstill fue el primer grupo que entrevisté en mi vida. Era 2004, yo tenía 18 años, y el incauto director de la revista Rock Sound (actualmente Rockzone), de la que yo era ávido lector, me confió la oportunidad (gracias, Jordi) de encontrarme cara a cara con un grupo que estaba en un (uno de tantos) momento crucial de su carrera. Literalmente cara a cara, porque se presentaron los cinco miembros de la banda a la entrevista (Enric Montefusco, Ricky Lavado y Piti Elvira, núcleo que todavía sigue, y Rubén Martínez y Elías Ejido, ahora reemplazados por Ricky Falkner y Víctor Valiente), en la que creo que todavía es la más multitudinaria que he hecho. La entrevista, obviamente, fue un pequeño desastre, no por ellos, que estuvieron la mar de amables y honestos a la hora de explicar los porqués de su transformación y trayectoria, sino por mi inexperiencia y ausencia total de tablas en ese campo, con preguntas de manual que ahora me ruborizarían como debieron de hacerlo a ellos en aquel momento (aunque no lo dijeran).

Desde entonces, mi vida ha ido ligada a la de esos Standstill que nacieron con Standstill, el disco de ese año, el primero en castellano, el de la densa oscuridad melódica, el de la comunicación. Y ahora Standstill ya no existen. “Nos hemos tomado unos whiskys con Trankimazin antes de salir”, decía Enric nada más salir al escenario de la sala Apolo el pasado jueves 1 de octubre, en el primero de los dos conciertos finales de despedida del grupo en su ciudad natal (el segundo y definitivo fue dos días más tarde, el sábado).

Me estoy viniendo abajo”, confesó poco después.

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No era para menos. La vida de Standstill como grupo nunca ha sido sencilla, pero porque ellos mismos se han puesto las cosas muy difíciles siempre. Cada uno de sus discos ha sido una lucha, una especie de ‘ahora o nunca’, un vaciado emocional y físico, generalmente críptico, que nunca les ha hecho encajar del todo pese a que en alguna ocasión parecen haberlo intentado. De ahí que la conexión con sus seguidores, menos numerosos que otras bandas que cogieron la intensidad emocional de Standstill y Vivalaguerra y la enfocaron hacia el gran público, también sea más estrecha. Y que esto se haya apagado tan de repente, después del que ellos mismos reconocen era su disco más optimista, Dentro de la luz (2013), aunque también el menos convincente de su trayectoria reciente, lastrado por una espectacular pero enormemente costosa puesta en escena.

Por una vez, por una noche (o, como mucho, por una serie de ellas), Standstill dejaron de luchar. Se olvidaron de toda esa carga que viene con cada uno de sus discos y sus decisiones y se limitaron a homenajearse a sí mismos encima del escenario, despidiéndose de sus propias canciones en directo, con la colaboración de un público que si hubiera estado a su alrededor como en alguno de sus espectáculos previos les hubiera abrazado tratando de comprender exactamente qué había cambiado. Si algo me quedó claro de aquella primera entrevista, y de las que vendrían después, era que en ellos no había medias tintas. La fe y las ganas de luchar (y complicarse la vida) han sido imprescindibles para afrontar la reinvención que suponía cada nuevo disco para Standstill, y era de esperar que en algún momento dijeran basta.

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Y, de repente, allí arriba, en la sala Apolo, todas sus letras cobraron sentido. Desde el “cuando hay que abandonar / y en lugar de eso / va y tiene un sentido aquí, en la última línea” de ‘Cuando’ con el que Montefusco se desgañita cada vez (esta vez un poco más), al “Gracias por venir” de ‘1, 2, 3, Sol’, al plan para escapar hacia adelante de ‘Adelante, Bonaparte’, al “nos vamos a quedar dormidos dentro de la luz” de ‘Que no acabe el día”. “Hay que parar en la cuneta / a revisar lo que hemos creído”, en ‘Hay que parar’, joder. A ‘Canción Sin Fin (Epílogo)’, ese esperanzador final de disco que se convirtió en final de concierto (“la vida es domingo, canción sin fin”), solo seguido y tras la merecida ovación, por una ‘Adelante, Bonaparte’ que entonó toda la sala con una sonrisa y los ojos vidriosos.

El fin siempre había estado presente en Standstill, aunque no quisiéramos darnos cuenta.

A la ovación definitiva con Enric, Piti, los Rickys y Víctor abrazados y todo el mundo en general viniéndose abajo llegamos tras un viaje emocional de casi dos horas que corroboró que Vivalaguerra –disco que estuvo cerca de no existir– es la gran obra maestra que nos dejan (‘Por qué me llamas a estas horas?’, ‘1, 2, 3, Sol’, ‘La mirada de los mil metros’ fueron indescriptibles), que ‘Adelante Bonaparte’ es su canción más querida (en ambas versiones, especialmente la luminosa con la que terminó la noche), y que son el grupo que más ha evolucionado de la escena independiente española, como dejó claro su viaje en el tiempo para tocar cinco canciones de su época screamo. “Estas canciones han hecho quienes somos ahora. Necesitábamos tocarlas”, decía Piti después.

Nada en Standstill se explica sin su instante anterior ni su voluntad de cambio. Su despedida tampoco.

¿Y ahora qué / se supone que hemos de hacer?”.

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Foto. Pablo Luna   Conciertos
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