30/09/2015

Crónica del concierto en Barcelona del autor de uno de los discos del año.

Al ser humano le cuesta olvidar. Cuando algo –sea un hecho, una persona, una emoción– se cuela dentro de nuestro sistema y echa raíces, intentar expulsarlo –tanto si se quiere como si no– resulta prácticamente imposible. Del recuerdo de su madre, fallecida en 2012, y de las memorias de su infancia junto a ella y su padrastro nació Carrie & Lowell, probablemente el disco más emocional y sincero de Sufjan Stevens. Un disco que, más allá de una temática impregnada por el recuerdo, la muerte y la búsqueda del consuelo, también marcaba el retorno del Sufjan más desnudo a nivel instrumental, superando –al menos a priori– la fase electrónica, expansiva y colorista que atravesó con el anterior The Age of Adz.

Pero eso no es lo único que Sufjan no ha podido olvidar, tratando de lidiar con ello a través de las 11 canciones de Carrie & Lowell. Y es que parece que la metamorfosis electrónica del de Detroit en 2010 también ha echado raíces, y aunque no se ha manifestado en la concepción de su más reciente álbum, sí impregnó la atmósfera y la vida de las canciones anoche en el Auditori del Fòrum de Barcelona. Todas las canciones de Carrie & Lowell (porque sonaron todas, de ‘Death With Dignity’ a ‘Blue Bucket of Gold’) fueron transformadas, algunas más y otras menos, siendo dotadas de mayor intensidad instrumental pero al mismo tiempo alterando su sencilla emoción. ¿Por qué? Camuflar un derroche demasiado evidente de sentimientos por parte de un hipersensible Stevens podría ser un motivo. Dejarse llevar por el alma electrónica que se manifestó en The Age of Adz, otro.

Sufjan-02

Escenario prácticamente a oscuras pero iluminado a la perfección (con bonitas proyecciones laminadas en el fondo), Sufjan vestido de negro, y ni una sola palabra dirigida al público desde la apertura instrumental con ‘Redford (For Yia-Yia & Papou)‘ hasta el cierre, también instrumental, ambiental, onírico y en el límite del ensimismamiento con el final de más de 10 minutos de ‘Blue Bucket of Gold’. Lo que anoche en contención supuso el contrapunto absoluto al espectáculo vivido en esa misma sala cuatro años antes durante el Primavera Sound 2011, no lo fue tanto a nivel de sensaciones. No vimos a un Sufjan abriéndose de par en par, sino más bien a un artista tratando de acomodar un relato tan íntimo ante miles de personas.

Should Have Known Better’ y ‘Fourth of July’, por ejemplo, vieron como su ligero coqueteo con las bases electrónicas crecía en escena, empujando hacia la épica en la primera y hacia las tinieblas –y, en mi opinión, cargándose una de los temas clave del álbum; uno de los pocos errores del show– a la segunda. En ‘Drawn To The Blood’ la tendencia fue hacia el ruidismo, enlazado desde su final suspendido, mientras que en ‘John My Beloved’ y ‘The Only Thing  hubo crescendos a lo Bon Iver. El ligero ritmo tropical de ‘All Of Me Wants All Of You’ contrastó con su posterior desvarío psicodélico, evidenciando que cada canción había sido examinada a conciencia para hacerla crecer encima del escenario. Un ejercicio valiente y de resultados impecables –gracias en gran parte a los cuatro acompañantes de Stevens, con mención especial a la multiinstrumentista Dawn Landes–, pero al mismo tiempo algo desconcertante teniendo en cuenta el tono que sobrevuela de Carrie & Lowell.

Todo, eso sí, estaba medido al milímetro. Hubo contención incluso en los excesos. Y en las canciones que sí lograban sonar despojadas como en su concepción, caso de la descomunal ‘No Shade In The Shadow Of The Cross’, quedaba claro que Sufjan llegó al concierto de ayer algo justo de voz, no sabemos si por afonía, cansancio, o por el efecto del juego de filtros y delays que aplicaba a su micrófono. La elección de la preciosa ‘The Owl And The Tanager’, amén de ‘Vesuvius’ (con su baile, su explosión, y su punto hortera) y ‘I Want To Be Well’ para moldear la recta final del concierto en sí suponen otra muestra de que en esta gira Sufjan trata de conjugar la intimidad de su discurso actual con su pasado musical más reciente.

Sufjan-03

Otra cosa fue el bis, casi planteado como un segundo concierto. Como un regalo. Luces abiertas en el escenario, cambio de vestuario para Sufjan (del negro a una camisa con cierto colorido), su gorra, y repaso a la parte folk de su carrera, que es tan extensa que cambia cada noche. Aquí sí que, ya relajado, se dirigió al público varias veces para explicar lo emocionante que era compartir esas canciones con nosotros antes de abordar piezas celebradísimas como ‘Concerning the UFO…’, la indescriptible ‘John Wayne Gacy Jr.’ (también con sorpresa final), o la preciosísima ‘Casimir Pulaski Day’, en lo que supuso, ahora sí, un retorno al Sufjan de antes. El esperado final con ‘Chicago’ llegó en acústico, y por una vez, pese a la emoción, resultó imposible no trasladarse hasta cuatro años atrás y desear un cierre más a flor de piel.

Dicen los afortunados que pudieron hacerse con un hueco en las primeras filas (algo complicado debido a la no-numeración de asientos y en menor medida al sector reservado para invitados en la primera fila) que a Sufjan se le vio emocionado, incluso llorando, a lo largo del concierto. Resulta innegable que la emoción brota de cada movimiento, palabra o sonido del de Detroit, como queda patente a lo largo de todo Carrie & Lowell. Y si bien es algo que retrata perfectamente al artista, también es cierto que es arriesgado entregar la conexión con el público a esa intimidad en un recinto para tres mil personas. Este concierto no lo olvidaremos, porque dentro de la sorpresa y la contención nos regaló muchísimos momentos de belleza pura, pero hasta cierto punto –y sucedió lo mismo con el reciente de Björk– cabe plantearse si –y por qué– fue el propio Sufjan quien acabó emocionándose más que una parte del público.

Publicidad

Foto. Dani Cantó   Conciertos
Publicidad