22/07/2015

Crónica completa del festival, con Blur, Florence + The Machine, Noel Gallagher, Los Planetas, Portishead...

Curioso lugar Benicàssim, ¿verdad? No habían pasado ni cinco horas de la apertura del camping del festival y ya podía verse a jóvenes británicos rondando el coma etílico y la muda de piel por la vía de la insolación. Si uno se acercaba a la concurrida playa de Heliópolis se podía ver, incluso, a talludos ingleses corriendo lata de Steinburg en mano, en ocasiones incluso siendo perseguidos por la sufrida policía local. Con el consiguiente alboroto en la tranquila localidad levantina, daba inicio la 21ª edición del decano de los festivales nacionales, en la que no faltaron los cambios por parte de un evento que busca enmendar viejos errores pero que está en un momento aún de duda identitaria.

Las primeras diferencias se pueden observar en el mismo recinto. Por una parte el otrora tercer escenario, el FIBClub, ha cambiado de forma: ahora es un triste autobús patrocinado sobre el que los grupos tocan, dando una pobre imagen escénica, aunque respetando la siempre notable calidad sonora del festival. Aquello, aunque no lo parezca a simple vista, sonó a escenario como Dios manda. Por otra parte, se han instalado dos nuevas áreas. El South Beach, una suerte de discoteca instalada en pleno recinto, resultó un gran éxito. Como si fuera un Arenal Sound en miniatura, dio pie a los que buscaban farra pura y dura a cualquier hora del día. Estaba siempre lleno y la ambientación a lo GTA Vice City (o a lo Scarface, según quieran verlo) le daba un toque carnavalesco que lo alejaba de las típicas carpas publicitarias que otros años se instalaban en el festival. No se puede hablar de éxito, sin embargo, al referirnos al Trenchtown, ubicado junto al camping y que pretendía ser un refugio de los sonidos jamaicanos, y lo único que consiguió fue ser un auténtico erial, un paisaje postnuclear con dancehall de fondo.

En la jornada del jueves abrimos fuego con Clean Bandit, grupo que si bien escuchados en disco pueden parecer una suerte de Yellowcard para la generación del EDM (con todo lo terrorífico que ello supone), en directo ofrecen cierta energía, picoteo de aquí y allá en cualquier ritmo bailable para todos los públicos y, a fin de cuentas, un show amable pero algo insípido. Son funcionales, en sentido estricto, se puede bailar con ellos agradablemente, y el espectáculo escénico está medianamente logrado (un show tirando a atlético que recuerda a lo que hizo más eficazmente el año pasado Ellie Goulding), pero la falta de personalidad es patente.

Si hay que buscar algo positivo en el concierto de Crystal Fighters es precisamente eso, que tienen personalidad. ¿Alguna vez han conocido a algún niño bien que después de una iluminación mística decide abandonar los productos de Apple y los compactos BMW por una temporada de “iluminación” y “reflexión” en India? Los británicos de (distante) inspiración navarra se dan a la electrónica ligera y a la rave socialdemócrata y pulida. Su líder parece vivir en éxtasis perpetuo, con su mohawk de turista universitario en Ibiza y su inspiración étnica difusa, de quien oye campanas (o txalapartas) y no sabe dónde.

DMAs

A pesar de lidiar con el desagradable tercer escenario, los australianos (y muy queridos por esta casa) DMAs han saldado con muy buena nota su primera aparición en la península. Es bonito ver a grupos que aún creen en la canción como ente eterno y la voluntad de hacer de cada uno de los temas de su repertorio himnos que entonar puño en alto. En directo se percibe un progresivo distanciamiento de la enorme influencia inicial de los recurrentes Oasis: las raíces australianas son evidentes en su giro estético-estilístico, con unos vestuarios 100% “car boot sale” de un polígono industrial a las afueras de Sydney (esa camiseta de Mobil…), mientras que musicalmente recuerdan a aquello que se decía de los Stone Roses de que, en el fondo, no son más que un grupo de folk tocando con actitud de banda de rock’n’roll.

Es innegable la condición de cabeza de cartel de Florence + the Machine a estas alturas de la película. Recién llegada de encabezar Glastonbury y con el pletórico How Big, How Blue, How Beautiful entre manos, lo mínimo que se puede hacer es rendirse a la evidencia de que sí, es una estrella en toda regla. Y aunque buena parte del público español aún la perciba con distancia, arrasó entre los nacidos en las islas británicas, que la adoran con la misma pasión y ceguera que muestran ante Noel Gallagher o Damon Albarn, una más del ‘hall of fame’ de un país que adora crear mitos. Lo primero: no es una simple imitadora de Kate Bush ni una ‘ninfa’. Su papel recuerda más a una iluminada cósmica, capaz de mezclar el despecho de la bestial ‘What Kind of Man‘ con mensajes de paz, amor y neohippismo que llegaban a calar entre la normalmente excitable muchachada británica. Enfundada en un modelo vaporoso centró toda la atención del público: la banda es mera comparsa ante una frontwoman extática a la que solo le falta un éxito universal (un ‘Wonderwall‘, para que nos entendamos) para tocar la cima del mundo.

Fibers

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Foto. Pau Bellido   Festivales
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