29/07/2015

Crónica del triunfo de este pequeño gran festival, con The Antlers, Gold Panda, Delorean...

Parafraseando una conocida campaña publicitaria, la música te devuelve lo que le das. El Festival’Era, modesto festival celebrado en una masía de Llagostera (Girona) desde hace tres años, había estado sembrando las bases de su filosofía no sin dificultades: un evento alejado de la ciudad (pero a una distancia razonable de Barcelona), en un emplazamiento bonito, con un cartel muy cuidado y enfocado, y la máxima atención a los detalles. La primera edición semi-oficial, en 2012, fue una exitosa prueba; la segunda, en 2013, la apuesta definitiva por el formato; y el año pasado una tormenta de verano a media tarde les jugó una mala pasada impidiendo que reclamos como Simian Mobile Disco o We Are Standard lucieran como debieran. Pero el Festival’Era 2015, celebrado el pasado sábado, fue, ya podemos decirlo, un verdadero triunfo. Primero por el hecho de contar con el único concierto en España de un grupo del calibre de The Antlers, y segundo porque 1.500 personas disfrutaron al fin del que ya es uno de los principales festivales de pequeño (o no tan pequeño) formato por estos lares.

Hay otro factor importante para esta consolidación: el cambio de fecha, pasando de celebrarse el último sábado de agosto –cuando puede que los bolsillos de los festivaleros ya estén agujereados– a este presente 25 de julio, fecha en la que hay más oferta de festivales pero también más público potencial. La jugada salió redonda, y pese a que las nubes amenazantes no dejaron que brillara el sol (y eso que veníamos de semanas de ola de calor extrema), el Festival’Era 2015 vivió su puesta de largo oficial, con un público que acudió a la cita desde primera hora para ver el directo de El Último Vecino tras la sesión inaugural de DJ Capo, y que no abandonó el recinto hasta que los primeros rayos de sol se mezclaron con los últimos hits de DJohnston.

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Entre medio, más de 12 horas de música en las que hubo momentos para todo: para animar con aplausos a unos Lili’s House que llegaban desde Mallorca y vieron cómo se les iba el sonido del segundo escenario un par de veces, para comprobar que The New Raemon se ha reconciliado con sus propios hits como ‘La cafetera’ y ‘Tú, Garfunkel’ y que incluso vuelve a tocar la versión de ‘Te debo un baile’ de Nueva Vulcano, para zamparse una revitalizante hamburguesa rellena de queso de cabra, para descubrir a unos Wesphere que a pesar de una puesta en escena de andar por casa apuntan maneras, y para comprobar que la propuesta de electrónica con saxo y flauta travesera de Tversky ofrece momentos de desenfreno colectivo si bien todavía tienen que limar la coherencia de su discurso sonoro.

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Y luego está lo de The Antlers. El trío liderado por Peter Silberman llegaba desde Brooklyn al Festival’Era después de habernos olvidado en la gira de presentación de Familiars, su último disco hasta la fecha y el que les ha visto dominar las canciones contemplativas y con desarrollos espaciosos y etéreos. Esta era pues la única oportunidad de seguir experimentando su evolución tras haber vivido la explosión de intensidad de cuando presentaron Hospice en el Primavera Sound 2010 (un concierto que ellos mismos recuerdan como uno de los mejores de su carrera, según nos comentó Silberman después) y la catarsis expansiva de Burst Apart en la sala BeCool el año siguiente.

Porque The Antlers son un grupo que se transforma con cada disco. Y aunque la sonoridad de cada uno de sus álbumes no sea ni mucho menos definitiva como explicaba Silberman en la entrevista que nos concedió días antes de su concierto, sí impregna todas las canciones que el grupo toca en directo, sean de la época que sean. Así, a las 21:15h, con algunos nubarrones puñeteros que se cargaron la idílica puesta de sol, el trío salió al escenario descubierto del Festival’Era y arrancó con una significativa ‘Drift Dive’, canción que abría su EP Undersea de 2012 y que inauguraba unos nuevos The Antlers. Esa relajación sonora, de rasgados de guitarra sutiles, batería casi jazz, teclados ensoñadores y voz susurrada, se extendería incluso a canciones originariamente viscerales como ‘Kettering’ y ‘Sylvia’, de Hospice, y cobró todo el sentido con cortes ya de por sí lánguidos como ‘Atrophy’ o la preciosa ‘I Don’t Want Love’, que fue recibida como uno de los clásicos de la banda. El repaso estricto de Familiars, eso sí, fue discreto, con apenas tres canciones (‘Doppelgänger’, ‘Director’ y la celebrada ‘Parade’), y la llamativa ausencia de la maravillosa ‘Palace’, que no pudieron tocar debido a su formato de trío, ya sin la ayuda de Kelly Pratt, que se había encargado de los instrumentos de viento en la gira del disco. Con todo, y en un clima distendido incluso por parte de la propia banda, lejos de la solemnidad de sus canciones, bordaron un concierto precioso solo mancillado por los que consideran que las 9 de la noche es una buena hora para haber perdido los papeles y entregarse a la cháchara incansable.

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Después, el terreno estaba abonado para aparcar toda relajación y entregarse al espíritu hedonista que la vertiente más electrónica del cartel del Festival’Era promueve. Una función que unos Delorean renacidos supieron ejercer a la perfección, con un concierto a todas luces impecable en el que las canciones crecían y crecían en clave de electrónica orgánica hasta explotar como si de una sesión se tratara. Si a eso le suman una ejecución instrumental apabullante (aún hay aspectos de la voz por mejorar, eso sí), y hits como ‘Deli’, ‘Stay Close’ y ‘Destitute Time’, unida a esa bacanal final que es su versión/homenaje a ‘Ride On Time’ de Black Box, el desenlace solo puede ser uno: ovación y a esperar con ansia ese nuevo disco que les vuelva a situar en primera línea. Después del vendaval, Jupiter Lion lo tenían complicado para seguir en la senda ascendente, pero lo cierto es que el trío valenciano calló unas cuantas bocas con una combinación de contundencia sintética que sirvió a más de uno para despegar definitivamente. Enormes.

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No se puede decir lo mismo, sin embargo, de la esperada sesión de Gold Panda, que renunció a hits propios como ‘You’ o ‘Brazil’ en favor de una selección de electrónica colorida y detallista que pese a su coherencia estilística no acabó de levantar al público. Sau Poler lo consiguió por momentos, cuando su set se encaminaba hacia ritmos más techno, pero lo que ganaba en conexión con la pista se perdía en la dirección de la sesión. Puede que todavía le falte experiencia, algo de lo que sin duda va sobrado DJohnston, residente durante años de la ya desaparecida sala BeCool, que supo combinar la contundencia necesaria a la hora de afrontar el cierre de un festival con la elegancia bailable, y que además de arrancar con la portentosa ‘Just’ de Bicep (que descubrimos gracias a la sesión de Jamie xx en el Sónar 2015), tuvo en ‘Loud Places’ del propio Jamie su punto álgido, para después proseguir ya con el arsenal de hits propios de los últimos compases de la noche (o primeros de la mañana). ‘I Wanna Dance With Somebody’ para cerrar, abrazos colectivos, sonrisas de satisfacción, y una pregunta en el ambiente: ¿es el Festival’Era el nuevo Faraday?

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Foto. Pablo Luna Chao   Festivales
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