21/08/2014

Reivindicación y victoria del artista anteriormente conocido como Bright Eyes.

Conor Oberst tuvo que preguntar al público si ya había actuado anteriormente en la sala que ayer le recibió. Algunas voces aisladas entre la platea se lo confirmaron. Él decía recordarlo muy vagamente, pero fue en 2005, probablemente en el momento de mayor plenitud de la carrera del músico de Omaha. Por aquel entonces acababa de publicar, como Bright Eyes, dos discos que supondrían la cumbre de su trayectoria: el electrónico y oscuro Digital Ash In A Digital Urn –toda una sorpresa tratándose de un artista folk– y el superlativo I’m Wide Awake, It’s Morning, uno de los mejores discos de folk de los últimos años. Y en aquel momento, claro, acompañado por The Faint, la sala Apolo registró un lleno casi total (pese a que el concierto también fue en pleno verano).

Ayer, acompañado por los californianos Dawes, Conor Oberst se encontró con una sala solo medio llena, síntoma inequívoco de que su carrera no pasa por su mejor momento, tanto a nivel creativo como de repercusión. Tras reconvertir Bright Eyes en un grupo y publicar el decente (pero nada más) The People’s Key en 2011, ahora ha decidido retomar la carrera con su propio nombre que reactivó en 2008 y que este 2014 ha visto el lanzamiento de Upside Down Mountain, un correcto, digno y disfrutable álbum de folk de raíces, si bien todavía lejos las cotas de emoción de sus días más esplendorosos.

Pero precisamente por eso el conciertazo que Conor Oberst brindó ayer en Barcelona cobra todavía mayor relevancia. Porque no tuvo que recurrir a sus hitos pretéritos para demostrarnos que sigue vivo y en plena forma, y que todavía le quedan cosas por decir. Oberst se ha convertido en el intérprete perfecto encima de un escenario: se entrega en cada canción, sabe cuándo y cómo conectar con el público sin romper el ritmo, y ha encontrado una banda de acompañamiento con la que se entiende a la perfección (Dawes, que también abrieron la noche; banda a la que Oberst declaró su amor incondicional hasta en tres ocasiones durante la noche). Probablemente parte de esa euforia escénica también se deba al oscuro capítulo, cerrado recientemente, de la acusación por una supuesta violación que una fan denunció el año pasado: a mediados de julio la propia protagonista se retractó de todas las acusaciones.

Lejos quedan ya los días en los que el chico prodigio se escondía en sudaderas con capucha mirando al suelo: ahora parece esforzarse para que cada palabra que sale de su boca se entienda, que cada frase tenga su sentido para todos aquellos que quieran prestar atención. Gesticula, actúa un poco, y en definitiva hace crecer unas canciones que, tras crecer tanto en directo, suenan más vivas cuando uno vuelve a ellas en casa. ‘Hundreds of Ways’ o ‘Zigzagging Towards The Light’, ambas de su último trabajo, sonaron eufóricas y ambiciosas gracias a la profunidad y contundencia de la banda en su conjunto, y piezas más íntimas como ‘Time Forgot’ o ‘Artifact #1’ fueron el contrapunto perfecto para un concierto que en ningún momento perdió el rumbo.

Hasta la administración de sus canciones más célebres fue ideal. Casi todas de I’m Wide Awake, It’s Morning, sonó la maravillosa ‘We Are Nowhere And It’s Now’ al principio, ‘Old Soul Song’ fue revestida con un demoledor final de rock explosivo, ‘Lover I Don’t Have To Love’ –con Oberst al teclado– remitió al chico emo que una vez fue, y ‘Lua’, mano a mano con Taylor Goldsmith de Dawes, se erigió como la canción de amor nocturna y destartalada que sigue siendo, en contraposición con la luminosidad accesible de una ‘First Day Of My Life’ que brilló por su ausencia.

Conor Oberst se fue de Barcelona sin tocar su mayor himno, y hasta eso estuvo bien. A cambio, despidió su concierto lanzándose al público tras una desbocada interpretación de ‘Another Travelling Song’. Liberación, reivindicación y victoria.

Foto: Tom Hagen (del concierto en el Bilbao BBK Live 2014)

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