16/09/2014

Si tú me dices Beck, lo dejo todo.

Cuarta edición del DCode. Vuelta al recinto de la Universidad Complutense, del que hace doce meses nos marchamos más bien cabreados. Con las zapatillas bastante pisoteadas, el estómago algo vacío y la vejiga pidiendo clemencia. Y es que al DCode 2013, en el que brillaron Vampire Weekend o John Grant, le faltó espacio y le sobraron colas. O, por reducir de forma un tanto egoísta, le sobró público casi desde primera hora (la tempranera actuación de un nuevo ídolo de masas como Izal, presumible culpable). Una sensación de agobio a la que contribuyó la disposición de los dos escenarios principales, situados en el mismo plano, codo con codo, a escasos metro el uno del otro. Claras dificultades para cualquier tipo de circulación. Caravanas, retenciones y hasta algún choque.

Entonces, ¿por qué volver? Porque, en esto de los festivales, es tremendamente complicado que a la tercera vaya la vencida. Se comprende y hasta se disculpa. También porque la organización prometió unas mejoras infraestructurales que se dejaron notar (se comió más rápido, pero no mejor) y, sobre todo, porque la oferta musical de esta edición se adivinaba menos masiva. Por una cosa o por otra, el sábado estuvimos poco apelotonados. 17000 dcoders, asegura la organización. Tráfico fluido, aunque muchos de los asistentes estuvieran acostumbrados a circular por la izquierda. La mayoría, es de suponer, residentes temporalmente en Madrid por asuntos estudiantiles. Un par de recientes números 1 en las islas como Bombay Bicycle Club y Royal Blood y otros nombres como Anna Calvi, La Roux o, claro, Jake Bugg son mucho reclamo para el público british, pero no tanto como para invocar a Easyjet a mediados de septiembre.

Los primeros en despertar algo parecido a un interés real sobre el verde complutense, sin embargo, fueron cuatro chavales de aquí. Belako, cuya propuesta sigue luciendo infinitamente más punzante y auténtica en directo que en estudio. Aunque les sobre escenario por todos lados, como fue el caso el sábado. Lo suyo, ya lo hemos dicho alguna vez, no es el colmo de la originalidad, pero rezuma un nervio y una convicción de los que podrían tomar nota bandas que sólo hacen más ruido que ellos por una mera cuestión de pasaporte. Por ejemplo, unos Band of Skulls que se dedicaron a amontonar sobadísimos clichés rockeros con la gracia justa. La coartada verde del festival (”DCode es Ecode”) no buscaba este tipo de reciclaje precisamente. Solos efectistas y vacíos, riffs inflados con levadura de la mala y, en definitiva, una masa plana e indigesta en la que los aires hiphoperos de la facilona ‘I Know What I Am‘ casi se agradecieron. Casi.

Anna Calvo

Anna Calvi

Anna Calvi, con sus pintas de viuda y sus poquitas ganas de hablar, tampoco salió demasiado bien parada. Y esto ya duele más: su cancionero, el que se divide entre su debut homónimo y el estupendo One Breath, sí merece la pena. Los tres temas iniciales, ‘Suzanne and I’, ‘Eliza’ y ‘Wolf Like Me’, le bastaron para mostrar las tres especialidades de la casa (y las versiones magistrales), pero el Sol aún atizaba demasiado a eso de las 18:30. ¿Intentar reproducir en un festival al aire libre lo que uno hace en sala no es, sobre todo en su caso, algo quimérico y suicida? No era momento ni lugar y hasta ella misma pareció notarlo. De hecho, nadie dio la sensación de estar ubicado hasta que la chilena Francisca Valenzuela se subió al escenario Campus Live – El País (el más pequeño y el menos agradecido en cuanto a sonido). Fue la primera que entendió el contexto jaranero de un evento de este tipo, ideal para el pop electrónico que practica, entre sabrosón y discoide. Ese que, en principio, no debería entusiasmar a fans de Beck, Vetusta Morla o Wild Beasts y, sin embargo, puso a todo el mundo a menearse.

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Francisca Valenzuela

Afortunadamente, la cosa empezaba a  tomar color y, a pesar de andar algo desanimados con la calidad media de lo visto hasta este momento, nos consolábamos pensando que, claramente, lo mejor estaba por llegar. No fue el concierto de unos engrasadísimos Bombay Bicycle Club, aunque podía haberlo sido de mantenerse la intensidad con la que abrieron en el Heineken, casi más propia de un cierre. Tan desbocada, certera y expansiva sonó la inicial ‘Overdone‘ que nada de lo que vino a continuación pareció estar a la altura. Después, cometimos el siempre execrable acto de aprovechar un artista nacional y más bien revisto para cenar (y sí, mirar lo del derbi un poco). Baste decir que el kebab de pollo, pagado a precio de James Rodríguez (7,5€), acabó en el contenedor por ser mitad carne chunga (vale, previsible) y mitad piel repugnante y cartílago (puagh). Una mierda, vaya. Por lo menos, las cañas de a 2,5€ tamaño mójateloslabios surtieron mejor efecto. Todo muy bien, gracias.

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Público

Alimentados (llámalo X)  y orinados (esto sí, sin ironías) fuimos al sonoro concierto de la no mencionada Russian Red. Qué daño le ha hecho a esta muchacha lo del PP y lo de ser así un poco guapa-cargante. Un sector del indie le tiene una tirria incurable. Personalmente, creo ver el asunto con objetividad. Hace unos años, en el Día de la Música, me aburrió, pero este sábado lo que vi fue una banda de primera comandada por una tipa que cantaba en directo más creíble que la cacareada Anna Calvi. Las canciones adaptadas para el show, más intensas, mejoraron casi siempre las versiones grabadas. Le queda bien el salvajismo a la chica, que parece haber aparcado la acústica que le vio nacer. La divertida ‘The Sun The Trees‘ es claro ejemplo de ese derroche de energía. El cierre desatado, de nuevo presumiendo de músicos, acabó dejándonos mejor sabor de boca que todo lo anterior. No fue memorable, pero vaya, bastante por encima de la media. Y nosotros que nos alegramos. Haters gonna hate.

¿Sobreviviría Jake Bugg a su primera visita por aquí más allá del FIB?, nos preguntábamos antes de que su flequillo asomara por el Heineken antes de las 21:30. Pues bien, lo hizo… a ratos. Especialmente en un arranque fulgurante en el que no se separó de su guitarra acústica para hacer desfilar media docena de canciones que pasaron volando, de ‘There’s A Beast and We All Feed It‘ a ‘Two Fingers‘. Todas brevísimas, ágiles, concisas. Ni tiempo para algún “thank you” hubo. El muchacho, tímido a rabiar, fue perdiendo encanto a medida que iba echando mano de la eléctrica más a menudo y terminó retratándose en el trío de temas que escogió para despedirse: la frágil y emotiva ‘Broken‘ brilló muy por encima de unas ‘What Doesn’t Kill You‘ y ‘Lightning Bolt‘ que debían haber hecho quemar suela a sus jovencísimos seguidores.

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Jake Bugg

Visto el cartel de este año, Beck era el único y verdadero dios. El único músico con una trayectoria dilatada. Con tablas, callo y savoir faire. Le doy a la tecla sin ser fan acérrimo del californiano, del que conozco los hits de siempre y que acaso me ha ganado ahora con su último disco. Pues bien: después de lo del sábado, prometo repaso a su discografía. Insistimos en que la competencia no era dura, pero es que Beck no sólo triunfó por contraste, triunfó por aplastamiento. Arrancó sin sombrero y enseguida empezó el torbellino. Al rubio le sobran pelotazos, así que empezó por donde cualquiera hubiese acabado. ‘Loser‘ fue el primer as que sacó de la chistera. Espídico, divertido, gamberro, inmune a un público que no se las sabía todas y que no era masivo, y arropado por un sonido apabullante, su coctelera resultó imbatible. De los Beastie Boys a Eels pasando por lo que le saliese del micro: impresionante.

Beck

Beck

El único pero era estar olvidando el magnífico Morning Phase, dejándose llevar por el populismo, pero cuando ya estaba escribiendo la frase en mi cabeza, pum. ‘Blue Moon‘ en toda la cara, y con qué gusto. Se atrevió incluso con la antifestivalera ‘Wave‘, que sonó hipnótica y gigante, dejando claro que Beck y su banda también ganan en la introspección. El túnel de lo nuevo acabó pronto y, para compensar, enlazó ‘Girl‘, ‘Timebomb‘ y ‘EPro‘, cuyo riff acabó destruido en una tormenta criminal. Con el escenario declarado zona de investigación por una cinta de “crime scene”, la banda se fue. Volvieron, como exige el ritual de los triunfos tan obvios, y terminaron cerrando con la presentación de banda más larga de la historia, hilada por ‘Where It’s At‘. Gloriosa lección a la que a muchos compañeros de cartel les convendría haber atendido.

Otros a los que recordaba en mejor forma son Vetusta Morla. También con tres discos a sus espaldas, pero mucho más pegados al terruño que la Hernández, los de Tres Cantos salieron a por todas arrancando con ‘La Deriva‘. Tienen un grupo de fans ganadísimo y necesitan poco para levantarlos. Su repertorio es ya muy serio y, además de joyas como ‘Los Días Raros’ y su conocida ristra de himnos procedentes del debut, ha sumado algún otro pelotazo para el directo como el muy político ‘Golpe Maestro‘. Con todo, y habiendo visto lo que son capaces de dar, no nos pareció que el sábado diesen su mejor concierto. Las adaptaciones de algunos de esos himnos naufragaron un poco, como si se estuviesen obligando a cambiar detalles para no tocar todo otra vez igual, por enésima vez. Como un poco cansados de sí mismos. Impresiones, vaya, aunque puede que nosotros no les viésemos tampoco con el entusiasmo de otras veces.

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Vetusta Morla

Lo que no fue una impresión, sino más bien algo bastante objetivo, es que a Wild Beasts, quizás el plato más exquisito del cartel, se la jugó el sonido. El propio y el ajeno: el que salía de su escenario, emborronado, y el que les llegaba desde el de La Roux. Mucho lastre para el cuarteto, que tiene en el detallismo y la delicadeza algunas de sus señas de identidad. A partir de ellas se han especializado en construir canciones aparentemente pequeñas que, en realidad, resultan ser enormes: ‘Mecca‘, primer corte del setlist, ‘Sweet Spot‘, ‘A Simple Beautiful Truth‘. Ninguna logró respirar ni crecer el sábado, sepultadas bajo una mezcla en la que sólo la batería parecía tener su sitio.

Cerramos este año con Chvrches, una banda que tendría que esforzarse mucho para no dar un concierto como poco decente. Los temas de su debut son tantos y tan infecciosos que es casi imposible que la cosa salga mal. A media distancia, el sonido del Heineken daba lo mejor de sí y la buena de Mayberry tuvo la noche con las cuerdas vocales. Sabido es que la muchacha ha tenido sus problemillas de afinación en otras plazas, pero el sábado cantó sin alardes, pero sin problemas.. Lo de conseguir que se mueva más que María Dolores Pradera lo dejamos para el segundo disco, sí eso. Hasta que no transmita más con el cuerpo, especialmente tratándose la suya de una música que invita al hedonismo, Chvrches en directo no pasarán del notable. De hecho, sin ser objetivamente su mejor canción (ahí estuvieron las catedralíceas ‘We Sink‘, ‘The Mother We Share’…), disfrutamos como enanos cuando el desbocado Martin Doherty tomó el micro en ‘Under The Tide’ y se puso a patalear poseído por el escenario, como diciendo: ME LO ESTOY PASANDO COMO DIOS.

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Tuits

Al final la cosa remontó y el DCode 2014 nos dejó. al menos, uno de los grandes conciertos del año. Fin de temporada festivalera y vuelta al cole musical de la 2014 – 2015. De regreso a casa, todavía con Digitalism sonando de fondo, uno no pudo dejar de tener, por lo que sea, cierto regusto amargo. Piensa uno en Lisboa, Paris, Londres, Berlín… capitales europeas con festivales de primera. Piensa uno en Bilbao y su BBK, en Barcelona y su Primavera Sound, de nuevo aderezado con un Primavera Club de cartel exquisito. Y luego, mira Madrid y Madrid duele. El Día de la Música pasó de gran promesa a gran fiasco y el DCode, que ya recortó una jornada en 2013, ha acabado presentando un cartel de segunda que puede tener cierto encanto pero no pone a la capital en el mapa. Será un tema de giras, de tiempos, de dinero, de interés. De lo que sea, pero Madrid se merece un festival del que uno salga flotando. Y ni lo tiene, ni parece ir camino de tenerlo.

Texto: Víctor Trapero y Daniel Boluda.

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Foto. Daniel Boluda   Festivales
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